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Obra en prosa - selección

Biografía de Tadeo Isidoro Cruz
I'm looking for the face I had
Before the world was made.
Yeats: The winding stair.
El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle,
marchaban desde el Sur para incorporarse a las divisiones de López,
hicieron alto en una estancia cuyo nombre ignoraban, a tres o cuatro
leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo una pesadilla
tenaz: en la penumbra del galpón, el confuso grito despertó a la mujer que
dormía con él. Nadie sabe lo que soñó, pues al otro día, a las cuatro, los
montoneros fueron desbaratados por la caballería de Suárez y la
persecución duró nueve leguas, hasta los pajonales ya lóbregos, y el
hombre pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las guerras
del Perú y del Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo
recibió el nombre de Tadeo Isidoro.
Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la
componen, sólo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo
indispensable para que esa noche se entienda. La aventura consta en un
libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para
todos (1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones,
versiones, perversiones. Quienes han comentado, y son muchos, la historia
de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la llanura sobre su formación,
pero gauchos idénticos a él nacieron y murieron en las selváticas riberas
del Paraná y en las cuchillas orientales. Vivió, eso sí, en un mundo de
barbarie monótona. Cuando, en 1874, murió de una viruela negra, no había
visto jamás una montaña ni un pico de gas ni un molino. Tampoco una ciudad.
En 1849, fue a Buenos Aires con una tropa del establecimiento de Francisco
Xavier Acevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar el cinto:
Cruz, receloso, no salió de una fonda en el vecindario de los corrales.
Pasó ahí muchos días, taciturno, durmiendo en la tierra, mateando,
levantándose al alba y recogiéndose a la oración. Comprendió (más allá de
las palabras y aun del entendimiento) que nada tenía que ver con él la
ciudad. Uno de los peones, borracho, se burló de él. Cruz no le replicó,
pero en las noches del regreso, junto al fogón, el otro menudeaba las
burlas, y entonces Cruz (que antes no había demostrado rencor, ni siquiera
disgusto) lo tendió de una puñalada Prófugo, hubo de guarecerse en un
fachinal: noches después, el grito de un chajá le advirtió que lo había
cercado la policía. Probó el cuchillo en una mata: poro que no le
estorbaran en la de a pie, se quitó las espuelas. Prefirió pelear a
entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el hombro, en la mano izquierda;
malhirió a los más bravos de la partida; cuando la sangre le corrió entre
los dedos, peleó con más coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la
pérdida de sangre, lo desarmaron. El ejército, entonces, desempeñaba una
función penal; Cruz fue destinado a un fortín de la frontera Norte. Como
soldado raso, participó en las guerras civiles; a veces combatió por su
provincia natal, a veces en contra. El veintitrés de enero de 1856, en las
Lagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del
sargento mayor Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En esa
acción recibió una herida de lanza.
En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos
de nuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un hijo, dueño de
una fracción de campo. En 1869 fue nombrado sargento de la policía rural.
Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz,
aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una
lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la
noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su
historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche,
porque los actos son nuestro símbolo.)
Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de
un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.
Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en
la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro.
A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue
revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre. Los
hechos ocurrieron así:
En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar
a un malevo, que debía dos muertes a la justicia. Era éste un desertor de
las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado en
una borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un
vecino del partido de Rojas; el informe agregaba que procedía de la Laguna
Colorada. En este lugar, hacía cuarenta años, habíanse congregado los
montoneros para la desventura que dio sus carne a los pájaros y a los
perros; de ahí salió Manuel Mesa, que fue ejecutado en la plaza de la
Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de
ahí, el desconocido que engendró a Cruz y que pereció en una zanja,
partido el cráneo por un sable de las batallas del Perú y del Brasil. Cruz
había olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud
lo reconoció... El criminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un
largo laberinto de idas y de venidas; éstos, sin embargo lo acorralaron la
noche del doce de julio. Se había guarecido en un pajonal. La tiniebla era
casi indescifrable; Cruz y ¡os suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia
las matas en cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre secreto.
Gritó un chajá; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya
ese momento. El criminal salió de la guarida para pelearlos. Cruz lo
entrevió, terrible; la crecida melena y la barba gris parecían comerle la
cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. Básteme recordar que el
desertor malhirió o mató a varios de los hombres de Cruz. Este, mientras
combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad),
empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero
que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las
jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de
lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la
desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a
consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear
contra los soldados junto al desertor Martín Fierro.
Diálogo sobre un diálogo
A. -Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera
sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y
una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández
repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es
del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que
pueda sucederle a un hombre. Yo jugaba con una navaja de Macedonio; la
abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba la Cumparsita, esa
pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron
que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para
discutir sin estorbo.
Z (burlon).- Pero sospecho que al final no se resolvieron.
A (ya en plena mística).- Francamente no recuerdo si esa noche nos
suicidamos.
El amenazado
Es el amor, tendré que ocultarme o huir.
Crecen los muros de su cárcel, como un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única ¿de qué me
servirán mis talismanes; el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el
aprendizaje de las palabras que usó al áspero norte para cantar sus mares
y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas
comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis
muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro
se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya
se han oscurecido los que me miran por las ventanas, pero la sombra no me
ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor; la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y
la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo. Es el amor con su mitología,
con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar. Ya los ejércitos se
cercan, las hordas (esta habitación es irreal; ella no la ha visto). El
nombre de una mujer me delata. Me duele una mujer en todo el cuerpo.
Hombre de la esquina rosada
A Enrique Amorim
A mí, tan luego, hablarme del finado Francisco Real. Yo lo conocí, y eso
que éstos no eran sus barrios porque el sabía tallar más bien por el
Norte, por esos laos de la laguna de Guadalupe y la Batería. Arriba de
tres veces no lo traté, y ésas en una misma noche, pero es noche que no se
me olvidará, como que en ella vino la Lujanera porque sí a dormir en mi
rancho y Rosendo Juárez dejó, para no volver, el Arroyo. A ustedes, claro
que les falta la debida esperiencia para reconocer ése nombre, pero
Rosendo Juárez el Pegador, era de los que pisaban más fuerte por Villa
Santa Rita. Mozo acreditao para el cuchillo, era uno de los hombres de don
Nicolás Paredes, que era uno de los hombres de Morel. Sabía llegar de lo
más paquete al quilombo, en un oscuro, con las prendas de plata; los
hombres y los perros lo respetaban y las chinas también; nadie inoraba que
estaba debiendo dos muertes; usaba un chambergo alto, de ala finita, sobre
la melena grasíenta; la suerte lo mimaba, como quien dice. Los mozos de la
Villa le copiábamos hasta el modo de escupir. Sin embargo, una noche nos
ilustró la verdadera condición de Rosendo.
Parece cuento, pero la historia de esa noche rarísima empezó por un
placero insolente de ruedas coloradas, lleno hasta el tope de hombres, que
iba a los barquinazos por esos callejones de barro duro, entre los hornos
de ladrillos y los huecos, y dos de negro, dele guitarriar y aturdir, y el
del pescante que les tiraba un fustazo a los perros sueltos que se le
atravesaban al moro, y un emponchado iba silencioso en el medio, y ése era
el Corralero de tantas mentas, y el hombre iba a peliar y a matar. La
noche era una bendición de tan fresca; dos de ellos iban sobre la capota
volcada, como si la soledá juera un corso. Ese jue el primer sucedido de
tantos que hubo, pero recién después lo supimos. Los muchachos estábamos
dende temprano en el salón de Julia, que era un galpón de chapas de cinc,
entre el camino de Gauna y el Maldonado. Era un local que usté lo divisaba
de lejos, por la luz que mandaba a la redonda el farol sinvergüenza, y por
el barullo también. La Julia, aunque de humilde color, era de lo más
conciente y formal, así que no faltaban músicantes, güen beberaje y
compañeras resistentes pal baile. Pero la Lujanera, que era la mujer de
Rosendo, las sobraba lejos a todas. Se murió, señor, y digo que hay años
en que ni pienso en ella, pero había que verla en sus días, con esos ojos.
Verla, no daba sueño.
La caña, la milonga, el hembraje, una condescendiente mala palabra de boca
de Rosendo, una palmada suya en el montón que yo trataba de sentir como
una amistá: la cosa es que yo estaba lo más feliz. Me tocó una compañera
muy seguidora, que iba como adivinándome la intención. El tango hacía su
voluntá con nosotros y nos arriaba y nos perdía y nos ordenaba y nos
volvía a encontrar. En esa diversión estaban los hombres, lo mismo que en
un sueño, cuando de golpe me pareció crecida la música, y era que ya se
entreveraba con ella la de los guitarreros del coche, cada vez más cercano.
Después, la brisa que la trajo tiró por otro rumbo, y volví a atender a mi
cuerpo y al de la compañera y a las conversaciones del baile. Al rato
largo llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz. En seguida un
silencio general, una pechada poderosa a la puerta y el hombre estaba
adentro. El hombre era parecido a la voz.
Para nosotros no era todavía Francisco ReaI, pero sí un tipo alto,
fornido, trajeado enteramente de negro, y una chalina de un color como
bayo, echada sobre el hombro. La cara recuerdo que era aindiada,
esquinada.
Me golpeó la hoja de la puerta al abrirse. De puro atolondrado me le jui
encima y le encajé la zurda en la facha, mientras con la derecha sacaba el
cuchillo filoso que cargaba en la sisa del chaleco, junto al sobaco
izquierdo. Poco iba a durarme la atropellada. El hombre, para afirmarse,
estiró los brazos y me hizo a un lado, como despidiéndose de un estorbo.
Me dejó agachado detrás, todavía con la mano abajo del saco, sobre el arma
inservible. Siguió como si tal cosa, adelante. Siguió, siempre más alto
que cualquiera de los que iba desapartando, siempre como sin ver. Los
primeros -puro italianaje mirón- se abrieron como abanico, apurados. La
cosa no duró. En el montón siguiente ya estaba el Inglés esperándolo, y
antes de sentir en el hombro la mano del forastero, se le durmió con un
planazo que tenía listo. Jue ver ése planazo y jue venírsele ya todos al
humo. El establecimiento tenía más de muchas varas de fondo, y lo arriaron
como un cristo, casi de punta a punta, a pechadas, a silbidos y a
salivazos. Primero le tiraron trompadas, después, al ver que ni se atajaba
los golpes, puras cachetadas a mano abierta o con el fleco inofensivo de
las chalinas, como riéndose de él. También, como reservándolo pa Rosendo,
que no se había movido para eso de la paré del fondo, en la que hacía
espaldas, callado. Pitaba con apuro su cigarrillo, como si ya entendiera
lo que vimos claro después. El Corralero fue empujado hasta él, firme y
ensangrentado, con ése viento de chamuchina pifiadora detrás. Silbando,
chicoteado, escupido, recién habló cuando se enfrentó con Rosendo.
Entonces lo miró y se despejo la cara con el antebrazo y dijo estas cosas:
Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy Francisco Real, que le
dicen el Corralero. Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran
la mano, porque lo que estoy buscando es un hombre. Andan por ahí unos
bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de
cuchillero , y de malo , y que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa
que me enseñe a mi, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de
vista.
Dijo esas cosas y no le quitó los ojos de encima. Ahora le relucía un
cuchillón en la mano derecha, que en fija lo había traído en la manga.
Alrededor se habían ido abriendo los que empujaron, y todos los mirábamos
a los dos, en un gran silencio. Hasta la jeta del mulato ciego que tocaba
el violín, acataba ese rumbo.
En eso, oigo que se desplazaban atrás, y me veo en el marco de la puerta
seis o siete hombres, que serían la barra del Corralero. El más viejo, un
hombre apaisanado, curtido, de bigote entrecano, se adelantó para quedarse
como encandilado por tanto hembraje y tanta luz, y se descubrió con
respeto. Los otros vigilaban, listos para dentrar a tallar si el juego no
era limpio.
¿Qué le pasaba mientras tanto a Rosendo, que no lo sacaba pisotiando a ese
balaquero? Seguía callado, sin alzarle los ojos. El cigarro no sé si lo
escupió o si se le cayó de la cara. Al fin pudo acertar con unas palabras,
pero tan despacio que a los de la otra punta del salón no nos alcanzo lo
que dijo. Volvió Francisco Real a desafiarlo y él a negarse. Entonces, el
más muchacho de los forasteros silbó. La Lujanera lo miró aborreciéndolo y
se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las
chinas, y se jue a su hombre y le metió la mano en el pecho y le sacó el
cuchillo desenvainado y se lo dió con estas palabras:
Rosendo, creo que lo estarás precisando.
A la altura del techo había una especie de ventana alargada que miraba al
arroyo. Con las dos manos recibió Rosendo el cuchillo y lo filió como si
no lo reconociera. Se empinó de golpe hacia atrás y voló el cuchillo
derecho y fue a perderse ajuera, en el Maldonado. Yo sentí como un frío.
De asco no te carneo dijo el otro, y alzó, para castigarlo, la mano.
Entonces la Lujanera se le prendió y le echó los brazos al cuello y lo
miró con esos ojos y le dijo con ira:
Dejalo a ése, que nos hizo creer que era un hombre.
Francisco Real se quedó perplejo un espacio y luego la abrazó como para
siempre y les gritó a los musicantes que le metieran tango y milonga y a
los demás de la diversión, que bailáramos. La milonga corrió como un
incendio de punta a punta. Real bailaba muy grave, pero sin ninguna luz,
ya pudiéndola. Llegaron a la puerta y grito:
¡;Vayan abriendo cancha, señores, que la llevo dormida !
Dijo, y salieron sien con sien, como en la marejada del tango, como si los
perdiera el tango.
Debí ponerme colorao de vergüenza. Di unas vueltitas con alguna mujer y la
planté de golpe. Inventé que era por el calor y por la apretura y jui
orillando la paré hasta salir. Linda la noche, ¿;para quien? A la vuelta
del callejón estaba el placero, con el par de guitarras derechas en el
asiento, como cristianos. Dentre a amargarme de que las descuidaran así,
como si ni pa recoger changangos sirviéramos. Me dio coraje de sentir que
no éramos naides. Un manotón a mi clavel de atrás de la oreja y lo tiré a
un charquito y me quedé un espacio mirándolo, como para no pensar en más
nada. Yo hubiera querido estar de una vez en el día siguiente, yo me
quería salir de esa noche. En eso, me pegaron un codazo que jue casi un
alivio. Era Rosendo, que se escurría solo del barrio.
Vos siempre has de servir de estorbo, pendejo me rezongó al pasar, no sé
si para desahogarse, o ajeno. Agarró el lado más oscuro, el del Maldonado;
no lo volví a ver más.
Me quedé mirando esas cosas de toda la vida cielo hasta decir basta, el
arroyo que se emperraba solo ahí abajo, un caballo dormido, el callejón de
tierra, los hornos y pensé que yo era apenas otro yuyo de esas orillas,
criado entre las flores de sapo y las osamentas. ¿Que iba a salir de esa
basura sino nosotros, gritones pero blandos para el castigo, boca y
atropellada no más? Sentí después que no, que el barrio cuanto más
aporriao, más obligación de ser guapo.
