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El rifle
La mañana refulge gloriosa y las vitrinas de todos los almacenes
están de gala, de alegría y paz en el señor. En esa víspera
clásica se exhiben con ingenua elegancia, para tentación de
chicuelos y de papás, cuantos juguetes, comestibles y ociosidades
han creado las industrias nacionales y extranjeras. Gentes de toda
clase y condición atisban aquí, husmean allá, trasiegan por
dondequiera, en busca de los regalos que, en aquella noche de
venturanzas, ha de traer el Niño Dios a la rapacería de la familia.
Demandaderas y sirvientes van y vienen, cargados de cajas y
envoltorios; los obsequios se cruzan, los presentes se cambian,
mientras la horda mendicante implora e implora en ese momento
cristiano en que los corazones se ablandan.
Un caballero, de aire noble y ya maduro, observa desde una esquina
del Capitolio aquel agitarse vertiginoso de la colmena. Su aire
revela hondos pesares. ¿Cómo no? Es un señor sin hijos, separado
de su mujer y forastero en la capital. La soledad y el hielo de su
vida le acosan en este día en que se rinde culto a la familia, se
prende el lar de los afectos y se piensan en los ausentes y en
los muertos queridos.
La felicidad que nota en tanta cara extraña le hace más acerba su
desgracia.
–¿Embolo
mesio? –le dice un granujilla hasta de once
años, con voz arrulladora de súplica. El hombre hace una señal de
asentimiento, pone un pie sobre la caja y el menestralillo
empieza.
Está astroso, desharrapado, roto; pero sus manitas y sus pies son
escultóricos, sus uñas encañonadas y pulidas. En medio de aquel
desaseo se adivina en esas extremidades el proceso de una estirpe
aristocrática. En torno del raído casquete se alborotan unos
bucles castaños que enmarcan una carita de tono ardiente, con
facciones de ángel. Hay en sus movimientos, manipuleo y ademanes,
esa gracia indecible de los niños cuando ejecutan con esmero algún
trabajo.
El hombre lo estudia.
–¿Cómo te llamas?
–¿Yo, patroncito? Me llamo Tista Arana.
Y
muestra unos dientes de rata, y pone en el señor unos ojos
rasgados, claros y luminosos como la mañana.
–¿Tienes padres?
–No tengo más que mi madrina. Mi madrecita se murió cuando tenía
seis años. ¡Era muy linda! Y mi taita me llevó donde mi madrina.
Como vivía en la casa de junto... El taba casao con ella.
–¿Y murió también tu padre?
–Se cayó de un andamio, aquí en el Capitolio, y se le salieron los
sesos.
–¿Y tu madrina te quiere mucho?
–Ni
sé qué le diga a su mercé.
–¿Te pega?
–Me curte muy duro cuando no le junto hartos pesos y cuando toma
chicha, y también cuando se me rasga la ropa. Ayer me jartó a
totes. Es muy fregada.
–¿Y cuánto ganas al día?
–¿Yo, patroncito? Pues unas veces apenas pa pagale la comida, que
son doce pesos, y otras, cuando más, algunos veinticinco. Los
grandes sí consiguen mucho.
Pasa a éstas un fámulo con unos paquetes, y, al caérsele uno,
salta al andén un riflecito sumamente cuco.
–¡Cómo gozarán los hijos de los ricos! –exclama Tista medio
transportado–. ¡Vea ese rifle patroncito!
–¿Quisieras uno así?
–¿Y qué me gano con querer?
–Pues,
¡quién sabe!
El señor le paga veinte pesos por el lustre y lo lleva a un
almacén para que escoja un rifle o lo que quiera.
El rapaz no puede creer aquel sueño, no puede comprender acto tan
raro. Pensara que el patroncito se burla, a no ser por la paga tan
enorme que ha recibido. Entra tembloroso, la cabeza baja,
cambiando de colores. No puede oír, no puede hablar. Pero uno de
los dependientes, que sabe su oficio, viene en su ayuda. Que
escogiera el chico zoquete lo que a bien tuviese ya que la fortuna
le sorprendía. Le alcanza tambores, espadas, cornetas, carros,
animales. Un rifle, articula al cabo el chicuelo. Le sacan
varios, y elige uno de salón y aire comprimido. ¡Qué maravilla! La
lata parece acero, la caja es un primor y mide casi una vara. “No
es tan zoquete”, dice una compradora. ¡Qué zoquete es un experto!
En su turbación desarticula el arma, y, con sus trémulas manitas,
hace jugar el mecanismo. Le dan un dardo amarillo, lo pone con
precisión y hace puntería con mucha monada a un elefante. A ser
blanco le acertara el Guillermito Tell en la propia trompa. “¡Qué
chirriado!”, exclaman. Explica, entonces, cómo ha visto el tiro en
el salón del Bosque y cómo los niños de un míster le han prestado
sus rifles cuando ha ido a Chapinero a lustrarles el calzado.
Una docena de flechas acompaña el rifle. Le envuelven todo aquello
y lo recibe en un desvanecimiento de ensueño. Dos granujas del
oficio y varios mendiguillos le rodean. ¡Qué envidia la de
aquellas criaturas! ¡Qué bocas las que abren! ¡Cómo se les
transfigura el colega y cómo miran al caballero extraordinario! El
caballero paga y sale apresurado. Ya no tiene cara triste: tres
pesos de dicha verdadera, bien pueden aliviar un millón de
pesadumbres. Pero va pensando, a la vez, que la vida tiene muchos
dolores absurdos.
Tista le alcanza, con los ojos humedecidos.
–¡Dígame su mercé onde vive p’ir a embolarle de balde todos los
días y hacerle los mandaos!
–¡Gracias, Tista Arana! Ya no podrás servirme mucho: pasado mañana
me voy.
–¿A dónde, patroncito?
–A Cúcuta, donde estoy a tus órdenes.
–¡A Cúcuta!... (Y una ráfaga negra pasa por aquel cielo).
–¿Y cómo se llama su mercé?
–El
señor Equis. Para servirte.
Y
el señor Equis se embebe entre la turbamulta de la calle.
Los granujas siguen a Tista, lo cercan, se lo disputan,
lo adulan. Aquel rifle caído del cielo le ha conquistado en un
instante alta posición y gran renombre. Sino que aquel corazón de
niño, que no ha sentido el hálito de otro corazón hidalgo; que al
abrirse a la vida del afecto, no ha conocido un ser que le
proteja, que por su sér se interese, que le arroje un mendrugo de
cariño, siente ahora, con esa intuición de la niñez desamparada,
haber entrevisto la felicidad para perderla al punto. Esto, que el
inocente paria no puede comprender, le amarga la posesión
repentina de su tesoro.
–¿Dónde será Cúcuta, ala? –dice al más prócer de sus flamantes
tagarotes.
–Eso
es muy lejos: ¡por allá en los Llanos!
–¿No es cierto, ala, que el señor Equis no me dio limosna como a
un chino sucio, sino que me dio un regalo como a un niñito suyo?
Es un señor muy bueno.
–Sí:
eso fue un regalo que vale mucha plata. ¿No viste, pues que pagó
tres billetes de cien pesos? Vendélo pa que comprés
ropa.
