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Modernismo
literario
1890-1920

Durante los últimos años del siglo XIX se produce una gran renovación
en las prácticas literarias y en las corrientes
estéticas, cuyo principal
escenario es Buenos Aires, que aceleradamente comienza a introducir los
ritmos de la ciudad moderna. Momento de grandes cambios políticos, culturales
y sociales que, originados en gran medida por las olas inmigratorias,
producen un proceso de creciente urbanización y alfabetización, un desarrollo
comercial y administrativo, y varias formas de democratización que van
creando las bases del moderno público masivo. La existencia de este público,
nacido de las campañas de alfabetización, se articula con el surgimiento
de la prensa popular, cuyas primeras manifestaciones son el aumento decisivo
de la oferta periodística y la proliferación de revistas. En esta expansión
de la prensa se ubica el nacimiento de la revista Caras y caretas (1898),
dirigida por
José Sixto Alvarez
(1858-1903) —más conocido como Fray Mocho—, cuyo gran hallazgo es la mezcla
miscelánea de caricaturas e ilustraciones junto con gran cantidad de temas
nacionales y extranjeros que abarcan desde noticias sociales, notas de
interés general, pastillas sobre la moda, hasta consejos sanitarios. Junto
a esta mezcla de notas, la revista publica textos literarios, provenientes
también de estéticas
diferentes: modernismo, literatura costumbrista,
realista o rural
El
género predominante es el costumbrismo, cuyo mayor exponente es Fray Mocho,
el primer escritor profesional de la Argentina, cuyos textos más importantes
son Esmeraldas. Cuentos mundanos (1885), Memorias de un vigilante (1897),
Un viaje al país de los matreros; Cinematógrafo criollo (1897) y la recopilación
de Cuentos de Fray Mocho (1906). En sus cuadros de costumbres, el narrador
es espectador, observador o conversador, cualidades que lo habilitan para
conocer a los habitantes de su ciudad y caracterizarlos en sus rasgos
más sobresalientes. A través de un tipo se estudia el aspecto físico,
psicología, costumbres y vida de un carácter representativo de una clase
social o de un estrato ideológico o profesional. Fray Mocho asume el rol
de espectador; teoriza y filosofa acerca de lo observado y resuelve con
eficacia la relación del lenguaje coloquial y el lenguaje literario, convirtiendo
los diferentes registros del habla porteña, tanto el lunfardo como el
de las capas medias, en material narrativo.El modernismo fue un movimiento
de reacción contra el romanticismo trasnochado y la rigidez del idioma
castellano ante nuevas orientaciones culturales. En este intento profundo
de renovación y actualización del lenguaje influyeron ideas y movimientos
heterogéneos. El estudioso Pedro Henríquez Ureña sostiene que renovó integramente
las formas de la prosa y de la poesía: vocabularios, giros, tipos de verso,
estructura de los párrafos, temas y ornamentos. El verso tuvo desusada
variedad, como nunca la había conocido antes, se emplearon todas las formas
existentes y se crearon otras nuevas.
Esta revolución estética se inició en la Argentina en 1893, año en que
por vez primera llega a Buenos Aires el nicaraguense
Rubén Darío.
El poeta ya era conocido en nuestro medio por su libro Azu/, que publicó
en 1888 durante su estada en Chile, y por sus colaboraciones enviadas
al diario "La Nación", a partir de 1889. Fue recibido como un
maestro y agasajado en el culto ambiente intelectual y por la bohemia
de la ciudad. Se ha comprobado que el modernismo debe sus comienzos al
cubano José Martí (1853-1895) y al mexicano Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895),
que iniciaron a través de la prosa un proceso de actualización literaria,
antes que Darío hiciera conocer sus libros Azu/ —en prosa y verso— y Prosas
profanas, en verso.
El escritor nicaraguense fue un conocedor profundo del idioma castellano
y basado en su vinculación con los poetas franceses de las escuelas simbolistas
y parnasianas renovó la métrica y combinó versos que hasta su época eran
inconciliables —el endecasílabo y el alejandrino— y utilizó el de nueve
sílabas, muy poco empleado. Se considera a Darío como el maestro del modernismo,
el primer gran poeta exquisito de nuestro idioma —según Rodó— cuya
influencia se esparció por América y España.
