|
El guardián
Había sido antaño soldado de fortuna, mercenario a sueldo de
gobiernos y gentes harto dudosas. Frecuentador de bares en donde
se enrolaban voluntarios de guerras coloniales, hombres de armas
que sometían a pueblos jóvenes e incultos que creían luchar por su
libertad y sólo conseguían una ligera fluctuación en las
bulliciosas salas de la Bolsa.
Le faltaba un brazo y hablaba correctamente cinco idiomas. Olía a
esas plantas dulceamargas de la selva que, cuando se cortan,
esparcen un aroma de herida vegetal.
Al llegar no habló con nadie. Fue a refugiarse en un cuarto de los
patios interiores. Allí descargó ruidosamente su mochila de
soldado, ordenó sus pertenencias, según un orden muy personal,
alrededor de su saco de dormir, prendió su pipa y se puso a fumar
en silencio. Pasados algunos días alguien le descubrió, mientras
se bañaba en el río, un tatuaje debajo de la axila derecha con un
numero y un sexo de mujer cuidadosamente dibujado. Todos le temían
con excepción del dueño, a quien le era indiferente, y del fraile
que sentía por él una cierta adusta simpatía. Sus maneras eran
bruscas, exactas, medidas y en cierta forma un tanto caballerescas
y pasadas de moda.
Desde cuando llegó le fueron confiadas ciertas tareas que suponían
una labor de control sobre las entradas y salidas de los demás
habitantes de la mansión. Todas las llaves de cuartos, cuadras e
instalaciones de beneficio estaban a su cuidado. A él había que
acudir cada vez que se necesitaba una herramienta o había que
sacar los frutos a vender. Nunca se supo que negara a nadie lo que
le solicitaba, pero nadie tomaba algo sin comunicárselo a él, ni
siquiera el dueño. De su brazo ausente, de cierta manera rígida de
volver a mirar cuando se le hablaba y del timbre de su voz
emanaban una autoridad y una fuerza indiscutibles.
En el desenlace de los acontecimientos se mantuvo al margen y
nadie supo si participó en alguna forma en los preliminares de la
tragedia. Se llamaba Paúl y él mismo solía lavar la ropa a la
orilla del río con un aire de resignación y una habilidad
adquirida con la costumbre, que hubieran enternecido a cualquier
mujer. Sus largos ratos de ocio los pasaba tocando en la armónica
aires militares. Era incómodo verlo con una sola mano y ayudándose
con el muñón arrancar aires marciales al precario instrumento.
El dueño
Si alguien hubiera indicado la obesidad como uno de
sus atributos, nadie habría recordado si ésta era una de sus
características. Era más bien colosal, había en él algo flojo y al
mismo tiempo blando sin ser grasoso, como si se alimentara con
substancias por entero ajenas a la habitual comida de los hombres.
Decía haber adquirido la mansión por herencia de su
madre, pero luego se supo que había caído en sus manos por virtud
de ciertas maquinaciones legales de cuya rectitud era arriesgado
dar fe. Se llamaba Graciliano, pero todos lo conocían por Don
Graci. En su juventud había sido pederasta de cierta nombradía y
en varias ocasiones fue expulsado de los cines y otros lugares
públicos por insinuarse con los adolescentes. Pero de tales
costumbres la edad lo había alejado por completo, y para calmar
sus ocasionales urgencias acudía durante el baño a la masturbación,
que efectuaba con un jabón mentolado para la barba del que se
proveía en abundancia en sus muy raras escapadas a la ciudad.
La participación de Don Graci en los hechos fue
capital. El ideó el sacrificio y a él se debieron los detalles
ceremoniales que lo antecedieron y precedieron. Sus máximas, que
regían el orden y la vida de la casa, habían sido escritas en las
paredes de los espaciosos aposentos y decían:
«El silencio es como el dolor, propicia la
meditación, mueve al orden y prolonga los deseos». «Defeca con
ternura, ese tiempo no cuenta y al sumarlo edificas la eternidad».
«Mirar es un pecado de tres caras, como los espejos
de las rameras. En una aparece la verdad, en otra la duda y en la
tercera la certidumbre de haber errado».
«Alza tu voz en el blando silencio de la noche,
cuando todo ha callado en espera del alba; alza, entonces, tu voz
y gime la miseria del mundo y sus criaturas. Pero que nadie sepa
de tu llanto, ni descifre el sentido de tus lamentos».
«Una hoja es el vicio, dos hojas son un árbol,
todas las hojas son, apenas, una mujer».
«No midas tus palabras, mide más bien la húmeda
piel de tu intestino. No midas tus actos, mide más bien la orina
del conejo».
«Apártate, deja que los incendios consuman
delicadamente las obras de los hombres. Apártate con el agua.
Apártate con el vino. Apártate con el hambre de los cóndores». «Si
entras en esta casa no salgas. Si sales de esta casa no vuelvas.
Si pasas por esta casa no pienses. Si moras en esta casa no
plantes plegarias».
«Todo deseo es la suma de los vacíos por donde se
nos escapa el alma hacia los grandes espacios exteriores.
Consúmete en ti mismo».
Otras máximas se habían borrado con el tiempo, pero
la titubeante memoria del dueño hacía imposible su reconstrucción,
en la cual, por lo demás, ninguno de sus huéspedes estaba
interesado. La ampulosidad del estilo y su artificial concisión
iban muy bien con los afelpados ademanes de aquella robusta
columna de carne que movía las manos como ordenando sedas en un
armario.
Tenía grandes ojos oscuros y acuosos que un tiempo
debieron ruborizar a sus oyentes y que ahora producían el miedo de
asistir a una abusiva y en cierto sentido enfermiza suspensión del
tiempo. Sus conocimientos eran vastísimos pero nunca se le oyó
citar a un autor ni se le vio con un libro en la mano. Su saber se
antojaba fruto de una niñez miserable refugiada en los libros de
un padre erudito o en alguna oscura biblioteca de un colegio de
jesuitas.
Ya se mencionó la participación de Don Graci en los
hechos, pero no está por demás agregar que, en cierta forma, todos
los hechos fueron él mismo o mejor aún que él mismo dio origen y
sentido a todos los hechos. Como no evadió su papel sino que
sencillamente se contentó con ignorarlo, lo sucedido tomó las
proporciones de una molesta infamia, hija de una impunidad
incomprensible pero inevitable. Más adelante se sabrá algo sobre
este asunto pero ya no con iguales palabras ni desde el mismo
punto de vista.
