|
Lucas, sus estudios sobre la sociedad de consumo y
otros (de Un tal Lucas)
Como el progreso no conoce límites, en España se venden
paquetes que contienen treinta y dos cajas de fósforos (léase cerillas)cada
una de las cuales reproduce vistosamente una pieza de un juego completo de
ajedrez:
Velozmente un señor astuto ha lanzado a la venta un juego de ajedrez cuyas
treinta y dos piezas pueden servir como tazas de café; casi de inmediato
el Bazar Dos Mundos ha producido tazas de café que permiten a las señoras
más bien blandengues una gran variedad de corpiños lo suficientemente
rígidos, tras de lo cual Ives St. Laurent acaba de suscitar un corpiño que
permite servir dos huevos pasados por agua de una manera sumamente
sugestiva.
Lástima que hasta ahora nadie ha encontrado una aplicación diferente a los
huevos pasados por agua, cosa que desalienta a los que los comen entre
grandes suspiros; así se cortan ciertas cadenas de la felicidad que se
quedan solamente en cadenas y bien catas dicho sea de paso.
Lucas, su patiotismo
El centro de la imagen serán los malvones, pero hay también glicinas,
verano, mate a las cinco y media, la máquina de coser, zapatillas y lentas
conversaciones sobre enfermedades y disgustos familiares, de golpe un
polio dejando su firma entre dos sillas o el gato atrás de una paloma que
lo sobra canchera. Todo eso huele a ropa tendida, a almidón azulado y a
lejía, huele a jubilación, a factura surtida o tortas fritas, casi siempre
a radio vecina con tangos y los avisos del Geniol, del aceite Cocinero que
es de todos el primero, y a chicos pateando la pelota de trapo en el
baldío del fondo, el Beto metió el gol de sobrepique.
Tan convencional todo, tan dicho que Lucas de puro pudor busca otras
salidas, a la mitad del recuerdo decide acordarse de como a esa hora se
encerraba a leer a Homero y Dickson Carr en su cuartito atorrante pare no
escuchar de nuevo la operación del apéndice de la tía Pepa con todos los
detalles luctuosos y la representación en vivo de las horribles náuseas de
la anestesia, o la historia de la hipoteca de la calle Bulnes en la que el
tío Alejandro se iba hundiendo de mate en mate hasta la apoteosis de los
suspiros colectivos y todo va de mal en peor, Josefina, aquí trace falta
un gobierno fuerte, carajo. Por suerte la Flora ahí para mostrar la foto
de Clark Gable en el rotograbado de La Prensa y rememurmurar los momentos
estelares de Lo que el vierto se llevó. A veces la abuela se acordaba de
Francesca Bertini y el tío Alejandro de Barbara La Marr que era la mar de
bárbara, vos y las vampiresas, ah los hombres, Lucas comprende que no hay
nada que hacer, que ya está de nuevo en el patio, que la tarjeta postal
sigue clavada pare siempre al borde del espejo del tiempo, pintada a mano
con su franja de palomitas, con su leve borde negro.
Lucas, su patriotismo
De mi pasaporte me gustan las páginas de las renovaciones y los sellos de
visados redondos / triangulares / verdes / cuadrados / negros / ovalados /
rojos; de mi imagen de Buenos Aires el transbordador sobre el Riachuelo,
la plaza Irlanda, los jardines de Agronomía, algunos cafés que acaso ya no
están, una cama en un departamento de Maipú casi esquina Córdoba, el olor
y el silencio del puerto a medianoche en verano, los arboles de la plaza Lavalle.
Del país me queda un olor de acequias mendocinas, los álamos de Uspallata,
el violeta profundo del cerro de Velasco en La Rioja, las estrellas
chaqueñas en Pampa de Guanacos yendo de Salta a Misiones en un tren del
año cuarenta y dos, un caballo que monte en Saladillo, el sabor del Cinzano con ginebra Gordon en el Boston de Florida, el olor ligeramente
alérgico de las plateas del Colón, el superpullman del Luna Park con
Carlos Beulchi y Mario Díaz, algunas lecherías de la madrugada, la fealdad
de la Plaza Once, la lecture de Sur en los años dulcemente ingenuos, las
ediciones a cincuenta centavos de Claridad, con Roberto Arlt y Castelnuovo,
y también algunos patios, claro, y sombras que me callo, y muertos.
