este es el sitio del idioma español

inicio

literatura

música

gramática

traducciones

noticias

 el idioma español

correo

mercosur   

LITERATURA COLOMBIANA

TOMÁS CARRASQUILLA

Reseña de la lit. colombiana

Escritores A-G

Escritores H-O

Escritores P-Z

Gabriel García Márquez

José Asunción Silva

Álvaro Mutis

Tomás Carrasquilla

• Biografía comentada

• Prosa

o El rifle

o El ánima sola

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 

LITERATURA COLOMBIANA

 

 

TOMÁS CARRASQUILLA

 

 

 

 

 

Prosa

El rifle

La mañana refulge gloriosa y las vitrinas de todos los almacenes están de gala, de  alegría y paz en el señor. En esa víspera clásica se exhiben con ingenua elegancia, para tentación de chicuelos y de papás, cuantos juguetes, comestibles y ociosidades han creado las industrias nacionales y extranjeras. Gentes de toda clase y condición atisban aquí, husmean allá, trasiegan por dondequiera, en busca de los regalos que, en aquella noche de  venturanzas, ha de traer el Niño Dios a la rapacería de la familia. Demandaderas y sirvientes van y vienen, cargados de cajas y envoltorios; los obsequios se cruzan, los presentes se cambian, mientras la horda mendicante implora e implora en ese momento cristiano en que los corazones se ablandan.

Un caballero, de aire noble y ya maduro, observa desde una esquina del Capitolio aquel agitarse vertiginoso de la colmena. Su aire revela hondos pesares. ¿Cómo no? Es un señor sin hijos, separado de su mujer y forastero en la capital. La soledad y el hielo de su vida le acosan en este día en que se rinde culto a la familia, se prende el lar de los  afectos y se piensan en los ausentes y en los muertos queridos.

La felicidad que nota en tanta cara extraña le hace más acerba su desgracia.

¿Embolo mesio? –le dice un granujilla hasta de once
años, con voz arrulladora de súplica. El hombre hace una señal de asentimiento, pone un pie sobre la caja y el  menestralillo empieza.

Está astroso, desharrapado, roto; pero sus manitas y sus pies son escultóricos, sus uñas encañonadas y pulidas. En medio de aquel desaseo se adivina en esas extremidades el proceso de una estirpe aristocrática. En torno del raído casquete se alborotan unos bucles castaños que enmarcan una carita de tono ardiente, con facciones de ángel. Hay en sus movimientos, manipuleo y ademanes, esa gracia indecible de los niños cuando ejecutan con esmero algún trabajo.

El hombre lo estudia.

–¿Cómo te llamas?

–¿Yo, patroncito? Me llamo Tista Arana.

Y muestra unos dientes de rata, y pone en el señor unos ojos rasgados, claros y luminosos como la mañana.

–¿Tienes padres?

–No tengo más que mi madrina. Mi madrecita se murió cuando tenía seis años. ¡Era muy linda! Y mi taita me llevó donde mi madrina. Como vivía en la casa de junto... El taba casao con ella.

–¿Y murió también tu padre?

–Se cayó de un andamio, aquí en el Capitolio, y se le salieron los sesos.

–¿Y tu madrina te quiere mucho?

–Ni sé qué le diga a su mercé.

–¿Te pega?

–Me curte muy duro cuando no le junto hartos pesos y cuando toma chicha, y también cuando se me rasga la ropa. Ayer me jartó a totes. Es muy fregada.

–¿Y cuánto ganas al día?

–¿Yo, patroncito? Pues unas veces apenas pa pagale la comida, que son doce pesos, y otras, cuando más, algunos veinticinco. Los grandes sí consiguen mucho.

Pasa a éstas un fámulo con unos paquetes, y, al caérsele uno, salta al andén un riflecito sumamente cuco.

–¡Cómo gozarán los hijos de los ricos! –exclama Tista medio transportado–. ¡Vea ese rifle patroncito!

–¿Quisieras uno así?

–¿Y qué me gano con querer?

–Pues, ¡quién sabe!

El señor le paga veinte pesos por el lustre y lo lleva a un almacén para que escoja un rifle o lo que quiera.

El rapaz no puede creer aquel sueño, no puede comprender acto tan raro. Pensara que el patroncito se burla, a no ser por la paga tan enorme que ha recibido. Entra tembloroso, la cabeza baja, cambiando de colores. No puede oír, no puede hablar. Pero uno de los dependientes, que sabe su oficio, viene en su ayuda. Que escogiera el chico zoquete lo que a bien tuviese ya que la fortuna le sorprendía. Le alcanza tambores, espadas, cornetas, carros, animales. Un rifle, articula al cabo el chicuelo. Le sacan varios, y elige uno de salón y aire comprimido. ¡Qué maravilla! La lata parece acero, la caja es un primor y mide casi una vara. “No es tan zoquete”, dice una compradora. ¡Qué zoquete es un experto! En su turbación desarticula el arma, y, con sus trémulas manitas, hace jugar el mecanismo. Le dan un dardo amarillo, lo pone con precisión y hace puntería con mucha monada a un elefante. A ser blanco le acertara el Guillermito Tell en la propia trompa. “¡Qué chirriado!”, exclaman. Explica, entonces, cómo ha visto el tiro en el salón del Bosque y cómo los niños de un míster le han prestado sus rifles cuando ha ido a  Chapinero a lustrarles el calzado.

Una docena de flechas acompaña el rifle. Le envuelven todo aquello y lo recibe en un desvanecimiento de ensueño. Dos granujas del oficio y varios mendiguillos le rodean. ¡Qué envidia la de aquellas criaturas! ¡Qué bocas las que abren! ¡Cómo se les transfigura el colega y cómo miran al caballero extraordinario! El caballero paga y sale apresurado. Ya no tiene cara triste: tres pesos de dicha verdadera, bien pueden aliviar un millón de pesadumbres. Pero va pensando, a la vez, que la vida tiene muchos dolores absurdos.

Tista le alcanza, con los ojos humedecidos.

–¡Dígame su mercé onde vive p’ir a embolarle de balde todos los días y hacerle los mandaos!

–¡Gracias, Tista Arana! Ya no podrás servirme mucho: pasado mañana me voy.

–¿A dónde, patroncito?

–A Cúcuta, donde estoy a tus órdenes.

–¡A Cúcuta!... (Y una ráfaga negra pasa por aquel cielo).

–¿Y cómo se llama su mercé?

–El señor Equis. Para servirte.

Y el señor Equis se embebe entre la turbamulta de la calle.

Los granujas siguen a Tista, lo cercan, se lo disputan,
lo adulan. Aquel rifle caído del cielo le ha conquistado en un instante alta posición y gran renombre. Sino que aquel corazón de niño, que no ha sentido el hálito de otro corazón hidalgo; que al abrirse a la vida del afecto, no ha conocido un ser  que le proteja, que por su sér se interese, que le arroje un mendrugo de cariño, siente ahora, con esa intuición de la niñez desamparada, haber entrevisto la felicidad para perderla al punto. Esto, que el inocente paria no puede comprender, le amarga la posesión repentina de su tesoro.

