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JORGE
EDWARDS
PRÓLOGO DE PERSONA NON GRATA *
A la
distancia, después de lo que podría llamarse su primera etapa, creo que
este libro es uno de los más censurados de los últimos años. Acumuló
censuras oficiales y extraoficiales, explícitas y tácitas, arrogantes y
vergonzantes. Sin excluir, desde luego, la más curiosa variedad de
acusaciones al autor. El chaparrón permitirá confeccionar una lista de
sinónimos y palabras afines: inoportuno, indiscreto, deslenguado, frívolo,
vanidoso, feminoide, agente pagado de la CIA, servidor “objetivo” de la
CIA, burgués, pequeño burgués, diplomático mediocre, escritor inexistente.
En Chile careció de permiso de circulación, eufemismo con que se denomina
la censura, comadrona de abortos literarios, hasta el mes de julio de
1978. Antes de esa fecha se leyó bajo cuerda, sin excesivo disimulo, y
hasta se comentó con profusión y con parcialidad en los periódicos. Hubo
una edición pirata, impresa en Valparaíso, del capítulo sobre la visita
oficial a Cuba del Buque Escuela “Esmeralda” de la Armada chilena. El
capítulo se publicó expurgado, pero conservó el título de vals amable que
le di en la primera edición: “Sobre las olas”. Ahora, decidido a seguir el
manuscrito original, he suprimido títulos y subtítulos.
En Cuba no fue necesario prohibirlo. Pertenece a una especie de libros
prohibida por definición, contaminada por una forma de inexistencia. Allá
se ha llegado al extremo de editar para cubrir las apariencias
internacionales, como en el caso de Paradiso, de José Lezama
Lima, y de Fuera de juego, de Heberto Padilla, pero esos
libros nunca tuvieron una circulación normal. Algo semejante ocurrió en
una época en la Unión Soviética. Por ejemplo, con los cuentos de Isaac
Babel, editados en diez mil ejemplares y agotados en pocos minutos.
Son sutilezas del llamado “socialismo real”. Nosotros los chilenos,
provincianos que somos, habitantes de una faja remota de tierra,
prohibimos un libro editado en el país y éste llega de inmediato, por arte
de magia, a los po-cos lectores que todavía quedan.
Los cubanos hacen exactamente lo contrario. Muestran una obra disidente a
los invitados extranjeros. Se la dejan en el velador, como dejan la biblia
en los hoteles puritanos de América y Europa del Norte. Apenas se han ido
las visitas, tapan la obra con un sombrero de copa después levantan el
sombrero, y el libro desaparece hasta de la memoria de los disciplinados
lectores. Sólo se lo podrá encontrar en las mesas inaccesibles de los
cardenales de la iglesia nueva, junto a otros bienes que también se han
convertido en humo, fuera de aquellas mesas privilegiadas, gracias a la
aplicación milagrosa de la teoría.
Un ex dirigente de la Unidad Popular chilena, en su viajado exilio, tuvo
la oportunidad de asomarse a uno de esos lugares misteriosos donde
construye el futuro el Líder Máximo. Se habló extensamente de Chile. En
medio de la conversación, la mirada del dirigente y la del Líder Máximo
convergieron sobre un ejemplar de Persona non grata, que estaba
encima del escritorio y que tenía papeles blancos entre las páginas.
“Estos libros, naturalmente, yo no los leo”, dijo el Comandante en Jefe,
con un gesto que lo cancelaba de una plumada. ¡Naturalmente!
En Barcelona, hace algunos años, un par de amigos polacos, conectados con
el gobierno de Varsovia, me hizo una visita especial. Sentados en un mesón
de las ramblas, frente a un despliegue de “tapas” suculentas, que
suscitaban exclamaciones de sospechoso entusiasmo, dijeron: ‘Tú no has
escrito nada que nosotros no supiéramos de antemano. Te has limitado a
mostrar, como en la fábula, que el rey andaba desnudo. A nosotros nos
gustaría mucho poder traducir tu libro, pero habría que cortarle los
párrafos subjetivos...”
“¡Cómo! ” exclamé: “ ¡Si es un texto autobiográfico! ¡Todo, desde la
primera linea hasta la última, es subjetividad pura, deliberada y
descarada subjetividad! ¡El libro entero se plantea en ese terreno! ”
Mis amigos de Varsovia, experimentados en estas lides, sonrieron. Si la
situación mejoraba en su país, harían un esfuerzo para publicarlo. La
situación, en lugar de mejorar, empeoró muchísimo, como todos saben, y yo
me limito a recordar aquella tarde de primavera en las ramblas, esperando
que mis amigos sigan con buena salud.