–¡No, ala! Yo quiero más mi rifle que muchos fluxes. Yo mantenía
mucha gana de rifle y me lo dio él.
Yo consigo esta noche el blanco y mañana me voy a tirar al Chorro
de Padilla. Yo compro más flechas cuando se me acaben. Yo se
apuntar mucho.
Tiró calle arriba, hacia su casa, no tanto por buscar el almuerzo,
cuanto por guardar el regalo y contarle a su madrina la estupenda
historia. Vivian por Las Aguas, en esa barriada que se extiende
falda arriba, entre eucaliptus y cerezos, como banda dispersa de
perdices. José Luis, el geógrafo consejero, le sigue hasta allá,
por ver si estrenan el arma envidiada.
La niña Belén, madrina del héroe, está a la puerta, medio tomada
por la chicha. Oye el relato, admira el rifle ve cómo se maneja;
pero no encuentra el acontecimiento verosímil. Si era hurto de los
dos facinerosos, que se confesaran con Cristo. Ni el llanto del
uno, ni las protestas del otro, ni la entrega de los dineros
ganados, la sacan de su sospecha. Tanto moteja a José Luis de
instigador y urdemales que el pobre no tiene más remedio que
marcharse a la estampía.
–¡Guardá eso horita mismo! –le vocea al triste moco-
suelo–. Y yo averiguaré hoy mismo dionde lo sacastes. ¡Y ya sabés!:
si vienen aquí los policías a poner pereque, te doy una muenda que
te habés de acordar de yo toda tu puerca vida! Andá a almorzar y
salí ligero pal trabajo, que hoy es día bueno y mañana necesito pa
las Pascuas.
¡Caramba
con su madrina! Mientras más trabada la lengua, más violenta para
echarle a él unas de machete y otras de cañafístula. ¿Por qué
sería así su madrina? El cuitado, entre si rabio o lloro, guarda
rifle y flechas bajo la estera del camastro calandrajiento donde
dormía, por allá en el rincón más oscuro del tugurio. Toma en
volandas el pedazo de pan negro, las dos papas y el plato de
cuchuco, ya con nata arrugada por el frío, y... otra vez en busca
de la vida.
II
La niña Belén cierra las puertas de su alcázar, se tira sobre el
jergón y descabeza un sueñecito de dos horas. Despiértase tan bien,
que hasta se siente hermosa y más apta que nunca para la pelea.
No es ni vieja: apenas frisa en las tres docenas; y a no ser por
los efectos de la chicha, que ya principian a manifestarse en ese
cuerpo gentil, aún quebrara corazones la viuda del maestro Arana.
Por lo mismo que su matrimonio no fue, propiamente, el paraíso de
las dichas, ni ella el espejo de las casadas, aspira a segundas
nupcias; que un clavo saca otro clavo, y al ladrón arrepentido hay
que dejarlo entrar para que muestre su enmienda.
Es su designado para tan alto puesto nada menos que el maestro
Ricardo Albarracín, viudo con dos hijos, zapatero de viejo, que
tiene por allí cerca un simulacro de taller. Y como el amor fue
siempre la gran fuente de inspiraciones, cátame que a la niña
Belencito le viene, en tal momento, una idea, una idea redentora.
Dicho y hecho.
Hace arqueo, saca plata y sale; se entra en un tenducho; merca por
treinta pesos un mamarracho de muñeca, manufacturada en el país y
hasta una libra de confites ordinarios. Torna a su casa, se
emperejila, se pone cintajos en la cabeza, se echa encima los
mejores trapos. Saca las flechas y el rifle; trata de doblarlo y
no puede. Se lo amarra entonces en la cintura con la caja hacia
arriba y cubre el cañoncito con el delantal. Toma lo otro, cubre
todo con el pañolón, cierra y... caminito de mi dicha.
Ni el más leve escrúpulo la escuece. ¿Por qué? ¿Qué iba a hacer
ese chino feróstico con el tal escopetín? Holgazanear, molestar,
poner pereque o matar a algún cristiano. Sí. Era muy capaz de eso
y de mucho más si a mano le venía. Si era tan perverso como la
infame que lo había echado al mundo; un culebrón, una tatacoa. ¡El
zarcucio éste la tenía jubilada. No había salido de él porque...
porque siempre la ayudaba! ¡Valiera la verdad!
Era la niña Belén una de tantas infelices que llevan en su sangre
la tuberculosis del vicio. Nacida y criada entre el foco fue un
milagro el que hubiese conservado sus pulmones hasta su
matrimonio. Pero este santo estado, que a tantos salva, la perdió
a ella de un modo galopante. No pudo, por más que lo pidiese a
cuanto Cristo hubo, juntar a la de esposa la corona de madre, ni
supo guardar aquélla cual debiera. El tal Arana le resultó, desde
el principio, muy partidario de la poligamia; y ella tuvo por
lógico y equitativo acogerse a la ley mosaica de ojo por ojo y
diente por diente.
Las mutuas hazañas de aquel matrimonio endiablado se resolvían en
una epopeya palpitante de pescozones a la aurora y escandaleras al
ocaso. El cónyuge le prendió, junto al suyo, otro lar, con mucha
leña y mucha llamarada. En él se recogía, porque lloviera o porque
hiciese sol; en él cifró sus delicias; en él se consiguió lo que
no pudo en la incubadora bendecida: un polluelo, como un sol. Pero
lo bueno nunca dura. Murió el ave de arrullo melodioso y el nido
se deshizo. ¿Qué iba a hacer el pobre pajarraco? Traerle el pichón
a la gorriona abandonada para que lo abrigase bajo el plumaje
helado de una maternidad postiza.
Sentíase la mísera en la picota del ridículo. Así y todo bregó por
querer de algún modo aquel inocente; que no hay mujer que no sea
madre en cualquier forma. Mas no pudo mover aquel cariño. En ese
corazón leproso no había una fibra siquiera donde pudiesen brotar
tan santas caridades. Por fortuna que el padre velaba por su chico
y le asistía cuanto un hombre pueda hacerlo. Tanto le quiso que
cualquier día le reconoció por escritura pública. Esto envenenaba
más, si era posible, a la esposa infecunda. Preparándose estaba
para abandonar por siempre aquel techo que le era insoportable,
cuando le llevaron muerto y destrozado al esposo aborrecido. Y era
tal el tósigo que acendraba aquella entraña, que la viuda sólo vio
en aquella tragedia el castigo del culpable y su propia liberación.
A
más no poder retuvo en el suyo al huerfanillo: amigos y allegados,
lograron que entendiese que si le abandonaba en manos extrañas,
ponía en riesgo la mitad de dos barracas y de un lote, que le
pertenecían legalmente, como herencia de su marido. Ni escuela ni
enseñanza de ninguna especie para aquella criatura que parecía
sobrar en la tierra. Su dulzura y docilidad las tomaba la
madrastra a hipocresía y falsedad, viendo en él trasunto
fidelísimo de su madre. Pronto lo mandó a mendigar y, como era tan
lindo y tan simpático, como imploraba con una vocecita deliciosa,
siempre llevaba algo a la casa. El mismo, sin que a Belén se le
ocurriese tal oficio, se fue entablando en el de limpiabotas, y
figuraba en el gremio como el más chiquitín y andrajoso. De ahí
adelante lo fue explotando, a más y mejor, la desgraciada
mujerzuela.
