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El otro cielo

Ces yeux ne
t'apparticnnent pas... tró les as-tu pris?
..................., IV, 5.
Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía terreno,
aceptando sin resistencia que se pudiera ir así de una cosa a otra. Digo
que me ocurría, aunque una estúpida esperanza quisiera creer que acaso ha
de ocurrirme todavía. Y por eso, si echarse a caminar una y otra vez por
la ciudad parece un escándalo cuando se tiene una familia y un trabajo,
hay ratos en que vuelvo a decirme que ya sería tiempo de retornar a mi
barrio preferido, olvidarme de mis ocupaciones (soy corredor de bolsa) y
con un poco de suerte encontrar a Josiane y quedarme con ella hasta la
mañana siguiente.
Quién sabe cuánto hace que me repito todo esto, y es penoso porque hubo
una época en que las cosas me sucedían cuando menos pensaba en ellas,
empujando apenas con el hombro cualquier rincón del aire. En todo caso
bastaba ingresar en la deriva placentera del ciudadano que se deja llevar
por sus preferencias callejeras, y casi siempre mi paseo terminaba en el
barrio de las galerías cubiertas, quizá porque los pasajes y las galerías
han sido mi patria secreta desde siempre. Aquí, por ejemplo, el Pasaje
Güemes, territorio ambiguo donde ya hace tanto tiempo fui a quitarme la
infancia como un traje usado. Hacia el año veintiocho, el Pasaje Güemes
era la caverna del tesoro en que deliciosamente se mezclaban la
entrevisión del pecado y las pastillas de menta, donde se voceaban las
ediciones vespertinas con crímenes a toda página y ardían las luces de la
sala del subsuelo donde pasaban inalcanzables películas realistas. Las
Josiane de aquellos días debían mirarme con un gesto entre maternal y
divertido, yo con unos miserables centavos en el bolsillo pero andando
como un hombre, el chambergo requintado y las manos en los bolsillos,
fumando un Commander precisamente porque mi padrastro me había profetizado
que acabaría ciego por culpa del tabaco rubio. Recuerdo sobre todo olores
y sonidos, algo como una expectativa y una ansiedad, el kiosco donde se
podían comprar revistas con mujeres desnudas y anuncios de falsas
manicuras, y ya entonces era sensible a ese falso cielo de estucos y
claraboyas sucias, a esa noche artificial que ignoraba la estupidez del
día y del sol ahí afuera. Me asomaba con falsa indiferencia a las puertas
del pasaje donde empezaba el último misterio, los vagos ascensores que
llevarían a los consultorios de enfermedades venéreas y también a los
presuntos paraísos en lo más alto, con mujeres de la vida y amorales, como
les llamaban en los diarios, con bebidas preferentemente verdes en copas
biseladas, con batas de seda y kimonos violeta, y los departamentos
tendrían el mismo perfume que salía de las tiendas que yo creía elegantes
y que chisporroteaban sobre la penumbra del pasaje un bazar inalcanzable
de frascos y cajas de cristal y cisnes rosa y polvos rachel y cepillos con
mangos transparentes.
Todavía hoy me cuesta cruzar el Pasaje Güemes sin enternecerme
irónicamente con el recuerdo de la adolescencia al borde de la caída; la
antigua fascinación perdura siempre, y por eso me gustaba echar a andar
sin rumbo fijo, sabiendo que en cualquier momento entraría en la zona de
las galerías cubiertas, donde cualquier sórdida botica polvorienta me
atraía más que los escaparates tendidos a la insolencia de las calles
abiertas. La Galerie Vivienne, por ejemplo, o el Passage des Panoramas con
sus ramificaciones, sus cortadas que rematan en una librería de viejo o
una inexplicable agencia de viajes donde quizá nadie compró nunca un
billete de ferrocarril, ese mundo que ha optado por un cielo más próximo,
de vidrios sucios y estucos con figuras alegóricas que tienden las manos
para ofrecer una guirnalda, esa Galerie Vivienne a un paso de la ignominia
diurna de la rué Réau-mur y de la Bolsa (yo trabajo en la Bolsa), cuánto
de ese barrio ha sido mío desde siempre, desde mucho antes de sospecharlo
ya era mío cuando apostado en un rincón del Pasaje Güemes, contando mis
pocas monedas de estudiante, debatía el problema de gastarlas en un bar
automático o comprar una novela y un surtido de caramelos ácidos en su
bolsa de papel transparente, con un cigarrillo que me nublaba los ojos y
en el fondo del bolsillo, donde los dedos lo rozaban a veces, el sobrecito
del preservativo comprado con falsa desenvoltura en una farmacia atendida
solamente por hombres, y que no tendría la menor oportunidad de utilizar
con tan poco dinero y tanta infancia en la cara.
Mi novia, Irma, encuentra inexplicable que me guste vagar de noche por el
centro o por los barrios del sur, y si supiera de mi predilección por el
Pasaje Güemes no dejaría de escandalizarse. Para ella, como para mi madre,
no hay mejor actividad social que el sofá de la sala donde ocurre eso que
llaman la conversación, el café y el anisado. Irma es la más buena y
generosa de las mujeres, jamás se me ocurriría hablarle de lo que
verdaderamente cuenta para mí, y en esa forma llegaré alguna vez a ser un
buen marido y un padre cuyos hijos serán de paso los tan anhelados nietos
de mi madre. Supongo que por cosas así acabé conociendo a Josiane, pero no
solamente por eso ya que podría habérmela encontrado en el boulevard
Pois-soniére o en la rué Notre-Dame-des-Victoires, y en cambio nos miramos
por primera vez en lo más hondo de la Galerie Vivienne, bajo las figuras
de yeso que el pico de gas llenaba de temblores (las guirnaldas iban y
venían entre los dedos de las Musas polvorientas), y no tardé en saber que
Josiane trabajaba en ese barrio y que no costaba mucho dar con ella si se
era familiar de los cafés b amigo de los cocheros. Pudo ser coincidencia,
pero haberla conocido allí, mientras llovía en el otro mundo, el del cielo
alto y sin guirnaldas de la calle, me pareció un signo que iba más allá
del encuentro trivial con cualquiera de las prostitutas del barrio.