La tendencia modernista expresó una voluntad de cambio y también de disconformidad
a lo español, reaccionó
contra la expresión fácil para inclinarse al virtuosismo
y su génesis no fue directamente importada de Europa, sino que surgió
de un proceso literario americano y argentino. Por vez primera —escribió
Amado Alonso— América asume la dirección poética en la lengua española.
El movimiento literario no sólo recibió influencias de los parnasianos
y simbolistas franceses, sino también de las mitologías griega, germánica,
nórdica y precolombina.
Los modernistas renovaron el lenguaje poético y por medio de símbolos
e imágenes expresaron con otro sentir la realidad. Muy sensibles y guiados
por la imaginación se refugiaron en mundos del pasado irreal o lejano.
Por esto, lo exótico es uno de los caracteres de esta escuela que incluyó
en su temбtica
la Grecia eterna, el lejano Oriente, Francia en la época borbónica y mitos
clásicos, germánicos y precolombinos.
En el año 1890 y en un escrito, es
Rubén Darío
el que se refiere al modernismo como una corriente del pensamiento
literario y poco más tarde —en 1899— esta palabra fue incorporada al
Diccionario de la Real Academia Española a instancias del sabio polígrafo
Menéndez y Pelayo.
El
ambiente propicio de Buenos Aires

Sabemos
que el modernismo se inicia en la literatura argentina en agosto de 1893
con la primera llegada de
Rubén Darío
a Buenos Aires. Desde ese momento hasta fines de 1898 en que partió para
España, la ciudad porteña —que él denominó Cosmópolis— le brindó
su generosa hospitalidad y propicio ambiente cultural. Así lo reconoció
el poeta al escribir: "Fue para mí un magnífico refugio la República
Argentina, en cuya capital, aunque llena de tráfagos comerciales, había
una tradición intelectual y un medio más favorable al desenvolvimiento
de mis facultades estéticas."
La unánime simpatía con que fue recibido Darío en nuestros círculos intelectuales
también contó con la adhesión del periodismo. Así lo expresó
Joaquín V. González
desde las columnas de "La Prensa" y Julio Piquet por intermedio
de "La Nación". Aunque algunos objetaron principios de la estética
modernista más tarde reconocieron la importancia y méritos de la nueva
escuela literaria, particularmente después de la publicación de Prosas
profanas (1896), el libro de versos
que provocaría un gran cambio
en la literatura de América.
Desde sus comienzos, el modernismo encontró en Buenos Aires un ambiente
cultural que favoreció su aceptación. Colaboraron en este proceso la apertura
de la Facultad de Filosofía y Letras, la revista "La Biblioteca"
que dirigió
Paul Groussac,
el número creciente de periódicos, un mayor interés por los ideales de
la cultura y la gradual decadencia de la poesía posromántica. En esas
épocas, la capital argentina ya era una capital pujante en ostensible
crecimiento, dirigida por una alta burguesía. Esta élite que en principio
había apoyado el aluvión inmigratorio, hacia 1885 comenzaba a demostrar
su desagrado ante la influencia extranjerizante en las costumbres y el
idioma. Sin embargo, no por esto el lujo y la ostentación como también
los inevitables viajes a Europa —especialmente a Francia— dejaron de ser
factores predominantes de los altos círculos.
Por otra parte, después de la revolución de 1890 se consolida en nuestro
país una heterogénea
clase media, surgida de la inmigración, integrada
en mayoría por hombres cultos —escritores, profesionales, educadores—-
que se inclinan en favor de los humildes y proponen nuevas soluciones
sobre la base de las doctrinas del radicalismo y del socialismo. También
se inicia la lucha del proletariado ante la agitación de los anarquistas
y en distintos barrios de la capital se abren centros obreros y bibliotecas
con obras de literatura izquierdista.
La llegada de
Rubén Darío
a Buenos Aires despertó interés en los medios intelectuales, no sólo entre
la alta clase social sino también en los cenáculos literarios de cafés
y tertulias a las que asistían periodistas y artistas desplazados. La
bohemia porteña adhirió al modernismo y provocó una especie de nivelación
social y cultural, al agrupar a los poderosos patricios con hombres que
bregaban por nuevas formas políticas.
Es evidente que el modernismo surgió de situaciones estéticas comunes
a un período de rebeldía social y política y esto explica la mentalidad
revolucionaria y disconforme de algunos destacados representantes de esta
escuela literaria en nuestro medio.