Henchida de esperanzas se encamina, un tanto envarada por el
rifle, al taller de su adorado tormento. Hállalo solo y muy
apurado, porque tiene compromisos para el día siguiente, y el
oficialillo aprendiz ya se ha declarado en vacaciones. Harto se le
alcanzan al remendón las pretensiones de la viuda, de quien tiene
las peores referencias. Así es que se pone en guardia acogiendo a
la sirena con alguna displicencia. Pero ella no amaina por tan
poco. Todavía en pie, le dice muy seductora:
–Hoy
no vengo a hacerle ningún encargo, Ricardito. Es que tenemos, esta
noche, una parrandita, donde mi comadre Isaura Primisiero; y, como
yo soy una de las alferas, vengo a convidalo. ¿No es cierto que no
me desaira?
–Mucho
le agradezco (sin levantar los ojos del trabajo). Y, desde que
pueda, iré con mucho gusto; pero creo que no acabo hasta muy
tarde.
–Asómese,
aunque sea un momento. Hay novena y van unos piscos que tocan
primoroso y una muchacha calentana que canta muy bien. ¡Vaya que
no le pesa! ¡Allá verá los bambucos que vamos a echar!
–Haré
lo posible; pero no quedo comprometido.
–¡Vaya! No le hace que sea tarde. Venía, también, a trele los
aguinaldos pa sus dos chinitos. Como soy tan reservada pa todas,
pa todas mis cosas, los treigo muy escondidos. ¡Vea cómo vengo! (Alza
él los ojos; ella pone en la mesa flechas, muñeca y confites y se
zafa el rifle). Resulta que, como tengo tantas amigas que tienen
chinos, no alcanzo pa todos. Esto no es más que pa los preferidos.
Este riflecito, con la cajita de flechas, pa Estebitan; la mona pa
Carmencita; y estos confites pa que se los reparta a juntos.
–¡Pero, Belén!... ¿Cómo se puso en ésas? –exclama el padre,
deponiendo un tantico sus esquiveces.
–¡Eso no vale nada, Ricardito! Y pa eso semos las amigas: pa
complacer a los amigos en lo que podamos. Y vea: yo qu’estos que
estos regalitos se los dé usté, como cosa suya. La gente es tan
fregada que, si comprende qu’es es regalo mío ¡quién sabe lo que
dirán!
Belén se sienta; Ricardo desenvuelve el rifle.
–¡Ah, caray! ¡Este es un regalo de rico! Esto le debió costar
muchísimo... Con la mona y los dulces era suficiente.
–Yo
quiero regalarle a Estebitan algo que le llame la atención: como
está tan grande y tan entendido y tan chirriao... A la niña, como
toavía está tan patojita, ai le compré ese embustico. Es hasta
pecao dale juguetes buenos a los chiquitos, pa que los rompan al
momento.
Ricardo examina el arma, presa de encontradas cavilaciones.
Calcula su precio y los recursos de la regaladora y aquello no lo
compagina. La viuda se va ofuscando.
–Vea,
niña Belén, –murmura luego–. Con mucha pena le digo que no es
decente que yo le acepte este regalo. Usté quiere que pase como
mío y yo soy un hombre muy pobre. Debo dos meses del arriendo del
rancho; y el dueño, que vive en la casa de junto, me ha amenazado
con quitarme los muebles, si no le pago al fin del mes. Si él ve
este rifle a mi muchachito, me pega la insultada del siglo. Con
que mejor sería que le hiciera el regalo a otro amigo más pudiente.
–¡Imposible, Ricardito! ¡Eso sería un desaire horrible! Hagamos
una cosa...
Suspende, se queda lela, la cara se le desfigura. A estar en pie,
se fuera al suelo redonda. En la puerta ha surgido, como brotado
de la tierra, Tista en persona. Trae sobre la caja de su oficio un
disco de cartón. Los tres guardan espectante silencio. Al fin lo
rompe el rapazuelo.
–Madrina:
aquí le treigo lo que junté. Me vine desde ahora, porque no hay a
quién embolale: to los cachacos y los guaches de botines tan ya
emparrandaos. Ya los policías saben que el rifle no es robao. Yo y
José Luis les contamos todo y llevamos testigos. El señor que me
lo regaló no se llama nada el señor Equis es un dotor de leyes que
se llama Javier Villablanca. Vive en el Hotel Astor. Fuimos
ond’él, y él le dijo, también, al policía; y...
–¿Es éste el rifle?
–Por supuesto, mestro Ricardo. Y ¿pa qué lo trajo, madrina?
Belén salta del asiento y se dispara a la calle. El zapatero,
descompuesto y tembloroso, agarra el resto del regalo y se lanza
tras ella.
–¡Vea, misiá Belén!, le grita ronco. Llévese su mona y sus
confites, no sea que resulten con dueños.
Oye ¿cómo no oír? Pero no vuelve el rostro. Va volando, sonámbula,
enchichada con un brebaje enloquecedor, que nunca ha probado.
El remendón no acaba de enterarse, por que Tista, por instinto de
hidalguía y por temor de su madrastra, trata de tergiversarle los
hechos. Ricardo lo despacha, enhoramala, con todos los presentes.
¡Oh, su madrina! ¡Quería regalarle su rifle al chino Esteban! ¿Por
qué sería así su madrina? Su corazoncito se le va apretando.
Siente angustia, susto, piensa unas cosas vagas que le causan
miedo y que le dan tristeza. Ya no piensa en ir, después de la
comida, a estrenar el arma. Ya no se ufana de llevarla, ni de ser
su dueño exclusivo. No se le ocurre tampoco, probar de los
confites.
Prosigue indeciso. ¿Subiría o no a la casa, desde ahora? Tiene que
subir, irremediablemente, para entregarle a su madrina la plata y
la encomienda. ¿A qué se exponía, si no? Avanza, pero se ditiene
en cualquier parte, ensimismado y caviloso. Encuentra conocidos y
no les ve; le hablan y no les oye; le rodean, y se retira. “¡Chino
gediondo! ¡Chino creído!” –le grita un émulo–. “¡No cabe en el
pellejo por ese rifle!” –le grita otro–. “¡Te lo robaste, ladrón!
¡Sos un ladrón!”. Nada contesta. Sigue despacio, y por ahí se
sienta en un pretil.
¡Ay!
¡Si él se fuera para Los Llanos, con el doctor Villablanca! Le
lustraría el calzado, le limpiaría la ropa, le ensillaría el
caballo, le pondría las polainas y el espolín; le haría todo, sin
que le pagase un peso. Y no le hacía que el doctor le curtiese. De
él no le dolerían ni regaños ni totes. Era un patrón tan bueno,
tan bizarro con los pobrecitos. ¡Ay, Los Llanos!
Pasan niñeras e institutrices, con sus chiquitines que vuelven de
meriendas del Chorro de Padilla. Pasan carruajes que van de
francachela hacia La Cuna de Venus; pasan las murgas de
artesanos punteando sus liras, rasgando sus tiples; pasa gente
regocijada y bulliciosa; y Tista, en el pretil, apoyado en el
rifle. ¿Por qué se estaría acordando, ahora de su madrecita? ¡Era
tan linda! ¡Le daba tantas cosas!