Después supe que en esos días Josiane no se alejaba de la galería porque
era la época en que no se hablaba más que de los crímenes de Laurent y la
pobre vivía aterrada. Algo de ese terror se trasformaba en gracia, en
gestos casi esquivos, en puro deseo. Recuerdo su manera de mirarme entre
codiciosa y desconfiada, sus preguntas que fingían indiferencia, mi casi
incrédulo encanto al enterarme de que vivía en los altos de la galería, mi
insistencia en subir a su bohardilla en vez de ir al hotel de la me du
Sentier (donde ella tenía amigos y se sentía protegida). Y su confianza
más tarde, cómo nos reímos esa noche a la sola idea de que yo pudiera ser
Laurent, y qué bonita y dulce era Josiane en su bohardilla de novela
barata, con el miedo al estrangulador rondando por París y esa manera de
apretarse más y más contra mí mientras pasábamos revista a los asesinatos
de Laurent.
Mi madre sabe siempre si no he dormido en casa, y aunque naturalmente no
dice nada puesto que sería absurdo que lo dijera, durante uno o dos días
me mira entre ofendida y temerosa. Sé muy bien que jamás se le ocurriría
contárselo a Irma, pero lo mismo me fastidia la persistencia de un derecho
materno que ya nada justifica, y sobre todo que sea yo el que al final se
aparezca con una caja de bombones o una planta para el patio, y que el
regalo represente de una mañera muy precisa y sobrentendida la terminación
de la ofensa, el retorno a la vida corriente del hijo que vive todavía en
casa de su madre. Desde luego Josiane era feliz cuando le contaba esa
clase de episodios, que una vez en el barrio de las galerías pasaban a
formar parte de nuestro mundo con la misma llaneza que su protagonista. El
sentimiento familiar de Josiane era muy vivo y estaba lleno de respeto por
las instituciones y los parentescos; soy poco amigo de confidencias pero
como de algo teníamos que hablar y lo que ella me había dejado saber de su
vida ya estaba comentado, casi inevitablemente volvíamos a mis problemas
de hombre soltero. Otra cosa nos acercó, y también en eso fui afortunado,
porque a Josiane le gustaban las galerías cubiertas, quizá por vivir en
una de ellas o porque la protegían del frío y la lluvia (la conocí a
principios de un invierno, con nevadas prematuras que nuestras galerías y
su mundo ignoraban alegremente). Nos habituamos a andar juntos cuando le
sobraba el tiempo, cuando alguien -no le gustaba llamarlo por su nombre-
estaba lo bastante satisfecho como para dejarla divertirse un rato con sus
amigos. De ese alguien hablábamos poco, luego que yo hice las inevitables
preguntas y ella me contestó las inevitables mentiras de toda relación
mercenaria; se daba por supuesto que era el amo, pero tenía el buen gusto
de no hacerse ver. Llegué a pensar que no le desagradaba que yo acompañara
algunas noches a Josiane, porque la amenaza de Laurent pesaba más que
nunca sobre el barrio después de su nuevo crimen en la rué d'Aboukir, y la
pobre no se hubiera atrevido a alejarse de la Galerie Vivienne una vez
caída la noche. Era como para sentirse agradecido a Laurent y al amo, el
miedo ajeno me servía para recorrer con Josiane los pasajes y los cafés,
descubriendo que podía llegar a ser un amigo de verdad de una muchacha a
la que no me ataba ninguna relación profunda. De esa confiada amistad nos
fuimos dando cuenta poco a poco, a través de silencios, de tonterías. Su
habitación, por ejemplo, la bohardilla pequeña y limpia que para mí no
había tenido otra realidad que la de formar parte de la galería. En un
principio yo había subido por Josiane, y como no podía quedarme porque me
faltaba el dinero para pagar una noche entera y alguien estaba esperando
la rendición sin mácula de cuentas, casi no veía lo que me rodeaba y mucho
más tarde, cuando estaba a punto de dormirme en mi pobre cuarto con su
almanaque ilustrado y su mate de plata como únicos lujos, me preguntaba
por la bohardilla y no alcanzaba a dibujármela, no veía más que a Josiane
y me bastaba para entrar en el sueño como si todavía la guardara entre los
brazos. Pero con la amistad vinieron las prerrogativas, quizá la
aquiescencia del amo, y Josiane se las arreglaba muchas veces para pasar
la noche conmigo, y su pieza empezó a llenarnos los huecos de un diálogo
que no siempre era fácil; cada muñeca, cada estampa, cada adorno fueron
instalándose en mi memoria y ayudándome a vivir cuando era el tiempo de
volver a mi cuarto o de conversar con mi madre o con Irma de la política
nacional y de las enfermedades en las familias.
Más tarde hubo otras cosas, y entre ellas la vaga silueta de aquél que
Josiane llamaba el sudamericano, pero en un principio todo parecía
ordenarse en torno al gran terror del barrio, alimentado por lo que un
periodista imaginativo había dado en llamar la saga de Laurent el
estrangulado!. Si en un momento dado me propongo la imagen de Josiane, es
para verla entrar conmigo en el café de la rué des Jeuneurs, instalarse en
la banqueta de felpa morada y cambiar saludos con las amigas y los
parroquianos, frases sueltas que en seguida son Laurent, porque sólo de
Laurent se habla en el barrio de la Bolsa, y yo que he trabajado sin parar
todo el día y he soportado entre dos ruedas de cotizaciones los
comentarios de colegas y clientes acerca del último crimen de Laurent, me
pregunto si esa torpe pesadilla va a acabar algún día, si las cosas
volverán a ser como imagino que eran antes de Laurent, o si deberemos
sufrir sus macabras diversiones hasta el fin de los tiempos. Y lo más
irritante (se lo digo a Josiane después de pedir el grog que tanta falta
nos hace con ese frío y esa nieve) es que ni siquiera sabemos su nombre,
el barrio lo llama Laurent porque una vidente de la barrera de Clichy ha
visto en la bola de cristal cómo el asesino escribía su nombre con un dedo
ensangrentado, y los gacetilleros se cuidan de no contrariar los instintos
del público. Josiane no es tonta pero nadie la convencería de que el
asesino no se llama Laurent, y es inútil luchar contra el ávido terror
parpadeando en sus ojos azules que miran ahora distraídamente el paso de
un hombre joven, muy alto y un poco encorvado, que acaba de entrar y se
apoya en el mostrador sin saludar a nadie.
