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LITERATURA PERUANA

JOSÉ SANTOS CHOCANO

Biografía

Poemario:

JOSÉ SANTOS CHOCANO

  POEMARIO

De Alma América

 

Blasón

 

Soy el cantor de América autóctono y salvaje;

mi lira tiene un alma, mi canto un ideal.

Mi verso no se mece colgado de un ramaje

con un vaivén pausado de hamaca tropical...

Cuando me siento Inca, le rindo vasallaje

al Sol, que me da el cetro de su poder real;

cuando me siento hispano y evoco el Coloniaje,

parecen mis estrofas trompetas de cristal...

Mi fantasía viene de un abolengo moro:

los Andes son de plata, pero el León de oro:

y las dos astas fundo con épico fragor.

La sangre es española e incaico es el latido;

¡y de no ser poeta, quizás yo hubiese sido

un blanco aventurero o un indio emperador!

 

Troquel

 

No beberé en las linfas de la castalia fuente,

ni cruzaré los bosques floridos del Parnaso

ni tras las nueve hermanas dirigiré mi paso:

pero, al cantar mis himnos, levantaré la frente.

Mi culto no es el culto de la pasada gente,

ni me es bastante el vuelo solemne del Pegaso:

los trópicos avivan la flama en que me abraso;

y en mis oídos suena la voz de un Continente.

Yo beberé en las aguas de caudalosos ríos;

yo cruzaré otros bosques lozanos y bravíos;

yo buscaré a otra Musa que asombre al Universo.

Yo de una rima frágil haré mi carabela;

me sentaré en la popa; desataré la vela;

y zarparé a las Indias, como un Colón del verso.

 

Los volcanes

 

Cada volcán levanta su figura,

cual si de pronto, ante la faz del cielo,

suspendiesen el ángulo de un vuelo

dos dedos invisibles de la altura.

La cresta es blanca y como blanca pura:

la entraña hierve en inflamado anhelo;

y sobre el horno aquel contrasta el cielo,

cual sobre una pasión un alma dura.

Los volcanes son túmulos de piedra,

pero a sus pies los valles que florecen

fingen alfombras de irisada yedra;

Y por eso, entre campos de colores,

al destacarse en el azul, parecen

cestas volcadas derramando flores.

 

Los caballos de los conquistadores

 

¡Los caballos eran fuertes!

¡Los caballos eran ágiles!

Sus pescuezos eran finos y sus ancas

relucientes y sus cascos musicales...

¡Los caballos eran fuertes!

¡Los caballos eran ágiles!

¡No! No han sido los guerreros solamente

de corazas y penachos y tizonas y estandartes,

los que hicieron la conquista

de las selvas y los Andes:

los caballos andaluces, cuyos nervios

tienen chispas de la raza voladora de los árabes,

estamparon sus gloriosas herraduras

en los secos pedregales,

en los húmedos pantanos,

en los ríos resonantes,

en la nieves silenciosas,

en las pampas, en las sierras, en los bosques y en los valles...

¡Los caballos eran fuertes!

¡Los caballos eran ágiles!

Un caballo fue el primero

en los tórridos manglares

cuando el grupo de Balboa caminaba

despertando las dormidas soledades,

que, de pronto, dio el aviso

del Pacífico Océano, porque ráfagas de aire

al olfato le trajeron

las salinas humedades;

y el caballo de Quesada, que en la cumbre

se detuvo, viendo, al fondo de los valles

el fuetazo de un torrente

como el gesto de una cólera salvaje,

saludó con un relincho

la sábana interminable...

y bajó, con fácil trote,

los peldaños de los Andes,

cual por unas milenarias escaleras,

que crujían bajo el golpe de los cascos musicales...

¡Los caballos eran fuertes!

!Los caballos eran ágiles!

