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No
exagero si afirmo que voy a narrar una de las aventuras más
extraordinarias que pueden haberle acontecido a un ser humano, y ese ser
humano soy yo, Juan Jefries. Y también voy a contar por qué motivo
desenterré un cadáver del cementerio de Tánger y por qué maté a Nassin el
Egipcio, conocido de mucha gente por sus aficiones a la magia.
Historia ésta que ya había olvidado si no reactivara su recuerdo una
película de Boris Karloff, titulada "La momia", que una noche vimos y
comentamos con varios amigos.
Se
entabló una discusión en torno de Boris Karloff y de la inverosimilitud
del asunto del film, y a ese propósito yo recordé una terrible historia
que me enganchó en Tánger a un drama oscuro y les sostuve a mis amigos que
el argumento de "La momia" podía ser posible, y sin más, achacándosela a
otro, les conté mi aventura, porque yo no podía, personalmente,
enorgullecerme de haber asesinado a tiros a Nassin el Mago.
Todo
aquello ocurrió a los pocos meses de haberme hecho cargo del consulado de
Tánger.
Era,
para entonces, un joven atolondrado, que ocultaba su atolondramiento bajo
una capa de gravedad sumamente endeble.
La
primera persona que se dio cuenta de ello fue Nassin el Egipcio.
Nassin
el Mago vivía en la calle de los Ni-Ziaguin, y mercaba yerbas medicinales
y tabaco. Es decir, el puesto de tabaco estaba al costado de la tienda,
pero le pertenecía, así como el comercio de yerbas medicinales atendido
por un negro gigantesco, cuya estatura inquietante disimulaba en el fondo
oscuro del antro una transparente cortinilla de gasa roja.
Nassin
el Egipcio era un hombre alto. Al estilo de sus compatriotas, mostraba una
espalda anchurosa y una cintura de avispa. Se tocaba con un turbante de
razonable diámetro y su rostro amarillo estaba picado de viruelas, mejor
dicho, las viruelas parecían haberse ensañado particularmente con su
nariz, lo que le daba un aspecto repugnante. Cuando estaba excitado o
encolerizado, su voz se tornaba sibilante y sus ojos brillaban como los de
un reptil. Como para contrarrestar estas condiciones negativas, sus
modales eran seductores y su educación exquisita. No se alteraba jamás
visiblemente; por el contrario, cuanto más colérico se sentía contra su
interlocutor, más fina y sibilante se tornaba su voz y más brillaban sus
ojos.
Él fue
el hombre con quien mi desdichado destino me hizo trabar
relaciones.
Me
detuve una vez a comprar tabaco en su tienda; iba a marcharme
porque nadie atendía el mostrador, cuando súbitamente asomó por encima de
las cajas de tabaco la cabeza de reptil del egipcio. Al verle aparecer así,
bruscamente, quedé alelado, como si hubiera puesto la mano sobre el nido
de una cobra. El egipcio pareció darse cuenta del efecto que su súbita
presencia causó sobre mi sensibilidad, porque cuando me marché "sentí" que
él se me quedó mirando a la nuca, y aunque experimentaba una tentación
violenta de volver la cabeza, no lo hice porque semejante acto hubiera
sido confirmarle a Nassin su poder hipnótico sobre mí.
Sin
embargo, al otro día volvió a repetirse el endiablado juego. Deseaba
vencer ese complejo de timidez que nacía en mí en presencia del maldito
egipcio. Violentando mi naturaleza, fui a comprar otra vez cigarrillos a
la tienda de Nassin. Como de costumbre, no había nadie en el mostrador;
iba a retirarme, cuando, como si la disparara un resorte fuera de una caja
de sorpresas, apareció la cabeza de serpiente del egipcio.
Me
entregó la cajetilla de tabaco saludándome con una exquisita inclinación,
y yo me retiré sin atreverme a volver la cabeza entre la multitud que
pasaba a mi lado, porque sabía que allá lejos, en el fondo de la
calle, estaba el egipcio con la mirada clavada en mí.
Era
aquella una situación extraña. Antes de terminar violentamente, debía
complicarse. No me equivoqué. Una mañana me detuve frente al puesto de
Nassin. Éste asomó bruscamente la cabeza por encima del mostrador. Como de
costumbre, quedé paralizado. Nassin notó mi turbación, la parálisis de mi
corazón, la palidez de mi rostro, y aprovechando aquel shock nervioso
apoyó dulcemente sus manos entre mis manos y teniéndome así, como si yo
fuera una tierna muchacha y no un robusto socio del Tánger Tenis Club, me
dijo:
—¿No
vendréis esta noche a tomar té conmigo? Os mostraré una curiosidad que os
interesará extraordinariamente.