-Puede ser -dice Josiane, acatando alguna reflexión tranquilizadora que
debo haber inventado sin siquiera pensarla-. Pero entretanto yo tengo que
subir sola a mi cuarto, y si el viento me apaga la vela entre dos pisos...
La sola idea de quedarme a oscuras en la escalera, y que quizá...
-Pocas veces subes sola -le digo riéndome.
-Tú te burlas pero hay malas noches, justamente cuando nieva o llueve y me
toca volver a las dos de la madrugada...
Sigue la descripción de Laurent agazapado en un rellano, o todavía peor,
esperándola en su propia habitación a la que ha entrado mediante una
ganzúa infalible. En la mesa de al lado Kikí se estremece ostentosamente y
suelta unos grititos que se multiplican en los espejos. Los hombres nos
divertimos enormemente con esos espantos teatrales que nos ayudarán a
proteger con más prestigio a nuestras compañeras. Da gusto fumar unas
pipas en el café, a esa hora en que la fatiga del trabajo empieza a
borrarse con el alcohol y el tabaco, y las mujeres comparan sus sombreros
y sus boas o se ríen de nada; da gusto besar en la boca a Josiane que
pensativa se ha puesto a mirar al hombre -casi un muchacho- que nos da la
espalda y bebe su ajenjo a pequeños sorbos, apoyando un codo en el
mostrador. Es curioso, ahora que lo pienso: a la primera imagen que se me
ocurre de Josiane y que es siempre Josiane en la banqueta del café, una
noche de nevada y Laurent, se agrega inevitablemente aquél que ella
llamaba el sudamericano, bebiendo su ajenjo y dándonos la espalda. También
yo le llamo el sudamericano porque Josiane me aseguró que lo era, y que lo
sabía por la Rousse que se había acostado con él o poco menos, y todo eso
había sucedido antes de que Josiane y la Rousse se pelearan por una
cuestión de esquinas o de horarios y lo lamentaran ahora con medias
palabras porque habían sido muy buenas amigas. Según la Rousse él le había
dicho que era sudamericano aunque hablara sin el menor acento; se lo había
dicho al ir a acostarse con ella, quizá para conversar de alguna cosa
mientras acababa de soltarse las cintas de los zapatos.
-Ahí donde lo ves, casi un chico... ¿Verdad que parece un colegial que ha
crecido de golpe? Bueno, tendrías que oír lo que cuenta la Rousse.
Josiane perseveraba en la costumbre de cruzar y separar los dedos cada vez
que narraba algo apasionante. Me explicó el capricho del sudamericano,
nada tan extraordinario después de todo, la negativa terminante de la
Rousse, la partida ensimismada del cliente. Le pregunté si el sudamericano
la había abordado alguna vez. Pues no, porque debía saber que la Rousse y
ella eran amigas. Las conocía bien, vivía en el barrio, y cuando Josiane
dijo eso yo miré con más atención y lo vi pagar su ajenjo echando una
moneda en el platillo de peltre mientras dejaba resbalar sobre nosotros -y
era como si cesáramos de estar allí por un segundo interminable- una
expresión distante y a la vez curiosamente fija, la cara, de alguien que
se ha inmovilizado en un momento de su sueño y rehusa dar el paso que lo
devolverá a la vigilia. Después de todo una expresión como esa, aunque el
muchacho fuese casi un adolescente y tuviera rasgos muy hermosos, podía
llevar como de la mano a la pesadilla recurrente de Laurent. No perdí
tiempo en proponérselo a Josiane.
-¿Laurent? ¡Estás loco! Pero si Laurent es. .. Lo malo era que nadie sabía
nada de Laurent, aunque Kikí y Albert nos ayudaran a seguir pesando las
probabilidades para divertirnos. Toda la teoría se vino abajo cuando el
patrón, que milagrosamente escuchaba cualquier diálogo en el café, nos
recordó que por lo menos algo se sabía de Laurent: la fuerza que le
permitía estrangular a sus víctimas con una sola mano. Y ese muchacho,
vamos... Sí, y ya era tarde y convenía volver a casa; yo tan solo porque
esa noche Josiane la pasaba con alguien que ya la estaría esperando en la
bohardilla, alguien 'que tenía la llave por derecho propio, y entonces la
acompañé hasta el primer rellano para que no se asustara si se le apagaba
la vela en mitad del ascenso, y desde una gran fatiga repentina la miré
subir, quizá contenta aunque me hubiera dicho lo contrario, y después salí
a la calle nevada y glacial y me puse a andar sin rumbo, hasta que en
algún momento encontré como siempre el camino que me devolvería a mi
barrio, entre gente que leía la sexta edición de los diarios o miraba por
las ventanillas del tranvía como si realmente hubiera alguna cosa que ver
a esa hora y en esas calles.