–¿Dónde será Cúcuta, ala? –dice al más prócer de sus flamantes tagarotes.

–Eso es muy lejos: ¡por allá en los Llanos!

–¿No es cierto, ala, que el señor Equis no me dio limosna como a un chino sucio, sino que me dio un regalo como a un niñito suyo? Es un señor muy bueno.

–Sí: eso fue un regalo que vale mucha plata. ¿No viste, pues que pagó tres billetes de cien pesos? Vendélo pa que comprés
ropa.

–¡No, ala! Yo quiero más mi rifle que muchos fluxes. Yo mantenía mucha gana de rifle y me lo dio él.

Yo consigo esta noche el blanco y mañana me voy a tirar al Chorro de Padilla. Yo compro más flechas cuando se me acaben. Yo se apuntar mucho.

Tiró calle arriba, hacia su casa, no tanto por buscar el almuerzo, cuanto por guardar el regalo y contarle a su madrina la estupenda historia. Vivian por Las Aguas, en esa barriada que se extiende falda arriba, entre eucaliptus y cerezos, como banda dispersa de perdices. José Luis, el geógrafo consejero, le sigue hasta allá, por ver si estrenan el arma envidiada.

La niña Belén, madrina del héroe, está a la puerta, medio tomada por la chicha. Oye el relato, admira el rifle ve cómo se maneja; pero no encuentra el acontecimiento verosímil. Si era hurto de los dos facinerosos, que se confesaran con Cristo. Ni el llanto del uno, ni las protestas del otro, ni la entrega de los dineros ganados, la sacan de su sospecha. Tanto moteja a José Luis de instigador y urdemales que el pobre no tiene más remedio que marcharse a la estampía.

–¡Guardá eso horita mismo! –le vocea al triste moco-
suelo–. Y yo averiguaré hoy mismo dionde lo sacastes. ¡Y ya sabés!: si vienen aquí los policías a poner pereque, te doy una muenda que te habés de acordar de yo toda tu puerca vida! Andá a almorzar y salí ligero pal trabajo, que hoy es día bueno y mañana necesito pa las Pascuas.

¡Caramba con su madrina! Mientras más trabada la lengua, más violenta para echarle a él unas de machete y otras de cañafístula. ¿Por qué sería así su madrina? El cuitado, entre si rabio o lloro, guarda rifle y flechas bajo la estera del camastro calandrajiento donde dormía, por allá en el rincón más oscuro del tugurio. Toma en volandas el pedazo de pan negro, las dos papas y el plato de cuchuco, ya con nata arrugada por el frío, y... otra vez en busca de la vida.

II

La niña Belén cierra las puertas de su alcázar, se tira sobre el jergón y descabeza un sueñecito de dos horas. Despiértase tan bien, que hasta se siente hermosa y más apta que nunca para la pelea.

No es ni vieja: apenas frisa en las tres docenas; y a no ser por los efectos de la chicha, que ya principian a manifestarse en ese cuerpo gentil, aún quebrara corazones la viuda del maestro Arana.

Por lo mismo que su matrimonio no fue, propiamente, el paraíso de las dichas, ni ella el espejo de las casadas, aspira a segundas nupcias; que un clavo saca otro clavo, y al ladrón arrepentido hay que dejarlo entrar para que muestre su enmienda.

Es su designado para tan alto puesto nada menos que el maestro Ricardo Albarracín, viudo con dos hijos, zapatero de viejo, que tiene por allí cerca un simulacro de taller. Y como el amor fue siempre la gran fuente de inspiraciones, cátame que a la niña Belencito le viene, en tal momento, una idea, una idea redentora. Dicho y hecho.

Hace arqueo, saca plata y sale; se entra en un tenducho; merca por treinta pesos un mamarracho de muñeca, manufacturada en el país y hasta una libra de confites ordinarios. Torna a su casa, se emperejila, se pone cintajos en la cabeza, se echa encima los mejores trapos. Saca las flechas y el rifle; trata de doblarlo y no puede. Se lo amarra entonces en la cintura con la caja hacia arriba y cubre el cañoncito con el delantal. Toma lo otro, cubre todo con el pañolón, cierra y... caminito de mi dicha.

Ni el más leve escrúpulo la escuece. ¿Por qué? ¿Qué iba a hacer ese chino feróstico con el tal escopetín? Holgazanear, molestar, poner pereque o matar a algún cristiano. Sí. Era muy capaz de eso y de mucho más si a mano le venía. Si era tan perverso como la infame que lo había echado al mundo; un culebrón, una tatacoa. ¡El zarcucio éste la tenía jubilada. No había salido de él porque... porque siempre la ayudaba! ¡Valiera la verdad!

Era la niña Belén una de tantas infelices que llevan en su sangre la tuberculosis del vicio. Nacida y criada entre el foco fue un milagro el que hubiese conservado sus pulmones hasta su matrimonio. Pero este santo estado, que a tantos salva, la perdió a ella de un modo galopante. No pudo, por más que lo pidiese a cuanto Cristo hubo, juntar a la de esposa la corona de madre, ni supo guardar aquélla cual debiera. El tal Arana le resultó, desde el principio, muy partidario de la poligamia; y ella tuvo por lógico y equitativo acogerse a la ley mosaica de ojo por ojo y diente por diente.

Las mutuas hazañas de aquel matrimonio endiablado se resolvían en una epopeya palpitante de pescozones a la aurora y escandaleras al ocaso. El cónyuge le prendió, junto al suyo, otro lar, con mucha leña y mucha llamarada. En él se recogía, porque lloviera o porque hiciese sol; en él cifró sus delicias; en él se consiguió lo que no pudo en la incubadora bendecida: un polluelo, como un sol. Pero lo bueno nunca dura. Murió el ave de arrullo melodioso y el nido se deshizo. ¿Qué iba a hacer el pobre pajarraco? Traerle el pichón a la gorriona abandonada para que lo abrigase bajo el plumaje helado de una maternidad postiza.

Sentíase la mísera en la picota del ridículo. Así y todo bregó por querer de algún modo aquel inocente; que no hay mujer que no sea madre en cualquier forma. Mas no pudo mover aquel cariño. En ese corazón leproso no había una fibra siquiera donde pudiesen brotar tan santas caridades. Por fortuna que el padre velaba por su chico y le asistía cuanto un hombre pueda hacerlo. Tanto le quiso que cualquier día le reconoció por escritura pública. Esto envenenaba más, si era posible, a la esposa infecunda. Preparándose estaba para abandonar por siempre aquel techo que le era insoportable, cuando le llevaron muerto y destrozado al esposo aborrecido. Y era tal el tósigo que acendraba aquella entraña, que la viuda sólo vio en aquella tragedia el castigo del culpable y su propia liberación.