La reacción de los editores occidentales también tuvo aspectos
interesantes. Uno de ellos, muy conocido en Alemania Federal, rechazó el
libro antes de recibirlo. Fue un rechazo de una celeridad insólita. El
editor, oportunamente, había sido informado de que la publicación sería
“inoportuna”. Sus exploradores barceloneses, sus “scouts”, para utilizar
la terminología de la profesión, estaban haciendo méritos. En ese final de
1973, sólo era lícito hablar de la represión en Chile. Todo intento de
comprender lo que había sucedido, a partir de antecedentes más complejos y
más completos, provocaba irritación en las buenas conciencias. Se
practicaba, con bombos y platillos, la indignación unilateral: moral
hemipléjica, paralizada del costado izquierdo. Un crítico chileno
hostilizado en la universidad de los tiempos de Allende; acusado de
tibieza; falto de militancia; expulsado, finalmente, a patadas, con ayuda
de un plumario termocéfalo de brillante trayectoria posterior; tuvo que
organizar su salida a universidades norteamericanas. En esto último, como
se demostraría más tarde irónicamente, el crítico no se diferenció de sus
detractores. Pues bien, se preparó para salir el once de septiembre, el
fatídico 11 de septiembre de 1973, y los acontecimientos de ese día lo
obligaron a postergar el viaje un par de semanas.
En el aeropuerto del Norte lo esperaba una selva de micrófonos. Se
presumía que era uno de los primeros escapados del largo campo de
concentración en que se había convertido Chile. El profesor y crítico
abrió la boca y los periodistas, perplejos, recogieron sus bártulos. Ahora
regresó al país y hace clases en institutos privados de provincia. Enseña
materias como redacción comercial y comportamiento en los cocteles. La
universidad nueva, bajo régimen de intervención militar y de presupuesto
equilibrado, tampoco lo recibe. El, después de su contradictoria
experiencia, cerró la boca y sigue sin abrirla.
Enrico Filippini, que era director literario de la editorial Bompiani, me
recibió en Milán, en octubre de 1974, con motivo de la salida de la
traducción italiana. Un grupo comunista de Pavía le habia pedido una
conferencia sobre Pablo Neruda y él había sugerido mi nombre. Cuando
llegué a Milán, acababa de enviar mi curriculum a Pavía. De pronto sonó el
teléfono. Los de Pavía, con habilidad florentina, declaraban que estaban
desolados. No habían reparado, distraídos, en que la conferencia coincidía
con el día de San Francisco. Sucedía que la tradición de ese aniversario
impedía celebrar actos públicos. El santo había sido persona modesta, casi
selvática. La conferencia, por consiguiente, debería realizarse en una
pequeña escuela. Ellos pedían disculpan anticipadas, y me esperaban con
los brazos abiertos.
Filippini fue partidario de ir. Yo, autor disciplinado, acepté. La charla
tuvo lugar en una sala íntima. Todas las sillas estaban ocupadas por
abnegados militantes del P. C. de Pavía: matronas gordas y hombres
robustos, de caras impávidas, que después, en recompensa, me invitaron a
beber un whisky en un cabaret, lugar calculado para narradores frívolos.
En esos días, Enrico Berlinguer había estudiado el fracaso de Allende y
había desarrollado la tesis del “compromiso histórico”. Como puede
apreciar el lector, los militantes de Pavía asimilaron la tesis con
eficacia admirable: ni cortos ni perezosos, unieron el aniversario del
pobrecillo de Assís a la praxis revolucionaria.
Para ser justo, debo reconocer que la censura fue ejercida primero por el
propio autor, es decir, por mí mismo. No escapé del mecanismo infernal de
la autocensura y no me sorprendí con los innumerables censores que me
salieron al paso. Aplicaban la misma medicina que yo había aplicado en el
pasado, como neófito de la izquierda, el testimonio de André Gide, en su
regreso de la URSS, o al de Guillermo Cabrera Infante, en sus despedidas
habaneras. Mi libro, en consecuencia, pertenece al género confesional en
el sentido más estricto de la palabra: acto de confesión y acto de
contrición.
Para explicar esta edición, que será, espero, la definitiva, tengo que
narrar la historia de mi propia censura. Escrito a la salida de Cuba,
entre abril de 1971 y abril de 1972, en el primer año de gobierno de
Salvador Allende, después de cumplir a tropezones la misión de abrir la
embajada de Chile en La Habana, mientras desempeñaba en París, junto a
Pablo Neruda, poeta y embajador momentáneo, el cargo de ministro consejero,
el libro permaneció guardado bajo siete llaves hasta mediados de 1973,
fecha en que tomé la decisión de publicarlo. La decisión implicaba en ese
instante, cuando aún no se había producido el desenlace final del
allendismo, el alejamiento definitivo de la “carrera”, en cuyo paraguas
protector y a la vez, para desengaño de incautos, tiránico, me había
podido refugiar durante 17 años.