No siempre era fácil llegar a la zona de las galerías y coincidir con un
momento libre de Josiane; cuántas veces me tocaba andar solo por los
pasajes, un poco decepcionado, hasta sentir poco a poco que la noche era
también mi amante. A la hora en que se encendían los picos de gas la
animación se despertaba en nuestro reino, los cafés eran la bolsa del ocio
y del contento, se bebía a largos tragos el fin de la jornada, los
titulares de los periódicos, la política, los prusianos, Laurent, las
carreras de caballos. Me gustaba saborear una copa aquí y otra más allá,
atisbando sin apuro el momento en que descubriría la silueta de Josiane en
algún codo de las galerías o en algún mostrador. Si ya estaba acompañada,
una señal convenida me dejaba .saber cuándo podría encontrarla sola; otras
veces se limitaba a sonreír y a mí me quedaba el resto del tiempo para las
galerías; eran las horas del explorador y así fui entrando en las zonas
más remotas del barrio, en la Galerie Sainte-Foy, por ejemplo, y en los
remotos Passages du Caire, pero aunque cualquiera de ellos me atrajera más
que las calles abiertas (y había tantos, hoy era el Passage des Princes,
otra vez el Passage Verdeau, así hasta el infinito), de todas maneras el
término de una larga ronda que yo mismo no hubiera podido reconstruir me
devolvía siempre a la Galerie Vivienne, no tanto por Josiane aunque
también fuera por ella, sino por sus rejas protectoras, sus alegorías
vetustas, sus sombras en el codo del Passage des Petits-Péres, ese mundo
diferente donde no había que pensar en. Irma y se podía vivir sin horarios
fijos, al azar de los encuentros y de la suerte. Con tan pocos asideros no
alcanzo a calcular el tiempo que pasó antes de que volviéramos a hablar
casualmente del sudamericano; una vez me había parecido verlo salir de un
portal de la rué Saint-Marc, envuelto en una de esas hopalandas negras que
tanto se habían llevado cinco años atrás junto con sombreros de copa
exageradamente alta, y estuve tentado de acercarme y preguntarle por su
origen. Me lo impidió el pensar en la fría cólera con que yo habría
recibido una interpelación de ese género, pero Josiane encontró luego que
había sido una tontería de mi parte, quizá porque el sudamericano le
interesaba a su manera, con algo de ofensa gremial y mucho de curiosidad.
Se acordó de que unas noches atrás había creído reconocerlo de lejos en la
Galerie Vivienne, que sin embargo él no parecía frecuentar.
-No me gusta esa manera que tiene de mirarnos -dijo Josiane-. Antes no me
importaba, pero desde aquella vez que hablaste de Laurent...
-Josiane, cuando hice esa broma estábamos con Kikí y Albert. Albert es un
soplón de la policía, supongo que lo sabes. ¿Crees que dejaría pasar la
oportunidad si la idea le pareciera razonable? La cabeza de Laurent vale
mucho dinero, querida.
-No me gustan sus ojos -se obstinó Josiane-. Y además que no te mira, la
verdad es que te clava los ojos pero no te mira. Si un día me aborda salgo
huyendo, te lo digo por esta cruz.
-Tienes miedo de un chico. ¿O todos los sudamericanos te parecemos unos
orangutanes?
Ya se sabe cómo podían acabar esos diálogos. Ibamos a beber un grog al
café de la rué des Jeuneurs, recorríamos las galerías, los teatros del
boulevard, subíamos a la bohardilla, nos reíamos enormemente. Hubo algunas
semanas -por fijar un término, es tan difícil ser justo con la felicidad-
en que todo nos hacía reír, hasta las torpezas de Badinguet y el temor de
la guerra nos divertían. Es casi ridículo admitir que algo tan
desproporcionadamente inferior como Laurent pudiera acabar con nuestro
contento, pero así fue. Laurent mató a otra mujer en la rué Beauregard -tan
cerca, después de todo- y en el café nos quedamos como en misa y Marthe,
que había entrado a la carrera para gritar la noticia, acabó en una
explosión de llanto histérico que de algún modo nos ayudó a tragar la bola
que teníamos en la garganta. Esa misma noche la policía nos pasó a todos
por su peine más fino, de café en café y de hotel en hotel; Josiane buscó
al amo y yo la dejé irse, comprendiendo que necesitaba la protección
suprema que todo lo allanaba. Pero como en el fondo esas cosas me sumían
en una vaga tristeza -las galerías no eran para eso, no debían ser para
eso-, me puse a beber con Kikí y después con la Rousse que me buscaba como
puente para reconciliarse con Josiane. Se bebía fuerte en nuestro café, y
en esa niebla caliente de las voces y los tragos me pareció casi justo que
a medianoche el sudamericano fuera a sentarse a una mesa del fondo y
pidiera su ajenjo con la expresión de siempre, hermosa y ausente y
alunada. Al preludio de confidencia de la Rousse contesté que ya lo sabía,
y que después de todo el muchacho no era ciego y sus gustos no merecían
tanto rencor; todavía nos reíamos de las falsas bofetadas de la Rousse
cuando Kikí condescendió a decir que alguna vez había estado en su
habitación. Antes de que la Rousse pudiera clavarle las diez uñas de una
pregunta imaginable, quise saber cómo era ese cuarto. "Bah, qué importa el
cuarto", decía desdeñosamente la Rousse, pero Kikí ya se metía de lleno en
una bohardilla de la rué Notre-Dame-des-Victoires, sacando como un mal
prestidigitador de barrio un gato gris, muchos papeles borroneados, un
piano que ocupaba demasiado lugar, pero sobre todo papeles y al final otra
vez el gato gris que en el fondo parecía ser el mejor recuerdo de Kikí.
Yo la dejaba hablar, mirando todo el tiempo hacia la mesa del fondo y
diciéndome que al fin y al cabo hubiera sido tan natural que me acercara
al sudamericano y le dijera un par de frases en español. Estuve a punto de
hacerlo, y ahora no soy más que uno de los muchos que se preguntan por qué
en algún momento no hicieron lo que habían pensado hacer. En cambio me
quedé con la Rousse y Kikí, fumando una nueva pipa y pidiendo otra ronda
de vino blanco; no me acuerdo bien de lo que sentí al renunciar a mi
impulso, pero era algo como una veda, el sentimiento de que si la
trasgredía iba a entrar en un territorio inseguro. Y sin embargo creo que
hice mal, que estuve al borde de un acto que hubiera podido salvarme.
Salvarme de qué, me pregunto. Pero precisamente de eso: salvarme de que
hoy no pueda hacer otra cosa que preguntármelo, y que no haya otra
respuesta que el humo del tabaco y esa vaga esperanza inútil que me sigue
por las calles como un perro sarnoso.
Où sont-ils passes, les becs de gaz? Que
sont-elles devenues, les vendeuses d'amour?
............., VI, I.
