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De Alma América
Blasón
Soy
el cantor de América autóctono y salvaje;
mi
lira tiene un alma, mi canto un ideal.
Mi
verso no se mece colgado de un ramaje
con
un vaivén pausado de hamaca tropical...
Cuando me siento Inca, le rindo vasallaje
al
Sol, que me da el cetro de su poder real;
cuando me siento hispano y evoco el Coloniaje,
parecen mis estrofas trompetas de cristal...
Mi
fantasía viene de un abolengo moro:
los
Andes son de plata, pero el León de oro:
y
las dos astas fundo con épico fragor.
La
sangre es española e incaico es el latido;
¡y
de no ser poeta, quizás yo hubiese sido
un
blanco aventurero o un indio emperador!
Troquel
No
beberé en las linfas de la castalia fuente,
ni
cruzaré los bosques floridos del Parnaso
ni
tras las nueve hermanas dirigiré mi paso:
pero, al cantar mis himnos, levantaré la frente.
Mi
culto no es el culto de la pasada gente,
ni
me es bastante el vuelo solemne del Pegaso:
los
trópicos avivan la flama en que me abraso;
y
en mis oídos suena la voz de un Continente.
Yo
beberé en las aguas de caudalosos ríos;
yo
cruzaré otros bosques lozanos y bravíos;
yo
buscaré a otra Musa que asombre al Universo.
Yo
de una rima frágil haré mi carabela;
me
sentaré en la popa; desataré la vela;
y
zarparé a las Indias, como un Colón del verso.
Los volcanes
Cada volcán levanta su figura,
cual si de pronto, ante la faz del cielo,
suspendiesen el ángulo de un vuelo
dos
dedos invisibles de la altura.
La
cresta es blanca y como blanca pura:
la
entraña hierve en inflamado anhelo;
y
sobre el horno aquel contrasta el cielo,
cual sobre una pasión un alma dura.
Los
volcanes son túmulos de piedra,
pero a sus pies los valles que florecen
fingen alfombras de irisada yedra;
Y
por eso, entre campos de colores,
al
destacarse en el azul, parecen
cestas volcadas derramando flores.
Los caballos de los conquistadores
¡Los
caballos eran fuertes!
¡Los
caballos eran ágiles!
Sus
pescuezos eran finos y sus ancas
relucientes y sus cascos musicales...
¡Los
caballos eran fuertes!
¡Los
caballos eran ágiles!
¡No! No han sido los guerreros solamente
de
corazas y penachos y tizonas y estandartes,
los
que hicieron la conquista
de
las selvas y los Andes:
los
caballos andaluces, cuyos nervios
tienen chispas de la raza voladora de los árabes,
estamparon sus gloriosas herraduras
en
los secos pedregales,
en
los húmedos pantanos,
en
los ríos resonantes,
en
la nieves silenciosas,
en
las pampas, en las sierras, en los bosques y en los valles...
¡Los
caballos eran fuertes!
¡Los
caballos eran ágiles!
Un
caballo fue el primero
en
los tórridos manglares
cuando el grupo de Balboa caminaba
despertando las dormidas soledades,
que, de pronto, dio el aviso
del
Pacífico Océano, porque ráfagas de aire
al
olfato le trajeron
las
salinas humedades;
y
el caballo de Quesada, que en la cumbre
se
detuvo, viendo, al fondo de los valles
el
fuetazo de un torrente
como el gesto de una cólera salvaje,
saludó con un relincho
la
sábana interminable...
y
bajó, con fácil trote,
los
peldaños de los Andes,
cual por unas milenarias escaleras,
que
crujían bajo el golpe de los cascos musicales...
¡Los
caballos eran fuertes!
!Los
caballos eran ágiles!
¿Y
aquel otro de ancho tórax,
que
la testa pone en alto, cual queriendo ser más grande,
en
que Herían Cortés un día,
caballero sobre estribos rutilantes,
desde México hasta Honduras,
mide leguas y semanas, entre rocas y boscajes?