Una nube se desgrana pletórica y Tista corre. Cuando se acerca a
la barraca, asoma la madrina, le llama por señas y se entra. No
bien el chico traspasa aquel umbral, la puerta gira rauda; Belén
tuerce la llave y la tormenta estalla. “¡Este arrastrao! ¡Este
bandido!”. Le arrebata frenéticamente el rifle y, contra un banco,
contra una piedra, con los pies, con las rodillas, con los dientes,
lo abolla, lo tuerce, lo quiebra, logra partirlo. Sale al patinejo,
contra el vallado termina la obra y lanza, falda abajo, pedazo por
pedazo. Vuela adentro, hace añicos la muñeca, avienta los confites,
salta, pisotea, pulveriza, epiléptica, posesa.
Tista, hasta entonces paralizado, da un alarido de dolor y
espanto. Se queda seco y articula luego:
–¡Me lo quebró, me lo botó, porque el maestro Ricardo no la quiere!
–¡Callá, desgraciao... o te mato!
Le ase de la greña, le arrastra, le da contra el suelo.
–
¡Máteme, madrina! –grita enloquecido–. Máteme, pero es por eso!
¡No la quiere! ¡No la quiere!
Lo pisa, lo golpea. No lo aplasta de una vez, porque ella misma da
consigo en tierra, presa de espantosas convulsiones. Tista brinca,
como una rana, y se mete debajo de una mesa. Echa sangre por boca
y por narices.
Belén sigue en el suelo revolcándose. De pronto da un corcovo y
queda rígida. El niño aceza, acurrucado en su escondite. El agua
cae a torrentes y la noche se inicia.
La hembra se sacude al rato. Da un corcovo y se encabrita. Llora y
suspira, gime y solloza. Mucho ha sufrido en esta perra vida; pero
esta afrenta indecente ¡ni en su infierno! Se muere. Mas, ¡qué
morir, ni qué demonios!: ¡Chicha!, ¡mucha chicha! ¡Aguardiente!, ¡harto
aguardiente! ¡Y reñir y acabar, con esa tolimense tiznada!
Se alza, se estriega, se yergue.
–¡A ver la plata, maldito! –vocifera trágica.
Tista busca entre sus desgarrones y le entrega lo que encuentra.
Trastea ella por un baúl y saca un puñalejo, recuerdo de un su
amigo. Sale en seguida, y deja bajo llave al infeliz.
Apenas solo, desata los raudales de su llanto. Tiembla, tirita,
los golpes le duelen, le duelen mucho. Tan pronto le viene un frío
que le llega hasta los huesos: tan pronto un calor que le sofoca.
Siente sed, siente que su carita se crece en dolorosa tirantez,
que sus ojos se van tapando. Se tira en su esterilla. No sabe si
duerme, o si vela o si sueña. Le parece que oye horas, que oye
cohetes y músicas lejanas. Al fin oye claro y distinto las
campanas. Repican muy recio.
Los ángeles entonan el Gloria in excelsis Deo y el niño se
arrodilla e impreca: “¡Madrecita querida! ¡Llevame p’onde vos! ¡Ya
no quiero ir a Los Llanos! ¡Llevame madrecita!”.

El ánima sola
(Traducción
libre del pueblo)
En aquel tiempo, como dicen los Santos Evangelios, hubo una
estirpe que llenó el universo con su fama. Su nobleza fue la más
alta y esclarecida; sus hombres todos, héroes y conquistadores;
riquísimos sus feudos y regalías. Mas la muerte, envidiosa de esta
raza, sólo dejó un vástago para propagarla. Con los títulos y
privilegios que en él recayeron, vino a ser el castellano más
poderoso de su época. Los reyes mismos le agasajaban, porque le
temían.
En su ansia de perpetuarse, de restaurar la grandeza del apellido,
pedía a Dios hijos varones por decenas, Como no se los diese bajó
a dígitos y, por último, a la unidad. Pero Dios, o no estaba por
excelsitudes de la tierra o quería mortificarle: a cada espera
enviábale una hembra, cuando no dos.
Entre la ilusión y el desengaña llegó el caballero a la vejez; y
su tercera esposa, sus trece hijas y la muchedumbre de vasallos le
pagaban el desaire. Sus crueldades aterraban la comarca; en los
calabozos gemía toda una multitud de desgraciados; de las horcas
del castillo colgaban los siervos en racimos. Al clamor de tantas
almas, fue Dios servido de otorgarle al magnate un heredero.
Pagado, resarcido de todos se consideró con el regalo: parecía
hijo de gigantes, y era tan hermoso y perfecto que a nada en el
mundo podía compararse. Pesose el recién nacido, y diez veces su
peso fue mandado, en oro, a varios templos y santuarios. Su Sacra
real Majestad vino en persona a sacarle de pila; repartiéronse
ducados entre el pueblo, cual si fuese jura de soberano;
celebráronse fiestas por ocho días, y numerosos mensajeros
llevaron la nueva a ciudades y castillos. Timbre de Gloria
se nombró al heredero.
Rejuveneció el castellano con la dicha: de sombrío y sanguinario,
tornose regocijado y compasivo. Bajó a sus pecheros los impuestos;
envió sus mesnadas en defensa de la cristiandad; dos galeras,
costeadas a sus expensas, purgaban los mares de infieles; y las
limosnas salían de sus arcas como de manantiales insecables. Colmó
a las hijas y a la esposa, especialmente, de atenciones y finezas;
hizo alianza con muchos caballeros, y grandes agasajos en su
castillo.
Señores y vasallos, amigos y extraños competían en cariño al
vástago precioso que trajo a la comarca tantas bendiciones. Timbre
de Gloria confirmaba día por día el nombre que le dieron; en su
persona pareció concentrarse el lustre y la grandeza de sus
antepasados. El castillo, enantes tedioso y solitario, convirtiolo
el infante en animada corte de placeres y discreteos. Tenía a
perpetuidad un cuerpo de físicos que le velaban por turno, para
extirpar, en cuanto asomase, el amago de la enfermedad; y todo por
lujo solamente, porque Timbre de Gloria era la misma salud.
Academias laicas y clericales lo instruían en matemática,
humanidades y ciencias teológicas. Habilísimos maestros en artes
bélicas, musicales y venatorias fueron llamados de lejanas tierras,
para adiestrarlo en tan caballerescos ramos.
No en balde: a los dieciséis años daba quince y raya a unos y
otros. Abismados se quedan los frailes con las hondas cuestiones
que a menudo les propone; con los silogismos, en la más castiza
latinidad, de que se vale a cada paso. No menos se pasman los
matemáticos, al ver cómo caben y se relacionan en tan juvenil
cabeza lo mismo los ápices del número y de la fórmula que las
abstracciones del plano y del sólido. Ninguno como Timbre para
garbear en el potro más indómito; ninguno como él en el manejo de
gerifaltes y halcones; ninguno, para disparar venablos y ballestas.
A su flecha no se escapan las pajaritas del cielo y en cuanto echa
la jauría por delante, no hay alimaña segura, a ver por qué no se
enmadriguera en el mismo centro de la tierra. Traslada a grandes
distancias pesos enormes, como si fueran copos de algodón; para
trepar y dar saltos, sólo las corzas lo rivalizan; en canto y
danza, parece hijo de Apolo y de Terpsícore; tañe, como él solo,
desde el pastoril y caramillo hasta la cítara del poeta; y en
cuanto a desatarse en improvisadas endechas, al compás de un laúd,
es para el doncel lo mismo que conversar.