Poco a poco tuve que convencerme de que habíamos entrado en malos tiempos
y que mientras Laurent y las amena2as prusianas nos preocuparan de ese
modo, la vida no volvería a ser lo que había sido en las galerías. Mi
madre debió notarme desmejorado porque me aconsejó que tomara algún tónico,
y los padres de Irma, que tenían un chalet en una isla del Paraná, me
invitaron a pasar una temporada de descanso y de vida higiénica. Pedí
quince días de vacaciones y me fui sin ganas a la isla, enemistado de
antemano con el sol y los mosquitos. El primer sábado pretexté cualquier
cosa y volví a la ciudad, anduve como a los tumbos por calles donde los
tacos se hundían en el asfalto blando. De esa vagancia estúpida me queda
un brusco recuerdo delicioso: al entrar una vez más en el Pasaje Güemes me
envolvió de golpe el aroma del café, su violencia ya casi olvidada en las
galerías donde el café era flojo y recocido. Bebí dos tazas, sin azúcar,
saboreando y oliendo a la vez, quemándome y feliz. Todo lo que siguió
hasta el fin de la tarde olió distinto, el aire húmedo del centro estaba
lleno de pozos de fragancia (volví a pie hasta mi casa, creo que le había
prometido a mi madre cenar con ella), y en cada pozo del aire los olores
eran más crudos, más intensos, jabón amarillo, café, tabaco negro, tinta
de imprenta, yerba mate, todo olía encarnizadamente, y también el sol y el
cielo eran más duros y acuciados. Por unas horas olvidé casi
rencorosamente el barrio de las galerías, pero cuando volví a cruzar el
Pasaje Güemes (¿era realmente en la época de la isla? Acaso mezclo dos
momentos de una misma temporada, y en realidad poco importa) fue en vario
que invocara la alegre bofetada del café, su olor me pareció el de siempre
y en cambio reconocí esa mezcla dulzona y repugnante del aserrín y la
cerveza rancia que parece rezumar del piso de los bares del centro, pero
quizá fuera porque de nuevo estaba deseando encontrar a Josiane y hasta
confiaba en que el gran terror y las nevadas hubiesen llegado a su fin.
Creo que en esos días empecé a sospechar que ya el deseo no bastaba como
antes para que las cosas girasen acompasadamente y me propusieran alguna
de las calles que llevaban a la Galerie Vivienne, pero también es posible
que terminara por someterme mansamente al chalet de la isla para no
entristecer a Irma, para que no sospechara que mi único reposo verdadero
estaba en otra parte; hasta que no pude más y volví a la ciudad y caminé
hasta agotarme, con la camisa pegada al cuerpo, sentándome en los bares
para beber cerveza, esperando ya no sabía qué. Y cuando al salir del
último bar vi que no tenía más que dar la vuelta a la esquina para
internarme en mi barrio, la alegría se mezcló con la fatiga y una oscura
conciencia de fracaso, porque bastaba mirar la cara de la gente para
comprender que el gran terror estaba lejos de haber cesado, bastaba
asomarse a los ojos de Josiane en su esquina de la rué d'Uzés y oírle
decir quejumbrosa que el amo en persona había decidido protegerla de un
posible ataque; recuerdo que entre dos besos alcancé a entrever su silueta
en el hueco de un portal, defendiéndose de la cellisca envuelto en una
larga capa gris.
Josiane no era de las que reprochan las ausencias, y me pregunto si en el
fondo se daba cuenta del paso del tiempo. Volvimos del brazo a la Galerie
Vivienne, subimos a la bohardilla, pero después comprendimos que no
estábamos contentos como antes y lo atribuimos vagamente a todo lo que
afligía al barrio; habría guerra, era fatal, los hombres tendrían que
incorporarse a las filas (ella empleaba solemnemente esas palabras con un
ignorante, delicioso respeto), la gente tenía miedo y rabia, la policía no
había sido capaz de descubrir a Laurent. Se consolaban guillotinando a
otros, como esa misma madrugada en que ejecutarían al envenenador del que
tanto habíamos hablado en el café de la rué des Jeuneurs en los días del
proceso; pero el terror seguía suelto en las galerías y en los pasajes,
nada había cambiado desde mi último encuentro con Josiane, y ni siquiera
había dejado de nevar.
Para consolarnos nos fuimos de paseo, desafiando el frío porque Josiane
tenía un abrigo que debía ser admirado en una serie de esquinas y portales
donde sus amigas esperaban a los clientes soplándose los dedos o hundiendo
las manos en los manguitos de piel. Pocas veces habíamos andado tanto por
los boulevares, y terminé sospechando que éramos sobre todo sensibles a la
protección de los escaparates iluminados; entrar en cualquiera de las
calles vecinas (porque también Liliane tenía que ver el abrigo, y más allá
Francine) nos iba hundiendo poco a poco en el espanto, hasta que el abrigo
quedó suficientemente exhibido y yo propuse nuestro café y corrimos por la
rué du Croissant hasta dar la vuelta a la manzana y refugiarnos en el
calor y los amigos. Por suerte para todos la idea de la guerra se iba
adelgazando a esa hora en las memorias, a nadie se le ocurría repetir los
estribillos obscenos contra los prusianos,, se estaba tan bien con las
copas llenas y el calor de la estufa, los clientes de paso se habían
marchado y quedábamos solamente los amigos del patrón, el grupo de siempre
y la buena noticia de que la Rousse había pedido perdón a Josiane y se
habían reconciliado con besos y lágrimas y hasta regalos. Todo tenía algo
de guirnalda (pero las guirnaldas pueden ser fúnebres, lo comprendí
después) y por eso, como afuera estaban la nieve y Laurent, nos quedábamos
lo más posible en el café y nos enterábamos a medianoche de que el patrón
cumplía cincuenta años de trabajo detrás del mismo mostrador, y eso había
que festejarlo, una flor se trenzaba con la siguiente, las botellas
llenaban las mesas porque ahora las ofrecía el patrón y no se podía
desairar tanta amistad y tanta dedicación al trabajo, y hacia las tres y
media de la mañana Kikí completamente borracha terminaba de cantarnos los
mejores aires de la opereta de moda mientras Josiane y la Rousse lloraban
abrazadas de felicidad y ajenjo, y Albert, casi sin darle importancia,
trenzaba otra flor en la guirnalda y proponía terminar la noche en la
Roquette donde guillotinaban al envenenador exactamente a las seis, y el
patrón descubría emocionado que ese final de fiesta era como la apoteosis
de cincuenta años de trabajo honrado y se obligaba, abrazándonos a todos y
hablándonos de su esposa muerta en el Languedoc, a alquilar dos fiacres
para la expedición.