A más no poder retuvo en el suyo al huerfanillo: amigos y allegados, lograron que entendiese que si le abandonaba en manos extrañas, ponía en riesgo la mitad de dos barracas y de un lote, que le pertenecían legalmente, como herencia de su marido. Ni escuela ni enseñanza de ninguna especie para aquella criatura que parecía sobrar en la tierra. Su dulzura y docilidad las tomaba la madrastra a hipocresía y falsedad, viendo en él trasunto fidelísimo de su madre. Pronto lo mandó a mendigar y, como era tan lindo y tan simpático, como imploraba con una vocecita deliciosa, siempre llevaba algo a la casa. El mismo, sin que a Belén se le ocurriese tal oficio, se fue entablando en el de limpiabotas, y figuraba en el gremio como el más chiquitín y andrajoso. De ahí adelante lo fue explotando, a más y mejor, la desgraciada mujerzuela.

Henchida de esperanzas se encamina, un tanto envarada por el rifle, al taller de su adorado tormento. Hállalo solo y muy apurado, porque tiene compromisos para el día siguiente, y el oficialillo aprendiz ya se ha declarado en vacaciones. Harto se le alcanzan al remendón las pretensiones de la viuda, de quien tiene las peores referencias. Así es que se pone en guardia acogiendo a la sirena con alguna displicencia. Pero ella no amaina por tan poco. Todavía en pie, le dice muy seductora:

–Hoy no vengo a hacerle ningún encargo, Ricardito. Es que tenemos, esta noche, una parrandita, donde mi comadre Isaura Primisiero; y, como yo soy una de las alferas, vengo a convidalo. ¿No es cierto que no me desaira?

–Mucho le agradezco (sin levantar los ojos del trabajo). Y, desde que pueda, iré con mucho gusto; pero creo que no acabo hasta muy tarde.

–Asómese, aunque sea un momento. Hay novena y van unos piscos que tocan primoroso y una muchacha calentana que canta muy bien. ¡Vaya que no le pesa! ¡Allá verá los bambucos que vamos a echar!

–Haré lo posible; pero no quedo comprometido.

–¡Vaya! No le hace que sea tarde. Venía, también, a trele los aguinaldos pa sus dos chinitos. Como soy tan reservada pa todas, pa todas mis cosas, los treigo muy escondidos. ¡Vea cómo vengo! (Alza él los ojos; ella pone en la mesa flechas, muñeca y confites y se zafa el rifle). Resulta que, como tengo tantas amigas que tienen chinos, no alcanzo pa todos. Esto no es más que pa los preferidos. Este riflecito, con la cajita de flechas, pa Estebitan; la mona pa Carmencita; y estos confites pa que se los reparta a juntos.

–¡Pero, Belén!... ¿Cómo se puso en ésas? –exclama el padre, deponiendo un tantico sus esquiveces.

–¡Eso no vale nada, Ricardito! Y pa eso semos las amigas: pa complacer a los amigos en lo que podamos. Y vea: yo qu’estos que estos regalitos se los dé usté, como cosa suya. La gente es tan fregada que, si comprende qu’es es regalo mío ¡quién sabe lo que dirán!

Belén se sienta; Ricardo desenvuelve el rifle.

–¡Ah, caray! ¡Este es un regalo de rico! Esto le debió costar muchísimo... Con la mona y los dulces era suficiente.

–Yo quiero regalarle a Estebitan algo que le llame la atención: como está tan grande y tan entendido y tan chirriao... A la niña, como toavía está tan patojita, ai le compré ese embustico. Es hasta pecao dale juguetes buenos a los chiquitos, pa que los rompan al momento.

Ricardo examina el arma, presa de encontradas cavilaciones. Calcula su precio y los recursos de la regaladora y aquello no lo compagina. La viuda se va ofuscando.

–Vea, niña Belén, –murmura luego–. Con mucha pena le digo que no es decente que yo le acepte este regalo. Usté quiere que pase como mío y yo soy un hombre muy pobre. Debo dos meses del arriendo del rancho; y el dueño, que vive en la casa de junto, me ha amenazado con quitarme los muebles, si no le pago al fin del mes. Si él ve este rifle a mi muchachito, me pega la insultada del siglo. Con que mejor sería que le hiciera el regalo a otro amigo más pudiente.

–¡Imposible, Ricardito! ¡Eso sería un desaire horrible! Hagamos una cosa...

Suspende, se queda lela, la cara se le desfigura. A estar en pie, se fuera al suelo redonda. En la puerta ha surgido, como brotado de la tierra, Tista en persona. Trae sobre la caja de su oficio un disco de cartón. Los tres guardan espectante silencio. Al fin lo rompe el rapazuelo.

–Madrina: aquí le treigo lo que junté. Me vine desde ahora, porque no hay a quién embolale: to los cachacos y los guaches de botines tan ya emparrandaos. Ya los policías saben que el rifle no es robao. Yo y José Luis les contamos todo y llevamos testigos. El señor  que me lo regaló no se llama nada el señor Equis es un dotor de leyes que se llama Javier Villablanca. Vive en el Hotel Astor. Fuimos ond’él, y él le dijo, también, al policía; y...

–¿Es éste el rifle?

–Por supuesto, mestro Ricardo. Y ¿pa qué lo trajo, madrina?

Belén salta del asiento y se dispara a la calle. El zapatero, descompuesto y tembloroso, agarra el resto del regalo y se lanza tras ella.

–¡Vea, misiá Belén!, le grita ronco. Llévese su mona y sus confites, no sea que resulten con dueños.

Oye ¿cómo no oír? Pero no vuelve el rostro. Va volando, sonámbula, enchichada con un brebaje enloquecedor, que nunca ha probado.

El remendón no acaba de enterarse, por que Tista, por instinto de hidalguía y por temor de su madrastra, trata de tergiversarle los hechos. Ricardo lo despacha, enhoramala, con todos los presentes.

¡Oh, su madrina! ¡Quería regalarle su rifle al chino Esteban! ¿Por qué sería así su madrina? Su corazoncito se le va apretando. Siente angustia, susto, piensa unas cosas vagas que le causan miedo y que le dan tristeza. Ya no piensa en ir, después de la comida, a estrenar el arma. Ya no se ufana de llevarla, ni de ser su dueño exclusivo. No se le ocurre tampoco, probar de los confites.

Prosigue indeciso. ¿Subiría o no a la casa, desde ahora? Tiene que subir, irremediablemente, para entregarle a su madrina la plata y la encomienda. ¿A qué se exponía, si no? Avanza, pero se ditiene en cualquier parte, ensimismado y caviloso. Encuentra conocidos y no les ve; le hablan y no les oye; le rodean, y se retira. “¡Chino gediondo! ¡Chino creído!” –le grita un émulo–. “¡No cabe en el pellejo por ese rifle!” –le grita otro–. “¡Te lo robaste, ladrón! ¡Sos un ladrón!”. Nada contesta. Sigue despacio, y por ahí se sienta en un pretil.

¡Ay! ¡Si él se fuera para Los Llanos, con el doctor Villablanca! Le lustraría el calzado, le limpiaría la ropa, le ensillaría el caballo, le pondría las polainas y el espolín; le haría todo, sin que le pagase un peso. Y no le hacía que el doctor le curtiese. De él no le dolerían ni regaños ni totes. Era un patrón tan bueno, tan bizarro con los pobrecitos. ¡Ay, Los Llanos!