Lucas, su patrioterismo
No es por el lado de las efemérides, no se vaya a creer, ni Fangio o
Monzón o esas cosas. De chico, claro, Firpo podía mucho mas que San
Martín, y Justo Suárez que Sarmiento, pero después la vida le fue bajando
la cresta a la historia militar y deportiva, vino un tiempo de
desacralización y autocrítica, sólo aquí y allá quedaron pedacitos de
escarapela y Febo asoma.
Le da risa cada vez que pesca algunos, que se pesca a sí mismo engallado y
argentino basta la muerte, porque su argentinidad es por suerte otra cosa
peto dentro de esa cosa sobrenadan a veces cachitos de laureles (sean
eternos los) y entonces Lucas en pleno King's Road o malecón habanero, oye
su voz entre voces de amigos diciendo cosas como que nadie sabe lo que es
carne si no conoce el asado de tira criollo, ni dulce que valga el de
leche ni cóctel comparable al Demaría que sirven en La Fragata (¿todavía,
lector?) o en el Saint James (¿todavía, Susana?).
Como es natural, sus amigos reaccionan venezolana o guatemaltecamente
indignados, y en los minutos que siguen hay un superpatrioterismo
gastronómico o botánico o agropecuario o ciclista que te la debo. En esos
casos Lucas procede como perro chico y deja que los grandes se hagan bolsa
entre ellos, mientras el se sanciona mentalmente pero no tanto, a la final decime de dónde salen las mejores carteras de cocodrilo y los zapatos de
piel de serpiente.
Lucas, sus desconciertos
Allí por el año del gofio Lucas iba mucho a los conciertos y dale con Chopin, Zoltan Kodaly, Pucciverdi y pare que te cuento Brahms y Beethoven
y hasta Ottorino Respighi en las épocas flojas.
Ahora no va nunca y se las arregla con los discos y la radio o silbando
recuerdos, Menuhin y Friedrich Gulda y Marian Anderson, cosas un poco
paleolíticas en estos tiempos acelerados, pero la verdad es que en los
conciertos le iba de mal en peor hasta que hubo un acuerdo de caballeros
entre Lucas que dejó de ir y los acomodadores y parte del publico que
dejaron de sacarlo a patadas. ¿A que se debía tan espasmódica discordancia?
Si le preguntás, Lucas se acuerda de algunas cosas, por ejemplo la noche
en el Colón cuando un pianista a la hora de los bises se lanzó con las
manos armadas de Khatchaturian contra un teclado por completo indefenso,
ocasión aprovechada por el público pare concederse una crisis de histeria
cuya magnitud corresponda exactamente al estruendo alcanzado por el
artista en los paroxismos finales, y ahí lo tenemos a Lucas buscando
alguna cosa por el suelo entre las plateas y manoteando pare todos lados.
- ¿Se le perdió algo, señor? - inquirió la señora entre cuyos tobillos
proliferaban los dedos de Lucas
- La música, señora - dijo Lucas, apenas un segundo antes de que el
senador Poliyatti le zampara la primera patada en el culo.
Hubo asimismo la velada de lieder en que una dame aprovechaba
delicadamente los pianissimos de Lotte Lehman pare emitir una tos digna de
las bocinas de un templo tibetano, razón por la cual en algún momento se
oyó la voz de Lucas diciendo: "Si las vacas tosieran, toserían como esa
señora", diagnóstico que determinó la intervención patriótica del doctor
Chucho Belaustegui y el arrastre de Lucas con la cara pegada al suelo
hasta su liberación final en el cordón de la vereda de la calle Libertad.
Es difícil tomarle gusto a los conciertos cuando pasan cosas así, se esta
mejor at home.
Lucas, sus largas marchas
Todo el mundo sabe que la Tierra está separada de los otros astros por una
cantidad variable de años luz. Lo que pocos saben (en realidad, solamente
yo) es que Margarita está separada de mí por una cantidad considerable de
años caracol.
