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BIOGRAFÍA
(Lima, 1875-Santiago de Chile, 1934). Su vida se vió marcada por una
azarosa actividad política. Errante y turbulento, las mil y una
aventuras -bajo este título se publicaron póstumamente sus
memorias- que llenan la vida de Chocano darían cumplida materia para
una novela o una película de intrigas y acción. Acusado de
subversión, fue encarcelado a los veinte años. Desempeñó, muy de
joven, algunas misiones diplomáticas de su país que le condujeron
inicialmente a Centro América (Colombia) y España. De la ciudad de
Madrid, donde vivió de 1905 a 1908 (y en la cual recibió la más
cálida acogida literaria), tuvo que salir precipitadamente por estar
envuelto en ciertos negocios turbios; y a partir de ese momento sus
andanzas y malandanzas le volvieron a llevar a numerosos países de
América.Fue consejero de Pancho Villa en México. Hizo en los Estados
Unidos propaganda ideológica a favor de la Revolución Mexicana; y
casi simultáneamente prestaba servicios especiales a un sombrío
amigo, el dictador guatemalteco Estrada Cabrera.Condenado a muerte
tras la caída de este último, logró el indulto y volvió a su país,
donde el dictador Leguía le protegió, hasta que un altercado entre
Chocano y el. En Madrid se había dado ya a la práctica de los
recitales públicos de su poesía -hecha casi especialmente para ese
fin: la declamación-, que luego continuó, y se dice que con grandes
beneficios económicos, en las Antillas y otras naciones de la
América Central y del Sur. Apenas residió en el Perú; pero allí,
pomposamente y según las modas de la época, se le coronó como poeta
en 1922. Sus últimos años estuvieron ya definitivamente marcados por
el destino trágico al que apuntaba su vivir impetuoso. En Lima,
hacia 1925, disparó al joven intelectual y periodista Edwin Elmore,
que resultó muerto, el cual venía sosteniendo contra él (pero
principalmente contra Leopoldo Lugones) una polémica
ideológico-política en la que ninguno de los dos poetas quedaba muy
bien parado. A consecuencia sufrió un año de cárcel (antes, y en
varias ocasiones, había ido a dar en la sombra); y a la salida de la
prisión se trasladó a Santiago de Chile, de donde no regresaría más.
Su cálida imaginación le hacía fraguar, y esto de sus años juveniles,
negocios fabulosos con los que esperaba amasar una gran fortuna
(junto a la poesía, fue ésta la gran vocación de Chocano). Y ahora,
en Santiago, se dedicó a la acaso más peregrina de todas estas
empresas: la búsqueda de tesoros escondidos. Y un obrero chileno,
que al parecer se creía víctima de sus engaños, le dio inesperada
muerte a puñaladas. Iba en un tranvía.
Buena parte de su obra responde a la ambición de convertirse en el
gran poeta épico de Hispanoamérica. A esta vida aventurera se
acompaña una obra poética igualmente sostenida por la efusión y la
desmesura. Es Chocano, sin duda, el modernista hispanoamericano que
más lejos ha quedado de nuestra sensibilidad pues fue la suya una
poesía que encarnó, como la de ningún otro coetáneo, esa línea
exterior y grandílocua del modernismo que más pronto quedó arrumbado
con el tiempo. Se caracterizó por su virtuosismo técnico y sonoro.
En rigor, claves suyas fueron algunas actitudes que en principio
ocuparon un lugar central en la estética modernista (antes de que
ésta comenzara a cuestionarse a sí misma, y a abrirse hacia la más
estricta modernidad): el amor a la palabra hermosa, la confianza
plena en el lenguaje, el gusto por los ritmos potentes. Mas Chocano
estaba dotado de unos robustos pulmones de romántico; pero tal como
el romanticismo había sido entendido en la tradición hispánica del
XIX, nunca del todo despojada del lastre oratorio de la retórica
neoclásica, con lo que todo ello implicaba de una ausencia de
lucidez crítica frente al lenguaje y la poesía. Y así este bardo de
estro fácil y ubérrimo (bardo es la palabra decimonónica que
mejor le cuadra pues los poemas de largo metraje eran en él, parece,
cosa de todos los días) llevó aquellas calidades modernistas a un
grado notorio de hipérbole y exceso. Y con los instrumentales que de
ellos resultaba -la declaración, el énfasis, el tono declamatorio-
acarició y practicó la ambición de convertirse en el poeta de
América. Y en esta ambición se configura la imagen central de
Chocano, y la que de él más se ha sostenido.