¿Y aquel otro de ancho tórax,

que la testa pone en alto, cual queriendo ser más grande,

en que Herían Cortés un día,

caballero sobre estribos rutilantes,

desde México hasta Honduras,

mide leguas y semanas, entre rocas y boscajes?

¡Es más digno de los laurees,

que los potros que galopan en cánticos triunfales

con que Píldora celebra las olímpicas disputas

entre el vuelo de los carro y la fuga de los aires!

Y es más digno todavía

de las Odas inmortales,

el caballo con que Soto diestramente

y tejiendo sus cabriolas como él sabe,

causa asombro, pone espanto, roba fuerzas

y, entre el coro de los indios, sin que nadie

haga un gesto de reproche, llega al trono de Atahualpa

y salpica con espuma las insignias imperiales...

¡Los caballos eran fuertes!

¡Losa caballos eran ágiles!

El caballo del beduino

que se traga soledades;

el caballo milagroso de San Jorge,

que tritura con sus cascos los dragones infernales;

el de César en las Galias;

el de Aníbal en los Alpes;

el centauro de las clásicas leyendas,

mitad potro, mitad hombre, que galopa sin cansarse

y que sueña sin dormirse

y que flecha los luceros y que corre más que el aire;

todos tienen menos alma,

menos fuerza, menos sangre,

que los épicos caballos andaluces

en las tierras de la Atlántida salvaje,

soportando las fatigas,

las espuelas y la hambres,

bajo el peso de las férreas armaduras

y entre el fleco de los anchos estandartes,

cual desfile de heroísmos coronados

con la gloria de Babieca y el dolor de Rocinante...

en mitad de los fragores

decisivos del combate,

los caballos con sus pechos

arrollaban a los indios y seguían adelante;

y, así, a veces, a los gritos de ¡Santiago!

entre el humo y el fulgor de los metales,

se veía que pasaba, como un sueño,

el caballo del Apóstol a galope por los aires...

¡Los caballos eran fuertes!

¡Los caballos eran ágiles!

Se diría una epopeya

de caballos singulares

que a manera de hipogrifos desalados

o cual río que se cuelga de los Andes,

llegan todos sudorosos,

empovados, jadeantes,

de unas tierras nunca vistas

a otras tierras conquistables;

y, de súbito, espantados por un cuerno

que se hinca con soplido de huracanes,

dan nerviosos un relincho tan profundo

que parece que quisiera perpetuarse...

y, en las pampas sin confines,

ven las tristes lejanías, remontan las edades,

y se sienten atraídos por los nuevos horizontes,

se aglomeran, piafan, soplan... y se pierden al escape:

detrás de ellos una nube,

que es la nube de la gloria, se levanta por los aires...

¡Los caballos eran fuertes!

¡Los caballos eran ágiles!

 

La magnolia

 

En el bosque, de aromas y de músicas lleno,

la magnolia florece delicada y ligera,

cual vellón que en las zarpas enredado estuviera,

o cual copo de espuma sobre lago sereno.

Es un ánfora digna de un artífice heleno,

un marmóreo prodigio de la Clásica Era:

y destaca su fina redondez a manera

de una rama que luce descotado su seno.

No se sabe si es perla, ni se sabe si es llanto.

Hay entre ella y la luna cierta historia de encanto,

en la que una paloma pierde acaso la vida:

Porque es pura y es blanca y es graciosa y es leve,

como un rayo de luna que se cuaja en la nieve,

o como una paloma que se queda dormida.

 

El sueño del caimán

 

Enorme tronco que arrastró la ola,

yace el caimán varado en la ribera:

espinazo de abrupta cordillera,

fauces de abismo y formidable cola.

El sol lo envuelve en fúlgida aureola;

y parece lucir cota y cimera,

cual monstruo de metal que reverbera

y que al reverberar se tornasola.

Inmóvil como un ídolo sagrado,

ceñido en mallas de compacto acero,

está ante el agua extático y sombrío,

a manera de un príncipe encantado

que vive eternamente prisionero

en el palacio de cristal de un río.