Don Graci nunca se bañaba solo y lo hacía dos veces
cada día, una en la mañana y otra antes de acostarse. Escogía su
compañero de baño sin exigirle nada y sin dirigirse a él en forma
alguna durante las largas abluciones que a veces, siempre más
raras, despedían un intenso aroma mentolado.
El piloto
Al piloto le sudaban las manos. Había sido aviador
en una línea aérea que fundaron algunos antiguos compañeros suyos
de la Escuela Militar de Aviación y en ese trabajo permaneció
hasta cuando una gran red internacional se anexó la pequeña
empresa. Buscó empleo en otras líneas pero su carácter y su
aspecto hicieron que siempre fuera cortésmente rechazado. Apareció
en la hacienda como piloto de una avioneta de fumigación
contratada por Don Graci para combatir una plaga que amenazaba
acabar con sus naranjos y limoneros, sembrados en ordenada
plantación a orillas del río Cocora. Había ya terminado su labor
cuando la avioneta fue incendiada por un rayo que cayó sobre ella
en una noche de tormenta. El piloto se fue quedando en la mansión
sin atraer sobre si ni el rechazo ni la simpatía de nadie. Fue la
Machiche quien lo obligó finalmente a quedarse en forma
permanente. En una de sus fugaces uniones escogió al piloto por su
fino bigotito oscuro que lucía sobre una boca carnosa y bien
dibujada de hombre débil. Tenía la frente estrecha; el pelo oscuro,
recio y abundante, le prestaba un aire de virilidad que bien
pronto se supo por entero engañoso. No que padeciera de impotencia,
pero sí acusaba una marcada tendencia hacia una indiferente
frigidez que bien pronto ofendió a la Machiche y le enajenó su
simpatía para siempre.
Rondaba por la casa con una vaga sonrisa, como
excusándose por ocupar un sitio que nadie le ofrecía. Por las
noches ayudaba al fraile en la contabilidad de la hacienda. Sacaba
las cuentas en una redondeada y necia caligrafía de colegio de
monjas. Llevaba siempre consigo el Manual de Vuelo de la antigua
empresa en donde había sido capitán-piloto y lo repasaba
minuciosamente todas las noches antes de irse a la cama. Vestía un
raído uniforme color azul plomizo y llevaba una sucia gorra blanca
con las insignias de la Fuerza Aérea. Se llamaba Camilo y tenía
mal aliento. Su participación en la tragedia fue primordial,
consciente y largamente meditada, por razones que ya se verán o
habrán de adivinarse. Fue la Machiche quien maquinó contra el
piloto una larga e invisible intriga que lo llevó a ser, después
de la víctima, el actor principal. Había en él un tal deseo de
destruirse que su propia debilidad lo llevó a tomar sobre sí la
parte más delicada y decisiva del drama.
Era el autor de una canción que la víctima aprendió
a cantar con la música de un ritmo de moda y que decía, más o
menos, así:
No es fuerza ser el rey del mundo,
para escoger una mujer
en cada tarde de verano.
La plaga tiene aguas tranquilas
donde el sol planta sus tiendas transparentes.
Yo espero, allí, cada mañana,
una muchacha diferente.
No es fuerza ser el rey del mundo,
no es fuerza ser nadie en la vida,
basta esperar y acariciar
el aire claro con la frente.
Además de las discutibles calidades del intenso
estribillo, lo que irritó a todos fue la expresión de vanidosa
delicia del piloto cada vez que la víctima lo cantaba como si
fuera la más bella canción que jamás hubiera conocido. Qué le
encontraba a la letra para decirla con tan emocionada convicción
fue algo que ignoraron el fraile y Don Graci, que eran los únicos
entendidos en estas materias. Tal vez en esa cancioncilla se jugó
el destino de todos. Quién iba a saberlo.
La Machiche
Hembra madura y frutal, la Machiche. Mujer de piel
blanca, amplios senos caídos, vastas caderas y grandes nalgas,
ojos negros y uno de esos rostros de quijada recia, pómulos anchos
y ávida boca que dibujaran a menudo los cronistas gráficos del
París galante del siglo pasado. Hembra terrible y mansa la
Machiche, así llamada por no se supo nunca qué habilidades
eróticas explotadas en sus años de plenitud. Vivía en el fondo de
la mansión y su gran cabellera oscura, en la que brillaban ya
algunas canas, anunciaba su presencia en los corredores, antes de
que irrumpiera la ofrecida abundancia de sus carnes.
Tenía la Machiche una de esas inteligencias
naturales y exclusivamente femeninas; un talento espontáneo para
el mal y una ternura a flor de piel, lista a proteger, acariciar,
alejar el dolor y la malaventuranza. La bondad se le daba
furiosamente, sus astucias se gestaban largamente y estallaban en
ruidosas y complicadas contiendas, que se aplacaban luego en el
arrullo acelerado de algún lecho en desorden.
La participación de la Machiche fue definitiva. No
tanto los celos, cuanto una desorbitada premonición de los males y
descaecimientos que hubieran podido venir con el tiempo, de
prolongarse la situación, fue la causa que movió a la Machiche a
gestar la idea del sacrificio con la anuencia y hasta el sabio
consejo del dueño.
La Machiche era la encargada de todas las labores
domésticas y no se le conocía una determinada preferencia en sus
relaciones. Sólo con el gigantesco sirviente podría pensarse que
hubiera cierto lazo secreto y permanente, pero jamás pudo
confirmarse el vínculo con dato alguno que lo probara. Temía al
fraile, despreciaba al piloto, simpatizaba con el guardián y
dialogaba largamente con el dueño.
Don Graci tenía para con ella una particular
paciencia y cuando la invitaba a acompañarlo en sus abluciones,
todos rodeaban la amplia tina para admirar en su espléndida
desnudez a la Machiche. Era su piel de una blancura notable y
conservaba su lechosa frescura a pesar de los años. Su amplio
vientre mostraba tres rollizos pliegues, señal, más que de alguna
improbable maternidad, más bien de una prolongada y bien explotada
lujuria.