Dentro del ambiente modernista, su dependencia de Rubén Darío, quizá
tenga más afinidad con Salvador Díaz Mirón, por lo rebuscado de sus
formas y, en especial, por cierto tono prevanguardista e
intelectualista de sus imágenes. De hecho, hay en Chocano una gran
variedad de impulsos y modos: subjetivista y épico, decadentista y
exaltador de grandezas históricas hispánicas y americanas, etc.
Fue
aquél un ideal querido y buscado, a veces con una impaciencia casi
neurótica, en el continente americano: era necesario a toda costa
que surgiese -¡al fin!- el poeta del Nuevo Mundo. No parecía poder
serlo Darío, según el dictamen acaso demasiado temprano de José
Enrique Rodó, y Chocano se lo propuso abiertamente y entró a saco en
el arsenal tópico de América: su geografía y paisaje, la flora y la
fauna, la historia y la leyenda, los tipos raciales y criollos.
Impostó su voz (no le era difícil), puso al servicio de la causa su
férrea egolatría romántica, y zarpó temáticamente a las Indias -dice
en «Troquel»- como un Colón del verso. De hecho, así se
proclamó: Soy el cantor de América, autóctono y salvaje («Blasón»).
Hombre se escasa cultura (se jactaba de no conocer francés ni querer
aprenderlo para conservarse "libre de influencias extrañas"),
identificaba sorprendentemente América y salvajismo,
estimulando apócrifas relaciones de nuestra época no consciente.
Hoy
sabemos que lo americano, o cualquier categoría de espíritu que
abarque un amplia comunidad y un destino histórico, debe buscarse
por caminos más secretos y complejos: más sutiles, intuitivos e
imponderables -y no por la apropiación mecánica de asuntos y motivos
exteriores, en los cuales además no se profundiza. Y podemos ver así
el gesto de Chocano, cuando más, como ingenio y equivocado. De todos
modos, es de creer que fue sincero; y el encuentro de su egolatría y
su asumida temática americanista ha sido descrito justicieramente
por Julio Ortega en estos términos: "Muy pronto define [Chocano] su
actitud ante la literatura: quiere ser el poeta de un continente,
América, y quiere serlo porque en él la persona poética, el
insistente yo que desea escribir con mayúscula, se convierte
en eje de su poesía, de su idea de la poesía, y porque América le
permite desplegar esa primera persona en una dirección en que,
pronto, la historia, la raza, el paisaje, confluyen como temas,
hacia aquel yo convertido en tema central".
Se
han notado las naturales influencias que sobre él ejercieron poetas
de talante generoso y retórico: la del mexicano Salvador Díaz Mirón,
la no siempre benéfica de Víctor Hugo y la emulación (más que
influencia) con Whitman. Pues aun quiso parangonarse a éste último:
Walt Whitman tiene el Norte; pero yo tengo el Sur, dijo
arrogantemente en un verso que muchos entendieron como su lema. Pero
no le fue dable apreciar la diferencia esencial; que sin embargo la
crítica posterior sí pudo precisar suficientemente. El suyo fue un
americanismo de pasatista: vuelto hacia el paisaje y el pasado
indígena e hispánico, hacia lo monumental e inmovilizado. El de
Whitman, de una grandeza y universalidad de que Chocano carecía,
miraba desde el presente hacia el futuro, y era un americanismo vivo
y en marcha. No era pequeña la divergencia.