A eso siguió más vino, la evocación de diversas madres y episodios
sobresalientes de la infancia, y una sopa de cebolla que Josiane y la
Rousse llevaron a lo sublime en la cocina del café mientras Albert, el
patrón y yo nos prometíamos amistad eterna y muerte a los prusianos. La
sopa y los quesos debieron ahogar tanta vehemencia, porque estábamos casi
callados y hasta incómodos cuando llegó la hora de cerrar el café con un
ruido interminable de barras y cadenas, y subir a los fiacres donde todo
el frío del mundo parecía estar esperándonos. Más nos hubiera valido
viajar juntos para abrigarnos, pero el patrón tenía principios
humanitarios en materia de caballos y montó en el primer fiacre con la
Rousse y Albert mientras me confiaba a Kikí y a Josiane quienes, dijo,
eran como sus hijas. Después de festejar adecuadamente la frase con los
cocheros, el ánimo nos volvió al cuerpo mientras subíamos hacia Popincourt
entre simulacros de carreras, voces de aliento y lluvias de falsos
latigazos. El patrón insistió en que bajáramos a cierta distancia,
aduciendo razones de discreción que no entendí, y tomados del brazo para
no resbalar demasiado en la nieve congelada remontamos la rué de la
Roquette vagamente iluminada por reverberos aislados, entre sombras
movientes que de pronto se resolvían en sombreros de copa, fiacres al
trote y grupos de embozados que acababan amontonándose frente a un
ensanchamiento de la calle, bajo la otra sombra más alta y más negra de la
cárcel. Un mundo clandestino se codeaba, se pasaba botellas de mano en
mano, repetía una broma que corría entre carcajadas y chillidos sofocados,
y también había bruscos silencios y rostros iluminados un instante por un
yesquero, mientras seguíamos avanzando dificultosamente y cuidábamos de no
separarnos como si cada uno supiera que sólo la voluntad del grupo podía
perdonar su presencia en ese sitio. La máquina estaba ahí sobre sus cinco
bases de piedra, y todo el aparato de la justicia aguardaba inmóvil en el
breve espacio entre ella y el cuadro de soldados con los fusiles apoyados
en tierra y las bayonetas caladas. Josiane me hundía las uñas en el brazo
y temblaba de tal manera que hablé de llevármela a un café, pero no había
cafés a la vista y ella se empecinaba en quedarse. Colgada de mí y de
Albert, saltaba de tanto en tanto para ver mejor la máquina, volvía a
clavarme las uñas, y al final me obligó a agachar la cabeza hasta que sus
labios encontraron mi boca, y me mordió histéricamente murmurando palabras
que pocas veces le había oído y que colmaron mi orgullo como si por un
momento hubiera sido el amo. Pero de todos nosotros el único aficionado
apreciativo era Albert; fumando un cigarro mataba los minutos comparando
ceremonias, imaginando el comportamiento final del condenado, las etapas
que en ese mismo momento se cumplían en el interior de la prisión y que
conocía en detalle por razones que se callaba. Al principio lo escuché con
avidez para enterarme de cada nimia articulación de la liturgia, hasta que
lentamente, como desde más allá de él y de Josiane y de la celebración del
aniversario, me fue invadiendo algo que era como un abandono, el
sentimiento indefinible de que eso no hubiera debido ocurrir en esa forma,
que algo estaba amenazando en mí el mundo de las galerías y los pasajes, o
todavía peor, que mi felicidad en ese mundo había sido un preludio
engañoso, una trampa de flores como si una de las figuras de yeso me
hubiera alcanzado una guirnalda mentida (y esa noche yo había pensado que
las cosas se tejían como las flores en una guirnalda), para caer poco a
poco en Laurent, para derivar de la embriaguez inocente de la Galerie
Vivienne y de la bohardilla de Josiane, lentamente ir pasando al gran
terror, a la nieve, a la guerra inevitable, a la apoteosis de los
cincuenta años del patrón, a los fiacres ateridos del alba, al brazo
rígido de Josiane que se prometía no mirar y buscaba ya en mi pecho dónde
esconder la cara en el momento final. Me pareció (y en ese instante las
rejas empezaban a abrirse y se oía la voz de mando del oficial de la
guardia) que de alguna manera eso era un término, no sabía bien de qué
porque al fin y al cabo yo seguiría viviendo, trabajando en la Bolsa y
viendo de cuando en cuando a Josiane, a Albert y a Kikí que ahora se había
puesto a golpearme histéricamente el hombro, y aunque no quería desviar
los ojos de las rejas que terminaban de abrirse, tuve que prestarle
atención por un instante y siguiendo su mirada entre sorprendida y burlona
alcancé a distinguir casi al lado del patrón la silueta un poco agobiada
del sudamericano envuelto en la hopalanda negra, y curiosamente pensé que
también eso entraba de alguna manera en la guirnalda, y que era un poco
como si una mano acabara de trenzar en ella la flor que la cerraría antes
del amanecer. Y ya no pensé más porque Josiane se apretó contra mí
gimiendo, y en la sombra que los dos reverberos de la puerta agitaban sin
ahuyentarla, la mancha blanca de una camisa surgió como flotando entre dos
siluetas negras, apareciendo y desapareciendo cada vez que una tercera
sombra voluminosa se inclinaba sobre ella con los gestos del que abraza o
amonesta o dice algo. al oído o da a besar alguna cosa, hasta que se hizo
a un lado y la mancha blanca se definió más de cerca, encuadrada por un
grupo de gentes con sombreros de copa y abrigos negros, y hubo como una
prestidigitación acelerada, un rapto de la mancha blanca por las dos
figuras que hasta ese momento habían parecido formar parte de la máquina,
un gesto de arrancar de los hombros un abrigo ya innecesario, un
movimiento presuroso hacia adelante, un clamor ahogado que podía ser de
cualquiera, de Josiane convulsa contra mi, de la mancha blanca que parecía
deslizarse bajo el armazón donde algo se desencadenaba con un chasquido y
una conmoción casi simultáneos. Creí que Josiane iba a desmayarse, todo el
peso de su cuerpo resbalaba a lo largo del mío como debía estar resbalando
el otro cuerpo hacia la nada, y me incliné para sostenerla mientras un
enorme nudo de gargantas se desataba en un final de misa con el órgano
resonando en lo alto (pero era un caballo que relinchaba al oler la
sangre) y el reflujo nos empujó entre gritos y órdenes militares. Por
encima del sombrero de Josiane que se había puesto a llorar compasivamente
contra mi estómago, alcancé a reconocer al patrón emocionado, a Albert en
la gloria, y el perfil del sudamericano perdido en la contemplación
imperfecta de la máquina que las espaldas de los soldados y el afanarse de
los artesanos de la justicia le iban librando por manchas aisladas, por
relámpagos de sombra entre gabanes y brazos y un afán general por moverse
y partir en busca de vino caliente y de sueño, como nosotros
amontonándonos más tarde en un fiacre para volver al barrio, comentando lo
que cada uno había creído ver y que no era lo mismo, no era nunca lo mismo
y por eso valía más porque entre la rué de la Roquette y el barrio de la
Bolsa había tiempo para reconstruir la ceremonia, discutirla, sorprenderse
en contradicciones, jactarse de una vista más aguda o de unos nervios más
templados para admiración de última hora de nuestras tímidas compañeras.