Como, ya en esa edad, tuviera una fiereza, unas lozanías y una
beldad que ponían pálida y convulsa a cuanta hembra le mirase,
quiso el padre darle estado, a fin de que le dejara, antes de
marchar a la guerra, un par de nietos, por lo menos. Tras de largo
discurrir y excogitar, atúvose a la fama, y eligió a Flor de
Lis, hija de un poderoso castellano y tenida en el Reino por
la más bella y recatada.
Distante muchas jornadas del castillo de Timbre de Gloria estaba
el de la hermosa; a él se encaminaron padre e hijo, cargados de
riquísimos presentes, con gran séquito de escuderos y servidumbre.
No bien hizo la petición el caballero cuando le fue concedida; y
al avistarse los prometidos, ambos a dos estuvieron a punto de
desmayarse: tan hermosos y seductores se hallaron uno a otro, de
tal modo traspasados por puntas de amor. Concertáronse las bodas
con el plazo perentorio de los preparativos, y, después de tres
días de espléndidos festejos, partieron los peticionarios.
Tamaño acontecimiento trascendió hasta los reinos limítrofes:
apenas si cabría en el mundo pareja más hermosa, más ilustre, y
novios el uno para el otro más apropiados. Timbre de Gloria estaba
como loco: aún a las fieras del monte, hasta a los mismos muros
del castillo quería comunicarles su ventura; enajenábase con la
ausencia: eternidad se le volvía la rapidez vertiginosa con que se
gestionaban los aprestos y diligencias del matrimonio.
Más que con los garzones de su clase, le ligaban vínculos de
tierna amistad con su maestro predilecto, el licenciado Reinaldo,
varón doctísimo y preclaro, en quien cifró el mancebo cuanta fe y
seguridad cupo entre amigos. El tal se hallaba, últimamente, en la
corte, y Timbre de Gloria acudió en su busca, para hacerle
partícipe de cuanto le acontecía y esparcirse con él en deliciosas
confidencias.
Nunca tal hiciera. Grande atención prestó el licenciado al
desbordante relato del doncel; y luego, con aire y tono de quien
posee un secreto por nadie sospechado, dejose decir estas palabras:
–Hermosa
como el sol es tu prometida, amigo mío. Rica-hembra más celebrada
no conozco; pero...
–¿Pero qué, maestro?
–¡Pero!... –volvió a decir el licenciado.
Y
a que se explicase no fueron parte ni el ruego, ni las promesas,
ni las lágrimas de su discípulo. Separose de Reinaldo con el
corazón emponzoñado. Ese pero que nada definía, que nada
concretaba, tuvo para él, en la boca autorizada de su maestro y
amigo, la sugestión terrible de lo desconocido.
¿Qué
sería? ¿Qué no sería? ¿Un alerta, acaso? ¿Un pronóstico? ¿Cuántas
y cuáles consecuencias tendría eso en su destino? ¡Imposible
adivinarlo! Mas, fuese esto, aquello o lo de más allá, no le cabía
duda que era algo grave tal vez vergonzoso, que, en su
inexperiencia de niño, no le era dado ni sospechar siquiera.
Sólo así se explicaba la obstinación de su maestro en aclarar el
asunto; de otra suerte no concebía aquel pero en boca por
la que hablaban la prudencia y la sabiduría.
Labrándole, corroyéndole la palabra cada vez más, llegó al
castillo tan tembloroso y desencajado, que todos a una tuviéronlo
por próximo a expirar. Corrieron los escuderos, corrió el padre,
corrió la madre, corrieron las hermanas; bajáronlo del corcel como
un difunto y lo llevaron en vilo hasta su lecho. A la gritería y
confusión, cobró alientos el mancebo; mas fue para arrojarse
desatentado y ponerse de hinojos a las plantas de su padre. En tal
guisa sacó la tizona y, con voces doloridas y entrecortadas, dijo
así:
–Padre y señor: tomad mi propio acero y quitadme la vida; no la
merezco ni la quiero. No la merezco, porque tengo de faltar al
honor; no la quiero, porque no hay bajo el cielo hombre más
desgraciado que vuestro hijo.
–¡Loco!... ¡Mi hijo está loco! –prorrumpió el castellano, presa
del espanto.
–No estoy loco, padre y señor –replica Timbre de Gloria, con
acento seguro y reposado–. Hoy más que nunca estoy en mis cabales;
pero ni vos ni nadie en el mundo será poderoso a que yo tome por
mujer a Flor de Lis. ¡Por mis padres que me escuchan, por el Dios
que está en los cielos, juro que sólo en pedazos me llevan al
altar y que no tomaré por esposa a otra mujer! De antemano me
declaro reo de muerte, y os pido, padre mío, cumpláis la
sentencia. Tomad mi espada... No vaciléis un punto.
–Álzate,
hijo mío; envaina el acero, que estás loco.
–Tratadme
como a tal, si así lo creéis; pero mi juramento es irrevocable.
Dijo y salió.
Creyose en el castillo que, sobre la locura del hijo, vendría la
muerte del padre: tan espantosa fue la apoplejía que le acometió.
Pero estaba de Dios que escapase de ésa. No por ello amainó Timbre
de Gloria. Ni su madre ni nadie pudo arrancarle las razones que le
asistían para tamaños desafueros.
Días después, llamolo el caballero a su presencia, y le ordenó:
Trepa a la torre del homenaje y, con tu propia espada, borra el
lema y la heráldica de nuestro blasón.
Ardua fuera la empresa para otro. En el lado más visible del
altanero torreón, sobre la serie paralela de saeteras, campaba,
labrado en piedra de sillería, el enorme escudo. Su divisa en
latín y en grandes caracteres podía leerse a muchísima distancia.
Traducida al romance, rezaba, más o menos: Primero la muerte
que el deshonor.
Apresurose el mancebo a cumplir su cometido. Colgó de las almenas
una escala a manera de trapecio; deslizose por ella como un
acróbata, sacó la espada y principió. Había para rato. Trabajó
desde el alba hasta la noche. Nada le detuvo: ni la dureza de la
piedra, ni lo disparatado del instrumento, ni la violencia de la
posición. Pasaban días y días, y el doncel siempre colgado. Ni una
palabra le dirigió su padre en tanto tiempo. Si creyó al principio
que con el recurso de la borradura cedería el obstinado, ya lo
dudaba. En su cólera, no sabía a qué castigo apelar.
Llegó un día en que de la gloriosa y complicada heráldica no quedó
ni vestigio en el escudo. Fuese Timbre de Gloria a su padre y le
dijo: Venid a ver si he cumplido vuestras órdenes.
Y
fue el padre y vio.
Mandó al garzón se vistiera los arreos y las galas de caballero y
tornase a su presencia; mandó a sus escuderos le trajesen las
cadenas y los grillos más pesados que hubiera en los calabozos, la
pellica más vieja que encontrasen en la cabaña de los pastores y
las tijeras con que esquilaban las ovejas.