¿Basura? La milonga déle loquiar, y déle bochinchar en las casas, y traía
olor a madreselvas el viento. Linda al ñudo la noche. Había de estrellas
como para marearse mirándolas, una encima de otras. Yo forcejiaba por
sentir que a mí no me representaba nada el asunto, pero la cobardía de
Rosendo y el coraje insufrible del forastero no me querían dejar. Hasta de
una mujer para esa noche se había podido aviar el hombre alto. Para esa y
para muchas, pensé, y tal vez para todas, porque la Lujanera era cosa
seria. Sabe Dios qué lado agarraron. Muy lejos no podían estar. A lo mejor
ya se estaban empleando los dos, en cualesquier cuneta.
Cuando alcancé a volver, seguía como si tal cosa el bailongo.
Haciéndome el chiquito, me entreveré en el montón, y vi que alguno de los
nuestros había rajado y que los norteros tangueaban junto con los demás.
Codazos y encontrones no había, pero si recelo y decencia. La música
parecía dormilona, las mujeres que tangueaban con los del Norte, no decían
esta boca es mía.
Yo esperaba algo, pero no lo que sucedió.
Ajuera oímos una mujer que lloraba y después la voz que ya conocíamos,
pero serena, casi demasiado serena, como si ya no juera de alguien,
diciéndole:
Entrá, m'hija y luego otro llanto. Luego la voz como si empezara a
desesperarse.
¡Abrí te digo, abrí gaucha arrastrada, abrí, perra! se abrió en eso la
puerta tembleque, y entró la Lujanera, sola. Entró mandada, como si
viniera arreándola alguno.
La está mandando un ánima dijo el Inglés.
Un muerto, amigo dijo entonces el Corralero. El rostro era como de
borracho. Entró, y en la cancha que le abrimos todos, como antes, dio unos
pasos marcado alto, sin ver y se fue al suelo de una vez, como poste.
Uno de los que vinieron con él, lo acostó de espaldas y le acomodó el
ponchito de almohada. Esos ausilios lo ensuciaron de sangre. Vimos
entonces que traiba una herida juerte en el pecho; la sangre le encharcaba
y ennegrecia un lengue punzó que antes no le oservé, porque lo tapó la
chalina. Para la primera cura, una de las mujeres trujo caña y unos trapos
quemados. El hombre no estaba para esplicar. La Lujanera lo miraba como
perdida, con los brazos colgando. Todos estaban preguntándose con la cara
y ella consiguió hablar. Dijo que luego de salir con el Corralero, se
jueron a un campito, y que en eso cae un desconocido y lo llama como
desesperado a pelear y le infiere esa puñalada y que ella jura que no sabe
quién es y que no es Rosendo. ¿Ouién le iba a creer?
El hombre a nuestros pies se moría. Yo pensé que no le había temblado el
pulso al que lo arregló. El hombre, sin embargo, era duro. Cuando golpeó,
la Julia había estao cebando unos mates y el mate dio la vuelta redonda y
volvió a mi mano, antes que falleciera. "Tápenme la cara", dijo despacio,
cuando no pudo más. Sólo le quedaba el orgullo y no iba a consentir que le
curiosearan los visajes de la agonía. Alguien le puso encima el chambergo
negro, que era de copa altísima. Se murió abajo del chambergo, sin queja.
Cuando el pecho acostado dejó de subir y bajar, se animaron a descubrirlo.
Tenía ese aire fatigado de los difuntos; era de los hombres de más coraje
que hubo en aquel entonces, dende la Batería hasta el Sur; en cuanto lo
supe muerto y sin habla, le perdí el odio.
Para morir no se precisa más que estar vivo dijo una del montón, y otra,
pensativa también:
Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que pa juntar moscas.
Entonces los norteros jueron diciéndose un cosa despacio y dos a un tiempo
la repitieron juerte después.
Lo mató la mujer.
Uno le grito en la cara si era ella, y todos la cercaron. Ya me olvidé que
tenía que prudenciar y me les atravesé como luz. De atolondrado, casi pelo
el fiyingo. Sentí que muchos me miraban, para no decir todos. Dije como
con sorna:
Fijensén en las manos de esa mujer. ¿;Que pulso ni que corazón va a tener
para clavar una puñalada?
Añadí, medio desganado de guapo:
¿;Quién iba a soñar que el finao, que asegún dicen, era malo en su barrio,
juera a concluir de una manera tan bruta y en un lugar tan enteramente
muerto como éste, ande no pasa nada, cuando no cae alguno de ajuera para
distrairnos y queda para la escupida después?
El cuero no le pidió biaba a ninguno.
En eso iba creciendo en la soledá un ruido de jinetes. Era la policía.
Quien más, quien menos, todos tendrían su razón para no buscar ese trato,
porque determinaron que lo mejor era traspasar el muerto al arroyo.
Recordarán ustedes aquella ventana alargada por la que pasó en un brillo
el puñal. Por ahí paso después el hombre de negro. Lo levantaron entre
muchos y de cuantos centavos y cuanta zoncera tenía lo aligeraron esas
manos y alguno le hachó un dedo para refalarle el anillo. Aprovechadores,
señor, que así se le animaban a un pobre dijunto indefenso, después que lo
arregló otro más hombre. Un envión y el agua torrentosa y sufrida se lo
llevó. Para que no sobrenadara, no se si le arrancaron las vísceras,
porque preferí no mirar. El de bigote gris no me quitaba los ojos. La
Lujanera aprovechó el apuro para salir.
Cuando echaron su vistazo los de la ley, el baile estaba medio animado. El
ciego del violín le sabía sacar unas habaneras de las que ya no se oyen.
Ajuera estaba queriendo clariar. Unos postes de ñandubay sobre una lomada
estaban como sueltos, porque los alambrados finitos no se dejaban divisar
tan temprano.
Yo me fui tranquilo a mi rancho, que estaba a unas tres cuadras. Ardía en
la ventana una lucecita, que se apagó en seguida. De juro que me apure a
llegar, cuando me di cuenta. Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo
corto y filoso que yo sabía cargar aquí, en el chaleco, junto al sobaco
izquierdo, y le pegué otra revisada despacio, y estaba como nuevo,
inocente, y no quedaba ni un rastrito de sangre.
El inmortal
Solomon
saith: There is no new thing upon the earth. So that as Plato had
an imagination, that all knowledge was but remembrance; so Solomon
given his sentence, that all novelty is but oblivion.
FRANCIS
BACON, Essays, LVIII
En
Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph
Cartaphilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis
volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Illiada de Pope. La princesa
los adquirió; al recibirlos, cambio unas palabras con él. Era, nos dice,
un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos
singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas
lenguas; en muy pocos minutos paso del francés al ingles y del ingles a
una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugues de Macao.
En octubre, la princesa oyó por un pasajero del Zeus que
Cartaphilus había muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habían
enterrado en la isla de Ios. En el ultimo tomo de la Iliada hallo este
manuscrito.
El original
esta redactado en ingles y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos
es literal
I
Que yo
recuerde, mis trabajos empezaron en un jardín de Tebas Hekatompylos,
cuando Dioclecia no era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las
recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo
acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia
consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos
el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las
ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos;
Alejandría, debelada, imploro en vano la misericordia del Cesar; antes de
un año las legiones reportaron el triunfo, pero yo logre apenas divisar el
rostro de Marte. Esa privación
me dolió
y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y
difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.
Mis trabajos
empezaron, he referido, en un jardín
de Tebas. Toda esa noche no dormí,
pues algo estaba combatiendo en mi corazón.
Me levante poco antes del alba; mis esclavos dormían,
la luna tenia el mismo color de la infinita arena. Un jinete rendido y
ensangrentado venia del oriente. A unos pasos de mi, rodó
del caballo. Con una tenue voz insaciable me pregunto en latín
el nombre del río
que bañaba
los muros de la ciudad. Le respondí
que era el Egipto, que alimentan las lluvias. Otro es el río que
persigo, replico tristemente, el río secreto que purifica de la
muerte a los hombres. Oscura sangre le manaba del pecho. Me dijo que
su patria era una montaña que esta al otro lado del Ganges y que en esa
montaña era fama que si alguien caminara hasta el occidente, donde se
acaba el mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la inmortalidad. Agrego
que en la margen ulterior se eleva la Ciudad de los Inmortales, rica en
baluartes y anfiteatros y templos. Antes de la aurora murió, pero yo
determine descubrir la ciudad y su río. Interrogados por el verdugo,
algunos prisioneros mauritanos confirmaron la relación del viajero;
alguien recordó la llanura elísea, en el termino de la tierra, donde la
vida de los hombres es perdurable; alguien, las cumbres donde nace el
Pactolo, cuyos moradores viven un siglo. En Roma, converse con filósofos
que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y
multiplicar el numero de sus muertes. Ignoro si creí alguna vez en la
Ciudad de los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea de
buscarla. Flavio, procónsul de Getulia, me entregó doscientos soldados
para la empresa. También reclute mercenarios, que se dijeron conocedores
de los caminos y que fueron los primeros en desertar.
Los hechos
ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras
primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto.
Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen
del comercio de la palabra; el de los garamantas, que tienen las mujeres
en común y se nutren de leones; el de los augilas, que sólo veneran el
Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena; donde el
viajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del día es
intolerable. De lejos divise la montaña que dio nombre al Océano: en sus
laderas crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los
sátiros, nación de hombres ferales y rústicos, inclinados a la lujuria.
Que esas regiones bárbaras,
donde la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una
ciudad famosa, a todos nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha,
pues hubiera sido una afrenta retroceder.
Algunos
temerarios durmieron con la cara expuesta a la luna; la fiebre los ardió;
en el agua depravada de las cisternas otros bebieron la locura y la
muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los
motines. Para reprimirlos, no vacile ante el ejercicio de la severidad.
Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos
(ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte.
Huí del campamento, con los pocos soldados que me eran fieles. En el
desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una
flecha cretense me laceró. Varios días erre sin encontrar agua, o un solo
enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed.
Deje el camino al arbitrio de mi caballo. En el alba, la lejanía se erizó
de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido
laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis
ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo
sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.
II
Al
desenredarme por fin de esa pesadilla, me vi tirado y maniatado en un
oblongo nicho de piedra, no mayor que una sepultura común,
superficialmente excavado en el agrio declive de una montaña. Los lados
eran húmedos, antes pulidos por el tiempo que por la industria. Sentí en
el pecho un doloroso latido, sentí que me abrasaba la sed. Me asome y
grite débilmente. Al pie de la montaña se dilataba sin rumor un arroyo
impuro, entorpecido por escombros y arena; en la opuesta margen
resplandecía (bajo el ultimo sol o bajo el primero) la evidente Ciudad de
los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el fundamento era
una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares, análogos al mío,
surcaban la montuna y el valle. En la arena había pozos de poca hondura;
de esos mezquinos agujeros (y de los nichos) emergían hombres de piel
gris, de barba negligente, desnudos. Creí reconocerlos: pertenecían a la
estirpe bestial de los trogloditas, que infestan las riberas del Golfo
Arábigo y las grutas etiópicas; no me maraville de que no hablaran y de
que devoraran serpientes.
La urgencia
de la sed me hizo temerario. Considere que estaba a unos treinta pies de
la arena; me tire, cerrados los ojos, atadas a la espalda las manos,
montaña abajo. Hundí la cara ensangrentada en el agua oscura. Bebí como se
abrevan los animales. Antes de perderme otra vez en el sueno y en los
delirios, inexplicablemente repetí unas palabras griegas: los ricos
teucros de Zelea que beben el agua negra del Esepo...
No se cuantos
días y noches rodaron sobre mi. Doloroso, incapaz de recuperar el abrigo
de las cavernas, desnudo en la ignorada arena, deje que la luna y el sol
jugaran con mi aciago destino. Los trogloditas, infantiles en la barbarie,
no me ayudaron a sobrevivir o a morir. En vano les rogué que me dieran
muerte. Un día, con el filo de un pedernal rompí mis ligaduras. Otro, me
levante y pude mendigar o robar--yo, Marco Flaminio Rufo, tribuno militar
de una de las legiones de Roma--mi primera detestada ración de carne de
serpiente.
La codicia de
ver a los Inmortales, de tocar la sobrehumana Ciudad, casi me vedaba
dormir. Como si penetraran mi propósito, no dormían tampoco los
trogloditas: al principio inferí que me vigilaban; luego, que se habían
contagiado de mi inquietud, como podrían contagiarse los perros. Para
alejarme de la bárbara
aldea elegí la mas publica de las horas, la declinación de la tarde,
cuando casi todos los hombres emergen de las grietas y de los pozos y
miran el poniente, sin verlo. Ore en voz alta, menos para suplicar el
favor divino que para intimidar a la tribu con palabras articuladas.
Atravesé el arroyo que los médanos entorpecen y me dirigí a la Ciudad.
Confusamente me siguieron dos o tres hombres. Eran (como los otros de ese
linaje) de menguada estatura; no inspiraban temor, sino repulsión. Debí
rodear algunas hondonadas irregulares que me parecieron canteras; ofuscado
por la grandeza de la Ciudad, yo la habla creído cercana. Hacia la
medianoche, pise, erizada de formas idolátricas en la arena amarilla, la
negra sombra de sus muros. Me detuvo una especie de horror sagrado. Tan
abominadas del hombre son la novedad y el desierto que me alegre de que
uno de los trogloditas me hubiera acompañado hasta el fin. Cerré los ojos
y aguarde (sin dormir) que relumbrara el día.
He dicho que
la Ciudad estaba fundada sobre una meseta de piedra. Esta meseta
comparable a un acantilado no era menos ardua que los muros. En vano
fatigue mis pasos: el negro basamento no descubría la menor irregularidad,
los muros invariables no parecían consentir una sola puerta. La fuerza del
día hizo que yo me refugiara en una caverna; en el fondo había un pozo, en
el pozo una escalera que se abismaba hacia la tiniebla inferior. Baje; por
un caos de sórdidas galerías llegue a una vasta cámara circular, apenas
visible. Había nueve puertas en aquel sótano; ocho daban a un laberinto
que falazmente desembocaba en la misma cámara; la novena (a través de otro
laberinto) daba a una segunda cámara circular, igual a la primera. Ignoro
el numero total de las cámaras; mi desventura y mi ansiedad las
multiplicaron. El silencio era hostil y casi perfecto; otro rumor no había
en esas profundas redes de piedra que un viento subterráneo, cuya causa no
descubrí; sin ruido se perdían entre las grietas hilos de agua
herrumbrada. Horriblemente me habitúe a ese dudoso mundo; considere
increíble que pudiera existir otra cosa que sótanos provistos de nueve
puertas y que sótanos largos que se bifurcan. Ignoro el tiempo que debí
caminar bajo tierra; se que alguna vez confundí, en la misma nostalgia, la
atroz aldea de los bárbaros y mi ciudad natal, entre los racimos.
En el fondo
de un corredor, un no previsto muro me cerro el paso, una remota luz cayó
sobre mí. Alce los ofuscados ojos: en lo vertiginoso, en lo altísimo, vi
un circulo de cielo tan azul que pudo parecerme de púrpura. Unos peldaños
de metal escalaban el muro. La fatiga me relajaba, pero subí, sólo
deteniéndome a veces para torpemente sollozar de felicidad. Fui divisando
capiteles y astrágalos, frontones triangulares y bóvedas, confusas pompas
del granito y del mármol.