¡Es
más digno de los laurees,
que
los potros que galopan en cánticos triunfales
con
que Píldora celebra las olímpicas disputas
entre el vuelo de los carro y la fuga de los aires!
Y
es más digno todavía
de
las Odas inmortales,
el
caballo con que Soto diestramente
y
tejiendo sus cabriolas como él sabe,
causa asombro, pone espanto, roba fuerzas
y,
entre el coro de los indios, sin que nadie
haga un gesto de reproche, llega al trono de Atahualpa
y
salpica con espuma las insignias imperiales...
¡Los
caballos eran fuertes!
¡Losa
caballos eran ágiles!
El
caballo del beduino
que
se traga soledades;
el
caballo milagroso de San Jorge,
que
tritura con sus cascos los dragones infernales;
el
de César en las Galias;
el
de Aníbal en los Alpes;
el
centauro de las clásicas leyendas,
mitad potro, mitad hombre, que galopa sin cansarse
y
que sueña sin dormirse
y
que flecha los luceros y que corre más que el aire;
todos tienen menos alma,
menos fuerza, menos sangre,
que
los épicos caballos andaluces
en
las tierras de la Atlántida salvaje,
soportando las fatigas,
las
espuelas y la hambres,
bajo el peso de las férreas armaduras
y
entre el fleco de los anchos estandartes,
cual desfile de heroísmos coronados
con
la gloria de Babieca y el dolor de Rocinante...
en
mitad de los fragores
decisivos del combate,
los
caballos con sus pechos
arrollaban a los indios y seguían adelante;
y,
así, a veces, a los gritos de ¡Santiago!
entre el humo y el fulgor de los metales,
se
veía que pasaba, como un sueño,
el
caballo del Apóstol a galope por los aires...
¡Los
caballos eran fuertes!
¡Los
caballos eran ágiles!
Se
diría una epopeya
de
caballos singulares
que
a manera de hipogrifos desalados
o
cual río que se cuelga de los Andes,
llegan todos sudorosos,
empovados, jadeantes,
de
unas tierras nunca vistas
a
otras tierras conquistables;
y,
de súbito, espantados por un cuerno
que
se hinca con soplido de huracanes,
dan
nerviosos un relincho tan profundo
que
parece que quisiera perpetuarse...
y,
en las pampas sin confines,
ven
las tristes lejanías, remontan las edades,
y
se sienten atraídos por los nuevos horizontes,
se
aglomeran, piafan, soplan... y se pierden al escape:
detrás de ellos una nube,
que
es la nube de la gloria, se levanta por los aires...
¡Los
caballos eran fuertes!
¡Los
caballos eran ágiles!
La magnolia
En
el bosque, de aromas y de músicas lleno,
la
magnolia florece delicada y ligera,
cual vellón que en las zarpas enredado estuviera,
o
cual copo de espuma sobre lago sereno.
Es
un ánfora digna de un artífice heleno,
un
marmóreo prodigio de la Clásica Era:
y
destaca su fina redondez a manera
de
una rama que luce descotado su seno.
No
se sabe si es perla, ni se sabe si es llanto.
Hay
entre ella y la luna cierta historia de encanto,
en
la que una paloma pierde acaso la vida:
Porque es pura y es blanca y es graciosa y es leve,
como un rayo de luna que se cuaja en la nieve,
o
como una paloma que se queda dormida.
El sueño del caimán
Enorme tronco que arrastró la ola,
yace el caimán varado en la ribera:
espinazo de abrupta cordillera,
fauces de abismo y formidable cola.
El
sol lo envuelve en fúlgida aureola;
y
parece lucir cota y cimera,
cual monstruo de metal que reverbera
y
que al reverberar se tornasola.
Inmóvil como un ídolo sagrado,
ceñido en mallas de compacto acero,
está ante el agua extático y sombrío,
a
manera de un príncipe encantado
que
vive eternamente prisionero
en
el palacio de cristal de un río.