Pasé entonces el texto a máquina, puesto que lo había escrito a mano, con
rotuladores gruesos, en grandes cuadernos de dibujo, y suprimí páginas que
me parecieron excesivamente personales, como ésas del “Paréntesis
portugués”, crónica íntima y melancólica de una noche pasada en una
dictadura de derecha, después de haber vivido con breve intensidad la
experiencia de la dictadura que se supone del proletariado. Suprimí, sobre
todo, pasajes demasiado conflictivos en esos días de crisis chilena, o
comprometedores para personas que continuaban viviendo en Cuba. Había,
para colmo, alusiones al franquismo, ya que el buque escuela chileno había
hecho escala en Barcelona después de zarpar de La Habana, situación que se
prestó para comparaciones escabrosas, y el libro tenía que ser editado en
la España de Franco.
En buenas cuentas, dentro de su rico historial de censura, el primer
censor de este libro fui yo. Y lo fui en dos etapas, de dos maneras
diferentes, ya que cuando estaba por publicarse, después de aquellos
cortes prudentes que había hecho al pasarlo a máquina, las presiones de la
más variada especie, las connotaciones terribles que adquiría el drama
chileno, me obligaron a redactar explicaciones, notas, justificaciones,
agregados que llegaron a ocultar, me parece ahora, el texto. El original,
por ejemplo, entra de lleno, desde la primera línea, en una atmósfera de
sospecha, de conjeturas, de angustia, que durante muchas páginas resulta
inexplicable, y que nunca, a lo largo de la narración, se explica del
todo. La atmósfera de secreto, el misterium regni, el antiguo y
renovado arcano del poder, impedía e impedirá siempre una visión completa
de estos casos. El mosaico se construye con lentitud, pero hay piezas que
desaparecen para siempre. No puede ser de otra manera. Por eso es
saludable entrar de inmediato en una zona de subjetividad pura. Pues bien,
en el texto publicado inserté a última hora alrededor de 15 páginas
iniciales puramente descriptivas, que no corresponden para nada al estilo
del relato y que ahora he procedido a cortar sin el menor escrúpulo.
También he repuesto, sin escrúpulos mayores, el 95 por ciento de los
párrafos suprimidos. Digo 95 por ciento porque todavía subsisten menciones
en el original que podrían causar daño a personas vivas e inocentes. En
algunos detalles particularmente indiscretos, la autocensura ejerció su
efecto paralizador incluso en las sesiones matinales de trabajo. Sólo
quedó una huella en la memoria: el papel siguió en blanco. Mi última
conversación con Lezama Lima para citar un buen ejemplo. Lezama me
insistía en que fuera a visitarlo a su casa de la calle de Trocadero, en
un deseo que resultaría póstumo y que los compromisos del protocolo y de
las despedidas me impidieron satisfacer. Es una de las omisiones de las
que más me arrepiento. Pero nos encontramos una noche entre amigos,
comiendo, bebiendo, fumando tabacos que adquirían para ellos, para esa
alegre compañía, carácter mitológico. El Supremo ya había enarcado una
ceja y esa etapa de regocijo desprevenido terminaría pronto, de unmodo
inapelable. Sólo se mantenía, en esos días de mediados de marzo de 1971,
la ilusión de su posibilidad. Le-zama, Buda asmático, ocupaba un sillón
ceremonial, y yo, recordando su intención de conversar conmigo, me senté
al lado suyo en una silla baja. El se inclinó con esfuerzo, lanzando
bocanadas de humo.
“Y usted, dijo, ¿se ha dado cuenta de lo que pasa aquí?”
“Sí, Lezama”, le contesté.
“¿ Pero se ha dado cuenta, insistió, de que nos morimos de hambre?”
“ ¡Sí, Lezama! ¡Me he dado cuenta!”
Como sucedía siempre en esas reuniones, la comida, la bebida, los tabacos,
habían sido conseguidos gracias a mis prerrogativas diplomáticas, detalle
que el Poder calificaría como una provocación intolerable.
“Es de esperar que ustedes, en Chile, sean más prudentes”, dijo el poeta.
“Es de esperar”, dije.
Si suprimí los añadidos de última hora, mantuve, en cambio, como un todo
separado del texto central, el “Epílogo parisino”, escrito en Calafell y
en Barcelona en octubre de 1973. Amigos de buena voluntad me han observado
que el libro irritó a la mitad de la gente y el epílogo a la otra mitad.
Puede que tengan razón, pero ocurre que el libro, con ese doble filo,
también ha conquistado otros amigos. Me ha permitido vivir más aislado y a
la vez en mejor compañia. Escogí esta condición a conciencia y no me quejo
en absoluto. No deseo volver a ningún redil.
