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Escritor antioqueño (Santodomingo, enero 17 de 1858 - Medellín,
diciembre 19 de 1940). Tomás Carrasquilla aparece en el panorama
cultural colombiano como el primer escritor que dedicó su vida,
íntegramente, al oficio de la literatura, y que en su muy extensa
obra literaria aplicó ciertos principios formulados por él mismo,
que ponen en evidencia la concepción clara y firmemente cimentada
de lo que pensaba que debían ser la novela y el cuento. Ante todo
hay que destacar la absoluta honestidad de su quehacer literario y
la correspondencia entre éste y sus creencias y actitudes frente
al acontecer político, social y cultural de la época, a los demás
seres humanos, a sí mismo, a lo que esperaba de la literatura y,
finalmente, a lo expuesto por él en muchos textos como su credo
estilístico y poético. A1 respecto, dice: «Conmueve la verdad de
sentimiento que una articulación les imprime; conmueve un alma que
se manifiesta. Todo esto es el estilo, es la forma». Y también:
«No es la forma lo que hace al poeta: es el poeta el que hace la
forma [...] Un estilo es un alma vaciada en palabras o en letras.
Todo viene de adentro para afuera, no va de afuera para adentro;
todo está en el alma: no hay mármoles sino escoplos>. El elemento
central en toda su obra, y aquel en que alcanza los mayores
logros, es la creación de personajes. En cada uno se manifiesta el
profundo interés que el ser humano despertaba en Carrasquilla;
sentía predilección por los niños, por las gentes de la clase
media y del pueblo, campesinos y trabajadores. La alta clase
social nunca le interesó; en su autobiografía dice: «Las clases
altas y civilizadas son más o menos lo mismo en toda tierra de
garbanzos. No constituyen, por tanto, el carácter diferencial de
un nación o región determinada. Ese exponente habrá de buscarse en
la clase media, si no en el pueblo». Sus novelas y cuentos se
desarrollan en una región concreta de Colombia, los pueblos de
Antioquia; pero, a partir de lo regional, su obra adquiere un
interés americano y universal, pues trasciende lo local, para
penetrar en lo esencialmente humano y recrearlo, a través de los
personajes perfectamente individualizados. Su mirada es realista y
crítica; su poder de observación y su gran conocimiento del mundo
recreado en sus obras, le permitieron plasmar con maestría, por
ejemplo, el ambiente minero y los personajes de diversas razas y
culturas que allí trabajan y conviven, en Hace tiempos y La
Marquesa de Yolombó. Las costumbres, creencias y tradiciones de
todos los sectores aparecen en su narrativa, sin que por esto
pueda ser considerado un escritor costumbrista, pues para él, la
costumbre no es un fin en sí misma, sino que la incorpora al
desarrollo de la acción y al destino de los personajes.
Carrasquilla no idealiza ni disimula los defectos individuales ni
las lacras sociales; no hace concesiones en la literatura, como
tampoco las hizo en su vida; fue honesto, tolerante, justo,
mesurado, humano y esencialmente democrático. Creía en la
aristocracia del mérito y no en la del nacimiento o el dinero. En
su vida y en su obra reprobó las injusticias sociales, la
hipocresía, el arribismo y la inautenticidad en todas sus
manifestaciones. Profundamente respetuoso de la religión, criticó
cualquier forma de utilización de ésta, para conseguir otros
fines, así como las actitudes falsas y la doble moral. Admiraba la
devoción sincera y atacó la beatería y la intolerancia religiosa.