Con roncas carcajadas celebraba las abluciones del
dueño, quien le echaba agua desde su elevada estatura con un
recipiente de concha. Nunca tuvieron entre sí otro contacto que no
fuera el de una respetuosa aquiescencia por parte de la hembra y
una vaga simpatía por parte de Don Graci. Cuando más, en lo más
álgido del baño él la llamaba "La Gran Ramera de Nínive" con un
tono de predicador por entero apócrifo, como es obvio. De cada uno
de estos baños salía la Machiche con un nuevo pretendiente y a él
dedicaba sus mimos y cuidados sin dejar de atender a los demás con
próvida y maternal eficacia.
La Machiche andaba descalza y vestía un largo traje
florido que le llegaba más abajo de las rodillas, con el escote
rodeado de un cuello de volantes. No llevaba ningún adorno.
Despedía un perfume agrio, matizado con un aroma de benjuí que le
seguía por toda la casa.
Sueño
de la Machiche
Entró a una gran casa de salud. Una moderna clínica
que se levantaba a orillas de una transparente laguna de aguas
tranquilas. Cruzó la puerta principal y se internó por anchos y
silenciosos corredores pintados de un color crema mate e
iluminados por una luz tamizada y suave que emitía un leve
zumbido. Penetró por una puerta por donde decía "Entrada" y se
encontró en un consultorio; un médico en traje de operar se
dirigió a ella bajándose la mascarilla que le tapaba la boca: «La
contratamos a usted para recortar las hierbas y líquenes que van
creciendo en la sala de operaciones, en los laboratorios y en
algunos corredores. No es un trabajo pesado pero sí exigimos una
absoluta dedicación y responsabilidad. No podemos continuar con
estas plantas y hierbas que siguen creciendo por todas partes»,
dijo señalando los intersticios del piso. La llevó hasta una sala
de operaciones intensamente iluminada, en donde los instrumentos
de níquel reflejaban la lechosa luz del quirófano, una luz otra
vez acompañada de un ligero zumbido metálico y persistente. Entre
los intersticios de las losas crecían líquenes imperceptibles.
Comenzó a arrancar minuciosamente las pequeñas plantas y a medida
que avanzaba en su trabajo se dio cuenta de que en todo aquello
había una trampa. Las plantas crecían en forma persistente,
continua. Pensó que jamás llegaría la hora de la cena, que si
dejaba un instante su trabajo las plantas le ganarían terreno
fácilmente. Advirtió que nadie supervisaba su tarea por la
sencilla razón de que era una labor imposible, una confrontación
absurda con el tiempo, a causa de ese continuo aparecer de las
breves hojas lanosas y tibias que por todas partes brotaban con
una insistencia animal e incansable. Comenzó a llorar con un manso
y secreto desconsuelo, con una ansiedad que había guardado muy
hondo en ella y que jamás recordara haber sentido en la vigilia.
«Y cómo quieres que haga ese viaje —le decía el
piloto que la observaba desde una amplia terraza inundada por el
sol de la mañana, con una plenitud que lastimaba la vista—. Cómo
quieres que me mueva de aquí, si todos saben que no sirvo para
nada». El piloto sonreía dulcemente. Estaba vestido con un
impecable uniforme de capitán de vuelo y se protegía los ojos con
unas amplias gafas ahumadas que le daban un aire a la vez elegante
y extraño. Seguía sonriéndole desde la terraza con notoria
complicidad, cuando ella se dio cuenta de que, agachada como
estaba, sus grandes senos estaban al descubierto. Trató de
cubrirse en vano porque el peso de los pechos tornaba a abrir la
bata de suave tejido de nylon que le dieran para su trabajo. Era
una bata de enfermera. «¿Quieres que te ayude?», le dijo él desde
lo alto con una actitud protectora que a ella le pareció por
completo fuera de lugar. «Pero si tú no sabes hacerlo —le repuso
ella, tratando de no lastimarlo—. No supiste hacerlo conmigo y
tampoco sabes hacerlo con ella». El le contestó: «Si lo hice una
vez lo puedo hacer siempre», y partió dándole la espalda mientras
saludaba a alguien que aparecía en el fondo de la terraza, alguien
muy importante e investido de una inmensa autoridad y de quien
dependía la suerte de todos.
Ella se estaba peinando frente a un espejo que, a
medida que sus brazos se movían arreglando el pelo, se desplazaba
de manera que le era muy difícil mirarse en él. En los contados
instantes en que podía verse, trataba de arreglarse el peinado
recogiéndose todo el cabello en una larga trenza enrollada en lo
alto de la cabeza. Se daba cuenta de que era un peinado pasado de
moda, con el que trataba de reconstruir una cierta época de su
juventud, un cierto ambiente desteñido ya y sin identificación
posible con un pasado que, de pronto, se le aparecía confuso y
cargado de una tristeza sin motivo pero también sin posible
consuelo. Entró el médico que la había contratado. La abrazó por
la espalda y la atrajo hacia sí mientras le decía suavemente: «Lo
hiciste muy bien... ven... no llores... estás muy hermosa, ven...
ven...» y la ceñía con un calor que la excitaba y le devolvía,
intacta, la felicidad de otros años.
El fraile
Decía haber sido confesor del difunto Papa
bienamado. Nadie lo hubiera creído de no haber sido por una carta
que recibió un día cuyo sobre ostentaba la tiara papal con las dos
llaves cruzadas debajo. La guardó sin leerla ni mostrar interés
alguno por su contenido. Todos lo conocían como «el fraile» y
nadie supo nunca su nombre. Fue el único en negarse a acompañar en
sus baños a Don Graci, cosa que éste supo aceptar, al comienzo con
cierta ironía y, luego, con sorprendente resignación.
Era hermoso y se mantenía en esa zona de la edad
que fluctúa entre los cuarenta y cinco y los sesenta años, cuando
el hombre parece detenerse en el tiempo y conserva siempre el
mismo rostro sin cambiar jamás de figura. Era consciente de su
gran prestancia física, pero no parecía estar particularmente
satisfecho con ella, ni la usaba para someter a nadie al desvaído
y hasta cierto punto desordenado círculo de sus asuntos.
Su participación en los hechos fue, en cierta
forma, marginal y en otra capital. Cuando llegó el momento
impartió su confesión a la víctima y luego increpó a los verdugos
sin mucha convicción pero con fogosa oratoria. Era el autor de la
Oración de la Mañana, que acabó por ser recitada por todos los
moradores de la mansión, siempre a la misma hora y en el lugar en
donde les sorprendiera el alba. Decía así:
»Ordena ¡oh Señor! la miserable condición de mis
dominios.