Así me fue deparado ascender de la ciega región de negros laberintos
entretejidos a la resplandeciente Ciudad.
Emergí a una
suerte de plazoleta; mejor dicho, de patio. Lo rodeaba un solo edificio de
forma irregular y altura variable; a ese edificio heterogéneo pertenecían
las diversas cúpulas y columnas. Antes que ningún otro rasgo de ese
monumento increíble, me suspendió lo antiquísimo de su fabrica. Sentí que
era anterior a los hombres, anterior a la tierra. Esa notoria antigüedad
(aunque terrible de algún modo para los ojos) me pareció adecuada al
trabajo de obreros inmortales. Cautelosamente al principio, con
indiferencia después, con desesperación al fin, erre por escaleras y
pavimentos del inextricable palacio. (Después averigüé que eran
inconstantes la extensión y la altura de los peldaños, hecho que me hizo
comprender la singular fatiga que me infundieron.) Este palacio es
fabrica de los dioses, pensé
primeramente. Explore los inhabitados recintos y corregí: Los dioses
que lo edificaron han muerto. Note sus peculiaridades y dije: Los
dioses que lo edificaron estaban locos. Lo dije, bien lo se, con una
incomprensible reprobación que era casi un remordimiento, con mas horror
intelectual que miedo sensible. A la impresión de enorme antigüedad se
agregaron otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de lo
complejamente insensato. Yo había cruzado un laberinto, pero la nítida
Ciudad de los Inmortales me atemoriza y repugna. Un laberinto es una casa
labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, prediga en
simetrías, esta subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamente
explore, la arquitectura carecía de fin. Abundaban el corredor sin salida,
la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una celda o a
un pozo, las increíbles escaleras inversas, con los peldaños y la
balaustrada hacia abajo. Otras, adheridas aéreamente al costado de un muro
monumental, morían sin llegar a ninguna parte, al cabo de dos o tres
giros, en la tiniebla superior de las cúpulas. Ignoro si todos los
ejemplos que he enumerado son literales; se que durante muchos años
infestaron mis pesadillas; no puedo ya saber si tal o cual rasgo es una
transcripción de la realidad o de las formas que desatinaron mis noches.
Esta Ciudad (pensé)
es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el
centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de
algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo
podrá ser valeroso o feliz. No quiero describirla; un caos de palabras
heterogéneas, un cuerpo de tigre o de toro, en el que pulularan
monstruosamente, conjugados y odiándose, dientes, órganos y cabezas,
pueden (tal vez) ser imágenes aproximativas.
No recuerdo
las etapas de mi regreso, entre los polvorientos y húmedos hipogeos.
Únicamente
se que no me abandonaba el temor de que, al salir del ultimo laberinto, me
rodeara otra vez la nefanda Ciudad de los Inmortales. Nada mas puedo
recordar. Ese olvido, ahora insuperable, fue quizá voluntario; quizá las
circunstancias de mi evasión fueron tan ingratas que, en algún día no
menos olvidado también, he jurado olvidarlas.
III
Quienes hayan
leído con atención el relato de mis trabajos recordaran que un hombre de
la tribu me siguió como un perro podría seguirme, hasta la sombra
irregular de los muros. Cuando salí del ultimo sótano, lo encontré en la
boca de la caverna. Estaba tirado en la arena, donde trazaba torpemente y
borraba una hilera de signos, que eran como las letras de los sueños, que
uno esta a punto de entender y luego se juntan. Al principio, creí que se
trataba de una escritura bárbara;
después vi que es absurdo imaginar que hombres que no llegaron a la
palabra lleguen a la escritura. Además, ninguna de las formas era igual a
otra, lo cual excluía o alejaba la posibilidad de que fueran simbólicas.
El hombre las trazaba, las miraba y las corregía. De golpe, como si le
fastidiara ese juego, las borró con la palma y el antebrazo. Me miró, no
pareció reconocerme. Sin embargo, tan grande era el alivio que me inundaba
(o tan grande y medrosa mi soledad) que di en pensar que ese rudimental
troglodita, que me miraba desde el suelo de la caverna, había estado
esperándome. El sol caldeaba la llanura; cuando emprendimos el regreso a
la aldea, bajo las primeras estrellas, la arena era ardorosa bajo los
pies. El troglodita me precedió; esa noche concebí el propósito de
enseñare a reconocer, y acaso a repetir, algunas palabras. El perro y el
caballo (reflexione) son capaces de lo primero; muchas aves, como el
ruiseñor de los Cesares, de lo ultimo. Por muy basto que fuera el
entendimiento de un hombre, siempre sería superior al de irracionales.
La humildad y
miseria del troglodita me trajeron a la memoria la imagen de Argos, el
viejo perro moribundo de la Odisea, y así le puse el nombre de Argos y
trate de enseñárselo. Fracase y volví a fracasar. Los arbitrios, el rigor
y la obstinación fueron del todo vanos. Inmóvil, con los ojos inertes, no
parecía percibir los sonidos que yo procuraba inculcarle. A unos pasos de
mí, era como si estuviera muy lejos. Echado en la arena, como una pequeña
y ruinosa esfinge de lava, dejaba que sobre el giraran los cielos, desde
el crepúsculo del día hasta el de la noche. Juzgue imposible que no se
percatara de mi propósito. Recordé que es fama entre los etíopes que los
monos deliberadamente no hablan para que no los obliguen a trabajar y
atribuí a suspicacia o a temor el silencio de Argos. De esa imaginación
pase a otras, aun mas extravagantes. Pensé
que Argos y yo participábamos de universos distintos; pensé
que nuestras percepciones eran iguales, pero que Argos las combinaba de
otra manera y construía con ellas otros objetos; pensé
que acaso no había objetos para el, sino un vertiginoso y continuo juego
de impresiones brevísimas. Pensé
en un mundo sin memoria, sin tiempo; considere la posibilidad de un
lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales
o de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y con los días
los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió,
con lentitud poderosa.
Las noches
del desierto pueden ser frías, pero aquella había sido un fuego. Soñé que
un río de Tesalia (a cuyas aguas yo había restituido un pez de oro) venía
a rescatarme; sobre la roja arena y la negra piedra yo lo oía acercarse;
la frescura del aire y el rumor atareado de la lluvia me despertaron.
Corrí desnudo a recibirla. Declinaba la noche; bajo las nubes amarillas la
tribu, no menos dichosa que yo, se ofrecía a los vívidos aguaceros en una
especie de éxtasis. Parecían coribantes a quienes posee la divinidad.
Argos, puestos los ojos en la esfera, gemía; raudales le rodaban por la
cara; no sólo de agua, sino (después lo supe) de lagrimas. Argos, le
grite, Argos.
Entonces, con
mansa admiración, como si descubriera una cosa perdida y olvidada hace
mucho tiempo, Argos balbuceó estas palabras: Argos, perro de Ulises.
Y después, también sin mirarme: Este perro tirado en el estiércol.
Fácilmente
aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real. Le pregunte
que sabía de la Odisea. La practica del griego le era penosa; tuve que
repetir la pregunta.
Muy poco,
dijo. Menos que el rapsoda mas pobre. Ya habrán pasado mil cien años
desde que la inventé.
IV
Todo me fue
dilucidado, aquel día. Los trogloditas eran los Inmortales; el riacho de
aguas arenosas, el Río que buscaba el jinete. En cuanto a la ciudad cuyo
nombre se había dilatado hasta el Ganges, nueve siglos haría que los
Inmortales la habían asolado. Con las reliquias de su ruina erigieron, en
el mismo lugar, la desatinada ciudad que yo recorrí: suerte de parodia o
reverso y también templo de los dioses irracionales que manejan el mundo y
de los que nada sabemos, salvo que no se parecen al hombre. Aquella
fundación fue el ultimo símbolo a que condescendieron los Inmortales;
marca una etapa en que, juzgando que toda empresa es vana, determinaron
vivir en el pensamiento, en la pura especulación. Erigieron la fabrica, la
olvidaron y fueron a morar en las cuevas. Absortos, casi no perciban el
mundo físico.
Esas cosas
Homero las refirió, como quien habla con un niño. También me refirió su
vejez y el postrer viaje que emprendió, movido, como Ulises, por el
propósito de llegar a los hombres que no saben lo que es el mar ni comen
carne sazonada con sal ni sospechan lo que es un remo. Habitó un siglo en
la Ciudad de los Inmortales. Cuando la derribaron, aconseja la fundación
de la otra. Ello no debe sorprendernos; es fama que después de cantar la
guerra de Ilión, cantó la guerra de las ranas y los ratones. Fue como un
dios que creara el cosmos y luego el caos.
Ser inmortal
es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la
muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He
notado que, pese a las religiones, esa convicción es rarísima. Israelitas,
cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad, pero la veneración que
tributan al primer siglo prueba que sólo creen en el, ya que destinan
todos los demás, en numero infinito, a premiarlo o a castigarlo. Mas
razonable me parece la rueda de ciertas religiones del Indostán; en esa
rueda, que no tiene principio ni fin, cada vida es efecto de la anterior y
engendra la siguiente, pero ninguna determina el conjunto... Adoctrinada
por un ejercicio de siglos, la república de hombres inmortales había
logrado la perfección de la tolerancia y casi del desdén. Sabía que en un
plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o
futuras virtudes/ todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a
toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los
juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al
equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez,
y acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo
epíteto de las Eglogas o por una sentencia de Heráclito. El pensamiento
mas fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una
forma secreta. Se de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros
resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos... Encarados
así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No
hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado
un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es
no componer, siquiera una vez, la Odisea. nadie es alguien, un solo hombre
inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe,
soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de
decir que no soy.
El concepto
del mundo como sistema de precisas compensaciones influyó vastamente en
los Inmortales. En primer termino, los hizo invulnerables a la piedad. He
mencionado las antiguas canteras que rompían los campos de la otra margen;
un hombre se despeñó en la mas honda, no podía lastimarse ni morir, pero
lo abrasaba la sed; antes que le arrojaran una cuerda pasaron setenta
años. Tampoco interesaba el propio destino. El cuerpo era un sumiso animal
domestico y le bastaba, cada mes, la limosna de unas horas de sueno, de un
poco de agua y de una piltrafa de carne. Que nadie quiera rebajarnos a
ascetas. No hay placer mas complejo que el pensamiento y a el nos
entregábamos. A veces, un estimulo extraordinario nos restituía al mundo
físico. Por ejemplo, aquella mañana, el viejo goce elemental de la lluvia.
Esos lapsos eran rarísimos; todos los Inmortales eran capaces de perfecta
quietud; recuerdo alguno a quien jamás
he visto de pie: un pájaro anidaba en su pecho.
Entre los
corolarios de la doctrina de que no hay cosa que no este compensada por
otra, hay uno de muy poca importancia teórica, pero que nos indujo, a
fines o a principios del siglo X, a dispersarnos por la faz de la tierra.
Cabe en estas palabras: Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad;
en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren. El numero de
ríos no es infinito; un viajero inmortal que recorra el mundo acabara,
algún día, por haber bebido de todos. Nos propusimos descubrir ese río.
La muerte (o
su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos conmueven por
su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser ultimo; no hay
rostro que no este por desdibujarse como el rostro de un sueno. Todo.
entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso.
Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco
de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el
fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No
hay cosa que no este como perdida entre infatigables espejos. Nada puede
ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo
grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales. Homero y yo nos
separamos en las puertas de Tánger;
creo que no nos dijimos adiós.
V
Recorrí
nuevos reinos, nuevos imperios. En el otoño de 1066 milite en el puente de
Stamford, ya no recuerdo si en las filas de Harold, que no tardó en hallar
su destino, o en las de aquel infausto Harald Hardrada que conquistó seis
pies de tierra inglesa, o un poco mas. En el séptimo siglo de la Héjira,
en el arrabal de Bulaq, transcribí con pausada caligrafía, en un idioma
que he olvidado, en un alfabeto que ignoro, los siete viajes de Simbad y
la historia de la Ciudad de Bronce. En un patio de la cárcel de Samarcanda
he jugado muchísimo al ajedrez. En Bikanir he profesado la astrología y
también en Bohemia. En 1638 estuve en Kolozsvar y después en Leipzig. En
Aberdeen, en 1714, me suscribí a los seis volúmenes de la Ilíada
de Pope; se que los frecuente con deleite. Hacia 1729 discutí el origen de
ese poema con un profesor de retórica, llamado, creo, Giambattista; sus
razones me parecieron irrefutables. El cuatro de octubre de 1921, el
Patna, que me conducía a Bombay, tuvo que fondear en un puerto de la
costa eritrea
1. Baje; recordé otras mañanas muy antiguas,
también frente al Mar Rojo, cuando yo era tribuno de Roma y la fiebre y la
magia y la inacción consumían a los soldados. En las afueras vi un caudal
de agua clara; la probé, movido por la costumbre. Al repechar la margen,
un árbol espinoso me laceró el dorso de la mano. El inusitado dolor me
pareció muy vivo. Incrédulo, silencioso y feliz, contemple la preciosa
formación de una lenta gota de sangre. De nuevo soy mortal, me repetí, de
nuevo me parezco a todos los hombres. Esa noche, dormí hasta el amanecer.
...He
revisado, al cabo de un año, estas paginas. Me consta que se ajustan a la
verdad, pero en los primeros capítulos, y aun en ciertos párrafos de los
otros, creo percibir algo falso. Ello es obra, tal vez, del abuso de
rasgos circunstanciales, procedimiento que aprendí en los poetas y que
todo lo contamina de falsedad, ya que esos rasgos pueden abundar en los
hechos, pero no en su memoria... Creo, sin embargo, haber descubierto una
razón mas íntima. La escribiré; no importa que me juzguen fantástico.
La historia
que he narrado parece irreal porque en ella se mezclan los sucesos de dos
hombres distintos.
En el primer capítulo, el jinete quiere saber el nombre del río que baña
las murallas de Tebas; Flaminio Rufo, que antes ha dado a la ciudad el
epíteto de Hekatómpylos, dice que el río es el Egipto; ninguna de esas
locuciones es adecuada a el, sino / Homero, que hace mención expresa, en
la Ilíada, de Tebas Hekatómpylos, y en la Odisea, por boca de Proteo y de
Ulises, dice invariablemente Egipto por Nilo. En el capítulo segundo, el
romano, al beber el agua inmortal, pronuncia unas palabras en griego; esas
palabras son homéricas y pueden buscarse en el fin del famoso catalogo de
las naves. Después, en el vertiginoso palacio, habla de "una reprobación
que era casi un remordimiento"; esas palabras corresponden a Homero, que
había proyectado ese horror. Tales anomalías me inquietaron; otras, de
orden estético, me permitieron descubrir la verdad. El ultimo capítulo las
incluye; ahí esta escrito que milite en el puente de Stamford, que
transcribí, en Bulaq, los viajes de Simbad el Marino y que me suscribí, en
Aberdeen, a la Ilíada inglesa de Pope. Se lee, inter alia: "En
Bikanir he profesado la astrología y también en Bohemia". Ninguno de esos
testimonios es falso; lo significativo es el hecho de haberlos destacado.