Este es el Chocano que alcanzó gran popularidad en su tiempo: el de
Alma América y Fiat Lux, libros que lanzados desde
Madrid le valieron incluso el reconocimiento de hombres preclaros de
esos años (Unamuno, Rodó), empeñados en salvar el espíritu de la
hispanidad, que se encontraba seriamente agredido tras el desastre
del 98. Muchos poemas de Chocano, como el que titulase «La epopeya
del Pacífico», responden igualmente a ese empeño; pero quedan
sacrificados en nuestra elección (el lector tiene más a mano los que
sobre esa misma voluntad construyó Darío, de mayor hondura de
intuiciones y superior maestría artística) en favor del aspecto de
su obra que sigue siendo más válido y perdurable: la del poeta
descriptivo. Chocano nos dejó, en esos mismos libros, numerosas
piezas donde visualizó, de espléndido modo, accidentes y elementos
de la geografía y la naturaleza americanas. Con pupila precisa y
economía verbales propias de un parnasiano, a la vez que con una
palabra menos resonante e imágenes en verdad personales y sugerentes,
el peruano alcanzó allí lo más resistente de su obra. Y junto a esas
piezas (principalmente sonetos), merecen leerse aquellas otras de
inspiración más lírica _«La canción del camino» (en algunas
ediciones titulada «Nocturno 18»), «Nostalgia» -donde, si no logra
una auténtica hondura, al menos depone su habitual diapasón sonoro y
se acerca a un decir más ajustado y entrañable. Se entró también,
poéticamente, en la problemática socio-económica del indio («Notas
del alma indígena»), en una línea que continúa la tradición iniciada
en su país por Manuel González Prada. Y en su poesía última intentó
ciertamente un mayor lirismo y una dicción menos rotunda; pero, por
curioso modo, no asoma allí el rostro más personal del poeta.
BIBLIOGRAFÍA
OBRA POÉTICA
En
la aldea
(1895).
Iras santas
(1895). Azahares (1896). Selva virgen (1898).
La epopeya del Morro
(1899). El fin de Satán y otros poemas (1901).Los cantos
del Pacífico (1904). Alma América, pról. de Miguel se
Unamuno (1906). Fiat Lux(1908). Puerto Rico lírico y otros
poemas (1914). Primicias de Oro de Indias (1934).
Poemas de amor doliente (1937). Oro de Indias (1941).
Selección de poesías, estudios de J. Parra del Riego, Manuel
González Prada, José Carlos Mariátegui y otros (Montevideo, Claudio
García & Cía, 1941). Obras completas, pról. de Luis Alberto
Sánchez (Madrid, Aguilar, 1954). Las mejores poesías de Chocano,
pról. de Francisco Bendezú (Lima, Editorial Paracas, 1956).
Antología, pról. y notas de Julio Ortega (Lima, Editorial
Universitaria, 1966).
ESTUDIOS CRÍTICOS
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Fogelquist, Donald F.: «J.S.Ch.», Españoles de América y
americanos de España (Véase Bibliografía General).
Mariátegui, José Carlos: «Chocano», Siete ensayos de
interpretación de la realidad peruana, 3.ª ed., Lima, Amauta,
1959.
Maya, Rafael: «J.S.Ch.», Anuario de la Academia Colombiana de la
Lengua, 9 (1941-1942)
Meza Fuentes, Roberto: La poesía de José Santos Chocano,
Santiago de Chile, Universidad de Chile, 1935.
Núñez, Estuardo: «Peruanidad y americanidad en Chocano», Revista
de las Indias, 46 (1942).
Ortega, Julio: «J.S.Ch.», Figuración de la persona, Madrid,
EDHASA, 1971.
Peñuelas, Marcelino: «Whitman y Chocano: Unas notas», Cuadernos
Americanos, 15, 5 (1956).
Rodríguez Peralta, Phyllis: José Santos Chocano, New York,
Twayne, 1970.
Rosenbaum, Sidonia: «Bibliografía de J.S.Ch.», Revista Hispánica
Moderna, 1 (1935).
Sánchez, Luis Alberto: Aladino o vida y obra de José Santos
Chocano, México, Libro Mex, 1960.
Sánchez, Luis Alberto: «J.S.Ch.», Escritores representativos de
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Torres Rioseco, Arturo: «J.S.Ch. (1875-1934)», Ensayos sobre
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1953.
Vargas Llosa, Mario: «Chocano y la aventura», Estudios Americanos
(Sevilla), 17 (1959).
fuente:
http://www.ale.uji.es/chocano.htm |