»Haz que el día transcurra lejos de las sombras
amargas que ahora me agobian. »Dame ¡oh Bondadoso de toda bondad!
la clave para encontrar el sentido de mis días, que he perdido en
el mundo de los sueños en donde no reinas ni cabe tu presencia.
Dame una flor ¡oh Señor! que me consuele.
»Acógeme en el regazo de una hembra que reemplace a
mi madre y la prolongue en la amplitud de sus pechos.
»Sácame ¡oh Venturoso! del amargo despertar de los
hombres y entorpéceme en la santa inocencia de los mulos.
»Tú conoces, Señor, mejor que nadie, la inutilidad
de mis pasos sobre la tierra,
»no me hagas, pues, partícipe de ella, guárdamela
para mi última hora, no me la proveas durante mi trabajosa vigilia.
»Señor: arma de todas las heridas,
bandera de todas las derrotas,
utensilio de los sinsabores,
apodo de los lelos,
padre de los lémures,
pus de los desterrados,
ojo de las tormentas,
paso de los cobardes,
puerta de los encogidos,
¡Señor despiértame!
¡Señor despiértame!
¡Señor despiértame!
¡Señor óyeme!».
Algún diligente escriba intentó copiar esta oración
en los muros, al pie de las sentencias del dueño, con la anuencia
de algunos y la desaprobación furiosa de éste.
«Mis palabras necesitan ser escritas —dijo— porque
son la mentira y sólo escrita es ésta valedera como verdad. La
oración la sabemos todos de memoria y no necesita escribirse en
ninguna parte».
El fraile era el único de todos que poseía armas.
Tenía una pistola Colt y un pequeño puñal de buceador. Las
limpiaba constantemente y cuidaba de ellas con celo inflexible. Ni
las usó, ni se deshizo de ellas cuando hubiera sido oportuno. Así
era el fraile.
Sueño del
Fraile
Transitaba por un corredor y al cruzar una puerta
volvía a transitar el mismo corredor con algunos breves detalles
que lo hacían distinto. Pensaba que el corredor anterior lo había
soñado y que éste sí era real. Volvía a trasponer una puerta y
entraba a otro corredor con nuevos detalles que lo distinguían del
anterior y entonces pensaba que aquél también era soñado y éste
era real. Así sucesivamente cruzaba nuevas puertas que lo llevaban
a corredores, cada uno de los cuales era para él, en el momento de
transitarlo, el único existente. Ascendió brevemente a la vigilia
y pensó: «También ésta puede ser una forma de rezar el rosario».
La muchacha
La muchacha fue la víctima. Tenía diecisiete años y llegó una
tarde a la mansión en bicicleta. El primero en verla y quien la
recibió en la casa fue el guardián. Se llamaba Angela.
Tenía el papel principal en un corto cinematográfico que se estaba
filmando en un vasto hotel de veraneo, cuyos accionistas estaban
interesados en promover la venta de lotes en una urbanización
aledaña a los terrenos del establecimiento. El documental mostraba
a una rubia adolescente, con el pelo suelto y un aire de Alicia en
el País de las Maravillas que recorría en bicicleta todos los
lugares de interés y paseaba por entre las avenidas que bordeaban
los cafetales. Se bañaba pudorosamente en el río, a cuya orilla
había bancas de parque pasadas de moda y quioscos para picnic.
La filmación había terminado y sólo permanecían en el hotel el
fotógrafo de la película con sus dos hijos y algunos empleados de
la producción. Ella se había quedado también y se dedicó a visitar
en su bicicleta todos aquellos lugares que no estaban en el guión
y que atraían su curiosidad. Uno de estos sitios era una gran
casona de hacienda dedicada al cultivo de los cítricos y a la cría
de faisanes y gansos. Era la mansión.
A primera vista parecía una belleza convencional del cine. Rubia,
alta, bien formada, con largas piernas elásticas, talle estrecho y
nalgas breves y atléticas. Los pechos firmes y el cuello largo,
siempre inclinado a la izquierda con un gesto harto convencional,
completaban la imagen de la muchacha que se ajustaba perfectamente
a su papel en la película.
Sólo los ojos, la mirada, no se avenían al conjunto. Tenían una
expresión de cansancio felino y siempre en guardia, algo levemente
enfermizo y vagamente trágico flotaba en esos ojos de un verde
desteñido que miraban fijos, haciendo sentir a los demás por
completo ajenos e ignorados por el mundo que dejaban a veces
adivinar tras su acuosa transparencia tranquila.
Su padre había sido un abogado famoso que se suicidó un día sin
razón alguna aparente, aunque luego se supo que sufría de un
cáncer en la garganta que había ocultado hasta cuando el dolor
comenzó a traicionarlo. Su madre era una de esas bellezas de
sociedad que, sin pertenecer a una familia renombrada, frecuentan
el gran mundo merced a su hermosura y a cierta rutina de buenas
maneras que oculta toda probable vulgaridad o aspereza de
educación. Al quedar viuda, la breve fortuna que heredara se le
escapó de entre las manos con esa ligereza que suele acompañar a
las bellezas tradicionales. La muchacha comenzó a trabajar como
modelo y empezaba ahora su carrera en el cine con papeles modestos
en comedias musicales. Tenía un novio que estudiaba medicina y
había sido iniciada en el sexo por uno de los electricistas de los
estudios, por quien sentía esa pasión desordenada y sin amor que
nos une siempre con quien nos ha develado el placer hasta entonces
desconocido y lejano. Le gustaba hacer el amor, pero se sentía
extraña y ajena a sí misma en el momento de gozar y, en ciertas
ocasiones, llegaba a desdoblarse en forma tan completa que se
observaba gimiendo en los estertores del placer y sentía por ese
ser convulso una cansada y total indiferencia.
El guardián, curtido por su vida de mercenario y su familiaridad
con la muerte y la violencia, se sintió, sin embargo, apresado de
inmediato por los ojos de la visitante y la dejó entrar, olvidando
las estrictas instrucciones que impartiera Don Graci respecto a
los forasteros y la tácita norma que regía en la mansión en el
sentido de que el grupo ya estaba completo y ningún extraño sería
jamás recibido en él. El romper ese equilibrio fue tal vez la
causa última y secreta de todas las desgracias que se precipitaron
sobre la mansión en breve tiempo.