La
difusión del modernismo
Para
que la tendencia modernista cobrase impulso fue necesario que sus seguidores
utilizaran en favor de la escuela, revistas literarias, periódicos, diarios,
libros y tertulias culturales. La primera en iniciar la lucha por la difusión
fue la "Revista de América" —de efimera existencia— que fundaron
Rubén Darío
y Jaimes Freyre en 1894, con el propósito de convertirla en órgano
de la generación nueva. Al año siguiente comenzó la publicación de
la revista semanal titulada "Buenos Aires" y, en 1896, "La
Biblioteca", a iniciativa de
Paul Groussac,
estudioso francés que si bien no adhirió al movimiento, pues respondía
a la orientación ideológica de la generación del 80, permitió
que en sus páginas colaboraran varios representantes del modernismo.
En 1898 apareció la revista el "Mercurio de América" que fundó
Eugenio Díaz Romero y cuya finalidad era mantener el espíritu
de la innovación. Entre sus colaboradores figuraron
Darío,
Leopoldo Lugones,
Leopoldo Díaz,
José Ingenieros
y otros. También deben citarse las revistas tituladas "Atlántida",
"La Quincena" y "La Montaña", esta última de tendencia
anarquista fundada por
Lugones
e
Ingenieros.
En la difusión de los objetivos literarios modernistas colaboraron los
diarios "La Prensa" y "La Nación", al publicar trabajos
de escritores argentinos y versos originales de poetas franceses. Otros
impresos difusores fueron "El Almanaque Sud-Americano" (1877)
y "El Almanaque Peuser" (1888).
El Ateneo de Buenos Aires o asociación de carácter literario y
artístico, surgió como centro de difusión cultural en una de las periódicas
reuniones que se efectuaban en la residencia del poeta
Rafael Obligado.
En el trascurso de una asamblea realizada el 23 de julio de 1892 nació
bajo la presidencia provisional de don
Carlos Guido y Spano.
A principios de abril del año siguiente, El Ateneo se instaló en el
edificio situado en la Avenida de Mayo esquina Piedras, presidido ahora
por el poeta Calixto Oyuela, quien en el mes de agosto —en una
reunión que contó por vez primera con la asistencia de damas—pronunció
un discurso sobre el tema: La raza en el arte.
Aunque la institución estaba dirigida por un grupo de tradicionalistas,
permitió el diálogo con las nuevas corrientes estéticas, quienes finalmente
no tardaron en imponer sus principios renovadores.
La mayor parte de los escritores de la generación que dio impulso al modernismo
en la Argentina cultivaron indistintamente la prosa y el verso, en consecuencia
no sería correcto separarlos para su estudio de acuerdo con su forma de
expresión, sin embargo, pueden dividirse teniendo en cuenta el aspecto
en que más se destacaron dentro de su labor literaria. La escuela modernista
prolongó su influencia en nuestro medio hasta la época de la muerte de
Rubén Darío (1916)
para luego dar curso a otras corrientes estéticas .
Entre el grupo de poetas debe citarse a
Leopoldo Lugones,
Leopoldo Díaz,
Ricardo Jaimes Freyre —nacido en Bolivia aunque publicó casi toda su obra
en Argentina—, Eugenio Díaz Romero, Antonio Lamberti, Carlos Ortiz, Martin
Goycoechea Menéndez, Carlos Becú, Matías Behety y Diego Fernández Espiro.
Entre los prosistas
Angel de Estrada
—que también fue poeta—,
Enrique Larreta,
Alberto Ghiraldo y
Manuel Ugarte.
El
postmodernismo - La
generación del Centenario
Hacia
1910 nace la denominada "generación del centenario". Un componente
importante dentro del clima ideológico de ese momento es el hispanismo:
el espíritu de conciliación hacia España y la herencia española que tomó
auge particularmente después de la guerra hispano-norteamericana, abre
paso a una nueva visión del pasado y alimenta el mito de la raza. Esta
nueva actitud aparece tanto en La restauración nacionalista (1922),
de
Ricardo Rojas,
como en El solar de la raza (1913), de
Manuel Gálvez,
donde señala que "ha llegado ya el momento de sentirnos argentinos,
de sentirnos americanos y sentirnos en último término españoles, puesto
que a la raza pertenecemos". El otro componente es el nacionalismo
cultural que, en el marco de una modernización, secularización e inmigración
crecientes, lleva a la búsqueda de una tradición nacional propiamente
literaria. Representantes de la reacción nacionalista son
Ricardo Rojas,
Leopoldo Lugones
y
Manuel Gálvez.