Al principio pensé que se trataba de años tortuga, pero he tenido que
abandonar esa unidad de medida demasiado halagadora. Por poco que camine
una tortuga, yo hubiera terminado por llegar a Margarita, pero en cambio
Osvaldo, mi caracol preferido, no me deja la menor esperanza. Vaya a saber
cuando se inici o la marcha que lo fue distanciando imperceptiblemente de
mi zapato izquierdo, luego que lo hube orientado con extrema precisión
hacia el tumbo que lo llevara a Margarita. Repleto de lechuga fresca,
cuidado y atendido amorosamente, su primer avance fue promisorio, y me
dije esperanzadamente que antes de que el pino del patio sobrepasara la
altura del tejado, los plateados cuernos de Osvaldo entrarían en el campo
visual de Margarita pare llevarle mi mensaje simpático; entretanto, desde
aquí podía ser feliz imaginando su alegría al verlo llegar, la agitación
de sus trenzas y sus brazos.
Tal vez los años luz son todos iguales, pero no los años caracol, y
Osvaldo ha cesado de merecer mi confianza. No es que se detenga, pues me
ha sido posible verificar por su huella argentada que prosigue su marcha y
que mantiene la buena dirección, aunque esto suponga pare el subir y bajar
incontables paredes o atravesar íntegramente una f ábrica de fideos. Pero
más me cuesta a mí comprobar esa meritoria exactitud, y dos veces he sido
arrestado por guardianes enfurecidos a quienes he tenido que decir las
peores mentiras puesto que la verdad me hubiera valido una lluvia de
trompadas. Lo triste es que Margarita, sentada en su sillón de terciopelo
tosa, me espera del otro lado de la ciudad. Si en vez de Osvaldo yo me
hubiera servido de los años luz, ya tendríamos nietos; pero cuando se ama
largo y dulcemente, cuando se quiere llegar al termino de una paulatina
esperanza, es lógico que se elijan los años caracol. Es tan difícil,
después de todo, decidir cuales son las ventajas y cuales los
inconvenientes de estas opciones.
Lucas, sus pudores
En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los
otros siguen hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el
aire como si todo el mundo quisiera olvidarse de que tiene oídos y al
mismo tiempo las orejas se orientan hacia el lugar sagrado que
naturalmente en nuestra sociedad encogida está apenas a tres metros del
lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es seguro
que a pesar de los esfuerzos que hará el invitado ausente para no
manifestar sus actividades, y los de los contertulios para activar el
volumen del diálogo, en algún momento reverberará uno de esos sordos
ruidos que oir se dejan en las circunstancias menos indicadas, o en el
mejor de los casos el rasguido patético de un papel higiénico de calidad
ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde.
Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a
la intensidad del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso
reducto. En ese horor no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de
un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezar lo mas
bien, suave silencioso, pero ya al final, guardando la misma relación de
la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación mas
bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y
agitarse la cortina de plástico de la ducha.
Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales
como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al
punto de que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costado e
incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible
para aumentar el diámetro del conducto proceloso. Vana es la
multiplicación de silenciadores tales como echarse sobre los muslos todas
las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños de casa;
prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una
agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso.
Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas sufre por él pues está seguro que
de un segundo a otro resonar el primer halalí de la ignominia; lo asombra
un poco que la gente no parezca preocuparse demasiado por cosas así,
aunque es evidente que no están desatentas de lo que ocurre e incluso lo
cubren con choques de cucharitas en las tazas y corrimientos de sillones
totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas se siente feliz y
pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo
el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado mientras la
señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa Lucas,
de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y
anuncian: Mamá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación
Lucas, el poeta anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que
no hay placer más exquisito / que cagar bien despacito / ni placer más
delicado / que despues de haber cagado. Para remontarse a tales alturas
ese señor debía estar excento de todo peligro de ventosidad intempestiva o
tempestuosa, a menos que el baño de su casa estuviera en el piso de arriba
o fuera esa piecita de chapas de zinc separada del rancho por una buena
distancia.
Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso del Dante
en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta
remisón mental a la más alta cultura se considera un tanto disculpado de
meditaciones que poco tienen que ver con lo que está diciendo el docotor
Berenstein a propósito de la ley de alquileres. |