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Prosa poética
Una mujer
Una mujer de senos apacibles, ante los que la lengua de la vaca
resucita una glándula violenta. Un hombre de templanza, mandibular
de genio, apto para marchar de dos a dos con los goznes de los
cofres. Un niño está al lado del hombre, llevando por el revés, el
derecho animal de la pareja.
¡Oh la palabra del hombre, libre de adjetivos y de adverbios que la
mujer decline en su único caso de mujer, aun entre las mil voces de
la Capilla Sixtina! ¡Oh la falda de ella, en el punto maternal donde
pone el pequeño las manos y juega a los pliegues, haciendo a veces
agrandar las pupilas de la madre, como en las sanciones de los
confesionarios!
Yo tengo mucho gusto de ver así al Padre, al Hijo y al Espiritusanto,
con todos los emblemas e insignias de sus cargos.
No vive ya nadie...
—No vive ya nadie en la casa —me dices—; todos se han ido. La sala,
el dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que
todos han partido.
Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por
donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de
soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las
casas nuevas están más muertas que las viejas, por que sus muros son
de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al mundo,
no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla.
Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba. De aquí esa
irresistible semejanza que hay entre una casa y una tumba. Sólo que
la casa se nutre de la vida del hombre, mientras que la tumba se
nutre de la muerte del hombre. Por eso la primera está de pie,
mientras que la segunda está tendida.
Todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado
en verdad. Y no es el recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos
mismos. Y no es tampoco que ellos queden en la casa, sino que
continúan por la casa. Las funciones y los actos se van de la casa
en tren o en avión o a caballo, a pie o arrastrándose. Lo que
continúa en la casa es el órgano, el agente en gerundio y en
circulo. Los pasos se han ido, los besos, los perdones, los crímenes.
Lo que continúa en la casa es el pie, los labios, los ojos, el
corazón. Las negaciones y las afirmaciones, el bien y el mal, se han
dispersado. Lo que continua en la casa, es el sujeto del acto.
Existe un mutilado...
Existe un mutilado, no de un combate sino de un abrazo, no de la
guerra sino de la paz. Perdió el rostro en el amor y no en el odio.
Lo perdió en el curso normal de la vida y no en un accidente. Lo
perdió en el orden de la naturaleza y no en el desorden de los
hombres. El coronel Piccot, Presidente de "Les Gueules Cassées",
lleva la boca comida por la pólvora de 1914. Este mutilado que
conozco, lleva el rostro comido por el aire inmortal e inmemorial.
Rostro muerto sobre el tronco vivo. Rostro yerto y pegado con clavo
a la cabeza viva. Este rostro resulta ser el dorso del cráneo, el
cráneo del cráneo. Vi una vez un árbol darme la espalda y vi otra
vez un camino que me daba la espalda. Un árbol de espaldas sólo
crece en los lugares donde nunca nació ni murió nadie. Un camino de
espaldas sólo avanza por los lugares donde ha habido todas las
muertes y ningún nacimiento. El mutilado de la paz y del amor, del
abrazo y del orden y que lleva el rostro muerto sobre el tronco
vivo, nació a la sombra de un árbol de espaldas y su existencia
transcurre a lo largo de un camino de espaldas.
Como el rostro está yerto y difunto, toda la vida psíquica, toda la
expresión animal de este hombre, se refugia, para traducirse al
exterior, en el peludo cráneo, en el tórax y en las extremidades.
Los impulsos de su ser profundo, al salir, retroceden del rostro y
la respiración, el olfato, la vista el oído, la palabra, el
resplandor humano de su ser, funcionan y se expresan por el pecho,
por los hombros, por el cabello, por las costillas, por los brazos y
las piernas y los pies.
Mutilado del rostro, tapado del rostro, cerrado del rostro, este
hombre no obstante, está entero y nada le hace falta. No tiene ojos
y ve y llora. No tiene narices y huele y respira. No tiene oídos y
escucha. No tiene boca y habla y sonríe. No tiene frente y piensa y
se sume en sí mismo. No tiene mentón y quiere y subsiste. Jesús
conocía al mutilado de la función, que tenía ojos y no veía y tenía
orejas y no oía. Yo conozco al mutilado del órgano, que ve sin ojos
y oye sin orejas.
Algo te identifica
Algo te identifica con el que se aleja de ti, y es la facultad común
de volver: de ahí tu más grande pesadumbre.