Pasan niñeras e institutrices, con sus chiquitines que vuelven de meriendas del Chorro de Padilla. Pasan carruajes que van de francachela hacia La Cuna de Venus; pasan las murgas de artesanos punteando sus liras, rasgando sus tiples; pasa gente regocijada y bulliciosa; y Tista, en el pretil, apoyado en el rifle. ¿Por qué se estaría acordando, ahora de su madrecita? ¡Era tan linda! ¡Le daba tantas cosas!

Una nube se desgrana pletórica y Tista corre. Cuando se acerca a la barraca, asoma la madrina, le llama por señas y se entra. No bien el chico traspasa aquel umbral, la puerta gira rauda; Belén tuerce la llave y la tormenta estalla. “¡Este arrastrao! ¡Este bandido!”. Le arrebata frenéticamente el rifle y, contra un banco, contra una piedra, con los pies, con las rodillas, con los dientes, lo abolla, lo tuerce, lo quiebra, logra partirlo. Sale al patinejo, contra el vallado termina la obra y lanza, falda abajo, pedazo por pedazo. Vuela adentro, hace añicos la muñeca, avienta los confites, salta, pisotea, pulveriza, epiléptica, posesa.

Tista, hasta entonces paralizado, da un alarido de dolor y espanto. Se queda seco y articula luego:

–¡Me lo quebró, me lo botó, porque el maestro Ricardo no la quiere!

–¡Callá, desgraciao... o te mato!

Le ase de la greña, le arrastra, le da contra el suelo.

– ¡Máteme, madrina!  –grita enloquecido–. Máteme, pero es por eso! ¡No la quiere! ¡No la quiere!

Lo pisa, lo golpea. No lo aplasta de una vez, porque ella misma da consigo en tierra, presa de espantosas convulsiones. Tista brinca, como una rana, y se mete debajo de una mesa. Echa sangre por boca y por narices.

Belén sigue en el suelo revolcándose. De pronto da un corcovo y queda rígida. El niño aceza, acurrucado en su escondite. El agua cae a torrentes y la noche se inicia.

La hembra se sacude al rato. Da un corcovo y se encabrita. Llora y suspira, gime y solloza. Mucho ha sufrido en esta perra vida; pero esta afrenta indecente ¡ni en su infierno! Se muere. Mas, ¡qué morir, ni qué demonios!: ¡Chicha!, ¡mucha chicha! ¡Aguardiente!, ¡harto aguardiente! ¡Y reñir y acabar, con esa tolimense tiznada!

Se alza, se estriega, se yergue.

–¡A ver la plata, maldito! –vocifera trágica.

Tista busca entre sus desgarrones y le entrega lo que encuentra. Trastea ella por un baúl y saca un puñalejo, recuerdo de un su amigo. Sale en seguida, y deja bajo llave al infeliz.

Apenas solo, desata los raudales de su llanto. Tiembla, tirita, los golpes le duelen, le duelen mucho. Tan pronto le viene un frío que le llega hasta los huesos: tan pronto un calor que le sofoca. Siente sed, siente que su carita se crece en dolorosa tirantez, que sus ojos se van tapando. Se tira en su esterilla. No sabe si duerme, o si vela o si sueña. Le parece que oye horas, que oye cohetes y músicas lejanas. Al fin oye claro y distinto las campanas. Repican muy recio.

Los ángeles entonan el Gloria in excelsis Deo y el niño se arrodilla e impreca: “¡Madrecita querida! ¡Llevame p’onde vos! ¡Ya no quiero ir a Los Llanos! ¡Llevame madrecita!”.

 

El ánima sola

(Traducción libre del pueblo) 

En aquel tiempo, como dicen los Santos Evangelios, hubo una estirpe que llenó el universo con su fama. Su nobleza fue la más alta y esclarecida; sus hombres todos, héroes y conquistadores; riquísimos sus feudos y regalías. Mas la muerte, envidiosa de esta raza, sólo dejó un vástago para propagarla. Con los títulos y privilegios que en él recayeron, vino a ser el castellano más poderoso de su época. Los reyes mismos le agasajaban, porque le temían.

En su ansia de perpetuarse, de restaurar la grandeza del apellido, pedía a Dios hijos varones por decenas, Como no se los diese bajó a dígitos y, por último, a la unidad. Pero Dios, o no estaba por excelsitudes de la tierra o quería mortificarle: a cada espera enviábale una hembra, cuando no dos.

Entre la ilusión y el desengaña llegó el caballero a la vejez; y su tercera esposa, sus trece hijas y la muchedumbre de vasallos le pagaban el desaire. Sus crueldades aterraban la comarca; en los calabozos gemía toda una multitud de desgraciados; de las horcas del castillo colgaban los siervos en racimos. Al clamor de tantas almas, fue Dios servido de otorgarle al magnate un heredero. Pagado, resarcido de todos se consideró con el regalo: parecía hijo de gigantes, y era tan hermoso y perfecto que a nada en el mundo podía compararse. Pesose el recién nacido, y diez veces su peso fue mandado, en oro, a varios templos y santuarios. Su Sacra real Majestad vino en persona a sacarle de pila; repartiéronse ducados entre el pueblo, cual si fuese jura de soberano; celebráronse fiestas por ocho días, y numerosos mensajeros llevaron la nueva a ciudades y castillos. Timbre de Gloria se nombró al heredero.

Rejuveneció el castellano con la dicha: de sombrío y sanguinario, tornose regocijado y compasivo. Bajó a sus pecheros los impuestos; envió sus mesnadas en defensa de la cristiandad; dos galeras, costeadas a sus expensas, purgaban los mares de infieles; y las limosnas salían de sus arcas como de manantiales insecables. Colmó a las hijas y a la esposa, especialmente, de atenciones y finezas; hizo alianza con muchos caballeros, y grandes agasajos en su castillo.

Señores y vasallos, amigos y extraños competían en cariño al vástago precioso que trajo a la comarca tantas bendiciones. Timbre de Gloria confirmaba día por día el nombre que le dieron; en su persona pareció concentrarse el lustre y la grandeza de sus antepasados. El castillo, enantes tedioso y solitario, convirtiolo el infante en animada corte de placeres y discreteos. Tenía a perpetuidad un cuerpo de físicos que le velaban por turno, para extirpar, en cuanto asomase, el amago de la enfermedad; y todo por lujo solamente, porque Timbre de Gloria era la misma salud. Academias laicas y clericales lo instruían en matemática, humanidades y ciencias teológicas. Habilísimos maestros en artes bélicas, musicales y venatorias fueron llamados de lejanas tierras, para adiestrarlo en tan caballerescos ramos.

No en balde: a los dieciséis años daba quince y raya a unos y otros. Abismados se quedan los frailes con las hondas cuestiones que a menudo les propone; con los silogismos, en la más castiza latinidad, de que se vale a cada paso. No menos se pasman los matemáticos, al ver cómo caben y se relacionan en tan juvenil cabeza lo mismo los ápices del número y de la fórmula que las abstracciones del plano y del sólido. Ninguno como Timbre para garbear en el potro más indómito; ninguno como él en el manejo de gerifaltes y halcones; ninguno, para disparar venablos y ballestas. A su flecha no se escapan las pajaritas del cielo y en cuanto echa la jauría por delante, no hay alimaña segura, a ver por qué no se enmadriguera en el mismo centro de la tierra. Traslada a grandes distancias pesos enormes, como si fueran copos de algodón; para trepar y dar saltos, sólo las corzas lo rivalizan; en canto y danza, parece hijo de Apolo y de Terpsícore; tañe, como él solo, desde el pastoril y caramillo hasta la cítara del poeta; y en cuanto a desatarse en improvisadas endechas, al compás de un laúd, es para el doncel lo mismo que conversar.