Sueño de la
muchacha
Recorría en bicicleta los limonares a la orilla del
río. Sabía que en la realidad era imposible hacerlo, pero en el
sueño y en ese momento no encontraba dificultad alguna. La
bicicleta rodaba suavemente pisando hojas secas y el húmedo suelo
de las plantaciones. El aire le daba en la cara con una fuerza
refrescante y tónica. Sentía todo su cuerpo invadido de una
frescura que, a veces, llegaba a producirle una desagradable
impresión de ultratumba. Entraba a una iglesia abandonada cuyas
amplias y sonoras naves recorría velozmente en la bicicleta. Se
detuvo frente a un altar con las luces encendidas. La figura del
dueño, vestido con amplias ropas femeninas de virgen bizantina,
estaba representada en una estatua de tamaño natural. La rodeaban
multitud de lámparas veladoras que mecían suavemente sus llamitas
al impulso de una breve sonrisa de otro mundo. «Es la virgen de la
esperanza», le explicó un viejecito negro y enjuto, con el pelo
blanco y crespo como el de los carneros. Era el abuelo del
sirviente, que le hablaba con un tono de reconvención que la
angustiaba y avergonzaba. «Ella te perdonará tus pecados. Y los de
mi nieto. Enciéndele una veladora».
El sirviente
Cristóbal, un haitiano gigantesco que hablaba torpemente y se
movía por todas partes con un elástico y silencioso paso de
primate, era el sirviente de la mansión. Compraba los alimentos en
el moderno supermercado de la urbanización vecina al hotel y
bajaba a vender las naranjas y los limones a los mayoristas que
citaba en la estación del tren. El negocio dejaba amplias
ganancias a Don Graci.
Cristóbal, un negrazo cauteloso y dulce que trajera el dueño en
una de sus pasadas correrías, hacía ya muchos años, se rumoraba
que en días ya olvidados atendiera ciertos caprichos de Don Graci
con esa indiferencia apacible con que su raza cumple con las
urgencias del sexo. Pero si Don Graci había prescindido de los
servicios íntimos del negro, no así de su siempre eficaz
servidumbre en los asuntos de la casa. Lo heredó la Machiche,
quien buscaba en él esa satisfacción última y completa que una
vida de largo libertinaje le hiciera tan difícil de hallar. No
sentía por Cristóbal ningún afecto ni éste mostraba por ella
pasión alguna. Se unían con una furiosa ansiedad, allá cada dos
meses. Se encerraban en el cuarto de Cristóbal, que estaba
contiguo al del fraile, para desesperación e irritado insomnio de
éste. Los largos suspiros de la Machiche y los furiosos ronquidos
del negro se sucedían en una serie muy larga de episodios,
interrumpidos por risas y sollozos de placer.
Cristóbal había sido macumbero en su tierra natal, pero ahora
practicaba un rito muy particular, con heterodoxas modificaciones
que contemplaban la supresión del sacrificio animal y en cambio
propiciaban largas alquimias vegetales. Los olores de hierbas
maceradas, que salían de su cuarto en ciertos días, invadían toda
la casa, hasta cuando Don Graci protestaba: «Díganle a ese negro
de mierda que deje sus brujerías o nos va a ahogar a todos con sus
sahumerios del carajo».
Cristóbal tuvo en su momento una providencial participación en los
hechos. Su agudo instinto natural lo llevó hacia la muchacha con
certera intuición del verdadero carácter de aquélla. Supo
prescindir de la mirada ausente de la joven y cuando la llevó al
lecho, ella no logró desdoblarse como era su costumbre, sino que
se lanzó de lleno al torbellino de los sentidos satisfechos y
salió purificada y tranquila de la prueba. Pero allí fue su
perdición, tal fue la inicial premonición de su posterior
sacrificio.
El sirviente era buen amigo del fraile, con quien se entendía en
un francés con acento isleño. Pero era tal vez con el piloto con
quien mejor amistad llevaba y solía acogerlo con una protectora
actitud de hermano mayor, de la que se valía el antiguo aviador
para detentar ciertos privilegios en las comidas y algunos
cuidados suplementarios tales como agua caliente para afeitarse y
sábanas limpias cada semana. Con Don Graci conservaba Cristóbal el
ascendiente de quien antaño tuviera a raya los deseos del robusto
propietario. Por el guardián sentía el negro ese sordo rencor de
su raza nacido cuando el primer blanco con casaca militar pisó
tierra africana. No se dirigían la palabra, pero jamás dieron
muestra exterior de su mutua antipatía, de no ser en ocasiones
cuando una orden brusca y cortante del soldado era recibida con un
socarrón «Oui Monsieur le para».
Los Jueves de Corpus, Cristóbal preparaba un exquisito y
condimentado caldo de gallina y las mejores presas iban siempre a
los platos del piloto y la Machiche. Cuando servía ese día a la
mesa, el negro recitaba una larga salmodia de la cual se conservan
algunos apartes. Decía, por ejemplo
Alabá bembá
en nombre del Orocuá
la gallina se coció.
Para el que quiera gozá
Cristóbal la cocinó.
La sirvió y no la comió
la comió y no la probó
porque el negro la mató,
la mató a la madrugá,
hoy el sol no la miró.
Aracuá del brocué,
ánima del gran Bondó
que me perdone el bundé.
La retahíla continuaba inagotable y todo el día estaba Cristóbal
triste, irritable y suspiraba con infantil melancolía.
Era zurdo.
La mansión
El edificio no parecía ofrecer mayor diferencia con las demás
haciendas de beneficio cafetero de la región. Pero mirándolo con
mayor detenimiento se advertía que era bastante más grande, de más
amplias proporciones, de una injustificada y gratuita vastedad que
producía un cierto miedo.
Tenía dos pisos. Un corredor continuo en el piso superior rodeaba
cada uno de los tres patios que se sucedían hasta el fondo. El
último iba a confundirse con los naranjales y limoneros de la
huerta. En el piso alto estaban las habitaciones, en el bajo las
oficinas, bodegas y depósitos de herramienta. En los patios
empedrados retumbaba el menor ruido, se demoraba la más débil
orden y murmuraba gozosamente el agua de los estanques en donde se
lavaban las frutas o se despulpaba el café. Estos eran los únicos
ruidos perceptibles al internarse en el fresco ámbito nostálgico
de los patios.
No había flores. El dueño las odiaba y su perfume le producía una
molesta urticaria en las palmas de las manos y en los muslos.