 

Las orquídeas

 

Ánforas de cristal, airosas galas

de enigmáticas formas sorprendentes,

diademas propias de apolíneas frentes,

adornos dignos de fastuosas salas.

En los nudos de un tronco hacen escalas;

y ensortijan sus tallos de serpientes,

hasta quedar en la altitud pendientes,

a manera de pájaros sin alas.

Tristes como cabezas pensativas,

brotan ellas, sin torpes ligaduras

de tirana raíz, libres y altivas;

porque también, con lo mezquino en guerra,

quieren vivir, como las almas puras,

sin un sólo contacto con la tierra.

 

Tríptico criollo

 

1. El charro

Viste de seda: alhajas de gran tono;

pechera en que el encaje hace una ola,

y bajo el cinto, un mango de pistola,

que él aprieta entre el puño de su encono.

Piramidal sombrero, esbelto cono,

es distintivo en su figura sola,

que en bridón de enjaezada cola

no cambiara su silla por un trono.

Siéntase afirme; el látigo chasquea;

restriega el bruto su chispeante callo,

y vigorosamente se pasea...

Dúdase al ver la olímpica figura

si es el triunfo de un hombre en su caballo

o si es la animación de una escultura.

 

2. El llanero

En su tostada faz algo hay sombrío:

tal vez la sensación de lo lejano,

ya que ve dilatarse el océano

de la verdura al pie de su bohío.

El encuadra al redor su sembradío

y acaricia la tierra con su mano.

Enfrena un potro en la mitad de un llano

o a nado se echa en la mitad de un río.

El, con un golpe, desjarreta un toro;

entra con su machete en el boscaje

y en el amor con su cantar sonoro,

porque el amor de la mujer ingrata

brilla sobre su espíritu salvaje

como un iris sobre una catarata...

 

3. El gaucho

Es la Pampa hecha hombre: es un pedazo

de brava tierra sobre el sol tendida.

Ya indómito corcel ponen la brida,

ya lacea una res: él es el brazo.

Y al son de la guitarra, en el regazo

de su « prenda», quejoso de la vida,

desenvuelve con voz adolorida

una canción como si fiera un lazo...

Cuadro es la Pampa en que el afán se encierra

de gaucho, erguido en actitud briosa,

sobre ese gran cansancio de la tierra;

porque el bostezo de la Pampa verde

es como una fatiga que reposa

o es como una esperanza que se pierde...

 

 

De Fiat Lux

 

La canción del camino

 

Era un camino negro.

La noche estaba loca de relámpagos. Yo iba

en mi potro salvaje

por la montaña andina.

Los chasquidos alegres de los cascos,

como masticaciones de monstruosas mandíbulas,

destrozaban los vidrios invisibles

de las chatas dormidas.

Tres millones de insectos

formaba una como rabiosa in armonía.

Súbito, allí, a lo lejos,

por entre aquella mole doliente y pensativa

de la selva,

vi un puñado de luces como en tropel de avispas.

¡ La posada! El nervioso

látigo persignó la carne viva

de mi caballo, que rasgó los aires

con un largo relincho de alegría.

Y como si la selva

lo comprendiese todo, se quedó muda y fría.

Y hasta mí llegó, entonces,

una voz clara y fina

de mujer que cantaba. Cantaba. Era su canto

una lenta... muy lenta... melodía:

algo como un suspiro que se alarga

y se alarga y se alarga... y no termina.

Entre el hondo silencio de la noche,

y al través del reposo de la montaña, oíanse

los acordes

de aquel canto sencillo de una música íntima,

como si fuesen voces que llegaran

desde la otra vida...

Sofrené mi caballo;

y me puse a escuchar lo que decía:

-Todos llegan de noche,

todos se van de día...

Y formándole dúo,

otra voz femenina

completó así la endecha

con ternura infinita:

-El amor es tan sólo una posada

en mitad del camino de la Vida...