Le
entregué las monedas que en justicia le correspondían por su tabaco, y sin
responderle me retiré apresuradamente de su puesto. Estaba avergonzado,
como si me hubieran sorprendido cometiendo una mala acción. Pero ¿qué
podía hacer? Había caído bajo la autoridad secreta del egipcio.
No me
convenía engañarme a mí mismo. Nassin el Mago era el único hombre sobre la
tierra que podía ejercer sobre mí ese dominio invisible, avergonzador,
torturante que se denomina "acción hipnótica". No me convenía huir de él,
porque yo hubiera quedado humillado para toda la vida. Además, mi cargo de
cónsul no me permitía abandonar Tánger a capricho. Tenía que quedarme allí
y desafiar la cita del egipcio y vencerlo, además.
No me
quedaba duda:
Nassin
quería dominarme. Convertirme en un esclavo suyo. Para ello era
indispensable que yo le obedeciera ciegamente, como si fuera un negro que
él hubiera comprado a una caravana de árabes. Su invitación para que fuera
a la noche a tomar té con él era la última formalidad que el egipcio
cumplía para remachar la cadena con que me amarraría a su tremenda
y misteriosa voluntad.
Impacientemente esperé durante todo el día que llegara la noche.
Estaba angustiado e irritado, como si dos naturalezas opuestas entre sí
combatieran en mí. Recuerdo que revisé cuidadosamente mi pistola
automática y engrasé sus resortes. Iba a librar una lucha sin cuartel;
Nassin me dominaría, y entonces yo caería a sus pies y besaría el suelo
que él pisaba, o triunfaba yo y le hacía volar la cabeza en pedazos. Y
para que, efectivamente, su cabeza pudiera volar en pedazos, recuerdo que
llevé a lo de un herrero las balas de acero de mi pistola y las hice
convertir en dum-dum. Quería ver volar en pedazos la cabeza de serpiente
del egipcio.
A las
diez de la noche puse en marcha mi automóvil, y después de dejar atrás la
playa y las murallas de la época de la dominación portuguesa, me detuve
frente a la tienda del egipcio. Como de costumbre, no estaba allí, pero de
pronto su cabeza asomó tras el mostrador y sus ojos brillantes y fríos se
quedaron mirándome inmóviles, mientras sus manos arrastrándose sobre los
paquetes de tabaco, tomaban las mías. Se quedó mirándome, así, un
instante, tal si yo fuera el principio y el fin de su vida; luego,
precipitadamente abandonó el mostrador, abrió una portezuela, y haciéndome
una inmensa inclinación, como si yo fuera el Comendador de los Creyentes,
me hizo pasar al interior de la tienda; apartó una cortinilla dorada y me
encontré en un pasadizo oscuro. Un negro gigantesco, más alto que una
torre, ventrudo como una ballena, me tomó de una mano y me condujo
hasta una sala. El negro era el que atendía la tienda de las
hierbas medicinales.
Entré
en la sala. El suelo estaba allí cubierto de tapices, cojines, almohadones,
colchonetas. En un rincón humeaba un pebetero; me senté en un cojín y
comencé a esperar.
Cuánto
tiempo permanecí ensimismado, quizá por el efecto aromático de las hierbas
que humeaban y se consumían en el pebetero, no lo sé. Al levantar los
párpados sorprendí al egipcio sentado también frente a mí, en cuclillas.
Me miraba en silencio, sin irritación ni malevolencia, pero era la suya
una mirada fría, tan ultrajante por su misma frialdad que me producía
rabiosos deseos de execrarle la cara con los más atroces insultos. Pero no
abrí los labios y seguí con los ojos una señal de su dedo índice: me
señalaba una bola de vidrio.
La bola
de vidrio parecía alumbrada en su interior por un destello esférico que
crecía insensiblemente a medida que se hacía más y más oscura la penumbra
de la sala. Hubo un momento en que no vi más al egipcio ni a las espesas
colgaduras de alrededor, sino la bola de vidrio, un vidrio que parecía
plomo transparente, que se transformaba en una lámina de plata
centelleante y única en la infinitud de un mundo negro. Y yo no tenía
fuerzas para apartar los ojos de la bola de vidrio, hasta que de pronto
tuve conciencia de que el egipcio me estaba transmitiendo un deseo claro y
concreto:
"Ve al
cementerio cristiano y tráeme el ataúd donde hoy fue sepultada una
jovencita."