Como, ya en esa edad, tuviera una fiereza, unas lozanías y una beldad que ponían pálida y convulsa a cuanta hembra le mirase, quiso el padre darle estado, a fin de que le dejara, antes de marchar a la guerra, un par de nietos, por lo menos. Tras de largo discurrir y excogitar, atúvose a la fama, y eligió a Flor de Lis, hija de un poderoso castellano y tenida en el Reino por la más bella y recatada.

Distante muchas jornadas del castillo de Timbre de Gloria estaba el de la hermosa; a él se encaminaron padre e hijo, cargados de riquísimos presentes, con gran séquito de escuderos y servidumbre. No bien hizo la petición el caballero cuando le fue concedida; y al avistarse los prometidos, ambos a dos estuvieron a punto de desmayarse: tan hermosos y seductores se hallaron uno a otro, de tal modo traspasados por puntas de amor. Concertáronse las bodas con el plazo perentorio de los preparativos, y, después de tres días de espléndidos festejos, partieron los peticionarios.

Tamaño acontecimiento trascendió hasta los reinos limítrofes: apenas si cabría en el mundo pareja más hermosa, más ilustre, y novios el uno para el otro más apropiados. Timbre de Gloria estaba como loco: aún a las fieras del monte, hasta a los mismos muros del castillo quería comunicarles su ventura; enajenábase con la ausencia: eternidad se le volvía la rapidez vertiginosa con que se gestionaban los aprestos y diligencias del matrimonio.

Más que con los garzones de su clase, le ligaban vínculos de tierna amistad con su maestro predilecto, el licenciado Reinaldo, varón doctísimo y preclaro, en quien cifró el mancebo cuanta fe y seguridad cupo entre amigos. El tal se hallaba, últimamente, en la corte, y Timbre de Gloria acudió en su busca, para hacerle partícipe de cuanto le acontecía y esparcirse con él en deliciosas confidencias.

Nunca tal hiciera. Grande atención prestó el licenciado al desbordante relato del doncel; y luego, con aire y tono de quien posee un secreto por nadie sospechado, dejose decir estas palabras:

–Hermosa como el sol es tu prometida, amigo mío. Rica-hembra más celebrada no conozco; pero...

–¿Pero qué, maestro?

–¡Pero!... –volvió a decir el licenciado.

Y a que se explicase no fueron parte ni el ruego, ni las promesas, ni las lágrimas de su discípulo. Separose de Reinaldo con el corazón emponzoñado. Ese pero que nada definía, que nada concretaba, tuvo para él, en la boca autorizada de su maestro y amigo, la sugestión terrible de lo desconocido.

¿Qué sería? ¿Qué no sería? ¿Un alerta, acaso? ¿Un pronóstico? ¿Cuántas y cuáles consecuencias tendría eso en su destino? ¡Imposible adivinarlo! Mas, fuese esto, aquello o lo de más allá, no le cabía duda que era algo grave tal vez vergonzoso, que, en su inexperiencia de niño, no le era dado ni sospechar siquiera.

Sólo así se explicaba la obstinación de su maestro en aclarar el asunto; de otra suerte no concebía aquel   pero en boca por la que hablaban la prudencia y la sabiduría.

Labrándole, corroyéndole la palabra cada vez más, llegó al castillo tan tembloroso y desencajado, que todos a una tuviéronlo por próximo a expirar. Corrieron los escuderos, corrió el padre, corrió la madre, corrieron las hermanas; bajáronlo del corcel como un difunto y lo llevaron en vilo hasta su lecho. A la gritería y confusión, cobró alientos el mancebo; mas fue para arrojarse desatentado y ponerse de hinojos a las plantas de su padre. En tal guisa sacó la tizona y, con voces doloridas y entrecortadas, dijo así:

–Padre y señor: tomad mi propio acero y quitadme la vida; no la merezco ni la quiero. No la merezco, porque tengo de faltar al honor; no la quiero, porque no hay bajo el cielo hombre más desgraciado que vuestro hijo.

–¡Loco!... ¡Mi hijo está loco! –prorrumpió el castellano, presa del espanto.

–No estoy loco, padre y señor –replica Timbre de Gloria, con acento seguro y reposado–. Hoy más que nunca estoy en mis cabales; pero ni vos ni nadie en el mundo será poderoso a que yo tome por mujer a Flor de Lis. ¡Por mis padres que me escuchan, por el Dios que está en los cielos, juro que sólo en pedazos me llevan al altar y que no tomaré por esposa a otra mujer! De antemano me declaro reo de muerte, y os pido, padre mío, cumpláis la sentencia. Tomad mi espada... No vaciléis un punto.

–Álzate, hijo mío; envaina el acero, que estás loco.

–Tratadme como a tal, si así lo creéis; pero mi juramento es irrevocable.

Dijo y salió.

Creyose en el castillo que, sobre la locura del hijo, vendría la muerte del padre: tan espantosa fue la apoplejía que le acometió. Pero estaba de Dios que escapase de ésa. No por ello amainó Timbre de Gloria. Ni su madre ni nadie pudo arrancarle las razones que le asistían para tamaños desafueros.

Días después, llamolo el caballero a su presencia, y le ordenó: Trepa a la torre del homenaje y, con tu propia espada, borra el lema y la heráldica de nuestro blasón.

Ardua fuera la empresa para otro. En el lado más visible del altanero torreón, sobre la serie paralela de saeteras, campaba, labrado en piedra de sillería, el enorme escudo. Su divisa en latín y en grandes caracteres podía leerse a muchísima distancia. Traducida al romance, rezaba, más o menos: Primero la muerte que el deshonor.

Apresurose el mancebo a cumplir su cometido. Colgó de las almenas una escala a manera de trapecio; deslizose por ella como un acróbata, sacó la espada y principió. Había para rato. Trabajó desde el alba hasta la noche. Nada le detuvo: ni la dureza de la piedra, ni lo disparatado del instrumento, ni la violencia de la posición. Pasaban días y días, y el doncel siempre colgado. Ni una palabra le dirigió su padre en tanto tiempo. Si creyó al principio que con el recurso de la borradura cedería el obstinado, ya lo dudaba. En su cólera, no sabía a qué castigo apelar.

Llegó un día en que de la gloriosa y complicada heráldica no quedó ni vestigio en el escudo. Fuese Timbre de Gloria a su padre y le dijo: Venid a ver si he cumplido vuestras órdenes.

Y fue el padre y vio.