Algo te separa del que se queda contigo, y es la esclavitud común de
partir: de ahí tus más nimios regocijos.
Me dirijo, en esta forma, a las individualidades colectivas, tanto
como a las colectividades individuales y a los que, entre unas y
otras, yacen marchando al son de las fronteras o, simplemente,
marcan el paso inmóvil en el borde del mundo.
Algo típicamente neutro, de inexorablemente neutro, interpónese
entre el ladrón y su víctima. Esto, así mismo, puede discernirse
tratándose del cirujano y del paciente. Horrible medialuna, convexa
y solar, cobija a unos y otros. Porque el objeto hurtado tiene
también su peso indiferente, y el órgano intervenido, también su
grasa triste.
¿Qué hay de más desesperante en la tierra, que la imposibilidad en
que se halla el hombre feliz de ser infortunado y el hombre bueno,
de ser malvado ?
¡Alejarse! ¡Quedarse! ¡Volver! ¡Partir! Toda la mecánica social cabe
en estas palabras.
Cesa el anhelo...
Cesa el anhelo, rabo al aire. De súbito, la vida amputa, en seco. Mi
propia sangre me salpica en líneas femeninas, y hasta la misma urbe
sale a ver esto que se para de improviso.
—Qué ocurre aquí, en este hijo del hombre? —clama la urbe, y en una
sala del Louvre, un niño llora de terror a la vista del retrato de
otro niño.
—Qué ocurre aquí, en este hijo de mujer? —clama la urbe, y a una
estatua del siglo de los Ludovico, le nace una brizna de yerba en
plena palma de la mano.
Cesa el anhelo, a la altura de la mano enarbolada. Y yo me escondo
detrás de mí mismo, a aguaitarme si paso por lo bajo o merodeo en
alto.
El momento
más grave de la vida
Un hombre dijo:
—El momento más grave de mi vida estuvo en la batalla del Marne
cuando fui herido en el pecho.
Otro hombre dijo:
—El momento más grave de mi vida, ocurrió en un maremoto de Yokohama,
del cual salvé milagrosamente, refugiado bajo el alero de una tienda
de lacas.
Y otro hombre dijo:
—El momento más grave de mi vida acontece cuando duermo de día.
Y otro dijo:
—El momento más grave de mi vida ha estado en mi mayor soledad.
Y otro dijo:
—El momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel del
Perú.
Y otro dijo:
—El momento más grave de mi vida es el haber sorprendido de perfil a
mi padre.
Y el ultimo hombre dijo:
—El momento más grave de mi vida no ha llegado todavía.
Las
ventanas se han estremecido...
Las ventanas se han estremecido, elaborando una metafísica del
universo. Vidrios han caído. Un enfermo lanza su queja: la mitad por
su boca lenguada y sobrante, y toda entera, por el ano de su
espalda.
Es el huracán. Un castaño del jardín de las Tullerías habráse
abatido, al soplo del viento, que mide ochenta metros por segundo.
Capiteles de los barrios antiguos, habrán caído, hendiendo, matando.
¿De qué punto interrogo, oyendo a ambas riberas de los océanos, de
qué punto viene este huracán, tan digno de crédito, tan honrado de
deuda derecho a las ventanas del hospital? Ay las direcciones
inmutables, que oscilan entre el huracán y esta pena directa de
toser o defecar! Ay! las direcciones inmutables, que así prenden
muerte en las entrañas del hospital y despiertan células
clandestinas a deshora, en los cadáveres.
¿Qué pensaría de si el enfermo de enfrente, ése que está durmiendo,
si hubiera percibido el huracán? El pobre duerme, boca arriba, a la
cabeza de su morfina, a los pies de toda su cordura. Un adarme más o
menos en la dosis y le llevarán a enterrar, el vientre roto, la boca
arriba, sordo el huracán, sordo a su vientre roto, ante el cual
suelen los médicos dialogar y cavilar largamente, para, al fin,
pronunciar sus llanas palabras de hombres.
La familia rodea al enfermo agrupándose ante sus sienes regresivas,
indefensas, sudorosas. Ya no existe hogar sino en torno al velador
del pariente enfermo, donde montan guardia impaciente, sus zapatos
vacantes, sus cruces de repuesto, sus píldoras de opio. La familia
rodea la mesita por espacio de un alto dividendo. Una mujer acomoda
en el borde de la mesa, la taza, que casi se ha caído.