Me puse
de pie; el negro gigantesco se inclinó frente a mí al correr la cortina
dorada que me permitía salir a la tabaquería, subí a mi automóvil, y, sin
vacilar, me dirigí al cementerio.
¿Era
una idea mía lo que yo creía un deseo de Nassin? ¿Estaba yo
trastornado y atribuía al egipcio ciertas monstruosas fantasías que nacían
de mí?
Los
procedimientos de la magia negra son, a pesar de la incredulidad de los
racionalistas, procesos de sugestión y de acrecentamiento de la propia
ferocidad. Los magos son hombres de una crueldad ilimitada, y ejercen la
magia para acrecentar en ellos la crueldad, porque la crueldad es el único
goce efectivo que les es dado saborear sobre la tierra. Claro está; ningún
mago puede poner en juego ni hacerse obedecer por fuerzas cósmicas.
"Ve al
cementerio cristiano y tráeme el ataúd donde hoy fue sepultada una
jovencita." ¿Era aquélla una orden del mago o una sugestión nacida de mi
desequilibrio?
Tendría
la prueba muy pronto.
Encaminé mi automóvil hacia el cementerio cristiano. Era lunes, uno de los
cuatro días de la semana que no es fiesta en Tánger, porque el viernes es
el domingo musulmán; el sábado, el domingo judío, y el domingo el domingo
cristiano.
Llegando frente al cementerio, detuve el automóvil parte de la muralla
derribada hacía pocos días por un camión que había chocado allí; aparté
unas tablas y, tomando una masas y un cortafrío de mi cajón de
herramientas, comencé a vagar entre las tumbas. Dónde estaba sepultada la
jovencita, yo no lo sabía; caminaba al azar hasta que de pronto sentí una
voz que me murmuraba en mi oído:
"Aquí."
Estaba
frente a una bóveda cuya cancela forcé rápidamente. Derribé, valiéndome de
mi maza, varias lápidas de mármol dejé al descubierto un ataúd. Sin
vacilar, cargué el cajón fúnebre a mi espalda (fue un milagro que no me
viera nadie, porque la luna brillaba intensamente), y agobiado como un
ganapán por el peso del ataúd, salí vacilante, lo deposité en mi automóvil
y me dirigí nuevamente a casa del egipcio.
Voy a
interrumpir mi relato con esta pregunta:
—¿Qué
harían ustedes si un cliente les trajera a su noche, un muerto dentro de
su ataúd?
Estoy
seguro de que lo rechazarían con gestos airados, ¿no es así? De ningún
modo permitirían ustedes que el cliente se introdujera en su hogar con el
cadáver del desconocido.
Pues
bien; cuando yo me detuve frente a la casa del mago egipcio, éste asomó a
la puerta y, en vez de expulsarme, me recibió atentamente.
Era muy
avanzada la noche, y no había peligro de que nadie nos viera.
Apresuradamente el egipcio abrió las hojas de la puerta, y casi sin sentir
sobre mí la tremenda carga del ataúd, deposité el cajón del muerto en el
suelo y con un pañuelo, tranquilamente, me quedé enjugando el sudor de mi
frente.
El
egipcio volvió armado de una palanca, introdujo su cuña entre las juntas
de la tapa y el cajón, y de pronto el ataúd entero crujió y la tapa saltó
por los aires.
Cometida esta violación, el egipcio encendió un candelabro de tres brazos,
cargado de tres cirios negros, los colocó sesgadamente en dirección a La
Meca, y luego, revistiéndose de una estola negra bordada con signos
jeroglíficos, con un cuchillo cortó la fina cubierta de estaño que cerraba
el ataúd.
No pude
contener mi curiosidad. Asomándome sobre su espalda, me incliné sobre el
féretro y descubrí que "casualmente" yo había robado del cementerio un
ataúd que contenía a una jovencita.
No me
quedó ninguna duda:
El
egipcio se dedicaba a la magia. Él era quien me había ordenado mentalmente
que robara un cadáver. Vacilar era perderme para siempre. Eché mano al
bolsillo, extraje la pistola, coloque su cañón horizontalmente hacia la
nuca de Nassin y apreté el disparador. La cabeza del egipcio voló en
pedazos; su cuerpo, arrodillado y descabezado, vaciló un instante y luego
se derrumbó.
Sin
esperar más salí. Nadie se cruzó en mi camino.
Al día
siguiente, al pasar frente a la tabaquería del egipcio, vi que estaba
cerrada. Un cartelito pendía del muro:
"Cerrada porque Nassin el egipcio está de viaje".
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