Doncel y escuderos tornaron a un tiempo; ellos, temblando de
espanto; él, sereno e impasible.
Mándale el padre ponerse de rodillas y, en cuanto lo hace, córtale
a tajos la cabellera de arcángel; júntala en manojo, y cual si
fuera rayo de su cólera, lo lanza hasta el corral. Cógele por el
cuello y lo levanta, tómale la espada, pártela en dos contra la
rodilla y arroja los pedazos a un foso; despójalo de la espuela y
las insignias, y, a dos manos, frenético, insano, le arranca, le
desgarra, le hace añicos recamos, sedas y holandas. En viéndole
desnudo, le echa encima las repugnantes pieles; cíñele luego los
hierros remachándoselos él mismo con su propia mano. Apártase unos
pasos, no bien termina; brama de ira y, entre acecidos y temblores,
le dispara estas palabras:
¡Maldito sea el día en que te engendré! ¡Malditas las entrañas que
te concibieron! ¡Aparta de mi vista, hijo desnaturalizado! ¡Vete a
acabar tu vida, enterrado a pan y agua, en el sótano más hondo del
castillo! ¡Púdrase tu cuerpo, hierva de gusanos antes de morirte,
abísmese tu alma en los infiernos y caiga sobre tí la maldición
de tu padre!
Repitió el eco las palabras, obscureciose el cielo, corrió el
espanto en la comarca; y Timbre de Gloria, escoltado por sus
propios escuderos, marchó a la condena.
Un pergamino, escrito por el Capellán del castillo y firmado por
una cruz –que era todo el autógrafo del castellano– fue remitido
al padre de Flor de Lis. Por tal documento se le hacía saber la
locura del mancebo y el fracaso consiguiente de las bodas.
De allí a poco, dio el anciano en sacrílega demencia. No la mano,
sino el pie, puso en el rostro del Capellán; acabó a golpes de
hacha con cuanta imagen de santo había en el castillo, suspendió
de la horca la estatua de San Miguel, patrón glorioso de su raza;
convirtió la capilla en perrera, y las venerandas reliquias de
mártires, que de siglos atrás guardaba la familia como tesoro
preciosísimo, fueron arrojadas al muladar.
Tras el furor, le sobrevino lamentable atonía; entrole frío en el
tuétano, y murió, impenitente, blasfemo, espantoso.
La infortunada viuda quiso, al menos, desenterrar al maldecido.
Bajó hasta la mazmorra y, a la luz de las antorchas con que dos
pajes le alumbraban, vio al hijo de sus entrañas revolcado en su
propia sangre, aplastada la cabeza como una masa informe.
No sobrevivió la infeliz a tanta desventura. Sus hijas e hijastras,
unas quedaron locas, otras fatuas y tontas las restantes. Los
siervos se alzaron a mayores; y sobre los inmensos dominios y
riquezas de tan ilustre raza cerniose la rapiña.
Flor de Lis, entre tanto, se agostaba como azucena roída por el
gusano. Viuda moralmente, muerta para el mundo y con el alma
enferma, metiose religiosa en orden de estrecha regla.
Tan tétricos sucesos fueron asunto de una balada gemebunda, con
que los dulces y errantes trovadores disipaban el tedio de los
magnates y hacían llorar a las castellanas, en las sombrías
veladas del invierno.
II
Ni una vez, ni una, se acusó a sí propio el licenciado de la
tragedia del castillo. A raíz del pero, tembló por su
cabeza, temiendo que el garzón le divulgase; con la muerte del
castellano respiró. Para el corazón de ángel que le quiso con
ternura y le colmó de favores; que llevó, sin venderle, sin
maldecir de su nombre, la espina envenenada, no tuvo luego el
victimario ni el perfume de un recuerdo.
Pasó el tiempo y hasta la misma balada se olvidó.
Viento favorable había elevado al licenciado Prez y honra le
dieron sus talentos, su saber, los altos puestos que ocupó y los
grandes personajes que frecuentaba. A mayor abundamiento, un su
tío, arcediano opulentísimo, lo instituyó su único heredero. No
obstante todo esto, y los cincuenta años en que frisaba,
permanecía célibe.
Embebido hallábase una noche el insigne Reinaldo en la maraña de
ruidosa litis, de que era parte, y, a tiempo que pasaba de Las
Pandectas a El Digesto y de los fueros a las
pragmáticas, oyó que Timbre de Gloria, con voz triste y
suplicante, le dijo al oído: ¿Pero qué, maestro?
Soplo helado de ultratumba le recorrió las vértebras, le erizó los
pelos, y lo dejó en la silla como petrificado. Allí quedara, si un
trueno horrible que conmovió los cimientos de la tierra, no lo
botase del sillón y lo volviese a la vida. Tirose en el lecho como
un sonámbulo, y la conciencia, muda hasta entonces, le habló.
A
la mañana siguiente se postraba, bañado en llanto, retorcido de
dolor, ante un sacerdote. De todo le absolvió... menos del pero.
Vuela al obispo, y tampoco: es delito reservado al Papa, al Papa
únicamente. ¿Qué hace?
Sale y publica su falta por calles y por plazas; corre a sus
arcas, vacía las talegas y reparte el oro entre los pobres; va a
un escribano y cede lo demás a templos y hospitales. Nada se
reserva. Viste luego el sayal de peregrino; coge un báculo y
emprende, a pie descalzo, camino de Roma. Implora donde llega el
mendrugo de pan; duerme en despoblado sobre asperezas y cantiles;
golpéase el pecho con piedras puntiagudas. Demacrado, macilento,
el cuerpo una sola llaga, toca a las puertas de la ciudad Eterna,
treinta y tres meses después. Merced a los buenos oficios de unos
monjes llega hasta su Santidad.
Oyole el Vicario de Cristo y le dijo: Enorme es tu delito, hijo
mío; enorme ha de ser tu penitencia. Mucho has expiado hasta ahora;
pero ese mucho es a tu falta lo que una gota de agua al mar. Parte
ahora mismo, y, siguiendo siempre hacia Oriente, peregrina hasta
que mueras. Tomarás, por todo sustento, tres bocados cotidianos de
pan negro y tres veces la porción de agua que te quepa en la
cuenca de tu mano. Sólo dos horas dormirás, y estás al mediodía y
siempre sobre piedras y a la intemperie, lo mismo en invierno que
en verano. A donde quiera que llegues, solicita por los muertos
del día, y vela tú solo al que la suerte te depare. Si no le hay,
vela este esqueleto, que has de llevar siempre contigo, sobre la
espalda, pegado a tus carnes bajo el sayal de lana. Te ceñirás
tibias y peronés a la cintura, como un cilicio; cúbitos y radios,
al cuello, como un cordel. Toma esta caldereta que contiene el
agua inagotable del perdón, y esta rama inmarcesible de olivo.
Llévalos siempre ocultos y da con ellos paz a cuantos muertos
velares. Si cumples esto, hijo mío, hasta tu muerte, estarás en
vía de salvación.
Ciñose allí mismo el esqueleto, tomó la bacía y el hisopo... y a
andar, a andar.
¿A dónde no fue? Recorrió mares y continentes, metrópolis sabias y
populosas; discurrió por aldeas y cortijos, por comarcas ásperas y
desiertas; probó el pan de todas las naciones, bebió el agua de
todos los ríos y aspiró el aire de todos los climas; conoció los
ritos fúnebres de todas las religiones; veló muertos de todas las
razas y oyó lamentarlos en todas las lenguas.