Lanzo el libro así, entonces, como Dios lo echó al mundo y lo hago, por
fin, con un suspiro de alivio, sintiéndome capaz, por primera vez, de
olvidar “todo este desagradable asunto”, como dijo en una carta Pepe
Rodríguez Feo. Desde el instante de su primera publicación, en diciembre
de 1973, su historia estuvo llena de enseñanzas, de paradojas, de
revelaciones y decepciones. De Cuba recibí mensajes misteriosos y algunas
señales, señales remotas, que había que descifrar. En Nueva Orleans, en
una charla universitaria de fines del año 80, un cubano viejo se levantó
al fondo de la sala y dijo que él había leído el libro en la fortaleza de
El Príncipe, donde había estado preso durante 15 años. Había tenido que
pagar diez pesos, equivalentes, al menos en la teoría económica del
fidelismo, a diez dólares, para adquirir el derecho de lectura
clandestina. ¿Qué más podría pedir un autor, aun cuando no percibiera el
diez por ciento de aquellos derechos singulares? En esta época de tirajes
inflados y sostenidos con música de guarachas y propaganda televisiva, la
obra estuvo a mitad de camino entre el “samizdat” y las publicaciones
normales. ¿Fue un caso premonitorio, un anticipo de la mirada omnipresente
del Hermano Mayor? Veo todavía a los jóvenes críticos de Madrid y de
Barcelona rasgándose las vestiduras, sofocados de indignación.” ¡La
oportunidad estaba mal escogida! Había que “morir pollo”, como decimos en
Chile. Es decir, colocar la cabeza con docilidad para recibir el machetazo
de la cocinera. Recomiendo, a este respecto, las siguientes lecturas: La
gallina degollada, de Horacio Quiroga; las memorias de Nadejda Mandelstam;
el último discurso de Isaac Babel en la Unión de Escritores Soviéticos.
Aprendí en carne propia que la literatura, el periodismo literario, la
edición, la cátedra, los cafés de la ribera izquierda del Sena y de las
capitales de América Latina son verdaderos nidos de censores, de soplones
vocacionales, de hombres de cabezas cuadradas, que sólo saben intercambiar
esquemas, ideas recibidas, naipes sobajeados y marcados. Esclavos de la
consigna, como dijo antaño, con su lucidez habitual, Vicente Huidobro.
Falta un trabajador voluntario que ponga el diccionario de Flaubert al día.
Las autoridades chilenas, desde luego, también estimaron que el momento de
la publicación había sido inoportuno. Era cierto que Fidel Castro bajaba
de su pedestal y quedaba en pantunflas, pero ¿por qué se me había ocurrido
incrustar ese maldito epílogo? ¿Qué tenía que ver? ¿No habría sido escrito
por encargo de los editores europeos, cómplices complacientes o miembros
activos de la Inspiración internacional contra Chile? Examinaron el caso
con lupa midiendo los pros y los contras, y sólo autorizaron el libro
cinco años más tarde, en los días de mi primera visita al país después de
los “sucesos chilenos”. En esos días, en una reunión social, un personaje
creyó necesario advertirme que en Chile jamás se había ordenado quemar
libros después del ll de septiembre de 1973, a pesar de lo que yo, mal
informado, consignaba en ese epílogo escrito desde fuera. Cuando hablaba
de lo que había vivido en Cuba en carne propia, acertaba medio a medio,
pero cuando repetía historias sobre Chile que no había conocido de cerca,
cometía un acto de flagrante injusticia de lesa patria. En cuanto a las
cacareadas quemas de libros, lo que había ocurrido era que unos soldados,
mientras practicaban un allanamiento en una calle céntrica, en una noche
de intenso frío, habían cogido unas despapeladas ediciones de Moscú, de
ésas que se repartían en el país por toneladas, y en un minuto de
distracción de sus jefes las habían tirado a una fogata donde se
calentaban las manos. En esos precisos instantes había pasado un
periodista de Nueva York, adherente entusiasta a la conspiración foránea,
y había difundido la noticia por los télex del universo entero.
No era, desde luego, una versión oficial. Era la explicación de un
simpatizante comedido, y sirvió para estimular las risas y las bromas de
una sobremesa amable. ¡Todo era porque los soldados tenían frío! Quedó
demostrado que los chilenos, en esos días de mi regreso al país a mediados
de 1978, ya empezaban a recuperar el sentido del humor. Después, como se
sabe, el humorismo nacional ha seguido un ritmo de aceleración
vertiginosa.
Entrego el libro, entonces, en su versión original y definitiva, libre de
los estragos de mi propia censura y de la ajena. Lo entrego dispuesto a
observar cómo se acomoda con su destino, pero a observarlo, esta vez,
desde la distancia, libre de temores y ansiedades, como si se tratara de
la obra de otra persona, o del caso de otro que yo he tratado de narrar a
mi particular manera.
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Prólogo de la edición de Persona non grata, de Jorge Edwards para
Editorial Seix Barral.
(En esta edición se publicó por primera vez el manuscrito original y
completo de este libro).
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