El primero de todos parece convenir a un hombre de guerra, pero luego se
advierte que el narrador no repara en lo bélico y sí en la suerte de los
hombres. Los que siguen son mas curiosos. Una oscura razón elemental me
obligó a registrarlos; lo hice porque sabía que eran patéticos. No lo son,
dichos por el romano Flaminio Rufo. Lo son, dichos por Homero; es raro que
este copie, en el siglo trece, las aventuras de Simbad, de otro Ulises, y
descubra, a la vuelta de muchos siglos, en un reino boreal y un idioma
bárbaro, las formas de su Ilíada. En cuanto a la oración que recoge el
nombre de Bikanir, se ve que la ha fabricado un hombre de letras, ganoso
(como el autor del catalogo de las naves) de mostrar vocablos espléndidos
2.
Cuando se
acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras.
No es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna vez me
representaron con las que fueron símbolos de la suerte de quien me
acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como
Ulises; en breve, seré todos: estaré muerto.
Posdata de
1950.
Entre los comentarios que ha despertado la publicación anterior, el mas
curioso, ya que no el mas urbano, bíblicamente se titula A coat of many
colours (Manchester, 1948) y es obra de la tenacísima pluma del doctor
Nahum Cordovero. Abarca unas cien paginas. Habla de los centones griegos,
de los centones de la baja latinidad, de Ben Jonson, que definió a sus
contemporáneos con retazos de Séneca, del Virgilius evangelizans de
Alexander Ross, de los artificios de George Moore y de Eliot y,
finalmente, de "la narración atribuida al anticuario Joseph Cartaphilus".
Denuncia, en el primer capitulo, breves interpolaciones de Plinio (Historia
naturalis, V, 8); en el segundo, de Thomas de Quincey (Writings,
III, 439); en el tercero, de una epístola de Descartes al embajador Pierre
Chanut; en el cuarto, de Bernard Shaw
(Back
to Methuselah, V).
Infiere de esas intrusiones, o hurtos, que todo el documento es
apócrifo.
A mi
entender, la conclusión es inadmisible. Cuando se acerca el fin,
escribió Cartaphilus, ya no quedan imágenes del recuerdo; solo quedan
palabras. Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de
otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos.
A Cecilia
Ingenieros
El libro de
arena
...thy
rope of sands...
George
Herbert (1593-1623)
La línea
consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de
líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de
un número infinito de volúmenes... No, decididamente no es éste, more
geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es
verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin
embargo, es verídico.
Yo vivo solo,
en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí
un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de
rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de
pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En
seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego
advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la
manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría
una hora, supe que procedía de las Orcadas.
Le señalé una
silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo
ahora.
-Vendo
biblias -me dijo.
No sin
pedantería le contesté:
-En esta casa
hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo
asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la
peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son
precisamente biblias lo que me falta.
Al cabo de un
silencio me contestó:
-No sólo
vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese.
Lo adquirí en los confines de Bikanir.
Abrió la
valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en
tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado
peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.
-Será del
siglo diecinueve -observé.
-No sé. No lo
he sabido nunca -fue la respuesta.
Lo abrí al
azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron
gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la
manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en
versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me
llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y
la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho
cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los
diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un
niño.
Fue entonces
que el desconocido me dijo:
-Mírela bien.
Ya no la verá nunca más.
Había una
amenaza en la afirmación, pero no en la voz.
Me fijé en el
lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí.
En vano
busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto,
le dije:
-Se trata de
una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?
-No -me
replicó.
Luego bajó la
voz como para confiarme un secreto:
-Lo adquirí
en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su
poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un
amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin
contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque
ni el libro ni la arena tienen principio ni fin.
Me pidió que
buscara la primera hoja.
Apoyé la mano
izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al
índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la
portada y la mano. Era como si brotaran del libro.
-Ahora busque
el final.
También
fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
-Esto no
puede ser.
Siempre en
voz baja el vendedor de biblias me dijo:
-No puede
ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito.
Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas
de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una
serie infinita aceptan cualquier número.
Después, como
si pensara en voz alta:
-Si el
espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo
es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.
Sus
consideraciones me irritaron. Le pregunté:
-¿Usted es
religioso, sin duda?
-Sí, soy
presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado
al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro
diabólico.
Le aseguré
que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas
tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su
patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le
dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y
de Hume.
-Y de Robbie
Burns -corrigió.
Mientras
hablábamos, yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia
le pregunté:
-¿Usted se
propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?
-No. Se le
ofrezco a usted -me replicó, y fijó una suma elevada.
Le respondí,
con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando.
Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.
-Le propongo
un canje -le dije-. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la
Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de
cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.
-A
black letter Wiclif! - murmuró.
Fui a mi
dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la
carátula con fervor de bibliófilo.
-Trato hecho
-me dijo.
Me asombró
que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa
con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
Hablamos de
la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de
noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.
Pensé guardar
el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin
por esconderlo detrás de unos volúmenes descalabrados de Las mil y una
noches.
Me acosté y
no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro
imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. En
ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.
No mostré a
nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo
robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas
dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía.
Me quedaban
unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la
calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la
posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones
distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta
alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los
escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.
Declinaba el
verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió
considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo
palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una
cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.
Pensé en el
fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente
infinita y sofocara de humo al planeta.
Recordé haber
leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de
jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil
libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en
el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido
de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos
anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la
puerta.
Siento un
poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.
El Milagro
Secreto
Y
Dios lo hizo morir durante cien
años y luego lo animó y le dijo:
—¿Cuánto tiempo has estado aqui?—Un dia
o parte de un dia— respondió. ALCORAN, II, 261.
La noche del catorce de marzo de 1939, en un departamento de la
Zeltnergasse de Praga, Jaromir Hladik, autor de la inconclusa tragedia Los
enemigos, de una Vindicación de la eternidad y de un examen de las
indirectas fuentes judías de Jakob Boehme, soñó con un largo ajedrez. No
lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres; la partida había
sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz de nombrar el olvidado
premio, pero se murmuraba que era enorme y quizás infinito; las piezas y
el tablero estaban en una torre secreta; Jaromir (en el sueño) era el
primogénito de una de las familias hostiles; en los relojes resonaba la
hora de la impostergable jugada; el soñador corría por las arena de un
desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del
ajedrez. En ese punto, se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y
de los terribles relojes. Un ruido acompasado y unánime, cortado por
algunas voces de mando, subía de la Zeltnergasse. Era el amanecer; las
blindadas vanguardias del Tercer Reich entraban en Praga.
E1 diecinueve, las autoridades recibieron una denuncia; el mismo
diecinueve, al atardecer, Jaromir Hladik fue arrestado. Lo condujeron a un
cuartel aséptico y blanco, en la ribera opuesta del Moldau. No pudo
levantar uno solo de los cargos de la Gestapo: su apellido materno era
Jaroslavski, su sangre era judía, su estudio sobre Boehme era judaizante,
su firma dilataba el censo final de una protesta contra el Anschluss. En
1928, había traducido el Sepher Yezirahl para la editorial Hermann
Barsdorf; el efusivo catálogo de esa casa había exagerado comercialmente
el renombre del traductor; ese catálogo fue hojeado por Julius Rothe, uno
de los jefes en cuyas manos estaba la suerte de Hladik. No hay hombre que,
fuera de su especialidad, no sea crédulo; dos o tres adjetivos en letra
gótica bastaron para que Julius Rothe admitiera la preeminencia de Hladik
y dispusiera que lo condenaron a muerte, pour encourager les autres. Se
fijó el día veintinueve de marzo, a las nueve a.m. Esa demora (cuya
importancia apreciará después el lector) se debía al deseo administrativo
de obra impersonal y pausadamente, como los vegetales y los planetas.
El primer sentimiento de Hladik fue de mero terror. Pensó que no lo
hubieran arredrado la horca, la decapitación o el degüello, pero que morir
fusilado era intolerable. En vano se redijo que el acto puro y general de
morir era lo temible, no las circunstancias concretes. No se cansaba de
imaginar esas circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las
variaciones. Anticipaba infinitamente el proceso, desde el insomne
amanecer hasta la misteriosa descarga. Antes del día prefijado por Julius
Rothe, murió centenares de muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos
fatigaban la geometría, ametrallado por soldados variables, en número
cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras, desde muy cerca.
Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas
ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos;
cerrado el círculo, Jaromir interminablemente volvía a las trémulas
vísperas de su muerte. Luego reflexionó que la realidad no suele coincidir
con las previsiones; con lógica perversa infirió que prever un detalle
circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia,
inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por
temer que esos rasgos fueran proféticos. Miserable en la noche, procuraba
afirmarse de algún modo en la sustancia fugitiva del tiempo. Sabía que
éste se precipitaba hacia el alba del día veintinueve; razonaba en voz
alta: Ahora estoy en la noche del veintidós; mientras dure esta noche (y
seis noches más) soy invulnerable, inmortal. Pensaba que las noches de
sueño eran piletas hondas y oscuras en las que podía sumergirse. A veces
anhelaba con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiría, mal o
bien, de su vana tarea de imaginar. El veintiocho, cuando el último ocaso
reverberaba en los altos barrotes, lo desvió de esas consideraciones
abyectas la imagen de su drama Los enemigos.
Hladik había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de
muchas costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía
su vida; como todo escritor, medía las virtudes de los otros por lo
ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que
vislumbraba o planeaba. Todos los libros que había dado a la estampa le
infundían un complejo arrepentimiento. En sus exámenes de la obra de
Boehme, de Abenesra y de Fludd, había intervenido esencialmente la mera
aplicación; en su traducción del Sepher Yezirah, la negligencia, la fatiga
y la conjetura. Juzgaba menos deficiente, tal vez, la Vindirarión de la
eternidad: el primer volumen historia las diversas eternidades que han
ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de Parménides hasta el pasado
modificable de Hinton; el segundo niega (con Francis Bradley) que todos
los hechos del universo integran una serie temporal. Arguye que no es
infinita la cifra de las posibles experiencias del hombre y que basta una
sola "repetición" para demostrar que el tiempo es una falacia....
Desdichadamente, no son menos falaces los argumentos que demuestran esa
falacia; Hladik solía recorrerlos con cierta desdeñosa perplejidad.
También había redactado una serie de poemas expresionistas; éstos, para
confusión del poeta, figuraron en una antología de 1924 y no hubo
antología posterior que no los heredara. De todo ese pasado equívoco y
lánguido quería redimirse Hladík con el drama en verso Los enemigos. (Hladik
preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la
irrealidad, que es condición del arte. )
Este drama observaba las unidades de tiempo, de lugar y de acción;
transcurría en Hradcany, en la biblioteca del barón de Roemerstadt, en una
de las últimas tardes del siglo diecinueve. En la primera escena del
primer acto, un desconocido visita a Roemerstadt. (Un reloj da las siete,
una vehemencia de último sol exalta los cristales, el aire trae una
apasionada y reconocible música húngara.) A esta visita siguen otras;
Roemerstadt no conoce las personas que lo importunan, pero tiene la
incómoda impresión de haberlos visto ya, tal vez en un sueño. Todos
exageradamente lo halagan, pero es notorio—primero para los espectadores
del drama, luego para el mismo barón—que son enemigos secretos, conjurados
para perderlo. Roemerstadt logra detener o burlar sus complejas intrigas;
en el diálogo, aluden a su novia, Julia de Weidenau, y a un tal Jaroslav
Kubin, que alguna vez la importunó con su amor. Este, ahora, se ha
enloquecido y cree ser Roemerstadt.... Los peligros arrecian; Roemerstadt,
al cabo del segundo acto, se ve en la obligación de matar a un
conspirador. Empieza el tercer acto, el último. Crecen gradualmente las
incoherencias: vuelven actores que paracían descartados ya de la trama;
vuelve, por un instante, el hombre matado por Roemerstadt. Alguien hace
notar que no ha atardecido: el reloj da las siete, en los altos cristales
reverbera el sol occidental, el aire trae una apasionada música húngara.
Aparece el primer interlocutor y repite las palabras que pronunció en la
primera escena del primer acto. Roemerstadt le habla sin asombro; el
espectador entiende que Roemerstadt es el miserable Jaroslav Kubin. El
drama no ha ocurrido: es el delirio circular que interminablemente vive y
revive Kubin.
Nunca se había preguntado Hladik si esa tragicomedia de errores era baladí
o admirable, rigurosa o casual. En el argumento que he bosquejado intuía
la invención más apta para disimular sus defectos y para ejercitar sus
felicidades, la posibilidad de rescatar (de manera simbólica) lo
fundamental de su vida. Había terminado ya el primer acto y alguna escena
del tercero; el carácter métrico de la obra le permitía examinarla
continuamente, rectificando los hexámetros, sin el manuscrito a la vista.
Pensó que aún le faltaban dos actos y que muy pronto iba a morir. Habló
con Dios en la oscuridad: Si de algún modo existo, si no soy una de tus
repeticiones y erratas, existo como autor de Los enemigos. Para llevar a
término ese drama, que puede justificarme y justificarte, requiero un año
más. Otórgame esos días, Tú de quien son los siglos y el tiempo. Era la
última noche, la más atroz, pero diez minutos después el sueño lo anegó
como un agua oscura.
Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la
biblioteca del Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó:
¿Qué busca? Hladik le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo:
Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los
cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis
padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego buscándola. Se quitó
las gafas y Hladik vio los ojos, que estaban muertos. Un lector entró a
devolver un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladik. Este
lo abrió al azar. Vio un mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente
seguro, tocó una de las mínimas letras. Una voz ubicua le dijo: El tiempo
de tu labor ha sido otorgado. Aqui Hladik se despertó.
Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides
ha escrito que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas
y claras y no se puede ver quién las dijo. Se vistió; dos soldados
entraron en la celda y le ordenaron que los siguiera.
Del otro lado de la puerta, Hladik había previsto un laberinto de galerías,
escaleras y pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio
por una sola escalera de hierro. Varios soldados, algunos de uniforme
desabrochado—revisaban una motocicleta y la discutían. El sargento miró el
reloj: eran las ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que esperar que
dieran las nueve. Hladik, más insignificante que desdichado, se sentó en
un montón de leña. Advirtió que los ojos de los soldados rehuían los suyos.
Para aliviar la espera, el sargento le entregó un cigarrillo. Hladik no
fumaba; lo aceptó por cortesía o por humildad. Al encenderlo, vio que le
temblaban las manos. El día se nubló; los soldados hablaban en voz baja
como si él ya estuviera muerto. Vanamente, procuró recordar a la mujer
cuyo símbolo era Julia de Weidenau....
El piquete se formó, se cuadró. Hladik, de pie contra la parad del cuartel,
esperó la descarga. Alguien temió que la parad quedara maculada de sangre;
entonces le ordenaron al reo que avanzara unos pasos. Hladik,
absurdamente, recordó las vacilaciones preliminares de los fotógrafos. Una
pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladik y rodó lentamente
por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.
El universo físico se detuvo.