Nada podía tener de extraño que en esa época mi madre me notara más
desmejorado y se lamentara sin disimulo de una indiferencia inexplicable
que hacía sufrir a mi pobre novia y terminaría por enajenarme la
protección de los amigos de mi difunto padre gracias a los cuales me
estaba abriendo paso en los medios bursátiles. A frases así no se podía
contestar más que con el silencio, y aparecer algunos días después con una
nueva planta de adorno o un vale para madejas de lana a precio rebajado.
Irma era más comprensiva, debía confiar simplemente en que el matrimonio
me devolvería alguna vez a la normalidad burocrática, y en esos últimos
tiempos yo estaba al borde de darle la razón pero me era imposible
renunciar a la esperanza de que el gran terror llegara a su fin en el
barrio de las galerías y que volver a mi casa no se pareciera ya a una
escapatoria, a un ansia de protección que desaparecía tan pronto como mi
madre empezaba a mirarme entre suspiros o Irma me tendía la taza de café
con la sonrisa de las novias arañas. Estábamos por ese entonces en plena
dictadura militar, una más en la interminable serie, pero la gente se
apasionaba sobre todo por el desenlace inminente de la guerra mundial y
casi todos los días se improvisaban manifestaciones en el centro para
celebrar el avance aliado y la liberación de las capitales europeas,
mientras la policía cargaba contra los estudiantes y las mujeres, los
comercios bajaban presurosamente las cortinas metálicas y yo, incorporado
por la fuerza de las cosas a algún grupo detenido frente a las pizarras de
La Prensa, me preguntaba si sería capaz de seguir resistiendo mucho tiempo
a la sonrisa consecuente de la pobre Irma y a la humedad que me empapaba
la camisa entre rueda y rueda de cotizaciones, Empecé a sentir que el
barrio de las galerías ya no era como antes el término de un deseo, cuando
bastaba echar a andar por cualquier calle para que en alguna esquina todo
girara blandamente y me allegara sin esfuerzo a la Place des Victoires
donde era tan grato demorarse vagando por las callejuelas con sus tiendas
y zaguanes polvorientos, y a la hora más propicia entrar en la Galerie
Vivienne en busca de Josiane, a menos que caprichosamente prefiriera
recorrer primero el Passage des Panoramas o el Passage des Princes y
volver dando un rodeo un poco perverso por el lado de la Bolsa. Ahora, en
cambio, sin siquiera tener el consuelo de reconocer como aquella mañana el
aroma vehemente del café en el Pasaje Güemes (olía a aserrín, a lejía),
empecé a admitir desde muy lejos que el barrio de las galerías no era ya
el puerto de reposo, aunque todavía creyera en la posibilidad de liberarme
de mi trabajo y de Irma, de encontrar sin esfuerzo la esquina de Josiane.
A cada momento me ganaba el deseo de volver; frente a las pizarras de los
diarios, con los amigos, en el patio de casa, sobre todo al anochecer, a
la hora en que allá empezarían a encenderse los picos de gas. Pero algo me
obligaba a demorarme junto a mi madre y a Irma, una oscura certidumbre de
que en el barrio de las galerías ya no me esperarían como antes, de que el
gran terror era el más fuerte. Entraba en los bancos y en las casas de
comercio con un comportamiento de autómata, tolerando la cotidiana
obligación de comprar y vender valores y escuchar los cascos de los
caballos de la policía cargando contra el pueblo que festejaba los
triunfos aliados, y tan poco creía ya que alcanzaría a liberarme una vez
más de todo eso que cuando llegué al barrio de las galerías tuve casi
miedo, me sentí extranjero y diferente como jamás me había ocurrido antes,
me refugié en una puerta cochera y dejé pasar el tiempo y la gente,
forzado por primera vez a aceptar poco a poco todo lo que antes me había
parecido mío, las calles y los vehículos, la ropa y los guantes, la nieve
en los patios y las voces en las tiendas. Hasta que otra vez fue el
deslumbramiento, fue encontrar a Josiane en la Galerie Coibert y enterarme
entre besos y brincos de que ya no había Laurent, que el barrio había
festejado noche tras noche el fin de la pesadilla, y todo el mundo había
preguntado por mí y menos mal que por fin Laurent, pero dónde me había
metido que no me enteraba de nada, y tantas cosas y tantos besos. Nunca la
había deseado más y nunca nos quisimos mejor bajo el techo de su cuarto
que mi mano podía tocar desde la cama. Las caricias, los chismes, el
delicioso recuento de los días mientras el anochecer iba ganando la
bohardilla. ¿Laurent? Un marsellés de pelo crespo, un miserable cobarde
que se había atrincherado en el desván de la casa donde acababa de matar a
otra mujer, y había pedido gracia desesperadamente mientras la policía
echaba abajo la puerta. Y se llamaba Paúl, el monstruo, hasta eso, fíjate,
y acababa de matar a su novena víctima, y lo habían arrastrado al coche
celular mientras todas las fuerzas del segundo distrito lo protegían sin
ganas de una muchedumbre que lo hubiera destrozado. Josiane había tenido
ya tiempo de habituarse, de enterrar a Laurent en su memoria que poco
guardaba las imágenes, pero para mí era demasiado y no alcanzaba a creerlo
del todo hasta que su alegría me persuadió de que verdaderamente ya no
habría más Laurent, que otra vez podíamos vagar por los pasajes y las
calles sin desconfiar de los portales. Fue necesario que saliéramos a
festejar juntos la liberación, y como ya no nevaba Josiane quiso ir a la
rotonda del Palais Royal que nunca habíamos frecuentado en los tiempos de
Laurent. Me prometí, mientras bajábamos cantando por la rué des Petits
Champs, que esa misma noche llevaría a Josiane a los cabarets de los
boulevares, y que terminaríamos la velada en nuestro café donde a fuerza
de vino blanco me haría perdonar tanta ingratitud y tanta ausencia.