Mandó al garzón se vistiera los arreos y las galas de caballero y tornase a su presencia; mandó a sus escuderos le trajesen las cadenas y los grillos más pesados que hubiera en los calabozos, la pellica más vieja que encontrasen en la cabaña de los pastores y las tijeras con que esquilaban las ovejas.

Doncel y escuderos tornaron a un tiempo; ellos, temblando de espanto; él, sereno e impasible.

Mándale el padre ponerse de rodillas y, en cuanto lo hace, córtale a tajos la cabellera de arcángel; júntala en manojo, y cual si fuera rayo de su cólera, lo lanza hasta el corral. Cógele por el cuello y lo levanta, tómale la espada, pártela en dos contra la rodilla y arroja los pedazos a un foso; despójalo de la espuela y las insignias, y, a dos manos, frenético, insano, le arranca, le desgarra, le hace añicos recamos, sedas y holandas. En viéndole desnudo, le echa encima las repugnantes pieles; cíñele luego los hierros remachándoselos él mismo con su propia mano. Apártase unos pasos, no bien termina; brama de ira y, entre acecidos y temblores, le dispara estas palabras:

¡Maldito sea el día en que te engendré! ¡Malditas las entrañas que te concibieron! ¡Aparta de mi vista, hijo desnaturalizado! ¡Vete a acabar tu vida, enterrado a pan y agua, en el sótano más hondo del castillo! ¡Púdrase tu cuerpo, hierva de gusanos antes de morirte, abísmese tu alma en los infiernos y caiga sobre tí la maldición  de tu padre!                          

Repitió el eco las palabras, obscureciose el cielo, corrió el espanto en la comarca; y Timbre de Gloria, escoltado por sus propios escuderos, marchó a la condena.

Un pergamino, escrito por el Capellán del castillo y firmado por una cruz –que era todo el autógrafo del castellano– fue remitido al padre de Flor de Lis. Por tal documento se le hacía saber la locura del mancebo y el fracaso consiguiente de las bodas.

De allí a poco, dio el anciano en sacrílega demencia. No la mano, sino el pie, puso en el rostro del Capellán; acabó a golpes de hacha con cuanta imagen de santo había en el castillo, suspendió de la horca la estatua de San Miguel, patrón glorioso de su raza; convirtió la capilla en perrera, y las venerandas reliquias de mártires, que de siglos atrás guardaba la familia como tesoro preciosísimo, fueron arrojadas al muladar.

Tras el furor, le sobrevino lamentable atonía; entrole frío en el tuétano, y murió, impenitente, blasfemo, espantoso.

La infortunada viuda quiso, al menos, desenterrar al maldecido. Bajó hasta la mazmorra y, a la luz de las antorchas con que dos pajes le alumbraban, vio al hijo de sus entrañas revolcado en su propia sangre, aplastada la cabeza como una masa informe.

No sobrevivió la infeliz a tanta desventura. Sus hijas e hijastras, unas quedaron locas, otras fatuas y tontas las restantes. Los siervos se alzaron a mayores; y sobre los inmensos dominios y riquezas de tan ilustre raza cerniose la rapiña.

Flor de Lis, entre tanto, se agostaba como azucena roída por el gusano. Viuda moralmente, muerta para el mundo y con el alma enferma, metiose religiosa en orden de estrecha regla.

Tan tétricos sucesos fueron asunto de una balada gemebunda, con que los dulces y errantes trovadores disipaban el tedio de los magnates y hacían llorar a las castellanas, en las sombrías veladas del invierno.

II

Ni una vez, ni una, se acusó a sí propio el licenciado de la tragedia del castillo. A raíz del pero, tembló por su cabeza, temiendo que el garzón le divulgase; con la muerte del castellano respiró. Para el corazón de ángel que le quiso con ternura y le colmó de favores; que llevó, sin venderle, sin maldecir de su nombre, la espina envenenada, no tuvo luego el victimario ni el perfume de un recuerdo.

Pasó el tiempo y hasta la misma balada se olvidó.

Viento favorable había elevado al licenciado Prez y honra le dieron sus talentos, su saber, los altos puestos que ocupó y los grandes personajes que frecuentaba. A mayor abundamiento, un su tío, arcediano opulentísimo, lo instituyó su único heredero. No  obstante todo esto, y los cincuenta años en que frisaba, permanecía célibe.

Embebido hallábase una noche el insigne Reinaldo en la maraña de ruidosa litis, de que era parte, y, a tiempo que pasaba de  Las PandectasEl Digesto y de los fueros a las pragmáticas, oyó que Timbre de Gloria, con voz triste y suplicante, le dijo al oído: ¿Pero qué, maestro?

Soplo helado de ultratumba le recorrió las vértebras, le erizó los pelos, y lo dejó en la silla como petrificado. Allí quedara, si un trueno horrible que conmovió los cimientos de la tierra, no lo botase del sillón y lo volviese a la vida. Tirose en el lecho como un sonámbulo, y la conciencia, muda hasta entonces, le habló.

A la mañana siguiente se postraba, bañado en llanto, retorcido de dolor, ante un sacerdote. De todo le absolvió... menos del pero. Vuela al obispo, y tampoco: es delito reservado al Papa, al Papa únicamente. ¿Qué hace?

Sale y publica su falta por calles  y por plazas; corre a  sus arcas, vacía las talegas y reparte el oro entre los pobres; va a un escribano y cede lo demás a templos y hospitales. Nada se reserva. Viste luego el sayal de peregrino; coge un báculo y emprende, a pie descalzo, camino de Roma. Implora donde llega el mendrugo de pan; duerme en despoblado sobre asperezas y cantiles;  golpéase el pecho con piedras puntiagudas. Demacrado, macilento, el cuerpo una sola llaga, toca a las puertas de la ciudad Eterna, treinta y tres meses después. Merced a los buenos oficios de unos monjes llega hasta su Santidad.

Oyole el Vicario de Cristo y le dijo: Enorme es tu delito, hijo mío; enorme ha de ser tu penitencia. Mucho has expiado hasta ahora; pero ese mucho es a tu falta lo que una gota de agua al mar. Parte ahora mismo, y, siguiendo siempre hacia Oriente, peregrina hasta que mueras. Tomarás, por todo sustento, tres bocados cotidianos de pan negro y tres veces la porción de agua que te quepa en la cuenca de tu mano. Sólo dos horas dormirás, y estás al mediodía y siempre sobre piedras y a la intemperie, lo mismo en invierno que en verano. A donde quiera que llegues, solicita por los muertos del día, y vela tú solo al que la suerte te depare. Si no le hay, vela este esqueleto, que has de llevar siempre contigo, sobre la espalda, pegado a tus carnes bajo el sayal de lana. Te ceñirás tibias y peronés a la cintura, como un cilicio; cúbitos y radios, al cuello, como un cordel. Toma esta caldereta que contiene el agua inagotable del perdón, y esta rama inmarcesible de olivo. Llévalos siempre ocultos y da con ellos paz a cuantos muertos velares. Si cumples esto, hijo mío, hasta tu muerte, estarás en vía de salvación.

Ciñose allí mismo el esqueleto, tomó la bacía y el hisopo... y a andar, a andar.