Ignoro lo que será del enfermo esta mujer, que le besa y no puede
sanarle con el beso, le mira y no puede sanarle con los ojos, le
habla y no puede sanarle con el verbo. ¿Es su madre? ¿Y cómo, pues,
no puede sanarle? ¿Es su amada? ¿Y cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es
su hermana? Y ¿cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es, simplemente, una
mujer? ¿Y cómo pues, no puede sanarle? Porque esta mujer le ha
besado, le ha mirado, le ha hablado y hasta le ha cubierto mejor el
cuello al enfermo y ¡cosa verdaderamente asombrosa! no le ha sanado.
El paciente contempla su calzado vacante. Traen queso. Llevan sierra.
La muerte se acuesta al pie del lecho, a dormir en sus tranquilas
aguas y se duerme. Entonces, los libres pies del hombre enfermo, sin
menudencias ni pormenores innecesarios, se estiran en acento
circunflejo, y se alejan, en una extensión de dos cuerpos de novios,
del corazón.
El cirujano ausculta a los enfermos horas enteras. Hasta donde sus
manos cesan de trabajar y empiezan a jugar, las lleva a tientas,
rozando la piel de los pacientes, en tanto sus párpados científicos
vibran, tocados por la indocta, por la humana flaqueza del amor. Y
he visto a esos enfermos morir precisamente del amor desdoblado del
cirujano, de los largos diagnósticos, de las dosis exactas, del
riguroso análisis de orinas y excrementos. Se rodeaba de improviso
un lecho con un biombo. Médicos y enfermeros cruzaban delante del
ausente, pizarra triste y próxima, que un niño llenara de números,
en un gran monismo de pálidos miles. Cruzaban así, mirando a los
otros, como si más irreparable fuese morir de apendicitis o neumonía,
y no morir al sesgo del paso de los hombres.
Sirviendo a la causa de la religión, vuela con éxito esta mosca, a
lo largo de la sala. A la hora de la visita de los cirujanos, sus
zumbidos nos perdonan el pecho, ciertamente, pero desarrollándose
luego, se adueñan del aire, para saludar con genio de mudanza, a los
que van a morir. Unos enfermos oyen a esa mosca hasta durante el
dolor y de ellos depende, por eso, el linaje del disparo, en las
noches tremebundas.
¿Cuánto tiempo ha durado la anestesia, que llaman los hombres? ¡Ciencia
de Dios, Teodicea! si se me echa a vivir en tales condiciones,
anestesiado totalmente, volteada mi sensibilidad para adentro! ¡Ah
doctores de las sales, hombres de las esencias, prójimos de las
bases! Pido se me deje con mi tumor de conciencia, con mi irritada
lepra sensitiva, ocurra lo que ocurra aunque me muera! Dejadme
dolerme, si lo queréis, mas dejadme despierto de sueño, con todo el
universo metido, aunque fuese a las malas, en mi temperatura
polvorosa.
En el mundo de la salud perfecta, se reirá por esta perspectiva en
que padezco; pero, en el mismo plano y cortando la baraja del juego,
percute aquí otra risa de contrapunto.
En la casa del dolor, la queja asalta síncopes de gran compositor,
golletes de carácter, que nos hacen cosquillas de verdad, atroces,
arduas, y, cumpliendo lo prometido, nos hielan de espantosa
incertidumbre.
En la casa del dolor, la queja arranca frontera excesiva. No se
reconoce en esta queja de dolor, a la propia queja de la dicha en
éxtasis, cuando el amor y la carne se eximen de azor y cuando, al
regresar, hay discordia bastante para el diálogo.
¿Dónde está, pues, el otro flanco de esta queja de dolor, si, a
estimarla en conjunto, parte ahora del lecho de un hombre?
De la casa del dolor parten quejas tan sordas e inefables y tan
colmadas de tanta plenitud que llorar por ellas sería poco, y sería
ya mucho sonreír.
Se atumulta la sangre en el termómetro.
¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si en la
muerte nada es posible, sino sobre lo que se deja en la vida! ¡No es
grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si en la muerte
nada es posible, sino sobre lo que se deja en la vida! ¡No es grato
morir, señor, si en la vida nada se deja y si en la muerte nada es
posible, sino sobre lo que pudo dejarse en la vida!