Por unas pocas horas bebí hasta los bordes el tiempo feliz de las galerías,
y llegué a convencerme de que el final del gran terror me devolvía sano y
salvo a mi cielo de estucos y guirnaldas; bailando con Josiane en la
rotonda me quité de encima la última opresión de ese interregno incierto,
nací otra vez a mi mejor vida tan lejos de la sala de Irma, del patio de
casa, del menguado consuelo del Pasaje Güemes. Ni siquiera cuando más
tarde, charlando de tanta cosa alegre con Kikí y Josiane y el patrón, me
enteré del final del sudamericano, ni siquiera entonces sospeché que
estaba viviendo un aplazamiento, una última gracia; por lo demás ellos
hablaban del sudamericano con una indiferencia burlona, como de cualquiera
de los extravagantes del barrio que alcanzan a llenar un hueco en una
conversación donde pronto nacerán temas más apasionantes, y que el
sudamericano acabara de morirse en una pieza de hotel era apenas algo más
que una información al pasar, y Kikí discurría ya sobre las fiestas que se
preparaban en un molino de la Butte, y me costó interrumpirla, pedirle
algún detalle sin saber demasiado por qué se lo pedía. Por Kikí acabé
sabiendo algunas cosas mínimas, el nombre del sudamericano que al fin y al
cabo era un nombre francés y que olvidé en seguida, su enfermedad
repentina en la rué du Faubourg Montmartre donde Kikí tenía un amigo que
le había contado; la soledad» el miserable cirio ardiendo sobre la consola
atestada de libros y papeles, el gato gris que su amigo había recogido, la
cólera del hotelero a quien le hacían eso precisamente cuando esperaba la
visita de sus padres políticos, el entierro anónimo, el olvido, las
fiestas en el molino de la Butte, el arresto de Paúl el marsellés, la
insolencia de los prusianos a los que ya era tiempo de darles la lección
que se merecían. Y de todo eso yo iba separando, como quien arranca dos
flores secas de una guirnalda, las dos muertes que de alguna manera se me
antojaban simétricas, la del sudamericano y la de Laurent, el uno en su
pieza de hotel, el otro disolviéndose en la nada pata ceder su lugar a
Paúl el marsellés, y eran casi una misma muerte, algo que se borraba para
siempre en la memoria del barrio. Todavía esa noche pude creer que todo
seguiría como antes del gran terror, y Josiane fue otra vez mía en su
bohardilla y al despedirnos nos prometimos fiestas y excursiones cuando
llegase el verano Pero helaba en las calles, y las noticias de la guerra
exigían mi presencia en la Bolsa a las nueve de la mañana; con un esfuerzo
que entonces creí meritorio me negué a pensar en mi reconquistado cielo, y
después de trabajar hasta la náusea almorcé con mi madre y le agradecí que
me encontrara más repuesto. Esa semana la pasé en -plena lucha bursátil,
sin tiempo para nada, corriendo a casa para darme una ducha y cambiar una
camisa empapada por otra que al rato estaba peor. La bomba cayó sobre
Hiroshima y todo fue confusión entre mis clientes, hubo que librar una
larga batalla para salvar los valores más comprometidos y encontrar un
rumbo aconsejable en ese mundo donde cada día era una nueva derrota nazi y
una enconada, inútil reacción de la dictadura contra lo irreparable.
Cuando los alemanes se rindieron y el pueblo se echó a la calle en Buenos
Aires, pensé que podría tomarme un descanso, pero cada mañana me esperaban
nuevos problemas, en esas semanas me casé con Irma después que mi madre
estuvo al borde de un ataque cardíaco y toda la familia me lo atribuyó
quizá justamente. Una y otra vez me pregunté por qué, si el gran terror
había cesado en el barrio de las galerías, no me llegaba la hora de
encontrarme con Josiane para volver a pasear bajo nuestro cielo de yeso.
Supongo que el trabajo y las obligaciones familiares contribuían a
impedírmelo, y sólo sé que de a ratos perdidos me iba a caminar como
consuelo por el Pasaje Güemes, mirando vagamente hacia arriba, tomando
café y pensando cada vez con menos convicción en las tardes en que me
había bastado vagar un rato sin rumbo fijo para llegar a mi barrio y dar
con Josiane en alguna esquina del atardecer. Nunca he querido admitir que
la guirnalda estuviera definitivamente cerrada y que no volvería a
encontrarme con Josiane en los pasajes o los boulevares. Algunos días me
da por pensar en el sudamericano, y en esa rumia desganada llego a
inventar como un consuelo, como si él nos hubiera matado a Laurent y a mí
con su propia muerte; razonablemente me digo que no, que exagero, que
cualquier día volveré a entrar en el barrio de las galerías y encontraré a
Josiane sorprendida por mi larga ausencia. Y entre una cosa y otra me
quedo en casa tomando mate, escuchando a Irma que espera para diciembre, y
me pregunto sin demasiado entusiasmo si cuando lleguen las elecciones
votaré por Perón o por Tamborini, si votaré en blanco o sencillamente me
quedaré en casa tomando mate y mirando a Irma y a las plantas del patio.
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