Las habitaciones del primer patio estaban todas cerradas con
excepción de la que ocupaba el guardián quien, como ya se dijo,
había dejado sus pertenencias en el suelo y allí permanecían en
ese orden transitorio y precario de las cosas de soldado. Los
otros cuartos, cinco en total, servían para albergar viejos
muebles, maquinaria devorada por el óxido y cuyo uso era ignorado
por los actuales ocupantes de la casa, grandes armarios con libros
de cuentas y viejas revistas empastadas en una tela azul monótona
e impersonal.
En habitaciones opuestas del segundo patio vivían la Machiche y el
piloto, y allí fue a refugiarse la muchacha la primera noche que
pasó en la mansión en condiciones, que ya se sabrán. En el último
patio vivían Don Graci, el sirviente y el fraile. La habitación
del dueño era la más amplia de todas, estaba formada por dos
cuartos cuya pared medianera había sido derribada. Un gran lecho
de bronce se levantaba en el centro del amplio espacio y lo
rodeaban sillas de la más variada condición y estilo. En un rincón,
al fondo, estaba la tina de las abluciones que descansaba sobre
cuatro garras de esfinge labradas laboriosamente en el más
abominable estilo fin de siglo. Dos cuadros adornaban el recinto.
Uno ilustraba, dentro de cierta ingenua concepción del desastre,
el incendio de un cañaveral.
Bestias de proporciones exageradas huían despavoridas de las
llamas con un brillo infernal en las pupilas. Una mujer y un
hombre, desnudos y aterrados, huían en medio de los animales. La
otra pintura mostraba una virgen de facciones casi góticas con un
niño en las rodillas que la miraba con evidente y maduro rencor,
por completo ajeno a la serena expresión de la madre.
La mansión se levantaba en la confluencia de dos ríos torrentosos
que cruzaban el valle sembrado de naranjos, limoneros y cafetos.
La cordillera alta, de un azul vegetal profundo, mantenía el valle
en sombras en una secreta intimidad vigilada por los grandes
árboles de copa rala y profusa floración de un color púrpura, que
nunca se ausentaba de la coronada cabeza que daban sombras a los
cafetales.
Una vía férrea construida hacía muchos años daba acceso al valle
por una de las gargantas en donde se precipitaban las aguas en
torrentoso bullicio. Los ingenieros debieron arrepentirse luego de
un trazado tan ajeno a todo propósito práctico y desviaron la vía
fuera del valle. Dos puentes quedaron para atestiguar el curso
original de la obra. Aún servían para el tránsito de hombres y
bestias. Estaban techados con lámina de zinc, y cada vez que
pasaban las recuas de mulas de la hacienda el piso retumbaba con
fúnebre y monótono sonido.
La hacienda se llamaba "Araucaíma" y así lo indicaba una desteñida
tabla con letras color lila y bordes dorados colocada sobre la
gran puerta principal que daba acceso al primer patio de la
mansión. El origen del nombre era desconocido y no se parecía en
nada al de ningún lugar o río de la región. Se antojaba más bien
fruto de alguna fantasía de Don Graci, nacida a la sombra de quién
sabe qué recuerdo de su ya lejana juventud en otras tierras.
Los hechos
El guardián llevó a la joven hasta el segundo patio de la casa y
llamó a gritos a la Machiche para que se hiciera cargo de ella. La
muchacha pedía que le permitieran lavarse la cara y arreglarse un
poco antes de seguir su paseo, pero en sus ojos se notaba la
curiosidad por husmear y conocer más de cerca el lugar que le
atraía.
Las dos mujeres se enfrentaron en el corredor de abajo. La
Machiche, desde la parte alta, miraba a la muchacha que esperaba
al lado del guardián en el patio empedrado. Observaba la opulenta
humanidad de esa hembra agria y desconfiada, que la examinaba a su
vez, no sin envidia ante la agresiva juventud que emanaba del
joven cuerpo como un halo invisible pero siempre presente.
«Esta muchacha quiere saber dónde queda el baño» —explicó el
guardián sin muchos miramientos y se alejó sin esperar la
respuesta.
«Venga conmigo» —le indicó la Machiche a la joven, quien la siguió
por los corredores del segundo piso hasta una estrecha estancia en
donde una palangana y un trípode hacían las veces de baño. En el
fondo, detrás de una mugrienta cortina rosada, estaba el escusado
con su tanque alto comido por el óxido y el moho. «Aquí se puede
lavar la cara y si necesita otra cosa, el escusado está detrás de
la cortina. Si lo va a usar cierre primero la puerta» —y la dejó
en medio del zumbido de los mosquitos y del húmedo silencio de la
estancia.
Cuando hubo terminado de arreglarse, la joven salió al corredor y
se encontró de manos a boca con el piloto, que llevaba con aire
apresurado unos papeles. Se quedó sorprendido ante la aparición de
la visitante y con esa sonrisa fácil y acogedora que se le
colocaba en el rostro, casi sin él proponérselo, la saludó con lo
que a ella le pareció, después de la acogida del guardián y la
Machiche el colmo de la amabilidad. Hablaron un rato recostados en
el barandal que daba al gran silencio del patio que se oscurecía
con las sombras de la tarde.
El piloto invitó a la muchacha a que se quedara esa noche en la
mansión, ya que empezaba a caer la noche y el camino de regreso al
hotel se haría intransitable en bicicleta. Ella aceptó con esa
ligereza de quien se entrega al destino con la ciega confianza de
un animal sagrado.
No es fácil reconstruir paso a paso los hechos ni evocar los días
que la muchacha vivió en la mansión. Lo cierto es que entró a
formar parte de la casa y comenzó a tejer la red que los llevaría
a todos al desastre, sin darse cuenta de ello, pero con la
inconsciencia de quien se sabe parte de un complicado y ciego
mecanismo que gobierna cada hora de la vida.
Durante dos noches durmió en el mismo cuarto con la Machiche.
Luego resolvió irse a dormir con el piloto, cuya cordialidad fácil
le atraía y cuyas historias de países visitados durante una sola
noche le sedujeron en extremo. Cuando, a pesar de las caricias
interminables que la dejaban en una cansada excitación histérica,
el piloto no pudo poseerla, lo dejó y se fue a dormir sola a un
cuarto del segundo patio, contiguo a una habitación que usaba el
fraile como cuarto de estudio. No tardaron los dos en hacer una
amistad construida de sincero afecto y de una sorda y profunda
comprensión de la carne. El fraile la desnudaba en su estudio y
hacían el amor en los desvencijados sillones de cuero o sobre una
vasta mesa de biblioteca llena de papeles y revistas empolvadas.