Las orquídeas
Ánforas de cristal, airosas galas
de
enigmáticas formas sorprendentes,
diademas propias de apolíneas frentes,
adornos dignos de fastuosas salas.
En
los nudos de un tronco hacen escalas;
y
ensortijan sus tallos de serpientes,
hasta quedar en la altitud pendientes,
a
manera de pájaros sin alas.
Tristes como cabezas pensativas,
brotan ellas, sin torpes ligaduras
de
tirana raíz, libres y altivas;
porque también, con lo mezquino en guerra,
quieren vivir, como las almas puras,
sin
un sólo contacto con la tierra.
Tríptico criollo
1. El charro
Viste de seda: alhajas de gran tono;
pechera en que el encaje hace una ola,
y
bajo el cinto, un mango de pistola,
que
él aprieta entre el puño de su encono.
Piramidal sombrero, esbelto cono,
es
distintivo en su figura sola,
que
en bridón de enjaezada cola
no
cambiara su silla por un trono.
Siéntase afirme; el látigo chasquea;
restriega el bruto su chispeante callo,
y
vigorosamente se pasea...
Dúdase al ver la olímpica figura
si
es el triunfo de un hombre en su caballo
o
si es la animación de una escultura.
2. El llanero
En
su tostada faz algo hay sombrío:
tal
vez la sensación de lo lejano,
ya
que ve dilatarse el océano
de
la verdura al pie de su bohío.
El
encuadra al redor su sembradío
y
acaricia la tierra con su mano.
Enfrena un potro en la mitad de un llano
o a
nado se echa en la mitad de un río.
El,
con un golpe, desjarreta un toro;
entra con su machete en el boscaje
y
en el amor con su cantar sonoro,
porque el amor de la mujer ingrata
brilla sobre su espíritu salvaje
como un iris sobre una catarata...
3. El gaucho
Es
la Pampa hecha hombre: es un pedazo
de
brava tierra sobre el sol tendida.
Ya
indómito corcel ponen la brida,
ya
lacea una res: él es el brazo.
Y
al son de la guitarra, en el regazo
de
su « prenda», quejoso de la vida,
desenvuelve con voz adolorida
una
canción como si fiera un lazo...
Cuadro es la Pampa en que el afán se encierra
de
gaucho, erguido en actitud briosa,
sobre ese gran cansancio de la tierra;
porque el bostezo de la Pampa verde
es
como una fatiga que reposa
o
es como una esperanza que se pierde...
De Fiat Lux
La canción del camino
Era
un camino negro.
La
noche estaba loca de relámpagos. Yo iba
en
mi potro salvaje
por
la montaña andina.
Los
chasquidos alegres de los cascos,
como masticaciones de monstruosas mandíbulas,
destrozaban los vidrios invisibles
de
las chatas dormidas.
Tres millones de insectos
formaba una como rabiosa in armonía.
Súbito, allí, a lo lejos,
por
entre aquella mole doliente y pensativa
de la selva,
vi
un puñado de luces como en tropel de avispas.
¡
La posada! El nervioso
látigo persignó la carne viva
de
mi caballo, que rasgó los aires
con
un largo relincho de alegría.
Y
como si la selva
lo
comprendiese todo, se quedó muda y fría.
Y
hasta mí llegó, entonces,
una
voz clara y fina
de
mujer que cantaba. Cantaba. Era su canto
una
lenta... muy lenta... melodía:
algo como un suspiro que se alarga
y
se alarga y se alarga... y no termina.
Entre el hondo silencio de la noche,
y
al través del reposo de la montaña, oíanse
los
acordes
de
aquel canto sencillo de una música íntima,
como si fuesen voces que llegaran
desde la otra vida...
Sofrené mi caballo;
y
me puse a escuchar lo que decía:
-Todos llegan de noche,
todos se van de día...
Y
formándole dúo,
otra voz femenina
completó así la endecha
con
ternura infinita:
-El
amor es tan sólo una posada
en
mitad del camino de la Vida...