Su interés por lo espiritual aparece en obras como En la diestra
de Dios Padre, Salve, Regina, Semana Santa y Curas de almas. Con
una franqueza sencilla expresó siempre sus propios criterios
estéticos, y en cuanto a la función del auténtico escritor, se
opuso a las que consideraba una serie de tendencias importadas de
Francia, Inglaterra e Italia, por parecerle artificiosas: «Esta
mercancía con marca de fábrica extranjera, no puede echar raíces
en Colombia». Profundo conocedor del habla popular utilizada en su
medio, dice: «Cuando se trata de reflejar en una novela el
carácter, la índole propia de un pueblo o de una región
determinada, el diálogo escrito debe ajustarse rigurosamente al
diálogo hablado, reproducirlo hasta donde sea posible [...] El
escritor tiene amplia oportunidad cuando narra, para exhibir
dominio gramatical y sintáctico, sin tener para qué "meterse" con
el diálogo de los personajes. Y quien logre una provechosa mezcla
de estos dos elementos, alternando la expresión típica de los
personajes, con la pureza de la dicción del autor, logra un éxito
gratísimo en punto a fuerza y variedad». Efectivamente, esto lo
aplicó en sus narraciones y lo logró con vitalidad, inteligencia y
mucha gracia. Fue enemigo de todo ornamento postizo y afirmaba que
«la naturaleza no necesita que la embellezcan; cualquier intento
de hacerlo vale tanto como querer falsificarla». La sobriedad de
su prosa, limpia de ornamentos, y la singularidad de su obra,
están respaldadas por su propia posición teórica: «Imitar formas
es como imitar temperamentos». Y en cuanto a la novela, la define
como «un pedazo de vida reflejado en un escritor por un corazón y
por una cabeza». Luego añade: «Esta fórmula todo lo recibe,
excepto la mentira». Con estas palabras, Carrasquilla sintetiza su
credo poético: la novela como reflejo de la realidad, transformada
por la inteligencia y la sensibilidad del escritor. Algunas veces
su obra ha sido criticada por una supuesta dificultad: el lenguaje
regional, un tanto complicado para quienes no conozcan el habla
del pueblo antioqueño. A1 respecto, don Miguel de Unamuno afirmó:
«Esto no es dialecto sino puro español con algunos vocablos
arcaicos>. Con esta declaración, Unamuno aclara que no son
regionalismos, sino un castellano viejo que se conserva en algunas
regiones de América.
De sus ancestros, don Tomás dice: «Mis padres eran entre pobres y
acaudalados, entre labriegos y señorones y más blancos que el rey
de las Españas, al decir de mis cuatro abuelos. Todos ellos eran
gentes patriarcales, muy temerosas de Dios y muy buenos vecinos>.
Hijo de Raúl Carrasquilla Isaza, quien trabajaba en ingeniería de
puentes y minas, y de Ecilda Naranjo Moreno, dedicada al hogar,
don Tomás vivió hasta los quince años en Santodomingo, y durante
un tiempo vivió con su familia en la población minera de
Concepción. Allí asistió a la escuela y comenzó a conocer el
ambiente de las minas y la vida y costumbres de los mineros. De su
niñez se sabe poco: que desde entonces tuvo la pasión de la
lectura y aquello que se puede entrever en los relatos cuyos
protagonistas son niños, o en los que se encuentran personajes y
situaciones de su niñez; por ejemplo, "Simón el mago", Hace
tiempos, Dimitas Arias y Salve, Regina. En estas obras es
indudable lo autobiográfico, pero convertido en ficción; así
también, en Entrañas de niño; El zarco y otras narraciones en las
que los niños están llenos de viveza y frescura. Allí vida y
ficción se entrecruzan y los personajes reales son el punto de
partida para la creación de personajes como la madre, la abuela y
otros parientes a quienes no conoció, salvo por lo que de ellos
oyó hablar; es el caso de algunos que aparecen en La Marquesa de
Yolombó. A esto se refiere Carrasquilla en una carta: «Me gusta
saber que no está enojado conmigo por haber relatado las cosas de
sus abuelos, pues ha de saber que aquí en la Villa de la
Candelaria, hay algunos de nuestros parientes que me tienen entre
ojos; no me perdonan las vagamunderías de su abuelo y tatarabuelo,
no pueden perdonarme las palabrotas y pendejadas de mi mamita Luz.
Ellos querían que yo los sacara tomando té, hablando el francés y
jugado el "Rusruz", juego chinesco muy en boga entre las damas
chapeadas a la europea». Hacia 1873 Carrasquilla viajó a Medellín,
llamada entonces Villa de Nuestra Señora de la Candelaria, para
cursar la secundaria en la sección de bachillerato de la
Universidad de Antioquia, y allí mismo, en 1876, se matriculó en
Derecho. En 1877, a causa de la guerra civil, abandonó los
estudios y regresó a Santodomingo allí permaneció hasta 1896,
dedicado a la sastrería. Entre 1879 y 1880 fue secretario de
juzgado de circuito, y en 1891, juez municipal. En 1892 creó, con
algunos amigos, una biblioteca pública en Santodomingo; ellos y la
ciudadanía donaron los primeros volúmenes; el 20 de noviembre de
1893 se inició como Biblioteca del Tercer Piso. Carlos E. Restrepo
lo nombró miembro de El Casino Literario, un centro que dirigía en
Medellín; como requisito para la admisión, era necesario escribir
algo; Carrasquilla escribió "Simón el mago", cuento que se publicó
en 1890, en un volumen colectivo. En una reunión de aquel centro,
los socios opinaban, salvo Restrepo y Carrasquilla, que en
Antioquia no había materia novelable. Don Tomás, para probar que «puede
hacerse novela sobre el tema más vulgar y cotidiano>, escribió la
novela Frutos de mi tierra, allá en la casa de su abuelo materno,
en Santodomingo. La novela se publicó en 1896 y tuvo gran acogida;
la crítica la ha considerado como una de las mejores del realismo
americano y de la corriente naturalista. De sus méritos, dice su
autor: «De tener alguno, será, probablemente, como documento
literario, por ser esa la primera novela prosaica que se ha
escrito en Colombia, tomada directamente del natural, sin
idealizar en nada la realidad de la vida». Como en toda su obra,
en ella aplicó su credo: «Lo estético no es otra cosa que lo
verdadero en lo bello». Después de su primer viaje a Bogotá, con
motivo de la publicación de Frutos de mi tierra, Carrasquilla
volvió a Antioquia, a sus actividades en Santodomingo y Medellín.