Las armas convergían sobre Hladik, pero los hombres que iban a matarlo
estaban inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso.
En una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento
había cesado, como en un cuadro. Hladik ensayó un grito, una silaba, la
torsión de una mano. Comprendió que estaba paralizado. No le llegaba ni el
más tenue rumor del impedido mundo. Pensó estoy en el infierno, estoy
muerto. Pensó estoy loco. Pensó el tiempo se ha detenido. Luego reflexionó
que en tal caso, también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo
a prueba: repitió (sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de
Virgilio. Imaginó que los ya remotos soldados compartían su angustia;
anheló comunicarse con ellos. Le asombró no sentir ninguna fatiga, ni
siquiera el vértigo de su larga inmovilidad. Durmió, al cabo de un plazo
indeterminado. Al despertar, el mundo seguía inmóvil y sordo. En su
mejilla perduraba la gota de agua; en el patio, la sombra de la abeja; el
humo del cigarrillo que había tirado no acababa nunca de dispersarse. Otro
"día" pasó, antes que Hladik entendiera.
Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le
otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo
mataría el plomo germánico, en la hora determinada, pero en su mente un
año transcurriría entre la orden y la ejecución de la orden. De la
perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la
resignación a la súbita gratitud.
No disponía de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada
hexámetro que agregaba le impuso un afortunado rigor que no sospechan
quienes aventuran y olvidan párrafos interinos y vagos. No trabajó para la
posteridad ni aun para Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía.
Minuciosos, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto laberinto
invisible. Rehizo el tercer acto dos veces. Borró algún símbolo demasiado
evidente: las repetidas campanadas, la música. Ninguna circunstancia lo
importunaba. Omitió, abrevió, amplificó; en algún cave, optó por la
versión primitiva. Llegó a querer el patio, el cuartel; uno de los rostros
que lo enfrentaban modificó su concepción del carácter de Roemerstaaft.
Descubrió que las arduas cacofonías que alarmaron tanto a Flaubert son
meres supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra
escrita, no de la palabra sonora... Dio término a su drama: no le faltaba
ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en
su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple
descarga lo derribó.
Jaromir Hladik murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de
la mañana.
El muerto
Que un hombre del suburbio de Buenos Aires, que un triste compadrito sin
más virtud que la infatuación del coraje, se interne en los desiertos
ecuestres de la frontera del Brasil y llegue a capitán de contrabandistas,
parece de antemano imposible. A quienes lo entienden así, quiero contarles
el destino de Benjamin Otálora, de quien acaso no perdura un recuerdo en
el barrio de Balvanera y que murió en su ley, de un balazo, en los
confines de Río Grande do Sul. Ignoro los detalles de su aventura; cuando
me sean revelados, he de rectificar y ampliar estas páginas. Por ahora,
est.e resumen puede ser útil.
Benjamín Otálora cuenta, hacia 1891, diecinueve años. Es un mocetón de
frente mezquina, de sinceros ojos claros, de reciedumbre vasca; una
puñalada feliz le ha revelado que es un hombre valiente; no lo inquieta la
muerte de su contrario, tampoco la inmediata necesidad de huir de la
República. El caudillo de la parroquia le da una carta para un tal Azevedo
Bandeira, del Uruguay. Otálora se embarca, la travesía es tormentosa y
crujiente; al otro día, vaga por las calles de Montevideo, con inconfesada
y tal vez ignorada tristeza. No da con Azevedo Bandeira; hacia la
medianoche, en un almacén del Paso del Molino, asiste a un altercado entre
unos troperos. Un cuchillo relumbra; Otálora no sabe de qué lado está la
razón, pero lo atrae el puro sabor del peligro, como a otros la baraja o
la música. Para, en el entrevero, una puñalada baja que un peón le tira a
un hombre de galera oscura y de poncho. Éste, después, resulta ser Azevedo
Bandeira. (Otálora, al saberlo, rompe la carta, porque prefiere debérselo
todo a sí mismo.) Azevedo Bandeira da, aunque fornido, la injustificable
impresión de ser contrahecho; en su rostro, siempre demasiado cercano,
están el judío, el negro y el indio; en su empaque, el mono y el tigre; la
cicatriz que le atraviesa la cara es un adorno más, como el negro bigote
cerdoso.
Proyección o error del alcohol, el altercado cesa con la misma rapidez con
que se produjo. Otálora bebe con los troperos y luego los acompaña a una
farra y luego a un caserón en la Ciudad Vieja, ya con el sol bien alto. En
el último patio, que es de tierra, los hombres tienden su recado para
dormir. Oscuramente, Otálora compara esa noche con la anterior; ahora ya
pisa tierra firme, entre amigos. Lo inquieta algún remordimiento, eso sí,
de no extrañar a Buenos Aires. Duerme hasta la oración, cuando lo
despierta el paisano que agredió, borracho, a Bandeira. (Otálora recuerda
que ese hombre ha compartido con los otros la noche de tumulto y de júbilo
y que Bandeira lo sentó a su derecha y lo obligó a seguir bebiendo.) El
hombre le dice que el patrón lo manda buscar. En una suerte de escritorio
que da al zaguán (Otálora nunca ha visto un zaguán con puertas laterales)
está esperándolo Azevedo Bandeira, con una clara y desdeñosa mujer de pelo
colorado. Bandeira lo pondera, le ofrece una copa de caña, le repite que
le está pareciendo un hombre animoso, le propone ir al Norte con los demás
a traer una tropa. Otálora acepta; hacia la madrugada están en camino,
rumbo a Tacuarembó.
Empieza entonces para Otálora una vida distinta, una vida de vastos
amaneceres y de jornadas que tienen el olor del caballo. Esa vida es nueva
para él, y a veces atroz, pero ya está en su sangre, porque lo mismo que
los hombres de otras naciones veneran y presienten el mar, así nosotros
(también el hombre que entreteje estos símbolos) ansiamos la llanura
inagotable que resuena bajo los cascos. Otálora se ha criado en los
barrios del carrero y del cuarteador; antes de un año se hace gaucho.
Aprende a jinetear, a entropillar la hacienda, a carnear, a manejar el
lazo que sujeta y las boleadoras que tumban, a resistir el sueño, las
tormentas, las heladas y el sol, a arrear con el silbido y el grito. Sólo
una vez, durante ese tiempo de aprendizaje, ve a Azevedo Bandeira, pero lo
tiene muy presente, porque ser hombre de Bandeira es ser
considerado y temido, y porque, ante cualquier hombrada, los gauchos dicen
que Bandeira lo hace mejor. Alguien opina que Bandeira nació del otro lado
del Cuareim, en Rio Grande do Sul; eso, que debería rebajarlo, oscuramente
lo enriquece de selvas populosas, de ciénagas, de inextricable y casi
infinitas distancias. Gradualmente, Otálora entiende que los negocios de
Bandeira son múltiples y que el principal es el contrabando. Ser tropero
es ser un sirviente; Otálora se propone ascender a contrabandista. Dos de
los compañeros, una noche, cruzarán la frontera para volver con unas
partidas de caña; Otálora provoca a uno de ellos, lo hiere y toma su
lugar. Lo mueve la ambición y también una oscura fidelidad. Que el
hombre (piensa) acabe por entender que yo valgo más que todos sus
orientales juntos.
Otro año pasa antes que Otálora regrese a Montevideo. Recorren las
orillas, la ciudad (que a Otálora le parece muy grande); llegan a casa del
patrón; los hombres tienden los recados en el último patio. Pasan los días
y Otálora no ha visto a Bandeira. Dicen, con temor, que está enfermo; un
moreno suele subir a su dormitorio con la caldera y con el mate. Una
tarde, le encomiendan a Otálora esa tarea. Éste se siente vagamente
humillado, pero satisfecho también.
El dormitorio es desmantelado y oscuro. Hay un balcón que mira al
poniente, hay una larga mesa con un resplandeciente desorden de taleros,
de arreadores, de cintos, de armas de fuego y de armas blancas, hay un
remoto espejo que tiene la luna empañada. Bandeira yace boca arriba; sueña
y se queja; una vehemencia de sol último lo define. El vasto lecho blanco
parece disminuirlo y oscurecerlo; Otálora nota las canas, la fatiga, la
flojedad, las grietas de los años. Lo subleva que los esté mandando ese
viejo. Piensa que un golpe bastaría para dar cuenta de él. En eso, ve en
el espejo que alguien ha entrado. Es la mujer de pelo rojo; está a medio
vestir y descalza y lo observa con fría curiosidad. Bandeira se incorpora;
mientras habla de cosas de la campaña y despacha mate tras mate, sus dedos
juegan con las trenzas de la mujer. Al fin, le da licencia a Otálora para
irse.
Días después, les llega la orden de ir al Norte. Arriban a una estancia
perdida, que está como en cualquier lugar de la interminable llanura. Ni
árboles ni un arroyo la alegran, el primer sol y el último la golpean. Hay
corrales de piedra para la hacienda, que es guampuda y menesterosa. El
Suspiro se llama ese pobre establecimiento.
Otálora oye en rueda de peones que Bandeira no tardará en llegar de
Montevideo. Pregunta por qué; alguien aclara que hay un forastero
agauchado que está queriendo mandar demasiado. Otálora comprende que es
una broma, pero le halaga que esa broma ya sea posible. Averigua, después,
que Bandeira se ha enemistado con uno de los jefes políticos y que éste le
ha retirado su apoyo. Le gusta esa noticia.
Llegan cajones de armas largas; llegan una jarra y una palangana de plata
para el aposento de la mujer; llegan cortinas de intrincado damasco; llega
de las cuchillas, una mañana, un jinete sombrío, de barba cerrada y de
poncho. Se llama Ulpiano Suárez y es el capanga o guardaespaldas de
Azevedo Bandeira. Habla muy poco y de una manera abrasilerada. Otálora no
sabe si atribuir su reserva a hostilidad, a desdén o a mera barbarie.
Sabe, eso sí, que para el plan que está maquinando tiene que ganar su
amistad.
Entra después en el destino de Benjamín Otálora un colorado cabos negros
que trae del sur Azevedo Bandeira y que luce apero chapeado y carona con
bordes de piel de tigre. Ese caballo liberal es un símbolo de la autoridad
del patrón y por eso lo codicia el muchacho, que llega también a desear,
con deseo rencoroso, a la mujer de pelo resplandeciente. La mujer, el
apero y el colorado son atributos o adjetivos de un hombre que él aspira a
destruir.
Aquí la historia se complica y se ahonda. Azevedo Bandeira es diestro en
el arte de la intimidación progresiva, en la satánica maniobra de humillar
al interlocutor gradualmente, combinando veras y burlas; Otálora resuelve
aplicar ese método ambiguo a la dura tarea que se propone. Resuelve
suplantar, lentamente, a Azevedo Bandeira. Logra, en jornadas de peligro
común, la amistad de Suárez. Le confía su plan; Suárez le promete su
ayuda. Muchas cosas van aconteciendo después, de las que sé unas pocas.
Otálora no obedece a Bandeira; da en olvidar, en corregir, en invertir sus
órdenes. El universo parece conspirar con él y apresura los hechos. Un
mediodía, ocurre en campos de Tacuarembó un tiroteo con gente riograndense;
Otálora usurpa el lugar de Bandeira y manda a los orientales. Le atraviesa
el hombro una bala, pero esa tarde Otálora regresa al Suspiro en el
colorado del jefe y esa tarde unas gotas de su sangre manchan la piel de
tigre y esa noche duerme con la mujer de pelo reluciente. Otras versiones
cambian el orden de estos hechos y niegan que hayan ocurrido en un solo
día.
Bandeira, sin embargo, siempre es nominalmente el jefe. Da órdenes que no
se ejecutan; Benjamín Otálora no lo toca, por una mezcla de rutina y de
lástima.
La última escena de la historia corresponde a la agitación de la última
noche de 1894. Esa noche, los hombres del Suspiro comen cordero
recién carneado y beben un alcohol pendenciero. Alguien infinitamente
rasguea una trabajosa milonga. En la cabecera de la mesa, Otálora,
borracho, erige exultación sobre exultación, júbilo sobre júbilo; esa
torre de vértigo es un símbolo de su irresistible destino. Bandeira,
taciturno entre los que gritan, deja que fluya clamorosa la noche. Cuando
las doce campanadas resuenan, se levanta como quien recuerda una
obligación. Se levanta y golpea con suavidad a la puerta de la mujer. Ésta
le abre en seguida, como si esperara el llamado. Sale a medio vestir y
descalza. Con una voz que se afemina y se arrastra, el jefe le ordena:
-Ya que vos y el porteño se quieren tanto, ahora mismo le vas a dar un
beso a vista de todos.
Agrega una circunstancia brutal. La mujer quiere resistir, pero dos
hombres la han tomado del brazo y la echan sobre Otálora. Arrasada en
lágrimas, le besa la cara y el pecho. Ulpiano Suárez ha empuñado el
revólver. Otálora comprende, antes de morir, que desde el principio lo han
traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor,
el mando y el triunfo, porque ya lo daban por muerto, porque para Bandeira
ya estaba muerto.
Suárez, casi con desdén, hace fuego.
El puñal
En un
cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis
Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo
Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.
Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho
que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la
espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.
Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los
hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún
modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los
puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.
En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente
sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando
lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto
al homicida para quien lo crearon los hombres.
A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente
soberbia, y los años pasan, inútiles.
Emma Zunz
(de El Alehp)
El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos
Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en
el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a
primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra
desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma
leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de
veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un
compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de
Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.
Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el
vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío,
de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo
comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo
único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin.
Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón,
como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había
empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.
En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del
suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel
Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató
de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron,
recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión,
el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del
cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última
noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón
Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma,
desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera
a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad;
quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente.
Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo
un sentimiento de poder.
No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de
la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le
pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de
huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis,
concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene
gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre
y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la
revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué
cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y
nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero
los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta,
preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y
se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la
víspera.
El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y
el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar
y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los
hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa
noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba
comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió
pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor
convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana.
Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los
pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y
recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la
etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin
duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se
levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de
Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain.
Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.
Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá
improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que
parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer
verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo
recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y
confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa
tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada
en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero
más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la
indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los
manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno,
muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá
más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera
mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y
después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había
una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a
un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están
fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como
tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que
los forman.
¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de
sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto
que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en
ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar)
que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora
le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el
vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una
herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el
goce y él para la justicia. Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida
los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre:
Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper
dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo
hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la
tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban,
pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no
quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir
sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al
oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no
le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de
las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por
barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se
apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a
ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la
aventura y le ocultaba el fondo y el fin.
Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos,
un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el
desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica
había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un
revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte
de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero
era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para
ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor
un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y
devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba
rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la
obrera Zunz.
La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el
patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró.
Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja;
cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de
morir.
Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada
anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver,
forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la
intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la
justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia,
ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho
rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.
Ante Aarón Loewventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma
sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo,
después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en
teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer
de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres,
dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que
Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de
tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había
sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El
considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo
hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y
cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas
palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el
perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de
los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación
que había preparado («He vengado a mi padre y no me podrán castigar...»),
pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo
nunca si alcanzó a comprender.
Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar.
Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos
salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió
lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido
una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el
pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...
La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque
sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero
el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había
padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres
propios.
Funes el memorioso
(del
libro
Ficciones)
Lo recuerdo (yo no tengo derecho a
pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y
ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como
nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el
de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y
aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo)
sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con
las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una
estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz;
la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos
italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me
parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron
escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más
pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi
deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género
obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato,
cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un
modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras.
Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los
superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero
no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con
ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de
marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear
a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San
Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única
circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme
tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del
Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de
que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una
especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se
ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de
golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un
muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y
rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo
en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó
imprevisiblemente: "¿Qué horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin
detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven
Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído
que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si
no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto
orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita
del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por
algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la
hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo,
María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico
del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del
departamento del Salto.
Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años 85
y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos.
Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico
Funes". Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de
San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la
impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo
lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto;
el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con
elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los
ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres,
permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto
de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces
lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno
prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también,
absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna
vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín.
Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de
Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la
Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas
virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su
rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros
anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba
nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día 7 de febrero del año
84", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío,
finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa
jornada de Ituzaingó ", y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los
volúmenes, acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del
texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en
buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la
ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al
principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no,
que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a
estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un
diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad
Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.
El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera
inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el
prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de
comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de
la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor,
fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad
de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer
tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al día siguiente, por
la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me
asombró que la noche fuera no menos pesada que el día. En el decente
rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la
pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo
sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de
baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la
oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de
Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla)
articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o encantación.
Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía
indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche,
supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del libro vii de la
Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras
últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre,
fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el
ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me
senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre.
Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo
sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio
siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora.
Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El
estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi
relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me
abrumaron esa noche.
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria
prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas,
que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos;
Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas
de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que
profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con
evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo
que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido
lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un
desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su
memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido
como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de
casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente
era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más
antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El
hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio
mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos
los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas
de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía
compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que
sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo
levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos
recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones
musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos
los entre sueños.
Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca,
pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: "Más
recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde
que el mundo es mundo". Y también: "Mis sueños son como la vigilia de
ustedes". Y también, hacia el alba: "Mi memoria, señor, es como vaciadero
de basuras". Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo,
un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a
Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en
una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las
muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas
veía en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel
tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil
y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es
que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos
profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre
hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad,
seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema
original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el
veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya
no podía borrársele.
Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres
orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola
palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los
otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo
Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran
Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la
caldera, Napoleón, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve.
Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas
eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces
inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le
dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades:
análisis que no existe en los "números" El Negro Timoteo o manta de carne.
Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el siglo xvii,
postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual,
cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes
proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle
demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba
cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la
había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas
pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras.
Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era
interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la
muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie
natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes
del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza.
Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo
olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le
costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos
individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que
el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre
que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el
espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el
emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes
discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las
caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad.
Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y
casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han
abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus
torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la
presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía
sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy
difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el
catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas
precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos
era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de
un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había
casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas
de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir.
También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la
corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín.
Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar
diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no
había sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada
entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo
tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el
bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides.
Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría
en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes
inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.
La
biblioteca total
El capricho o imaginación o utopía de la Biblioteca Total incluye ciertos
rasgos, que no es difícil confundir con virtudes. Maravilla, en primer
lugar, el mucho tiempo que tardaron los hombres en pensar esa idea.
Ciertos ejemplos que Aristóteles atribuye a Demócrito y a Leucipo la
prefiguran con claridad, pero su tardío inventor es Gustav Theodor Fechner
y su primer expositor es Kurd Lasswitz. (Entre Demócrito de Abdera y
Fechner de Leipzig fluyen -cargadamente- casi venticuatro siglos de
Europa.) Sus conexiones son ilustres y múltiples: está relacionada con el
atomismo y con el análisis combinatorio, con la tipografía y con el azar.
En la obra El certamen con la tortuga (Berlín, 1929), el doctor Theodore
Wolff juzga que que es una derivación, o parodia, de la máquina mental de
Raimundo Lulio; yo agregaría que es un avatar tipográfico de esa doctrina
del Eterno Regreso que prohijada por los estoicos o por Blanqui, por los
pitagóricos o por Nietzsche, regresa eternamente.
El más antiguo de los textos que la vislumbran está en el prier libro de
la Metafísica de Aristóteles. Hablo de aquel pasaje que expone la
cosmogonía de Leucipo: la formación del mundo por la fortuita cojunción de
los átomos. El escitor observa que lo átomos que esa conjetura requiere
son homogéneos y que sus diferencias proceden de la posición, del orden o
de la forma. Para ilustrar esas distinciones añade: "A difiere de N por la
forma, AN de NA por el orden, Z de N por la posición." En el tratado De la
generación y corrupción, quiere acordar la variedad de las cosas visibles
con la simplicidad de los átomos y razona que una tragedia consta de
iguales elementos que una comedia -es decir, de las veinticuatro letras
del alfabeto.
Pasan trescientos años y Marco Tulio Cicerón compone un indeciso diálogo
escéptico y lo titula irónicamente De la naturaleza de los dioses. En el
segundo libro, uno de los interlocutores arguye:"No me admiro que haya
alguien que se persuada de que ciertos cuerpos sólidos e individuales son
arrastrados por la fuerza de la gravedad, resultando del concurso fortuito
de estos cuerpos el mundo hermosísimo que vemos. El que juzga posible esto,
tambien podra creer que si arrojan a bulto innumerables caracteres de oro,
con las veintiuna letras del alfabeto, pueden resultar estampados los
Anales de Ennio. Ignoro si la casualidad podra hacer que se lea un solo
verso." (1)
La imagen tipográfica de Cicerón logra una larga vida. A mediados del
siglo XVII, figura en un discurso académico de Pascal; Swift, a principios
del siglo XVIII, la destaca en el preámbulo de su indignado Ensayo trivial
sobre las facultades del alma, que es un museo de lugares comunes -como el
futuro Dictionnaire des idées reçues, de Flaubert.
Siglo y medio más tarde, tres hombres justifican a Demócrito y refutan a
Cicerón. En tan desaforado espacio de tiempo, el vocabulario y las
metáforas de la polémica son distintos. Huxley (que es uno de esos hombres)
no dice que los "caracteres de oro" acabarán por componer un verso latino,
si los arrojan un número suficiente de veces; dice que media docena de
monos, provistos de máquinas de escribir, producirán en unas cuantas
eternidades todos los libros que contiene el British Museum.(2) Lewis
Carroll (que es otro de los refutadores) observa en la segunda parte de la
extraordinaria novela onírica Sylvie and Bruno -año 1893- que siendo
limitado el número de palabras que comprende un idioma, lo es asimismo el
de sus combinaciones posibles o sea el de sus libros. "Muy pronto -dice-
los literatos no se preguntarán, '¿qué libro escribiré?', sino '¿cuál
libro?' "Lasswitz, animado por Fechner, imagina la Biblioteca Total.
Publica su invención en el tomo de relatos fantásticos Traumkristalle.
La idea básica de Lasswitz es la de Carroll, pero los elementos de su
juego son los universales símbolos ortográficos, no las palabras de un
idioma. El número de tales elementos -letras, espacios, llaves, puntos
suspensivos, guarismos- es reduciso y puede reducirse algo más. El
alfabeto puede renunciar a la cu (que es del todo superflua), a la equis
(que es una abreviatura) y a todas las letras mayúsculas. Pueden
eliminarse los algoritmos del sistema decimal de numeración o reducirse a
dos, como en la notación binaria de Leibniz. Puede limitarse la puntuación
a la coma y al punto. Puede no haber acentos, como en latín. Afuerza de
simplificaciones análogas, llega Kurd Lasswitz a veinticinco símbolos
suficientes (veintidós letras, el espacio, el punto, la coma) cuyas
variaciones con repetición abarcan todo lo que es dable expresar: en todas
las lenguas. El conjunto de tales variaciones integraría una Biblioteca
Total, de tamaño astronómico. Lasswitz insta a los hombres a producir
mecánicamente esa Biblioteca inhumana, que organizaría el azar y que
eliminaría a la inteligencia. (El certamen con la tortuga de Theodore
Wolff expone la ejecución y las dimensiones de esa obra imposible.)
Todo estará en sus ciegos volúmenes. Todo: la historia minuciosa del
porvenir, Los egipcios de Esquilo, el número preciso de veces que las
aguas de Ganges han reflejado el vuelo de un halcón, el secreto y
verdadero nombre de Roma, la enciclopedia que hubiera edificado Novalis,
mis sueños y entresueños en el alba del catorce de agosto de 1934, la
demostración del teorema de Pierre Fermat, los no escritos capítulos de
Edwin Drood, esos mismos capítulos traducidos al idioma que hablaron los
garamantas, las paradojas que ideó Berkeley acerca del Tiempo y que no
publicó, los libros de hierro de Urizen, las prematuras epifanías de
Stephen Dedalus que antes de un ciclo de mil años nada querrán decir, el
evangelio gnóstico de Basílides, el cantar que cantaron las sirenas, el
catálogo fiel de la Biblioteca, la demostración de la falacia de ese
catálogo. Todo, pero por una línea razonable o una justa noticia habrá
millones de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias.
Todo, pero las generaciones de los hombres pueden pasar sin que los
anaqueles vertiginosos -los anaqueles que obliteran el día y en los que
habita el caos- les hayan otorgado una página tolerable.
Uno de los hábitos de la mente es la invención de imaginaciones horribles.
Ha inventado el Infierno, ha inventado la predestinación al Infierno, ha
imaginado las ideas platónicas, la quimera, la esfinge, los anormales
números transfinitos (donde la parte no es menos copiosa que el todo), las
máscaras, los espejos, las óperas, la teratológica Trinidad: el Padre, el
Hijo y el Espectro insoluble, articulados en un solo organismo... Yo he
procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca
contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el encesante
albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo
confunden como una divinidad que delira.
(1) No teniendo a la vista el original, copio la versión española de
Menéndez y Pelayo (Obras completas de Marco Tulio Cicerón, tomo tercero,
p.88). Deussen y Mauthner hablan de una bolsa de letras y no dicen que
éstas son de oro; no es imposible que el "ilustre bibliófago" haya donado
el oro y haya retirado la bolsa.
La casa
de Asterión
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de
locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son
irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que
sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los
hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará
pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la
quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la
faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una
parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble
en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero.
¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura?
Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche
volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe,
caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto
el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la
grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se
prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas,
otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano
fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi
modestia lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda
trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es
comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales
minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo
grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta
impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo
deploro, porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a
embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado.
Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a
que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta
ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos
cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces
ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos
juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme
y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora
volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro
patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora
verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano
se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa.
Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro
lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce
[son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del
tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de
fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he
alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo
entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce
[son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce
veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez:
arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las
estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere
de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra
y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras
otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y
los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes
son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que
alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad,
porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi
oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me
lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi
redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro
con cara de hombre? ¿O será como yo?
El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba
ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
La
escritura del dios
(de El Aleph)
La cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi
perfecto, si bien el piso (que también es de piedra) es algo menor que un
círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de
opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo,
no toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán,
mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro
hay un jaguar, que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el espacio
del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el
muro central. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto,, y un
carcelero que han ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y
nos baja en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La
luz entra en la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar.
He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que
alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa
que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los
dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las
víctimas, y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo.
La víspera del incendio de la pirámide, los hombres que bajaron de
altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el
lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del
dios; pero éste no me abandonó y me mantuvo silencioso entre los
tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron, y luego desperté en
esta cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal.
Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el
tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches enteras
malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o la
forma de un árbol medicinal. Así fui revelando los años, así fui entrando
en posesión de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a un
recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en
la sangre. Horas después empecé a avistar el recuerdo: era una de las
tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos
ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la
Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió
de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara
el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió, ni con qué caracteres; pero
nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que
estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de
último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa
escritura. El hecho de que me rodeara una cárcel no me vedaba esa
esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y
sólo me faltaba entenderla.
Esta reflexión me animó, y luego me infundió una especie de vértigo.
En el ámbito de la tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y
eternas; cualquiera de ellas podía ser el símbolo buscado. Una montaña
podía ser la palabra del dios, o un río o el imperio o la configuración de
los astros. Pero en el curso de los siglos las montañas se allanan y el
camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y
estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La
montaña y la estrella son individuos, y los individuos caducan. Busqué
algo más tenaz, más invulnerable. Pensé en las generaciones de los
cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizá en mi cara
estuviera escrita la magia, quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. En
ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del
dios.
Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del
tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los
jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en
cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé
esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los
prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un
jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un
secreto favor.
Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las
manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude
fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo.
Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara
interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo
sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos.
No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que
era imposible descifrar aquel testo. Gradualmente, el enigma concreto que
me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia
escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una
mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay
proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es
decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el
pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del
pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de
un dios toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos,
y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo,
sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme
pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra,
y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser
inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros
de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto puede comprender un
lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo,
universo.
Un día o una noche -entre mis días y mis noches ¿qué diferencia
cabe?- soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a
dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así,
multiplicándose hasta colmar la cárdel, y yo moría bajo ese hemisferio de
arena. Comprendí que estaba soñando: con un vasto esfuerzo me desperté. El
despertar fue inútil: la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo:
"No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está
dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de
arena. El camino que habrás de desandar es interminable, y morirás antes
de haber despertado realmente."
Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: "Ni una
arena soñada puede matarme, ni hay sueños que estén dentro de sueños." Un
resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de
luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel, la carne
y los cántaros.
Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un
hombre es, a la larga, sus circunstancias. Más que un descifrador o un
vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del
incansablee laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura
prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz,
bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra.
Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la
unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren).
El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un
resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de
una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni
detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda
estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el
borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que
son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro
de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los
efectos, y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh
dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo
y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el
Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros
hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi
los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay
detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola
felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escriturad
del tigre.
Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y
me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla
para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche,
para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado,
para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la
pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras,
y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que
nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.
Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha
entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del
universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o
desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y
ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le
importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no
pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la
oscuridad.
La
muerte y la brújula
A Mandie
Molina Vedia
De los muchos
problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan
extraño –tan rigurosamente extraño, diremos– como la periódica serie de
hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el
interminable olor de los eucaliptos. En verdad que Erik Lönnrot no logró
impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco
adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la
secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red Scharlach,
cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Este criminal (como tantos)
había jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó
intimidar. Lönnrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo
de aventurero había en él y hasta de tahúr.
El primer
crimen ocurrió en el Hôtel de Nord – ese alto prisma que domina el
estuario cuyas aguas tienen el color del desierto. A esa torre (que muy
notoriamente reúne la aborrecida blancura de un sanatorio, la numerada
divisibilidad de una cárcel y la apariencia general de una casa mala)
arribó el día 3 de diciembre el delegado de Podólsk al Tercer Congreso
Talmúdico, doctor Marcelo Yarmolinsky, hombre de barba gris y ojos grises.