Estas
tendencias encuentran su momento de cristalización a partir del establecimiento
del Martín Fierro de
José Hernández
como texto fundador de la nacionalidad. A partir de esta lectura, el gaucho
deja de ser el representante de una realidad bárbara que hay que dejar
atrás en la marcha hacia la civilización, y se convierte en el símbolo
con el que se trama una tradición nacional que el mismo progreso y la
inmigración amenazan con disolver. La búsqueda por una
identidad nacional
lleva, desde diferentes sectores, a una revalorización del Martín Fierro,
cuyo punto de condensación son las conferencias de
Lugones
de 1913, publicadas en 1916 bajo el título El Payador.
Lugones
da respuesta a una pregunta que formaba parte de las preocupaciones que
anidaban en el espíritu del centenario acerca de la existencia de un poema
épico que condensara y resumiera el principio original de la nacionalidad,
dado que encuentra en el Martín Fierro ese poema épico fundador
de la nacionalidad en el cual su héroe —el payador— sintetiza la vida
heroica de la raza.
Las
dos primeras décadas de la presente centuria integran en la literatura
argentina el período del postmodernismo o de la "Generación
del Centenario", por cuanto este movimiento cultural heterogéneo
desarrolló parte de su actividad principal en tiempos de las grandes conmemoraciones
patrióticas. En el aspecto de nuestra evolución política se relaciona
con la primera presidencia de Yrigoyen. Fue una época de transición entre
el ocaso del modernismo, que prolongó una influencia postrera y ciertas
formas vanguardistas que más adelante integrarán el movimiento de la revista
"Martín Fierro" y el llamado Grupo de Boedo.
Los intelectuales del postmodernismo pudieron dedicarse con intensidad
a su vocación literaria y aunque en ellos se adviertan diversas sensibilidades,
existió una común línea estética de conservar lo ya logrado y un intento
—bien importante, por cierto— de expresar todo lo argentino en un época
en que el sentimiento nacional había permanecido olvidado. Esta generación
trató de liberarse de los artificios y preciosismos verbales del modernismo,
depuró los aportes recibidos y buscó nuevos modos expresivos. Dio origen
a un amplio proceso estético, desde preconizar por vez primera un nacionalismo
literario —de oposición al europeísmo característico del 80— como parte
de un extenso plan proyectado por
Ricardo Rojas
en la Restauración nacionalista, hasta llegar a una apertura en
lo social y psicológico y un retorno a la tradición clasica.
Con un propósito de reivindicación idiomática, los escritores del Centenario
bregaron por una lengua mejor y más depurada —particularmente en la expresión
escrita— y se opusieron al voseo y todo intento de bastardeo lingüístico.
Consideraron a España como la fuente auténtica del idioma, que en nuestro
medio había sufrido la influencia de las expresiones gauchescas y lunfardas.
En este movimiento de nacionalismo castizo se enrolaron —entre otros—
Ricardo Rojas,
Baldomero Fernández Moreno,
Arturo Capdevila,
Manuel Gálvez
y
Roberto Giusti.
La poesía continuó bajo la tutela del lirismo modernista, aunque se ensayaron
nuevas formas, con un ansia de libertad tendiente a alcanzar un arte puro.
Tampoco se abandonaron las auténticas corrientes clásicas y románticas.
La novela se mantuvo dentro de las corrientes realistas, en particular
francesas. Su más destacado representante fue
Roberto Payró
—que tradujo a Emilio Zola— seguido también por
Manuel Gálvez
en alguno de sus libros, entre ellos el titulado La maestra normal.
El realismo se expresó en la novela de costumbres campesinas con
Benito Lynch.
La temática de la ciudad alcanzó un primer plano ante una generación que
pudo observar la hipertrofia de Buenos Aires, con su cosmopolitismo de
"ciudad-babel". El desmesurado crecimiento de la urbe porteña
inspiró a los escritores en los más variados enfoques. El arrabal y los
prototipos del suburbio, los temas referentes a la "mala vida",
a los conventillos y vicios propios del hacinamiento que fueron expresados
con realismo por
Evaristo Carriego,
Manuel Gálvez
y Héctor Pedro Blomberg, entre otros.