Siempre hacia Oriente, hacia Oriente, llegó al caer de una tarde
melancólica a la ciudad nativa.
¡Tlan!
¡Tlan! ¡Talán! Gemían
las campanas, enloquecidas de dolor; seguían otras y luego otras,
y los lamentos del bronce llenaban el ámbito, y el eco los repetía
más tristes cada vez. Respirábase en la metrópoli ambiente de
orfandad; discurría el gentío con aire de pesadumbre, y por entre
el clamoreo de las campanas, oíase como un concierto de sollozos.
Avanzó el peregrino ciudad adentro. En todas partes,
hombres y mujeres, niños y ancianos agotaban el mismo tema,
en llorosos grupos. Por palabras y frases tomadas aquí y allá,
vino en conocimiento del suceso: la madre Esclava del Cordero
había muerto en olor de santidad y en uso perfecto de sus
facultades, a la edad de ciento quince años. La ciudad toda pedía
su canonización.
Por los andenes de una plaza, seguido de muchos sacerdotes, venía
el Obispo. Arrodillose el peregrino en los portales de un edificio,
para recibir la bendición. El aire ascético y penitente del romero;
su barba centenaria, que al estar él de hinojos barría por el
suelo; los surcos que el llanto había labrado en sus mejillas; la
extraña corcova que le formaba el esqueleto, llamaron sobremanera
la atención de su Ilustrísima. Detúvose un instante; y el
peregrino, con humildad y unción que conmovieron hondamente al
prelado, besole el anillo y le pidió permiso para velar la
religiosa. Hízole seguir hasta palacio su Señoría, y de ahí a poco
envió a las monjas orden terminante de dejar sola la muerta, de
cerrar la iglesia inmediatamente, y de enviarle las llaves.
Con el último toque de ánimas entraba el peregrino en el antiguo
templo. La presencia de Dios y el misterio de la muerte sentíanse
en el augusto silencio del recinto. Luctuosos paños pendían de las
bóvedas en oscilantes pabellones, velado estaba el altar como en
cuaresma. Sobre él, sangriento y lastimoso, en cruz enorme de
marfil, se destacaba un Cristo de Viernes Santo; como astro
distante y solitario, alumbraba apenas la lámpara del Sacramento.
En la amplia nave central alzábase, negro e imponente, el
catafalco de la muerta; seis blandones reflejaban sus luces en las
guarniciones y lágrimas de plata de las fúnebres colgaduras.
Postrose boca abajo el peregrino y oró un corto espacio; se
arrastró, luego, de rodillas hasta el centro, y dio sobre el
féretro los treinta y tres asperjes de costumbre. A penas
terminados, cae el sudario, y, alta, rígida, con majestad
hierática, se alza la monja y dice:
Bien haces en hisoparme, peregrino. El agua santa de la
misericordia cae sobre los muertos como rocío del cielo. Te
esperaba. Por permisión divina, tengo de revelarte grandes cosas.
Toma un escabel y siéntate; gira en torno la mirada y dime lo que
veas.
Y
su voz, argentina y dulcísima, se modulaba en inflexiones de
suprema tristeza.
Obedeció, subyugado, el peregrino. Velo impenetrable cubrió la
lámpara del tabernáculo; apagáronse a un golpe los blandones,
tiniebla pavorosa, como de interior de tumba, envolvió el templo.
–¿Qué ves, hermano mío? –preguntó la religiosa.
Guardó silencio el peregrino, como absortado, y al cabo habló así:
–Hermana...
Grandioso, incomparable espectáculo se ofrece a mis sentidos.
Lumbre intensísima, para mí desconocida, inunda cuanto veo. Lejos
de cegarme, mi visual alcanza y precisa a distancias incalculables.
Oigo, y mi audición percibe la armonía de concierto y distingue, a
la vez, el más vago y leve rumorcillo. Todo lo entiendo y lo
defino, por obra de intuición sobrehumana. En todo estoy a un
mismo tiempo, cual si tuviera el don de ubicuidad. Ni cordilleras
ni nevados limitan el infinito horizonte. Si esto fuere
espectáculo del mundo, el globo de la tierra ha debido abrir su
planisferio, sin perder por ello sus innúmeras sinuosidades.
Colocado estoy en el centro, sobre una eminencia, punto preciso de
vista para abarcarlo todo.
–¿Y qué ves desde allí, peregrino?
–Veo
magníficas basílicas de severa, desconocida arquitectura, que
hunden en el cielo sus agujas; santuarios que brillan en las
cumbres como bloques de nieve inconmovible; dilatados monasterios
que blanquean en mitad de las llanuras; villas que
en torno de aquéllos se agrupan, cual si buscasen su sombra. Veo,
en desiertas altiplanicies, lazaretos más extensos y hermosos
que los palacios de los reyes. Veo infinidad de bajeles de mil
formas, que surcan todos los mares, que anclan en todos los
puertos, que llevan en sus velas y en sus mástiles la Cruz de
Jesucristo ¡Ah!... ¡La divina enseña por todas partes! Osténtanla
en sus coronas y en sus cetros monarcas poderosos que pasan ante
mí en incontable procesión; osténtanla en sus tiaras la serie de
pontífices que más allá contemplo; en sus mitras, es otra de
prelados que diviso a lo lejos; en sus casullas, legión
innumerable de sacerdotes.
–¿Y qué más?
–¡Siempre la Cruz, hermana mía; por cientos, a millares, como
campo de mieses! En cada cruz, un cuerpo suspendido: son mujeres
de ideal belleza. Áspero saco, erizado por dentro de sutiles
puntas, encubre sus encantos y se clava en sus carnes; se
distienden sus miembros, medio dislocados, crujen sus huesos; pies
y manos se atrincan contra el leño por cordeles de esparto; corona
semejante a la de Cristo ciñe sus cabezas; corre la sangre por sus
frentes, de sus poros salta el sudor de la fatiga y del suplicio.
No mueren: se atormentan. Como la santa de Pazzi quieren la vida
para padecer; y cada una de aquellas mártires es descolgada por
sus hermanas, antes de que la tortura la haya hecho sucumbir; otra
la substituye, y a ésta la siguiente, por que no esté nunca
desierta la Cruz del Redentor. Son Las Crucificadas.
Limpias como la nieve al descender del cielo, se ofrecen en lento,
perpetuo holocausto por los crímenes del mundo. Porque la víctima
sea más preciosa; por sacrificar lo que más amaron las hijas de
los hombres, sólo hermosura reciben en su seno.
Deténgome, ahora, ante otro cuadro no menos indecible. Son como
aves blancas que vagan sin cesar. Se arremolinan en bandadas; se
dispersan como pétalos de rosa que se deshojase en el aire; giran,
febricitantes de amor, para posarse luego donde quiera que
agonicen los mortales. Vuelan de los apestados a los leprosos, del
lazareto al cobertizo del campo, donde perece el aislado. Caídas
del cielo, surgen en los siniestros y catástrofes. A través del
nublado de la metralla y el vapor de sangre de los combates, entre
las nubes de polvo y los escombros del terremoto, sobre las aguas
furiosas que inundan los pueblos, entre las llamas del incendio,
en toda desgracia, en toda muerte, flota y tremola, como enseña de
paz, el velo cándido que las envuelve. Son Las Cazadoras de
Almas. Se diezma, se aclara la bandada. No importa. Por soplar
en el oído del moribundo el nombre de Jesús, perecen ciento;
ciento, por que bese el labio contraído la imagen de Jesús, y por
disputar una alma a Satanás, en su hora suprema de asalto,
perecieran todas.