Allí sufrió un accidente al caer de un caballo, que lo obligó a
permanecer en Medellín por dos meses; y al regresar a Santodomingo,
cayó enfermo de «un achaque en la garganta». Carrasquilla
aprovechó este tiempo, en 1897, para escribir Blanca, En la
diestra de Dios Padre, Dimitas Arias y "Herejías", su primer
ensayo literario, donde planteó y desarrolló sus conceptos acerca
de la novela: «Ávida de lo verdadero, recoge el espíritu de la
verdad dondequiera que lo halla. Lo mismo en el hecho histórico
que en el imaginario; lo mismo en el símbolo que en el mito».
Entre 1898 y 1903 escribió El ánima sola, San Antoñito, El padre
Casafús y Salve Regina. A1 quebrar el Banco Popular de Medellín,
en 19U4, Carrasquilla lo perdió casi todo. Se trasladó, entonces,
a trabajar como encargado de provisiones a la mina de Sanandrés,
cerca de Sonsón, donde permaneció entre 1906 y 1909. De regreso a
Medellín, reanudó su vida bohemia, sus tertulias literarias y
sociales. Usualmente dictaba sus obras, pues no le gustaba
escribir. En 1910 publicó Grandeza, novela que refleja el ambiente
de Medellín, escrita «en estilo llano, sencillo, casero, bastante
pedestre [...] sobre asuntos, personas y acontecimientos
cotidianos y vulgares».
En 1914 Carrasquilla se vinculó como colaborador a El Espectador
de Medellín, con una columna semanal: cuadros, artículos, crónicas
y ensayos. En ese mismo año viajó a Bogotá, donde desempeñó,
durante cinco años, un cargo en el Ministerio de Obras Públicas.
En 1915, El Espectador de Medellín anunció que en unos días «saldrá
en la capital de la República una edición de nuestro diario,
dirigida por los señores Fidel Cano y Luis Cano». Este fue el
primer periódico colombiano publicado diariamente en Bogotá y en
Medellín; los artículos de Carrasquilla aparecían en las dos
ediciones. En 1915 apareció en El Liberal Ilustrado, "El rifle",
uno de sus dos únicos cuentos de ambiente bogotano. Carrasquilla
permaneció en la capital hasta enero de 1919; de regreso a
Medellín, volvió a sus antiguas tertulias y escribió crónicas
sobre la ciudad, y su novela corta Ligia Cruz, publicada por
entregas en El Espectador de Bogotá, entre el 20 de noviembre y el
11 de diciembre de 1920. En mayo de 1921 apareció en Medellín el
primer número de Sábado, revista dirigida por Ciro Mendía y
Gabriel Cano; el editorial era de Carrasquilla. Entre 1922 y 1925,
Carrasquilla publicó Por el poeta, homenaje a José Asunción Silva;
"Copas", aparecido en Lectura breve de Medellín, en agosto de
1923; y la novela corta El zarco, editada en Bogotá en 1925. En
1926 terminó de escribir La Marquesa de Yolombó, publicada en
1928. Esta es, quizás, la mejor de sus novelas; en ella
Carrasquilla plasmó su profundo conocimiento de los seres humanos,
la agudeza de su crítica, la precisión de su realismo y la
capacidad para ver a los personajes en sus permanentes cambios,
para comprender la transformación, el debilitamiento de sus
ideales y propósitos, la flaqueza del ánimo en las grandes
empresas que se abandonan para satisfacer pequeños intereses, el
deterioro que va causando el tiempo en el vigor y en la belleza,
la penetración de su inteligencia y su sensibilidad en lo más
sutil y profundo de los seres humanos, lo cual impide que los
personajes caigan en el estereotipo, en la generalización o en el
lugar común. La Marquesa es un perfecto ejemplo tanto de las
virtudes como de las debilidades que, finalmente, opacan y hunden
a la protagonista de esta gran novela; además, recrea un pasado
histórico y aunque apenas roza unos pocos acontecimientos de la "gran
historia", Carrasquilla logra dar una visión crítica y real de un
determinado ambiente social, de «algunas reminiscencias que no
recoge la historia», y de hechos y personajes que si no fueron,
habrían podido ser en ese mundo novelístico sólidamente
estructurado por él, y hasta tal punto humano que alcanza la
universalidad. En su "Homilía 2", Carrasquilla dice: «Por más que
evolucionen los espíritus, no se puede descartar de las