La literatura de imaginación se enroló de preferencia en la cuestión
social del hombre frente al mundo que lo rodea, pero no sólo en el
aspecto urbano sino también rural. Dentro de un tono redentor, irónico,
sentimental y hasta didáctico, se realizó una atenta descripción de la
miseria entre los desheredados de las ciudades y la angustia del campesino
ante la explotación rural.
Debido a su brevedad, el cuento alcanzó buena difusión y fue apoyado por
un público constante, lector de diarios y revistas. En este género se
destacó, con un marcado acento de tragedia y fatalidad, el rioplatense
Horacio Quiroga,
nacido en Uruguay pero que escribió y publicó toda su obra en la Argentina.
Revistas
literarias

En
el panorama generacional del Centenario se producen nuevos aportes que
favorecen la actividad del intelecto. Se impone el profesionalismo entre
los escritores pues la mayoría de ellos viven de su pluma o desempeñan
actividades acordes con su capacidad. El 29 de setiembre de 1910 fue promulgada
la ley de propiedad literaria y en 1913
Ricardo Rojas
inaugura en la Facultad de Filosofía y Letras la cátedra de Literatura
Argentina, la primera de esta asignatura que funcionó en el país.
Poco más tarde, el mismo estudio figuraría en los programas de la enseñanza
secundaria.
La publicación de la Historia de la literatura argentina, de
Ricardo Rojas,
significó un acontecimiento de importancia en el panorama de la labor
intelectual. La primera edición vio la luz dividida en cuatro tomos de
formato mayor, de acuerdo con el siguiente orden cronológico: Los gauchescos
(1917); Los coloniales (1918): Los proscriptos (1920),
y Los modernos (1922). La obra obtuvo el Premio Nacional de
Letras otorgado por la Universidad de Buenos Aires. En este trabajo
fundamental, consecuencia de numerosas lecturas e investigaciones personales
en diversos archivos, el autor creó cuatro grandes ciclos para ofrecer
por vez primera un estudio sistemático de nuestra literatura y también
—como lo aclara en el subtítulo— un ensayo filosófico sobre la evolución
de la cultura en el Plata. Partiendo de la doctrina la tierra forja
la raza,
Ricardo Rojas,
basado en su credo indianista, presenta a la literatura en función de
la nacionalidad.
La disminución de los índices de analfabetismo —debido a la aplicación
de la Ley N° 1420— y el gradual aumento de un público lector surgido en
gran parte de la clase media motivó que a partir del año 1915 algunas
editoriales privadas iniciaran la difusión de libros pertenecientes a
autores nacionales. En esta forma aparecieron las Ediciones Mínimas
y La Biblioteca Argentina, seguidas, por La Cultura Argentina,
esta última bajo la dirección de
José Ingenieros,
que abarató los precios de venta para extender su función educativa.
A comienzos de este siglo aparecieron revistas literarias que fueron portavoces
de un grupo, el cual a su vez, expresó los puntos de vista de su generación.
Esta actividad crítica, a veces con enfoques novedosos que aún tienen
vigencia, se expresó a través de algunas publicaciones especializadas.
La primera de ellas fue " Ideas" (1903-1905), que fundaron
Manuel Gálvez y
Ricardo Olivera. Le siguió la revista literaria más importante de las
primeras cuatro décadas de este siglo en la Argentina, titulada "Nosotros",
que apareció en dos épocas (1907-34 y 1936-43). En los 390 números de
su larga existencia enroló a los más destacados escritores y críticos
de nuestro medie. Fue dirigida por
Roberto Giusti
y
Alfredo Bianchi.
El
primer número de la revista "Ideas" tiene fecha del 1° de mayo
de 1903. La colección completa comprende seis tomos. El primer artículo
titulado Sinceridades, lo firma Ricardo Olivera, quien en uno
de sus pasajes escribe: "No es una revista conservadora ni tampoco
una revista revolucionaria: no pertenece a ninguna escuela. En sus páginas
recibirán hospitalidad afectuosa todos nuestros verdaderos intelectuales
".
El primer tomo comprende los números de mayo, junio, julio y agosto de
1903; el segundo tomo los correspondientes a setiembre, octubre, noviembre
y diciembre de ese año. En total 8, numerados mensualmente. El tercero
y cuarto tomos abarcan los núrneros de enero a agosto de 1904. El quinto
los comprendidos entre setiembre y diciembre de ese año. En total del
9 al 20. El sexto tomo comprende los números editados mensualmente entre
enero y abril de 1905 (del 21 al 24).