¿A dónde no fue? Recorrió mares y continentes, metrópolis sabias y populosas; discurrió por aldeas y cortijos, por comarcas ásperas y desiertas; probó el pan de todas las naciones, bebió el agua de todos los ríos y aspiró el aire de todos los climas; conoció los ritos fúnebres de todas las religiones; veló muertos de todas las razas y oyó lamentarlos en todas las lenguas.

Siempre hacia Oriente, hacia Oriente, llegó al caer de una tarde melancólica  a la ciudad nativa.

¡Tlan! ¡Tlan! ¡Talán! Gemían las campanas, enloquecidas de dolor; seguían otras y luego otras, y los lamentos del bronce llenaban el ámbito, y el eco los repetía más tristes cada vez. Respirábase en la metrópoli ambiente de orfandad; discurría el gentío con aire de pesadumbre, y por entre el clamoreo de las campanas, oíase como un concierto de sollozos.

Avanzó el peregrino ciudad adentro. En todas partes,
hombres y mujeres, niños y ancianos agotaban el mismo tema,
en llorosos grupos. Por palabras y frases tomadas aquí y allá,
vino en conocimiento del suceso: la madre Esclava del Cordero había muerto en olor de santidad y en uso perfecto de sus facultades, a la edad de ciento quince años. La ciudad toda pedía su canonización.

Por los andenes de una plaza, seguido de muchos sacerdotes, venía el Obispo. Arrodillose el peregrino en los portales de un edificio, para recibir la bendición. El aire ascético y penitente del romero; su barba centenaria, que al estar él de hinojos barría por el suelo; los surcos que el llanto había labrado en sus mejillas; la extraña corcova que le formaba el esqueleto, llamaron sobremanera la atención de su Ilustrísima. Detúvose un instante; y el peregrino, con humildad y unción que conmovieron hondamente al prelado, besole el anillo y le pidió permiso para velar la religiosa. Hízole seguir hasta palacio su Señoría, y de ahí a poco envió a las monjas orden terminante de dejar sola la muerta, de cerrar la iglesia inmediatamente, y de enviarle las llaves.

Con el último toque de ánimas entraba el peregrino en el antiguo templo. La presencia de Dios y el misterio de la muerte sentíanse en el augusto silencio del recinto. Luctuosos paños pendían de las bóvedas en oscilantes pabellones, velado estaba el altar como en cuaresma. Sobre él, sangriento y lastimoso, en cruz enorme de marfil, se destacaba un Cristo de Viernes Santo; como astro distante y solitario, alumbraba apenas la lámpara del Sacramento. En la amplia nave central alzábase, negro e imponente, el catafalco de la muerta; seis blandones reflejaban sus luces en las guarniciones y lágrimas de plata de las fúnebres colgaduras. Postrose boca  abajo el peregrino y oró un corto espacio; se arrastró, luego, de rodillas hasta el centro, y dio sobre el féretro los treinta y tres asperjes de costumbre. A penas terminados, cae el sudario, y, alta, rígida, con majestad hierática,  se alza la monja y dice:

Bien haces en  hisoparme, peregrino. El agua santa de la misericordia cae sobre los muertos como rocío del cielo. Te esperaba. Por permisión divina, tengo de revelarte  grandes cosas. Toma un escabel y siéntate; gira en torno la mirada y dime lo que veas.

Y su voz, argentina y dulcísima, se modulaba en inflexiones de suprema tristeza.

Obedeció, subyugado, el peregrino. Velo impenetrable cubrió la lámpara del tabernáculo; apagáronse a un golpe los blandones, tiniebla pavorosa, como de interior de tumba, envolvió el templo.

–¿Qué ves, hermano mío? –preguntó la religiosa.

Guardó silencio el peregrino, como absortado, y al cabo habló así:

–Hermana... Grandioso, incomparable espectáculo se ofrece a mis sentidos. Lumbre intensísima, para mí desconocida, inunda cuanto veo. Lejos de cegarme, mi visual alcanza y precisa a distancias incalculables. Oigo, y mi audición percibe la armonía de concierto y distingue, a la vez, el más vago y leve rumorcillo. Todo lo entiendo y lo defino, por obra de intuición sobrehumana. En todo estoy a un mismo tiempo, cual si tuviera el don de ubicuidad. Ni cordilleras ni nevados limitan el infinito horizonte. Si esto fuere espectáculo del mundo, el globo de la tierra ha debido abrir su planisferio, sin  perder por ello sus  innúmeras sinuosidades. Colocado estoy en el centro, sobre una eminencia, punto preciso de vista para abarcarlo todo.

–¿Y qué ves desde allí, peregrino?

–Veo magníficas basílicas de severa, desconocida arquitectura, que hunden en el cielo sus agujas; santuarios que brillan en las cumbres como bloques de nieve inconmovible; dilatados monasterios que blanquean en mitad de las llanuras; villas que
en torno de aquéllos se agrupan, cual si buscasen su sombra. Veo, en desiertas altiplanicies, lazaretos más extensos y hermosos
que los palacios de los reyes. Veo infinidad de bajeles de mil formas, que surcan todos los mares, que anclan en todos los puertos, que llevan en sus velas y en sus mástiles la Cruz de Jesucristo ¡Ah!... ¡La divina enseña por todas partes!  Osténtanla en sus coronas y en sus cetros monarcas poderosos que pasan ante mí en incontable procesión; osténtanla en sus  tiaras la serie de pontífices que más allá contemplo; en sus mitras, es otra de prelados que diviso a lo lejos; en  sus casullas, legión innumerable de sacerdotes.

–¿Y qué más?

–¡Siempre la Cruz, hermana mía; por cientos, a millares, como campo de mieses! En cada cruz, un cuerpo suspendido: son mujeres de ideal belleza. Áspero saco, erizado por dentro de sutiles puntas, encubre sus encantos y se clava en sus carnes; se distienden sus miembros, medio dislocados, crujen sus huesos; pies y manos se atrincan contra el leño por cordeles de esparto; corona semejante a la de Cristo ciñe sus cabezas; corre la sangre por sus frentes, de sus poros salta el sudor de la fatiga y del suplicio. No mueren: se atormentan. Como la santa de Pazzi quieren la vida para padecer; y cada una de aquellas mártires es descolgada por sus hermanas, antes de que la tortura la haya hecho sucumbir; otra la substituye, y a ésta la siguiente, por que no esté nunca desierta la Cruz del Redentor. Son Las Crucificadas. Limpias como la nieve al descender del cielo, se ofrecen en lento, perpetuo holocausto por los crímenes del mundo. Porque la víctima sea más preciosa; por sacrificar lo que más amaron las hijas de los hombres, sólo hermosura reciben en su seno.