Voy a hablar de
la esperanza
Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como
artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro
este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro
solamente. Si no me llamase César Vallejo, también sufriría este
mismo dolor. Si no fuese artista, también lo sufriría. Si no fuese
hombre ni ser vivo siquiera, también lo sufriría. Si no fuese
católico, ateo ni mahometano, también lo sufriría. Hoy sufro desde
más abajo. Hoy sufro solamente.
Me duelo ahora sin explicaciones. Mi dolor es tan hondo, que no tuvo
ya causa ni carece de causa. ¿Qué sería su causa? ¿Dónde está
aquello tan importante, que dejase de ser su causa? Nada es su
causa; nada ha podido dejar de ser su causa. ¿A qué ha nacido este
dolor, por sí mismo? Mi dolor es del viento del norte y del viento
del sur, como esos huevos neutros que algunas aves raras ponen del
viento. Si hubiera muerto mi novia, mi dolor sería igual. Si la vida
fuese, en fin, de otro modo, mi dolor sería igual. Hoy sufro desde
más arriba. Hoy sufro solamente.
Miro el dolor del hambriento y veo que su hambre anda tan lejos de
mi sufrimiento, que de quedarme ayuno hasta morir, saldría siempre
de mi tumba una brizna de yerba al menos. Lo mismo el enamorado. ¡Qué
sangre la suya más engendrada, para la mía sin fuente ni consumo!
Yo creía hasta ahora que todas las cosas del universo eran,
inevitablemente, padres o hijos. Pero he aquí que mi dolor de hoy no
es padre ni es hijo. Le falta espalda para anochecer, tanto como le
sobra pecho para amanecer y si lo pusiesen en la estancia oscura, no
daría luz y si lo pusiesen en una estancia luminosa, no echaría
sombra. Hoy sufro suceda lo que suceda. Hoy sufro solamente.
Hallazgo de la vida
¡Señores! Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la presencia de
la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes dejarme libre un momento, para
saborear esta emoción formidable, espontánea y reciente de la vida,
que hoy, por la primera vez, me extasía y me hace dichoso hasta las
lágrimas.
Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi exultación viene de
que antes no sentí la presencia de la vida. No la he sentido nunca.
Miente quien diga que la he sentido. Miente y su mentira me hiere a
tal punto que me haría desgraciado. Mi gozo viene de mi fe en este
hallazgo personal de la vida, y nadie puede ir contra esta fe. Al
que fuera, se le caería la lengua, se le caerían los huesos y
correría el peligro de recoger otros, ajenos, para mantenerse de pie
ante mis ojos.
Nunca, sino ahora, ha habido vida. Nunca, sino ahora, han pasado
gentes. Nunca, sino ahora, ha habido casas y avenidas, aire y
horizonte. Si viniese ahora mi amigo Peyriet, les diría que yo no le
conozco y que debemos empezar de nuevo. ¿Cuándo, en efecto, le he
conocido a mi amigo Peyriet? Hoy sería la primera vez que nos
conocemos. Le diría que se vaya y regrese y entre a verme, como si
no me conociera, es decir, por la primera vez.
Ahora yo no conozco a nadie ni nada. Me advierto en un país extraño,
en el que todo cobra relieve de nacimiento, luz de epifanía
inmarcesible. No, señor. No hable usted a ese caballero. Usted no lo
conoce y le sorprendería tan inopinada parla. No ponga usted el pie
sobre esa piedrecilla: quién sabe no es piedra y vaya usted a dar en
el vacío. Sea usted precavido, puesto que estamos en un mundo
absolutamente inconocido.
¡Cuán poco tiempo he vivido! Mi nacimiento es tan reciente, que no
hay unidad de medida para contar mi edad. ¡Si acabo de nacer! ¡Si
aún no he vivido todavía! Señores: soy tan pequeñito, que el día
apenas cabe en mí!
Nunca, sino ahora, oí el estruendo de los carros, que cargan piedras
para una gran construcción del boulevard Haussmann. Nunca, sino
ahora avancé paralelamente a la primavera, diciéndola: "Si la muerte
hubiera sido otra...". Nunca, sino ahora, vi la luz áurea del sol
sobre las cúpulas de Sacre-Coeur. Nunca, sino ahora, se me acercó un
niño y me miró hondamente con su boca. Nunca, sino ahora, supe que
existía una puerta, otra puerta y el canto cordial de las
distancias.
¡Dejadme! La vida me ha dado ahora toda mi muerte.
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