Nunca sabremos si el Hôtel du Nord le agradó: lo aceptó con la antigua
resignación que le había permitido tolerar tres años de guerra en los
Cárpatos y tres mil años de opresión y de pogroms. Le dieron un dormitorio
en el piso R, frente a la suite que no sin esplendor ocupaba el
Tetrarca de Galilea. Yarmolinsky cenó, postergó para el día siguiente el
examen de la desconocida ciudad, ordenó en un placard sus muchos
libros y sus muy pocas prendas, y antes de media noche apagó la luz. (Así
lo declaró el chauffer del Tetrarca, que dormía en la pieza
contigua.) El 4, a las once y tres minutos a.m., lo llamó por teléfono un
redactor de la Yidische Zeitung; el doctor Yarmolinsky no
respondió; lo hallaron en su pieza, la levemente oscura la cara, casi
desnudo bajo una gran capa anacrónica. Yacía no lejos de la puerta que
daba al corredor; una puñalada profunda le había partido el pecho. Un par
de horas después, en el mismo cuarto, entre periodistas, fotógrafos y
gendarmes, el comisario Treviranus y Lönnrot debatían con serenidad el
problema.
- No hay que
buscarle tres pies al gato – decía Treviranus, blandiendo un imperioso
cigarro-. Todos sabemos que el Tetrarca de Galilea posee los mejores
zafiros del mundo. Alguien, para robarlos, habrá penetrado por aquí por
error. Yarmolinsky se ha levantado; el ladrón ha tenido que matarlo. ¿Qué
le parece?
- Posible,
pero no interesante –respondió Lönnrot-. Usted replicará que la realidad
no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la
realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la
que usted ha improvisado, interviene copiosamente el azar. He aquí un
rabino muerto; yo preferiría una explicación puramente rabínica, no los
imaginarios percances de un imaginario ladrón.
Treviranus
repuso con mal humor:
- No me
interesan las explicaciones rabínicas; me interesa la captura del hombre
que apuñaló a este desconocido.
- No tan
desconocido –corrigió Lönnrot– Aquí están sus obras completas. – Indico en
el placard una fila de altos volúmenes: una Vindicación de la
cábala; un Examen de la filosofía de Robert Flood; una
traducción literal de Sepher Yezirah; una Biografía del Baal
Shem; una Historia de la secta de los Hasidim; una monografía
(en alemán) sobre el Tetragrámaton; otra, sobre la nomenclatura divina del
Pentateuco. El comisario los miró con temor, casi con repulsión. Luego se
echó a reír.
- Soy un
pobre cristiano –repuso-. Llévese todos esos mamotretos, si quiere; no
tengo tiempo que perder en supersticiones judías.
- Quizá este
crimen pertenece a la historia de las supersticiones judías– murmuró
Lönnrot.
- Como el
cristianismo –se atrevió a completar el redactor de la Yidische Zeitung.
Era miope, ateo y muy tímido.
Nadie le
contestó. Uno de los agentes había encontrado en la pequeña máquina de
escribir una hoja de papel con esta sentencia inconclusa:
La primera
letra del Nombre ha sido articulada.
Lönnrot se
abstuvo de sonreír. Bruscamente bibliófilo o hebraísta, ordenó que le
hicieran un paquete con los libros del muerto y los llevó a su
departamento. Indiferente a la investigación policial, se dedicó a
estudiarlos. Un libro en octavo mayor le reveló las enseñanzas de Israel
Baal Shem Tobh, fundador de la secta de los Piadosos; otro, las virtudes y
terrores del Tetragramaton, que es el inefable Nombre de Dios; otro, la
tesis de que Dios tiene un nombre secreto, en el cual está compendiado
(como en la esfera de cristal que los persas atribuyen a Alejandro de
Macedonia) su noveno atributo, la eternidad – es decir, el conocimiento
inmediato de todas las cosas que sarán, que son y que han sido en el
universo. La tradición enumera los noventa y nueve nombres de Dios; los
hebraístas atribuyen ese imperfecto número al mágico temor de las cifras
pares; los Hasidim razonan que ese hiato señala un centésimo nombre – el
Nombre Absoluto.
De esa
erudición lo distrajo, a los pocos días, la aparición del redactor de la
Yidische Zeitung. Éste quería hablar del asesinato; Lönnrot
prefirió de los diversos nombres de Dios; el periodista declaró en tres
columnas que el investigador Erik Lönnrot se había dedicado a estudiar los
nombres de Dios para dar con el nombre del asesino. Lönnrot, habituado a
las simplificaciones del periodismo, no se indignó. Uno de esos tenderos
que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier
libro, publicó una edición popular de la Historia de la secta de los
Hasidim.
El segundo
crimen ocurrió la noche del 3 de enero, en el más desamparado y vacío de
los huecos suburbios occidentales de la capital. Hacia el amanecer, uno de
los gendarmes que vigilan a caballo esas soledades vio en el umbral de una
antigua pinturería un hombre emponchado, yaciente. El duro rostro estaba
enmascarado de sangre; una puñalada profunda le había rajado el pecho. En
la pared, sobre los rombos amarillos y rojos, había unas palabras con
tiza. El gendarme las deletreó… Esa tarde, Treviranus y Lönnrot se
dirigieron a la remota escena del crimen. A la izquierda y a la derecha
del automóvil, la ciudad se desintegraba; crecía el firmamento y ya
importaban poco las casas y mucho un horno de ladrillos o un álamo.
Llegaron a su pobre destino: un callejón final de tapias rosadas que
parecían reflejar de algún modo la desaforada puesta de sol. El muerto ya
había sido identificado. Era Daniel Simón Azevedo, hombre de alguna fama
en los antiguos arrabales del Norte, que había ascendido de carrero a
guapo electoral, para degenerar después en ladrón y hasta en delator. (El
singular estilo de su muerte les pareció adecuado: Azevedo era el último
representante de una generación de bandidos que sabía el manejo del puñal,
pero no del revólver.) Las palabras de tiza eran las siguientes:
La segunda
letra del Nombre ha sido articulada.
El tercer
crimen ocurrió la noche del 3 de febrero. Poco antes de la una, el
teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo,
habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg)
y que estaba dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable. Los
hechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia de
silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación
se cortó. Sin rechazar aún la posibilidad de una broma (al fin, estaban en
carnaval) Treviranus indagó que le había hablado desde Liverpool House,
taberna de la Rue de Toulon – esa calle salobre en la que conviven el
cosmorama y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus
habló con el patrón. Éste (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés,
abrumado y casi arruinado por la decencia) le dijo que la última persona
que había empleado el teléfono de la casa era un inquilino, un tal
Gryphius, que acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue en seguida
a Liverpool House. El patrón le comunicó lo siguiente: Hace ocho
días, Gryphius había tomado una pieza en los altos del bar. Era un hombre
de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente de negro;
Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleo que Treviranus adivinó)
le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la
suma estipulada No salía casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto;
apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche, bajó a telefonear al
despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna. El
cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron que
tenía una mascara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de
reducida estatura y nadie puedo no observar que estaban muy borrachos.
Entre balidos de cornetas, irrumpieron en le escritorio de Finnegan;
abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos, pero les respondió con
frialdad; cambiaron unas palabras en yidish – él en voz baja, gutural,
ellos con voces falsas, agudas – y subieron a la pieza de lfondo. Al
cuarto de hora bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante,
parecía tan borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el medio,
entre los arlequines enmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los
losanges amarillos, rojos y verdes.) Dos veces tropezó; dos veces lo
sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua
rectangular, los tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo
del cupé, el último arlequín garabateó una figura obscena y una sentencia
en una de las pizarras de la recova.
Treviranus
vio la sentencia. Era casi previsible, decía:
La última de
las letras del Nombre ha sido articulada.
Examinó,
después, la piecita de Gryphius – Ginzberg. Había en el suelo una brusca
estrella de sangre; en los rincones, restos de cigarrillos de marca
húngara; en un armario, un libro en latín – el Philologus
hebraeograecus (1739) de Leusden – con varias notas manuscritas.
Treviranus mirón con indignación e hizo buscar a Lönnrot. Éste, sin
sacarse el sombrero, se puso a leer, mientras el comisario interrogaba a
los contradictorios testigos del posible secuestro. A las cuatro salieron.
En la torcida Rue de Toulon, cuando pisaban las serpentinas muertas del
alba, Treviranus dijo:
- ¿Y si la
historia de esta noche fuera un simulacro?
Erik Lönnrot
sonrió y leyó con toda gravedad un pasaje (que estaba subrayado) de la
disertación trigésima tercera del Philologus:
·
Dies
Judaeorum incipit a solis occasu usque ad solis occasum diei sequentis.
Eso
quiere decir –agregó-: El día hebreo empieza al anochecer y dura hasta el
siguiente anochecer.
El otro
ensayó una ironía.
- ¿Ese es el
dato más valioso que usted ha recogido esta noche?
- No. Más
valiosa es una palabra que dijo Ginzberg.
Los diarios
de la tarde no descuidaron esas desapariciones periódicas. La Cruz de
la Espada las contrastó con la admirable disciplina y el orden del
último Congreso Eremítico; Ernst Palast, en El Mártir, reprobó "las
demoras intolerables de un pogrom clandestino y frugal, que ha necesitado
tres meses para eliminar tres judíos"; la Yidische Zeitung rechazó
la hipótesis horrorosa de un complot antisemita, "aunque muchos espíritus
penetrantes no admiten otra solución del triple misterio"; el más ilustr
de los pistoleros del Sur, Dandy Red Scharlach, juró que en su distrito
nunca se producirían crímenes de ésos y acusó de culpable negligencia al
comisario Franz Treviranus.
Éste recibió,
la noche del 1° de marzo, un imponente sobre sellado. Lo abrió: el sobre
contenía una carta firmada Baruj Spinoza y un minucioso plano de la
ciudad, arrancado notoriamente de un Baedeker. La carta profetizaba que el
3 de marzo no habría un cuarto crimen, pues la pinturería del Oeste, la
taberna de la Rue de Toulon y el Hôtel du Nord eran "los vértices
perfectos de un triángulo equilátero y místico"; el plano demostraba en
tinta roja la regularidad de ese triángulo. Treviranus leyó con
resignación ese argumento more geometrico y mandó la carta y el
plano a casa de Lönnrot – indiscutible merecedor de tales locuras.
Erik Lönnrot
las estudió. Los tres lugares, en efecto, eran equidistantes. Simetría en
el tiempo (3 de diciembre, 3 de enero, 3 de febrero); simetría en el
espacio, también… Sintió, de pronto que estaba por descifrar el misterio.
Un compás y una brújula completaron esa brusca intuición. Sonrió.
Pronunció la palabra Tetragrámaton (de adquisición reciente) y
llamó por teléfono al comisario. Le dijo:
- Gracias por
ese triángulo equilátero que usted anoche me mandó. Me ha permitido
resolver el problema. Mañana viernes los criminales estarán en la cárcel;
podemos estar muy tranquilos.
- Entonces
¿no planean un cuarto crimen?
-
Precisamente porque planean un cuarto crimen, podemos estar muy
tranquilos. –Lönnrot colgó el tubo. Una hora después, viajaba en un tren
de los Ferrocarriles Australes, rumbo a la quinta abandonada de Triste-le-Roy.
Al sur de la ciudad de mi cuento fluye un ciego riachuelo de aguas
barrosas, infamado de curtiembres y de basuras. Del otro lado hay un
suburbio fabril donde, al amparo de un caudillo barcelonés, medran los
pistoleros. Lönnrot sonrió al pensar que el más afamado –Red Scharlach–
hubiera dado cualquier cosa por conocer esa clandestina visita. Azevedo
fue compañero de Scharlach; Lönnrot consideró la remota posibilidad de que
la cuarta víctima fuera Scharlach. Después, la desechó… Virtualmente,
había descifrado el problema; las meras circunstancias, la realidad
(nombres, arrestos, caras, trámites judiciales y carcelarios), apenas le
interesaban ahora. Quería pasear, quería descansar de tres meses de
sedentaria investigación. Reflexionó que la explicación de los crímenes
estaba en el triángulo anónimo y en una polvorienta palabra griega, El
misterio casi le pareció cristalino; se abochornó de haberle dedicado cien
días.
El tren paró
en una silenciosa estación de cargas. Lönnrot bajó. Era una de esas tardes
desiertas que parecen amaneceres. El aire de la turbia llanura era húmedo
y frío. Lönnrot echó a andar por el campo. Vio perros, vio un furgón en
una vía muerta, vio el horizonte, vio un caballo plateado que bebía agua
crapulosa de un charco. Oscurecía cuando vio el mirador rectangular de la
quinta de Triste-le-Roy, casi tan alto como los negros eucaliptos que lo
rodeaban. Pensó que apenas un amanecer y un ocaso (un viejo resplandor en
el oriente y otro en el occidente) lo separaban de la hora anhelada por
los buscadores del Nombre.
Una
herrumbrada verja definía el perímetro irregular de la quinta. El portón
principal estaba cerrado. Lönnrot, sin mucha esperanza de entrar, dio toda
la vuelta. De nuevo ante el portón infranqueable, metió la mano entre los
barrotes, casi maquinalmente, y dio con el pasador. El chirrido del hierro
lo sorprendió. Con una pasividad laboriosa, el portón entero cedió.
Lönnrot
avanzó entre los eucaliptos, pisando confundidas generaciones de rotas
hojas rígidas. Vista de cerca, la casa de la quinta de Triste-le-Roy
abundaba en inútiles simetrías y en repeticiones maniáticas: una Diana
glacial en un nicho lóbrego correspondía en un segundo nicho otra Diana;
un balcón se reflejaba en otro balcón; dobles escalinatas se abrían en
doble balaustrada. Un Hermes de dos caras proyectaba su sombra monstruosa.
Lönnrot rodeó la casa como había rodeado la quinta. Todo lo examinó; bajo
el nivel de la terraza vio una estrecha persiana.
La empujó:
unos pocos escalones de mármol descendían a un sótano. Lönnrot, que ya
intuía las preferencias del arquitecto, adivinó que en el opuesto muro del
sótano había otros escalones. Los encontró, subió, alzó las manos y abrió
la trampa de salida.
Un resplandor
lo guió a una ventana. La abrió: una luna amarilla y circular definía en
el triste jardín dos fuentes cegadas. Lönnrot exploró la casa. Por
antecomedores y galerías salió a patios iguales y repetidas veces al mismo
patio. Subió por escaleras polvorientas a antecámaras circulares;
infinitamente se multiplicó en espejos opuestos; se cansó de abrir o
entreabrir ventanas que le revelaban, afuera, el mismo desolado jardín
desde varias alturas y varios ángulos; adentro, muebles con fundas
amarillas y arañas embaladas en tarlatán. Un dormitorio lo detuvo; en ese
dormitorio, una sola flor en una copa de porcelana; al primer roce los
pétalos antiguos se deshicieron. En el segundo piso, en el último, la casa
le pareció infinita y creciente. La casa no es tan grande, pensó.
La agrandan la penumbra, la simetría, los espejos, los muchos años, mi
desconocimiento, la soledad.