Al fraile le encantaba la franca y directa disposición de la
muchacha para mantener sus relaciones al margen de la pasión y a
ella le seducía la serena y sólida firmeza del fraile para evitar
todo rasgo infantil, banal o simplemente débil, comunes a toda
relación entre hombre y mujer. Copulaban furiosamente y
conversaban en amistosa y serena compañía.
Fue el dueño, Don Graci, quien, con la envidia de los invertidos y
la gratuita maldad de los obesos, incitó al sirviente en secreto
para que sedujera a la muchacha y se la quitara al fraile. En
efecto, el negro la esperó un día cuando ella iba a bañarse en una
de las acequias que cruzaban los naranjales. Tras un largo y
doliente ronroneo la convenció de que se le entregara. Ese día la
joven probó la impaciente y antigua lujuria africana hecha de
largos desmayos y de violentas maldiciones. Desde ese día acudió
como sonámbula a las citas en la huerta y se dejaba hacer del
sirviente con una mansedumbre desesperanzada. Le contó al fraile
lo sucedido y éste siguió siendo su amigo pero nunca más la llevó
al estudio. No obró así a causa del miedo o la prudencia, sino por
cierto secreto sentido del orden, por una determinada intuición de
equilibrio que lo llevaba a colocarse al margen de un caos que
anunciaba la aniquilación y la muerte.
La Machiche, al comienzo, se hizo la desentendida sobre las nuevas
relaciones de la joven y nada dijo. Seguía acostándose con el
negro cuando lo necesitaba y por entonces traía un deseo creciente
de seducir de nuevo al guardián, quien la había dejado hacía ya
varios años y nunca más le prestara atención. Mientras la Machiche
se interesó en el soldado las cosas transcurrieron en forma
tranquila. Pero una reprimenda del mercenario al sirviente vino a
romper esa calma. La mutua antipatía entre los dos era evidente.
Una noche en que el guardián esperaba a la Machiche ésta no acudió
a la cita. Por un oportuno comentario de Don Graci durante el
desayuno al día siguiente, el guardián se enteró que aquélla había
dormido con el sirviente. Durante el día no faltó ocasión para que
se encontraran los dos y a una orden cortante y cargada de
desprecio del soldado, el negro se le echó encima ciego de furia.
Dos certeros golpes dieron con el sirviente en tierra y el
guardián siguió su ronda como si nada hubiera sucedido. Esa noche
le dijo a la Machiche que no quería nada con ella, que no
aguantaba más la peste de negro que despedía en las noches y que
su blanco cuerpo de mujerona de puerto ya no despertaba en él
ningún deseo. La Machiche rumió varios días el desencanto y la
rabia hasta cuando encontró en quién desfogarlos impunemente. Puso
los ojos en la muchacha, le achacó para sus adentros toda la culpa
de su fracaso con el guardián y se propuso vengarse de la joven.
El primer paso fue ganarse su confianza y para ello no encontró la
menor dificultad. Angela vivía un clima de constante excitación;
su fracaso con el piloto, su truncada relación con el fraile y los
violentos y esporádicos episodios con el sirviente, la habían
dejado presa de un inagotable deseo siempre presente y sugerido
por cada objeto, por cada incidente de su vida cotidiana. La
Machiche percibió el estado de la joven. La invitó a compartir de
nuevo su cuarto con palabras amables y con cierta complicidad
entre mujeres. La muchacha aceptó encantada.
Un día que comparaban, antes de acostarse, algunas proporciones y
circunstancias de sus cuerpos, la Machiche comenzó a acariciar los
pechos de la joven con aire distraído y ésta, sin hallar escape a
la creciente excitación, se quedó en silencio dejando hacer a la
experta ramera. La Machiche comenzó a besarla y la llevó
lentamente a la cama y allí le fue indicando, con ademanes seguros
y discretos, el camino para satisfacer su deseo. La ceremonia se
repitió varias noches y Angela descubrió el mundo febril del amor
entre mujeres.
No tardó Don Graci en conocer el asunto, por algunas frases
dejadas caer por la Machiche, y el dueño empezó a invitar a las
dos mujeres a participar en sus abluciones, con prescindencia de
los demás habitantes de la mansión. Largas horas duraba el baño
del frenético trío. Don Graci presidía los episodios entre las dos
hembras y gustaba de hacer indicaciones, llegado el momento, para
participar desde la neutralidad de sus años en los espasmos de la
joven. Esta se aficionó a la Machiche cada día con mayor violencia
y la mujer la dejaba avanzar en el desorden de un callejón sin
salida, al que la empujaba el desviado curso de sus instintos.
Cuando la Machiche comprobó que Angela estaba por completo en su
poder y sólo en ella encontraba la satisfacción de su deseo,
asestó el golpe. Lo hizo con la probada serenidad de quien ha
dispuesto muchas veces de la vida ajena, con el tranquilo
desprendimiento de las fieras.
Una noche se acercó la muchacha a su cama mientras ella hojeaba
una revista. Angela empezó a besarle las espesas y desnudas
piernas, mientras la Machiche se abstraía en la lectura o simulaba
hacerlo. La mujer permaneció indiferente a las caricias de la
joven, hasta cuando ésta se dio cuenta de la actitud de su amiga.
«¿Estás cansada?» —le preguntó con un leve tono de queja en la
voz.
«Sí, estoy cansada» —respondió la otra, cortante.
«¿Cansada solamente o cansada de mí?» —inquirió la muchacha con
ese insensato candor de los enamorados, que se precipitan por sí
solos en los mayores abismos por obra de sus propias palabras.
«La verdad, chiquita, es que estoy cansada de todo esto» —comenzó
a explicar la Machiche con una voz neutra que penetraba
dolorosamente en los sentidos de Angela—. «Al principio me
interesaste un poco y cuando Don Graci nos invitó a bañarnos con
él, no tuve más remedio que aceptar. Ya sabes, él nos sostiene a
todos y no me gusta contrariarlo. Pero yo soy una mujer para
machos, chiquita. Necesito un hombre, estoy hecha para los hombres,
para que ellos me gocen. Las mujeres no me interesan, me aburren
como amigas y me aburren en la cama y mas tú que estás tan verde
todavía. Ya Don Graci no nos llama para bañarse con nosotras,
también él se debió aburrir de vernos hacer siempre lo mismo.