literaturas el estudio del medio, única modificación del hombre
universal. La región, en este sentido, no es escuela, ni moda, ni
uso; es una faz de la vida y del alma». Es interesante anotar que
las descripciones de tradiciones y creencias, de celebraciones,
fiestas y ceremonias de carácter folclórico que aparecen en La
Marquesa de Yolombó, no le dan a la novela carácter costumbrista;
son elementos que enriquecen la recreación del ambiente, ya sea
familiar, del pueblo o de los mineros y que, además, están en
estrecha relación con personajes y acontecimientos; muestran
también lo más entrañable y auténtico de la región y el poderoso
sincretismo cultural que se ha ido consolidando y enriqueciendo, a
través de siglos de convivencia de razas cuyas características
culturales se expresan a través de formas religiosas y
supersticiones que han terminado por confundirse con un
catolicismo ingenuo, compartido por señores, campesinos y esclavos:
«Peregrina religión la de esa tierra! [... ] Media población era
africana, y, por más que fuese bautizada y metida en catolicismo,
cada negro conservaba, por dentro y hasta por fuera, por
transmisión o ancestralismo en creencias, mucha parte de las
salvajes de sus mayores. Esta negrería, entreverada con españoles
de entonces, más supersticiosos y fanáticos que cristianos
genuinos, más de milagros que de ética, coincidía y empataba con
los africanos y aborígenes en el dogma común del diablo y sus
legiones de espíritus medrosos. De este empate vino una mezcolanza
y un matalotaje, que nadie sabía qué era lo católico y romano ni
qué lo bárbaro... »
Desde 1926, don Tomás comenzó a sufrir trastornos circulatorios;
la parálisis lo inmovilizó y la ceguera fue aumentando
gradualmente. Sin embargo, continuó las tertulias con los amigos
que iban a visitarlo y dictó la trilogía Hace tiempos (compuesta
por aguas y pedrejones, Por cumbres y cañadas y Del campo a la
ciudad), que apareció entre 1935 y 1936. En Hace tiempos,
Carrasquilla recogió lo que había observado y conservado en la
memoria, y convirtió las experiencias más significativas de su
vida, en su última gran obra literaria. En 1934, cuando ya estaba
casi ciego, recuperó parcialmente la visión gracias a una
operación, lo cual le permitió volver a leer y a escribir. En 1936
la Academia Colombiana de la Lengua le otorgó el Premio Nacional
de Literatura y Ciencias José María Vergara y Vergara, por su
novela Hace tiempos, y se le reconoció como el primer
novelista colombiano. El 14 de diciembre de 1940 fue operado a
causa de la gangrena. Murió el 19 de diciembre en Medellín, a la
edad de 82 años, querido y respetado por las gentes de su tierra,
donde pasó casi toda su vida. La obra de Carrasquilla no ha
perdido validez. Es un vivo reflejo de la Antioquia de fines del
siglo XIX y comienzos del XX que, sin embargo, ha trascendido lo
local. La crítica más seria se ha ocupado de la obra narrativa de
don Tomás y de los planteamientos teóricos en los campos de la
crítica y la estilística, base de sus cuentos y novelas y de gran
actualidad para la comprensión de lo que es la verdad en la obra
literaria, del valor de lo local como punto de partida para que la
obra alcance la universalidad y de la importancia de la
utilización de un lenguaje que sea fiel a las formas expresivas
propias de cada sector social, sin perder la elegancia, la
claridad y la belleza propios de toda gran literatura [Ver tomo 4,
Literatura, pp. 221225; y tomo 5, Cultura, p. 172].
HELENA IRIARTE
Bibliografía
CARRASQUILLA, TOMAS. Obras completas. Madrid, EPESA, 1952.
LEVY, KURT L. Vida y obras de Tomás Carrasquilla. Medellín, Bedout,
1958.
MENTON, SEYMOUR. La novela colombiana: planetas y satélites.
Bogotá, Plaza y Janés, 1978.
CURCIO ALTAMAR, ANTONIO. Evolución de la novela en Colombia.
Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1957.
SANÍN CANO, BALDOMERO. "Tomás Carrasquilla". En: El oficio de
lector.
Caracas,
Biblioteca Ayacucho, N° 48, s.f.
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