Deténgome, ahora, ante otro cuadro no menos indecible. Son como aves blancas que vagan sin cesar. Se arremolinan en bandadas; se dispersan como pétalos de rosa que se deshojase en el aire; giran, febricitantes de amor, para posarse luego donde quiera que agonicen los mortales. Vuelan de los apestados a los leprosos, del lazareto al cobertizo del campo, donde perece el aislado. Caídas del cielo, surgen en los siniestros y catástrofes. A través del nublado de la metralla y el vapor de sangre de los combates, entre las nubes de polvo y los escombros del terremoto, sobre las aguas furiosas que inundan los pueblos, entre las llamas del incendio, en toda desgracia, en toda muerte, flota y tremola, como enseña de paz, el velo cándido que las envuelve. Son Las Cazadoras de Almas. Se diezma, se aclara la bandada. No importa. Por soplar en el  oído del moribundo el nombre de Jesús, perecen ciento; ciento, por que bese el labio contraído la imagen de Jesús, y por disputar una alma a Satanás, en su hora suprema de asalto, perecieran todas.

Me pasmo, ahora, ante un prodigio que no soñaron los genios de la tierra. Es un lienzo. El alma del pintor debió de subir al cielo y tornar aquí abajo para reproducirlo. Arriba, sobre iris y divinos resplandores, corona el Eterno a María por Reina del Empíreo; espíritus angélicos y bienaventurados se prosternan, la glorifican y la aclaman; la inmensidad de cabezas forma horizontes. Abajo, entre incendios de gloria, miro el  Cordero; los coros de Vírgenes entonan en rededor el himno de la pureza...

¡Ah! ¡Otro cuadro, y otros, y millares! Todos del cielo. Pintando están centenares de artistas. Es escuela al par que oblación. Trabajaban de rodillas, por su Dios y para su Dios, poseídos de fiebre glorificadora. A cada pincelada alzan los ojos al cielo y se transfiguran: piden inspiración al Padre de la
Belleza y le ofrecen a un tiempo sus trabajos. Son Los Artistas sin mancha.

Quedose de pronto silencioso, como abismado en la contemplación.

–¿Por qué callas, peregrino?

–El gozo me roba el alma, hermana mía, y temo que mi vista se engañe. Estoy en Jerusalén. Sobre la cúpula de Omar se eleva, victoriosa, triunfante, perfilada en el cielo, abiertos los brazos, protegiendo al mundo, la Cruz de Jesucristo. Se eleva sobre los encumbrados minaretes pintados de arrebol, sobre las torres cuadradas y las cúbicas habitaciones, en los desiguales muros y en las puertas de la Ciudad Santa. Infinidad de templos católicos se yerguen en su recinto, yérguense en las escarpadas alturas del Moria, en el Valle de Sión, en la cima del Monte Olivete. Arquitectura y estatuaria cristinas, de arte prolijo y hondo simbolismo, cubre de mármoles preciosos las pendientes del Gólgota. Las campanas repican gloriosas en todos los templos; vibra el júbilo en las ondas del Siloé y del Cedrón, en las cumbres del Monte del Escándalo; regocíjanse en sus sepulcros las cenizas de David y de Josafat. Muchedumbre de fieles se desborda en la que fue mezquita de Omar; resuena el órgano como intérprete de tanto corazón; por el dombo anchuroso suben las preces entre gasas de incienso. Sobre el altar de David, en custodia magna, donde cuajó el Oriente sus tesoros y el arte sus maravillas, está expuesta la Majestad de Dios. El púlpito de ébano y marfil, orgullo de Noradino, ocúpalo un prelado. Su rostro hermoso se contrae por la inspiración, flamean deslumbrantes sus  pupilas, fuego divino arrebata su verbo en raudales de elocuencia. Celebra el santo de la fiesta, al Emperador de Oriente que rescató definitivamente y para siempre el sepulcro de Jesús, los lugares donde se vertió la Sangre Redentora y se instituyó la Eucaristía, al espanto del paganismo que extendió el nombre de Dios por todo el Asia, por las regiones enantes misteriosas de Nubia y Abisinia, por cuantas islas constelan el Océano... ¡Veo al santo, lo estoy viendo!... Es el mismo...

–Basta ya, peregrino. (Dijo la religiosa siempre en pie. Tornó aquél a las tinieblas y revivieron lámpara y blandones). Basta ya. Cuanto has contemplado es mínima parte del gran todo. Eso, que tanto te enajena, está sólo en la mente de Dios, que lo mismo abarca lo que ha sucedido que lo que debió suceder. Nada de esto ha pasado aquí en la tierra; bien lo comprendes. Hubiera pasado, peregrino; más una simple palabra bastó a impedirlo: fue tu pero. Yo soy aquella Flor de Lis, de otro tiempo; de mi unión con Timbre de Gloria hubiera resultado, por descendencia, la muchedumbre de héroes, de genios, de conquistadores y de santos; el cúmulo de grandes hechos, de instituciones, de obras inmortales y de glorias que acabas de contemplar. Esa lumbre para tí desconocida, fuera la glorificación de Dios acá en la tierra. El santo que has visto y oído celebrar, fuera mi nieto Timbre de Gloria I, Majestad cristiana de todo el Oriente. Mide ahora las consecuencias de tu falta. Quitaste una honra; echaste sobre un hombre inocente la maldición de su padre; extinguiste una raza; arrojaste dos almas al infierno; privaste a la tierra de infinitos bienes y al Cielo de infinitos santos; impediste la salvación de millones de almas, el reinado y la glorificación de Dios; te interpusiste entre El y sus criaturas. Esto hiciste, licenciado Reinaldo. Un siglo há, precisamente, que, en este mismo templo en que estamos, imploraste perdón por tu delito. Perdonado estás. Un siglo llevas de expiación: vas a terminarla en esta vida y a principiarla en la otra. El día supremo del juicio universal saldrá tu alma del fuego que purifica, para ser juzgada la última. También a la  pecadora que te habla se le esperan tres siglos de esa llama. Pecó mucho: esposa de Cristo, necesitó noventa años para arrancar de su corazón el amor a un muerto, a un suicida. Mas el Dios de las clemencias concediole ciento quince años de vida  terrenal, para que llorase sus culpas, como te ha dado a tí ciento cincuenta. Encargada estoy en este instante de la justicia divina.

¡De rodillas, peregrino, que vas a comparecer ante el Supremo Juez!

Baja del féretro la monja, acércase a licenciado y con la débil diestra le arranca la lengua de raíz.

Al día siguiente, los alguaciles reales llevaban un reo a la vergüenza. Al acercarse a la picota de piedra, vieron encima una lengua humana que aún palpitaba. Van a quitarla y fuerza misteriosa los rechaza. Ni entonces ni después pudo nadie acercarse. Cerniose el espanto en esa piedra como sobre lugar de maldición; de él huyeron las aves y las brisas; en torno de esa lengua hízose el vacío, que ni el aire impuro quiso contaminarse. Ahí está: ni el agua la reblandece, ni la calcina el resistero, elemento alguno la destiñe. Ahí está, sangrienta, palpitante, indestructible como la calumnia.

Y vosotras, hijas sencillas de mis montañas, rezad por el alma del licenciado. En los grandes días de perdón, cuando se despuebla el purgatorio, allá se queda esa alma solitaria. Si vuestras preces no acortan el plazo irrevocable, amenguan, al menos, el fuego blanco de la purificación. En alta noche, cuando el viento se queje en las ventanas y gima en las techumbres; cuando los perros aúllen de tristeza, rezad por el Anima sola.

Untitled