Entre los primeros colaboradores de "Ideas" recordemos a Ricardo
Olivera, Emilio Ortiz Grognet, Julián Aguirre (Música), Juan Pablo Echagüe
(Letras Argentinas), Emilio Becher (Letras Francesas), Manuel Gálvez (Teatro),
Martín Malharro (Pintura y Escultura). Luego se incorporaron Ricardo Rojas
(Letras Hispanoamericanas), Atilio Chiappori (Letras Argentinas), Abel
Cháneton (Teatro), etc.
La colección de "Nosotros" es el fiel testimonio de toda una
época en la literatura de nuestro país. La revista fue testigo de un largo
período de evolución cultural y en sus páginas tuvieron cabida numerosos
escritores, desde los representantes de la bohemia de principios de siglo,
hasta los vanguardistas de épocas más recientes.
La amistad entre sus directores
Giusti y
Bianchi
surgió años atrás, en las aulas de la Facultad
de Filosofia y Letras de
Buenos Aires. Ellos concibieron la nueva publicación y
Alberto Gerchunoff fue
quien sugirió el título. En 1910, la revista debió interrumpir por un
año su contacto con los lectores. En julio de 1912 y debido a problemas
económicos se organizó la Sociedad Cooperativa Nosotros que presidió
Rafael Obligado.
A partir de entonces la revista cambió de formato, amplió el número de
sus páginas e incorporó nuevos colaboradores, hasta contar con la casi
totalidad de los escritores más representativos de aquella época. En 1921,
"Nosotros" publicó el manifiesto del "ultraismo" de
Borges
y, al año siguiente, la primera antologia de esa orientación literaria.
El último número de la primera época de la revista es el 299-300, correspondiente
a abril-diciembre de 1934.
Dieciséis meses despues comenzó la segunda época (abril de 1936) que comprende
90 números. En el primero realizó una encuesta sobre "América y el
destino de la civilización
occidental", que obtuvo la respuesta de
muy destacados escritores. El número correspondiente a
mayo-julio de 1938
dio a conocer una muy importante documentación sobre
Lugones.
El último número extraordinario correspondiente a abril-junio de 1943
(85-87) está dedicado a la memoria de uno de sus directores,
Alfredo Bianchi,
fallecido poco antes.
Finalmente, "Nosotros" dejó de aparecer en setiembre de 1943.
El
creciente interés del público por obras en prosa y en verso de autores
nacionales motivó la publicación —en la segunda década de la presente
centuria— de tres antologías literarias: Nuestro Parnaso creada por Erneslo
Barreda, Anlología contemporánea de poetas argentinos de Ernesto Morales
y Diego Novillo Quiroga, y una selección efectuada por
Manuel Gálvez con
el título de Los mejores cuentos.

Poetas
y prosistas
Numeroso
y calificado es el grupo intelectual que puede ubicarse dentro de la generación
que nos ocupa. Es conveniente aclarar que el ordenamiento en poetas y
prosistas siempre ofrece dificultades, por cuanto son varios los que cultivaron
con igual acierto ambos medios expresivos.
Entre los poetas y dentro del lirismo predominante, se advierten diversos
matices. Algunos como
Ricardo Rojas,
Enrique Banchs,
Arturo Marasso y Pedro Miguel Obligado utilizaron el verso con severa
sobriedad y contención del sentimiento; otros fueron evocativos y emocionales
—Arturo Capdevila,
Alfonsina Storni—
o bien se destacaron por su sencillez y fuerza expresiva, como
Baldomero Fernández Moreno
o
Evaristo Carriego.
La prosa que comprende a los narradores y ensayistas que continuaron dentro
del realismo tradicional reunió figuras de alto nivel. Cabemencionar
nuevamente a
Ricardo Rojas
y
Arturo Capdevila junto a
Horacio Quiroga,
Manuel Gálvez,
Alberto Gerchunoff,
Hugo Wast (seudónimo de Gustavo Martínez Zuviría) Carlos Alberto Leumann,
etc. Dentro de esta generación y con matices de costumbrismo y narrativa
rural, deben recordarse los nombres de
Roberto Payró,
Benito Lynch
y
Ricardo Güiraldes.
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