Por una
escalera espiral llegó al mirador. La luna de esa tarde atravesaba los
losanges de las ventanas; eran amarillos, rojos y verdes. Lo detuvo un
recuerdo asombrado y vertiginoso.
Dos hombres
de pequeña estatura, feroces y fornidos, se arrojaron sobre él y lo
desarmaron; otro, muy alto, lo saludó con gravedad y le dijo:
- Usted es
muy amable. Nos ha ahorrado una noche y un día.
Era Red
Scharlach. Los hombres maniataron a Lönnrot. Éste, al fin, encontró su
voz.
- Scharlach,
¿usted busca el Nombre Secreto?
Scharlach
seguía de pie, indiferente. No había participado en la breve lucha, apenas
si alargó la mano para recibir el revólver de Lönnrot. Habló; Lönnrot oyó
en su voz una fatigada victoria, un odio del tamaño del universo, una
tristeza no menor que aquel odio.
No –dijo
Scharlach-. Busco algo más efímero y deleznable, busco a Erik Lönnrot.
Hace tres años, en un garito de la Rue de Toulon, usted mismo arrestó, e
hizo encarcelar a mi hermano. En un cupé, mis hombres me sacaron del
tiroteo con una bala policial en mi vientre. Nueve días y nueve noches
agonicé en esta desolada quinta simétrica; me arrasaba la fiebre, el
odioso Jano bifronte que mira los ocasos y las auroras daba horror a mi
ensueño y a mi vigilia. Llegué a abominar mi cuerpo, llegué a sentir que
dos ojos, dos manos, dos pulmones, son tan monstruosos como dos caras. Un
irlandés trató de convertirme a la fe de Jesús; me repestía la sentencia
de los goyim: Todos los caminos llevan a Roma. De noche, mi delirio
se alimentaba de esa metáfora: yo sentía que el mundo es un laberinto, del
cual era imposible huir, pues todos los caminos, aunque fingieran ir al
norte o al sur, iban realmente a Roma, que era también la cárcel
cuadrangular donde agonizaba mi hermano y la quinta de Triste-le-Roy. En
esas noches yo juré por el dios que ve con dos caras y por todos los
dioses de la fiebre y de los espejos tejer un laberinto en torno del
hombre que había encarcelado a mi hermano. Lo he tejido y es firme: los
materiales son un heresiólogo muerto, una brújula, una secta del siglo
xviii, una palabra griega, un puñal, los rombos de una pinturería.
El primer
termino de la serie me fue deparado por el azar. Yo había tramado con
algunos colegas – entre ellos, Daniel Azevedo – el robo de los zafiros del
Tetrarca. Azevedo nos traicionó y acometió la empresa el día antes. En el
enorme hotel se perdió; hacia las dos de la mañana irrumpió en el
dormitorio de Yarmolinsky. Éste, acosado por el insomnio, se había puesto
a escribir. Verosímilmente, redactaba unas notas o un artículo sobre el
Nombre de Dios; había escrito ya las palabras: La primera letra del
Nombre ha sido articulada. Azevedo le intimó al silencio; Yarmolinsky
alargó la mano hacia el timbre que despertaría todas las fuerzas del
hotel; Azevedo le dio una sola puñalada en el pecho. Fue casi un
movimiento reflejo; medio siglo de violencia le había enseñado que lo más
fácil y seguro es matar… A los diez días yo supe por la Yidische
Zeitung que usted buscaba en los escritos de Yarmolinsky la clave de
la muerte de Yarmolinsky. Leí la Historia de la secta de los Hasidim;
supe que el miedo reverente de pronunciar el Nombre de Dios había
originado la doctrina de que ese Nombre es todopoderoso y recóndito. Supe
que algunos Hasidim, en busca de ese Nombre secreto habían llegado a
cometer sacrificios humanos… Comprendí que usted conjeturaba que los
Hasidim había sacrificado al rabino; me dediqué a justificar esa
conjetura.
Marcelo
Yarmolinsky murió la noche del 3 de diciembre; para el segundo
"sacrificio" elegí la noche del 3 de enero. Murió en el Norte; para el
segundo "sacrificio" nos convenía un lugar del Oeste. Daniel Azevedo fue
la víctima necesaria. Merecía la muerte: era un impulsivo, un traidor; su
captura podía aniquilar todo el plan. Uno de los nuestros lo apuñaló; para
vincular su cadáver al anterior, yo escribí encima de los rombos de la
pinturería La segunda letra del Nombre ha sido articulada.
El tercer
"crimen" se produjo el 3 de febrero. Fue, como Treviranus adivinó, un mero
simulacro. Gryphius – Ginzberg – Ginsburg soy yo; una semana interminable
sobrellevé (suplementado por una tenue barba postiza) en ese perverso
cubículo de la Rue de Toulon, hasta que los amigos me secuestraron. Desde
el estribo del cupé, uno de ellos escribió en un pilar La última de las
letras del Nombre ha sido articulada. Esa escritura divulgó que la
serie de crímenes era triple. Así lo entendió el público; yo, sin
embargo, intercalé repetidos indicios para que usted, el razonador Erik
Lönnrot, comprendiera que es cuádruple. Un prodigio en el norte,
otros en el Este y en el Oeste, reclamaban un cuarto prodigio en el Sur;
el Tetragrámaton – el nombre de Dios, JHVH – consta de cuatro
letras; los arlequines y la muestra del pinturero sugieren cuatro
términos. Yo subrayé cierto pasaje en el manual de Leusden; ese pasaje
manifiesta que los hebreos computaban el día de ocaso a ocaso; ese pasaje
da a entender que las muertes ocurrieron el cuatro de cada mes. Yo
mandé el triángulo equilátero a Treviranus. Yo presentí que usted
agregaría el punto que falta. El punto que determina un rombo perfecto, el
punto que prefija el lugar donde la exacta muerte lo espera. Todo lo he
premeditado, Erik Lönnrot, para traerlo a usted a las soledades de
Triste-le-Roy.
Lönnrot evitó
los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielo subdivididos en rombos
turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un poco de frío y una
tristeza impersonal, casi anónima. Ya era de noche; desde el polvoriento
jardín subió el grito inútil de un pájaro. Lönnrot consideró por última
vez el problema de las muertes simétricas y periódicas.
- En su
laberinto sobran tres líneas –dijo por fin-. Yo sé de un laberinto griego
que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos
filósofos que bien puede perderse un mero detective. Scharlach,
cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A,
luego un segundo crimen en B, a 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen
en C a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos.
Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de
camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.
- Para la
próxima vez que lo mate -replicó Scharlach– le prometo ese laberinto, que
consta de una sola recta y que es invisible, incesante.
Retrocedió
unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego.
1942
Las
Ruinas Circulares
Nadie lo vio desembarcar unánime anoche, nadie vio la canoa de bambú
sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que
el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas
aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde
el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la
lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera
sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban
las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto
circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el
color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que
devoran los incendios de antiguos, que la selva palúdica ha profanado y
cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el
pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas
habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la
carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el
lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles
incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro
templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su
inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el
grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y
un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con
respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío
del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó
con hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible aunque sí sobrenatural. Quería
soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la
realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma;
si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su
vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo
inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la
cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir
a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran
pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y
soñar.
Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza
dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular
que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos
fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de
distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre
les dictaba lecciones de anatomía, cosmografía, de magia: los rostros
escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si
anduviera la importancia de aquel exámen, que redimiría a uno de ellos de
su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El
hombre, en el sueño y en la vigilia, considera las respuestas de sus
fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas
perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba en un alma que mereciera
participar en el universo.
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía
esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y que
sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los
primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a
individuos; los últimos preexistirían un poco más. Una tarde (ahora
también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par
de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y
se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a
veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo
desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos;
su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar
al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día
emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la
tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había
soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio
se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó
entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de
visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y
apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se
deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le
quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa
de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón,
aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho
mas arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara.
Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme
alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de
trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las
fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de
soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las
raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para
reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego,
en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses
planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió.
Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color
granate en la penumbra de un cuerpo humano aún sin cara ni sexo; con
minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo
percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a
observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía,
desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la
arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y
adentro. El examen satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche:
luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la
visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al
esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más
difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba
ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba
dormido.
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no
logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de
polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una
tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le
hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra
y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y
tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó
con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y
potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una
rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal
era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían
rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado,
de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo
pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en
los ritos, abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio
desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos
años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego.
Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad
pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo
el hombre derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión
de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices;
al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El
hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.
Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que
embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la
cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces.
Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer –y tal
vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro
templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de
inextricable selva de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un
fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el
olvido total de sus años de aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de
la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez
imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas
circulares, agua abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos
los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del
universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El
propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de
éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia
prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros
a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico
en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y no quemarse. El mago
recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las
criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su
hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por
atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y
descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre,
ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable,
que vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha
permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago
temiera el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por
rasgo, en mil y una noche secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos
signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro,
liviana como un pájaro luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color
rosado de la encía de los leopardos; luego las humareadas que herrumbraron
el metal de las noches; después de la fuga pánica de las bestias. Porque
se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del
dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el
mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un
instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la
muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó
contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo
acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con
humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que
otro estaba soñando.
Ulrica
Hann
tekr sverthit Gram ok leggr i methal theira bert.
Völsunga Saga, 27
Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal
de la realidad, o cual es lo mismo. Los hechos ocurrieron hace muy poco,
pero sé que el hábito literario es asimismo el hábito de intercalar rasgos
circunstanciales y de acentuar los énfasis. Quiero narrar mi encuentro con
Ulrica (no supe su apellido y tal vez no lo sabré nunca) en la ciudad de
York. La crónica abarcará una noche y una mañana.
Nada me costaría referir que la vi por primera vez junto a las Cinco
Hermanas de York, esos vitrales puros de toda imagen que respetaron los
iconoclastas de Cromwell, pero el hecho es que nos conocimos en la salita
del Northern Inn, que está del otro lado de las murallas. Éramos pocos y
ella estaba de espaldas. Alguien le ofreció una copa y rehusó.
-Soy feminista -dijo-. No quiero remedar a los hombres. Me desagradan su
tabaco y su alcohol.
La frase quería ser ingeniosa y adiviné que no era la primera vez que la
pronunciaba. Supe después que no era característica de ella, pero lo que
decimos no siempre se parece a nosotros.
Refirió que había llegado tarde al museo, pero que la dejaron entrar
cuando supieron que era noruega.
Uno de los presentes comentó:
-No es la primera vez que los noruegos entran en York.
-Así es -dijo ella-. Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien
puede tener algo o algo puede perderse.
Fue entonces cuando la miré. Una línea de William Blake habla de muchachas
de suave plata o furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad.
Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su
rostro me impresionó su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y
la sonrisa parecía alejarla. Vestía de negro, lo cual es raro en tierras
del Norte, que tratan de alegrar con colores lo apagado del ámbito.
Hablaba un inglés nítido y preciso y acentuaba levemente las erres. No soy
observador; esas cosas las descubrí poco a poco.
Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes
en Bogotá. Aclaré que era colombiano.
Me preguntó de un modo pensativo:
-¿Qué es ser colombiano?
-No sé -le respondí-. Es un acto de fe.
-Como ser noruega -asintió.
Nada más puedo recordar de lo que se dijo esa noche. Al día siguiente bajé
temprano al comedor. Por los cristales vi que había nevado; los páramos se
perdían en la mañana. No había nadie más. Ulrica me invitó a su mesa. Me
dijo que le gustaba salir a caminar sola.
Recordé una broma de Schopenhauer y contesté:
-A mí también. Podemos salir los dos.
Nos alejamos de la casa, sobre la nieve joven.
No había un alma en los campos. Le propuse que fuéramos a Thorgate, que
queda río abajo, a unas millas. Sé que ya estaba enamorado de Ulrica; no
hubiera deseado a mi lado ninguna otra persona.
Oí de pronto el lejano aullido de un lobo. No he oído nunca aullar a un
lobo, pero sé que era un lobo. Ulrica no se inmutó.
Al rato dijo como si pensara en voz alta:
-Las pocas y pobres espadas que vi ayer en York Minster me han conmovido
más que las grandes naves del museo de Oslo.
Nuestros caminos se cruzaban. Ulrica, esa tarde, proseguiría el viaje
hacia Londres; yo, hacia Edimburgo.
-En Oxford Street -me dijo- repetiré los pasos de Quincey, que buscaba a
su Anna perdida entre las muchedumbres de Londres.
-De Quincey -respondí- dejó de buscarla.
Yo, a lo largo del tiempo, sigo buscándola.
-Tal vez -dijo en voz baja- la has encontrado.
Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé la boca
y los ojos.
Me apartó con suave firmeza y luego declaró:
-Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto, que no me
toques. Es mejor que así sea.
Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya
no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis
mocedades de Popayán y en una muchacha de Tezas, clara y esbelta como
Ulrica que me había negado su amor.
No incurrí en el error de preguntarle si me quería. Comprendí que no era
el primero y que no sería el último. Esa aventura, acaso la postrera para
mí, sería una de tantas para esa resplandeciente y resuelta discípula de
Ibsen.
Tomados de la mano seguimos.
-Todo esto es como un sueño -dije- y yo nunca sueño.
-Como aquel rey -replicó Ulrica- que no soñó hasta que un hechicero lo
hizo dormir en una pocilga.
Agregó después.
-Oye bien. Un pájaro está por cantar.
Al poco rato oímos el canto.
-En estas tierras -dije-, piensan que quien está por morir prevé el
futuro.
Y yo estoy por morir -dijo ella.
La miré atónito.
-Cortemos por el bosque -la urgí-. Arribaremos más pronto a Thorgate.
-El bosque es peligroso -replicó.
Seguimos por los páramos.
-Yo querría que este momento durara siempre -murmuré.
-Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres -afirmó Ulrica
y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no
había oído bien.
-Javier Otálora- le dije.
Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de
Ulrikke.
-Te llamaré Sigurd- declaró con una sonrisa.
Si soy Sigurd -le repliqué- tu serás Brynhild.
Había demorado el paso.
-¿Conoces la saga?- le pregunté.
-Por supuesto -me dijo-. La trágica historia que los alemanes echaron a
perder con sus tardíos Nibelungos.
No quise discutir y le respondí:
-Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada
en el lecho.
Estábamos de golpe ante la posada. No me sorprendió que se llamara, como
la otra, el Northern Inn.
Desde lo alto de la escalinata, Ulrica me gritó:
-¿Oíste el lobo? Ya no quedan lobos en Inglaterra. Apresúrate.
Al subir al piso alto, noté que las paredes estaban empapeladas a la
manera de William Morris, de un rojo muy profundo, con entrelazados frutos
y pájaros. Ulrica entró primero. El aposento oscuro era bajo, con un techo
a dos aguas. El esperado lecho se duplicaba en un vago cristal y la
bruñida caoba me recordó el espejo de la Escritura. Ulrica ya se había
desvestido. Me llamó por mi verdadero nombre, Javier. Sentí que la nieve
arreciaba. Ya no quedaba muebles ni espejos. No había una espada entre los
dos. Como la arena se iba al tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y
poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica.
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