Me pasmo, ahora, ante un prodigio que no soñaron los genios de la
tierra. Es un lienzo. El alma del pintor debió de subir al cielo y
tornar aquí abajo para reproducirlo. Arriba, sobre iris y divinos
resplandores, corona el Eterno a María por Reina del Empíreo;
espíritus angélicos y bienaventurados se prosternan, la glorifican
y la aclaman; la inmensidad de cabezas forma horizontes. Abajo,
entre incendios de gloria, miro el Cordero; los coros de Vírgenes
entonan en rededor el himno de la pureza...
¡Ah! ¡Otro cuadro, y otros, y millares! Todos del cielo. Pintando
están centenares de artistas. Es escuela al par que oblación.
Trabajaban de rodillas, por su Dios y para su Dios, poseídos de
fiebre glorificadora. A cada pincelada alzan los ojos al cielo y
se transfiguran: piden inspiración al Padre de la
Belleza y le ofrecen a un tiempo sus trabajos. Son Los Artistas
sin mancha.
Quedose de pronto silencioso, como abismado en la contemplación.
–¿Por qué callas, peregrino?
–El
gozo me roba el alma, hermana mía, y temo que mi vista se engañe.
Estoy en Jerusalén. Sobre la cúpula de Omar se eleva, victoriosa,
triunfante, perfilada en el cielo, abiertos los brazos,
protegiendo al mundo, la Cruz de Jesucristo. Se eleva sobre los
encumbrados minaretes pintados de arrebol, sobre las torres
cuadradas y las cúbicas habitaciones, en los desiguales muros y en
las puertas de la Ciudad Santa. Infinidad de templos católicos se
yerguen en su recinto, yérguense en las escarpadas alturas del
Moria, en el Valle de Sión, en la cima del Monte Olivete.
Arquitectura y estatuaria cristinas, de arte prolijo y hondo
simbolismo, cubre de mármoles preciosos las pendientes del Gólgota.
Las campanas repican gloriosas en todos los templos; vibra el
júbilo en las ondas del Siloé y del Cedrón, en las cumbres del
Monte del Escándalo; regocíjanse en sus sepulcros las cenizas de
David y de Josafat. Muchedumbre de fieles se desborda en la que
fue mezquita de Omar; resuena el órgano como intérprete de tanto
corazón; por el dombo anchuroso suben las preces entre gasas de
incienso. Sobre el altar de David, en custodia magna, donde cuajó
el Oriente sus tesoros y el arte sus maravillas, está expuesta la
Majestad de Dios. El púlpito de ébano y marfil, orgullo de
Noradino, ocúpalo un prelado. Su rostro hermoso se contrae por la
inspiración, flamean deslumbrantes sus pupilas, fuego divino
arrebata su verbo en raudales de elocuencia. Celebra el santo de
la fiesta, al Emperador de Oriente que rescató definitivamente y
para siempre el sepulcro de Jesús, los lugares donde se vertió la
Sangre Redentora y se instituyó la Eucaristía, al espanto del
paganismo que extendió el nombre de Dios por todo el Asia, por las
regiones enantes misteriosas de Nubia y Abisinia, por cuantas
islas constelan el Océano... ¡Veo al santo, lo estoy viendo!... Es
el mismo...
–Basta ya, peregrino. (Dijo la religiosa siempre en pie. Tornó
aquél a las tinieblas y revivieron lámpara y blandones). Basta ya.
Cuanto has contemplado es mínima parte del gran todo. Eso, que
tanto te enajena, está sólo en la mente de Dios, que lo mismo
abarca lo que ha sucedido que lo que debió suceder. Nada de esto
ha pasado aquí en la tierra; bien lo comprendes. Hubiera pasado,
peregrino; más una simple palabra bastó a impedirlo: fue tu
pero. Yo soy aquella Flor de Lis, de otro tiempo; de mi unión
con Timbre de Gloria hubiera resultado, por descendencia, la
muchedumbre de héroes, de genios, de conquistadores y de santos;
el cúmulo de grandes hechos, de instituciones, de obras inmortales
y de glorias que acabas de contemplar. Esa lumbre para tí
desconocida, fuera la glorificación de Dios acá en la tierra. El
santo que has visto y oído celebrar, fuera mi nieto Timbre de
Gloria I, Majestad cristiana de todo el Oriente. Mide ahora las
consecuencias de tu falta. Quitaste una honra; echaste sobre un
hombre inocente la maldición de su padre; extinguiste una raza;
arrojaste dos almas al infierno; privaste a la tierra de infinitos
bienes y al Cielo de infinitos santos; impediste la salvación de
millones de almas, el reinado y la glorificación de Dios; te
interpusiste entre El y sus criaturas. Esto hiciste, licenciado
Reinaldo. Un siglo há, precisamente, que, en este mismo templo en
que estamos, imploraste perdón por tu delito. Perdonado estás. Un
siglo llevas de expiación: vas a terminarla en esta vida y a
principiarla en la otra. El día supremo del juicio universal
saldrá tu alma del fuego que purifica, para ser juzgada la última.
También a la pecadora que te habla se le esperan tres siglos de
esa llama. Pecó mucho: esposa de Cristo, necesitó noventa años
para arrancar de su corazón el amor a un muerto, a un suicida. Mas
el Dios de las clemencias concediole ciento quince años de vida
terrenal, para que llorase sus culpas, como te ha dado a tí ciento
cincuenta. Encargada estoy en este instante de la justicia divina.
¡De rodillas, peregrino, que vas a comparecer ante el Supremo Juez!
Baja del féretro la monja, acércase a licenciado y con la débil
diestra le arranca la lengua de raíz.
Al día siguiente, los alguaciles reales llevaban un reo a la
vergüenza. Al acercarse a la picota de piedra, vieron encima una
lengua humana que aún palpitaba. Van a quitarla y fuerza
misteriosa los rechaza. Ni entonces ni después pudo nadie
acercarse. Cerniose el espanto en esa piedra como sobre lugar de
maldición; de él huyeron las aves y las brisas; en torno de esa
lengua hízose el vacío, que ni el aire impuro quiso contaminarse.
Ahí está: ni el agua la reblandece, ni la calcina el resistero,
elemento alguno la destiñe. Ahí está, sangrienta, palpitante,
indestructible como la calumnia.
Y
vosotras, hijas sencillas de mis montañas, rezad por el alma del
licenciado. En los grandes días de perdón, cuando se despuebla el
purgatorio, allá se queda esa alma solitaria. Si vuestras preces
no acortan el plazo irrevocable, amenguan, al menos, el fuego
blanco de la purificación. En alta noche, cuando el viento se
queje en las ventanas y gima en las techumbres; cuando los perros
aúllen de tristeza, rezad por el Anima sola.
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