Vamos a dejar todo esto por la paz, chiquita. Pásate a tu cama y
duérmete tranquila. Yo lo que necesito es un macho, un macho que
huela y grite como macho, no una niñita que chilla como un gato
enfermo. Vamos... a dormir».
Angela, al comienzo, pensó en alguna burla siniestra; pero el tono
y las palabras de la mujerona se ajustaban tan estrictamente a la
verdad que bien pronto se dio cuenta de que la Machiche estaba
hablando con irremediable seriedad. Se aterró al pensar que nunca
más harían juntas el amor, rechazó la idea como imposible, pero
ésta tornó a imponerse como un presente irrevocable. Fue como
sonámbula hacia su lecho, se acostó y comenzó a llorar en forma
persistente, inagotable, desolada. La Machiche se durmió arrullada
por el llanto de Angela y reconfortada en el fresco sabor de la
venganza.
A la mañana siguiente el guardián entró temprano al cuarto de los
aparejos y encontró el cuerpo de Angela colgando de una de las
vigas. Se había ahorcado en la madrugada subiéndose a una silla
que arrojó con los pies, luego de amarrarse al cuello una recia
soga.
Funeral
Llevaron el cadáver a la alcoba de Don Graci y allí lo tendieron
en el suelo. El sirviente y el guardián fueron a la orilla del río
para cavar la tumba. El dueño inquirió con el fraile los detalles
de los hechos y éste lo puso al corriente de todo. Le contó que la
noche anterior la muchacha había tocado a su puerta y le había
pedido ayuda y que la oyera en confesión. La pobre estaba en una
lamentable confusión interior y sentía que el mundo se le había
derrumbado de pronto en forma definitiva.
La Machiche no estuvo presente durante el relato del fraile y se
encerró en su alcoba en actitud huraña. El piloto también se
ausentó antes de que el fraile comenzara su relato. Dijo que
precisaba revisar algunas cuentas y le pidió al fraile las llaves
de su habitación para sacar unos comprobantes. Mostraba una
inquietante serenidad ante la suerte de la muchacha.
Terminado el relato del fraile, Don Graci comentó: «No sé de quién
haya sido la culpa de todo esto, pero nos puede acarrear muchas
dificultades, ya verá usted. Desde un principio yo me opuse a que
esta muchacha siguiera viviendo con nosotros, pero como lo que yo
digo aquí no se toma en cuenta y siempre acaba por hacerse lo que
ustedes quieren, ahora todos vamos a tener que cargar con las
consecuencias. Hay que arreglar a esta mujer antes de enterrarla».
Se refería Don Graci a la necesidad de cubrir el cuerpo que estaba
desnudo y mostraba, junto con los primeros síntomas de la rigidez
una cierta madura ostentación de sus atributos femeninos. Los
senos se habían desarrollado a ojos vista con su trato con la
Machiche y el sexo henchido se ofrecía con una evidencia que no
lograban ocultar los vellos del pubis.
Entre el fraile y Don Graci lavaron el cadáver con una infusión de
hojas de naranjo, indicada según el dueño, para detener la
descomposición y lo envolvieron luego en una sábana. Estaban
terminando su tarea cuando oyeron dos disparos provenientes del
segundo patio. Se escuchó luego un forcejeo violento, un golpe
seco y después reinó el tibio silencio vespertino. El fraile y Don
Graci acudieron precipitadamente y desde el corredor vieron cómo
en el patio el guardián sujetaba contra el suelo al sirviente con
una llave de judo que lo mantenía inmóvil. A un lado la Machiche,
tendida en el empedrado, agonizaba con dos grandes heridas en el
pecho de las que manaba, a cada estertor, una sangre oscura y
abundante. Más allá yacía el piloto con el cráneo grotescamente
destrozado. El fraile corrió a ayudar a la Machiche que, entre
gorgoteos y muecas de dolor, repetía con voz débil: «Tenía que ser
este maricón de mierda... tenía que ser...». Don Graci fue hacia
el guardián y le ordenó que soltara al sirviente, que se retorcía
con el rostro contra las piedras. El soldado dejó libre al negro,
quien se alejó mansamente obedeciendo a una orden de Don Graci.
«Veníamos de cavar la tumba —explicó el mercenario— cuando oímos
los disparos. El piloto le había disparado a la Machiche y traía
en la mano la pistola del fraile. El negro se le fue encima sin
darle tiempo a nada y con la pala lo derribó del primer golpe. Ya
en el suelo siguió golpeándolo hasta que logré inmovilizarlo.
Estaba enloquecido» .
El fraile se encargó de todo. Llevó con el guardián los cadáveres
de las dos mujeres hasta la tumba cavada a orillas del río y los
enterró juntos. La Machiche había muerto lanzando sordas
maldiciones contra el piloto y rogando que no la dejaran morir.
El cadáver del piloto fue llevado a los hornos del trapiche. Don
Graci fue por el negro para que encendiera los quemadores del
horno y lo encontró en su pieza, de rodillas contra la cama,
rezando frente a un retrato del rey Víctor Manuel III. Oraba en su
dialecto en medio de profundos sollozos. Llorando fue hasta los
hornos y mientras cebaba las calderas murmuraba sordamente: «Machiche...
ma petite Machiche... la gandamblé... Machiche la gurimbó...». Un
leve humo azul subió en el claro cielo de la tarde indicando el
voraz trabajo de los hornos. Del piloto quedaron apenas un breve
montón de cenizas y su gorra de capitán de aviación colgada en los
corredores.
Esa misma noche Don Graci abandonó la mansión seguido por el
sirviente, que le llevaba las maletas y que partió con él. Dos
días después, el guardián hizo su mochila y partió en la bicicleta
que trajera Angela. El fraile permaneció algunos días más. Al
partir cerró todas las habitaciones y luego el gran portón de la
entrada. La mansión quedó abandonada mientras el viento de las
grandes lluvias silbaba por los corredores y se arremolinaba en
los patios.
fuente:
Biblioteca Familiar Colombiana
* LA IMPRENTA NACIONAL DE COLOMBIA REALIZÓ EL
DISEÑO GRÁFICO DE ESTA OBRA
«LA MANSIÓN DE ARAUCAÍMA Y OTROS RELATOS» Y TERMINÓ SU IMPRESIÓN
EN JUNIO DE 1996
 |