Y
las dos voces, luego,
a
la vez repitieron con amargura rítmica:
-Todos llegan de noche,
todos se van de día...
Entonces, yo bajé de mi caballo
y
me acosté en la orilla
de
una charca.
Y
fijo en ese canto que venía
a
través del misterio de la selva,
fui
cerrando los ojos al sueño y la fatiga.
Y
me dormí arrullado; y, desde entonces,
cuando cruzo las selvas por rutas no sabidas,
jamás busco reposo en las posadas
y
duermo al aire libre mi sueño y mi fatiga,
porque recuerdo siempre
aquel canto sencillo de una música íntima:
-Todos llegan de noche,
todos se van de día.
El
amor es tan sólo una posada
en
mitad del camino de la Vida...
Nostalgia
Hace ya diez años
que
recorro el mundo
¡He
vivido poco!
¡Me
he cansado mucho!
Quien vive deprisa no vive de veras:
quien no echa raíces no puede dar frutos.
Ser
río que corre, ser nube que pasa,
sin
dejar recuerdo ni rastro ninguno,
es
triste; y más triste para quien se siente
nube en lo elevado, río en lo profundo.
Quisiera ser árbol mejor que ser ave,
quisiera ser leño mejor que humo;
y
al viaje que cansa,
prefiero el terruño:
la
ciudad nativa con sus campanarios,
arcaicos balcones, portales vetustos
y
las calles estrechas, como si las casas
tampoco quisieran separarse mucho...
Estoy en la orilla
de
un sendero abrupto.
Miro la serpiente de la carretera
que
en cada montaña da vueltas a un nudo;
y
entonces comprendo que el camino es largo,
que
el terreno es brusco,
que
la cuesta es ardua,
que
el paisaje es mustio...
¡Señor!
ya me canso de viajar, ya siento
nostalgia, ya ansío descansar muy junto
de
los míos... Todos rodearán mi asiento
para que les diga mis penas y triunfos;
y
yo, a la manera del que recorriera
un
álbum de cromos, contaré con gusto
las
mil y una noches de mis aventuras
y
acabaré con esta frase de infortunio:
-¡He vivido poco!
¡Me
he cansado mucho!
De Oro de Indias
Notas del alma indígena
¡Quién sabe!...
Indio que asomas a la puerta
de
esta tu rústica mansión:
¿para mi sed no tienes agua?
¿para mi frío, cobertor?
¿parco maíz para mi hambre?
¿para mi sueño, mal rincón?
¿breve quietud para mi andanza?...
-¡Quién
sabe, señor!
Indio que labras con fatiga
tierras que de otros dueños son:
¿ignoras tú que deben tuyas
ser, por tu sangre y por tu sudor?
¿ignoras tú que audaz codicia,
siglos atrás, te las quitó?
¿ignoras tú que eres el Amo?...
-¡Quién
sabe, señor!
Indio de frente taciturna
y
de pupilas sin fulgor:
¿qué
pensamiento es el que escondes
en
tu enigmática expresión?
¿qué
es lo que buscas en tu vida?
¿qué
es lo que imploras a tu Dios?
¿qué
es lo que sueña tu silencio?
-¡Quién
sabe, señor!
¡Oh
raza antigua y misteriosa
de
impenetrable corazón,
que
sin gozar ves la alegría
y
sin sufrir ves el dolor:
eres augusto como el Ande,
el
grande Océano y el Sol.
Ese
tu gesto que parece
como de vil resignación,
es
de una sabia indiferencia
y
de un orgullo sin rencor...
Corre en mis venas sangre tuya,
y,
por tal sangre, si mi Dios
me
interrogase qué prefiero
-cruz o laurel, espina o flor,
beso que apague mis suspiros
o
hiel que colme mi canción-
responderíale dudando:
-¡Quién
sabe, señor!
fuente:
http://www.ale.uji.es/chocano.htm
Enlaces
- obra poética
fuente:
http://www.cuscatla.com/peru.htm
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