Y las dos voces, luego,

a la vez repitieron con amargura rítmica:

-Todos llegan de noche,

todos se van de día...

Entonces, yo bajé de mi caballo

y me acosté en la orilla

de una charca.

Y fijo en ese canto que venía

a través del misterio de la selva,

fui cerrando los ojos al sueño y la fatiga.

Y me dormí arrullado; y, desde entonces,

cuando cruzo las selvas por rutas no sabidas,

jamás busco reposo en las posadas

y duermo al aire libre mi sueño y mi fatiga,

porque recuerdo siempre

aquel canto sencillo de una música íntima:

-Todos llegan de noche,

todos se van de día.

El amor es tan sólo una posada

en mitad del camino de la Vida...

Nostalgia

Hace ya diez años

que recorro el mundo

¡He vivido poco!

¡Me he cansado mucho!

Quien vive deprisa no vive de veras:

quien no echa raíces no puede dar frutos.

Ser río que corre, ser nube que pasa,

sin dejar recuerdo ni rastro ninguno,

es triste; y más triste para quien se siente

nube en lo elevado, río en lo profundo.

Quisiera ser árbol mejor que ser ave,

quisiera ser leño mejor que humo;

y al viaje que cansa,

prefiero el terruño:

la ciudad nativa con sus campanarios,

arcaicos balcones, portales vetustos

y las calles estrechas, como si las casas

tampoco quisieran separarse mucho...

Estoy en la orilla

de un sendero abrupto.

Miro la serpiente de la carretera

que en cada montaña da vueltas a un nudo;

y entonces comprendo que el camino es largo,

que el terreno es brusco,

que la cuesta es ardua,

que el paisaje es mustio...

¡Señor! ya me canso de viajar, ya siento

nostalgia, ya ansío descansar muy junto

de los míos... Todos rodearán mi asiento

para que les diga mis penas y triunfos;

y yo, a la manera del que recorriera

un álbum de cromos, contaré con gusto

las mil y una noches de mis aventuras

y acabaré con esta frase de infortunio:

-¡He vivido poco!

¡Me he cansado mucho!

 

 

De Oro de Indias

 

Notas del alma indígena

¡Quién sabe!...

 

Indio que asomas a la puerta

de esta tu rústica mansión:

¿para mi sed no tienes agua?

¿para mi frío, cobertor?

¿parco maíz para mi hambre?

¿para mi sueño, mal rincón?

¿breve quietud para mi andanza?...

-¡Quién sabe, señor!

Indio que labras con fatiga

tierras que de otros dueños son:

¿ignoras tú que deben tuyas

ser, por tu sangre y por tu sudor?

¿ignoras tú que audaz codicia,

siglos atrás, te las quitó?

¿ignoras tú que eres el Amo?...

-¡Quién sabe, señor!

Indio de frente taciturna

y de pupilas sin fulgor:

¿qué pensamiento es el que escondes

en tu enigmática expresión?

¿qué es lo que buscas en tu vida?

¿qué es lo que imploras a tu Dios?

¿qué es lo que sueña tu silencio?

-¡Quién sabe, señor!

¡Oh raza antigua y misteriosa

de impenetrable corazón,

que sin gozar ves la alegría

y sin sufrir ves el dolor:

eres augusto como el Ande,

el grande Océano y el Sol.

Ese tu gesto que parece

como de vil resignación,

es de una sabia indiferencia

y de un orgullo sin rencor...

Corre en mis venas sangre tuya,

y, por tal sangre, si mi Dios

me interrogase qué prefiero

-cruz o laurel, espina o flor,

beso que apague mis suspiros

o hiel que colme mi canción-

responderíale dudando:

-¡Quién sabe, señor!

 

fuente: http://www.ale.uji.es/chocano.htm

 

 

Enlaces - obra poética

 

fuente: http://www.cuscatla.com/peru.htm