el sitio del idioma español

inicio

literatura

música

gramática

traducciones

noticias

el idioma español

correo

mercosur

En un día como hoy:

LITERATURA ECUATORIANA

DÁVILA ANDRADE

RESEÑA

Jorge Carrera Andrade

Carrrera Andrade-Poemario

César Dávila Andrade

D. Andrade-A respecto de

D. Andrade-Poemario

Jorge Enrique Adoum

Juan Bautista Aguirre

Jorge Icaza: Vida-Obras

Icaza - léxico popular ecuat.

Icaza - Prosa: Sed (1933)

Icaza - Prosa: Cachorros (1933)
 
 
 
 
 
 

JORGE ICAZA(1906)  

Cachorros (1933)

 

 

La india Nati, sentada en el umbral de la puerta de la choza de su huasipungo, cual hijuelo en color y en forma que le hubiera salido a la rústica vivienda, con el guagua en la falda prendido a la teta, miraba y remiraba hacia el vértigo de la ladera y hacia los confines del valle surcado por la cicatriz de un largo camino. Ese día no fue al trabajo tras de su marido, taita José Callaguazo, como tenía por costumbre. Amaneció enferma y, además, era el último mes de su segundo embarazo.

La inquietud de la espera, la ternura maternal para dormir al cachorro, la indefinida angustia de su habitual abandono, la cólera y el rubor de víctima por viejos atropellos de los patrones, y todo lo que en la intimidad de la mujer bullía en forma indefinida y viscosa, se dejaba arrullar por el murmullo del follaje de un pequeño bosque que se extendía más allá del barranco; de aquel bosque de eucaliptos -avenidas de pértigas invitando a soñar hacia lo alto y hacia lo largo, árboles quijotes a pie y lanza al cielo, espejismo de una raza que sueña y se la entierra- por donde apareció taita José, con su figura de agobiada cabeza, de anchas espaldas que se escurren por las cuatro esquinas del poncho, de piernas cortas, prietas, mal abrigadas por un viejo calzón de liencillo.

Al sonar en la no hollada inconsciencia del pequeño los pasos de su padre, aquel gigante poderoso y malo que vivía en torno suyo, desapareció como por encanto la teta bajo la pringosa camisa de la madre; su teta, cosa grata y feliz como ninguna otra en ese momento de la vida, él, pequeño indefenso, tuvo que llorar en tono de maldición y desafío. 

¿Contra quién?

¿Contra qué?

El llanto transformó entonces el cansancio de taita José en desesperación silenciosa, reprimida, rumiante, después de arrojar las herramientas que trajo del campo en un rincón y acurrucarse en el suelo. Y lo oscuro en la piel, y lo bilioso en las pupilas, y lo alejado en el gesto del runa se tornaron más impenetrables.

¿Su hijo?

¡Oh! Cachetes rojos, pelo castaño de los patrones de la casa de la hacienda. 

¿Por qué el guagua, su guagua, salió así?

¿Sabía...? ¿No sabía...? 

¡Carajuuu!, exclamaba la sangre del runa confundido al topar con aquella verdad, con aquella verdad que había que envolverla en dudas, en preguntas, en silencios. Por decir algo, el indio ordenó a su mujer:

-Candelita prenderás, pes.

-Arí, taiticu -respondió Nati dejando en el jergón al crío, que volvió a chillar con mayor resentimiento mientras ella encendía el fogón y ponía la olla de barro sobre la lumbre.

Al final, el llanto del pequeño se ahogó en el humo. El mismo humo que había tapizado de hollín las paredes y el techo de paja y palos. Y al quedarse dormido el rapaz, soñó: «Tendido de bruces, a la orilla del maíz puesto a secar en el patio del huasipungo, siente, ve y palpa la teta de mama Nati llenándole la boca, toda la boca. Sí, es la teta, su teta.¡Mamiticaaa! Solos, felices... Él, al devorar; ella, al dejarse devorar. Sabrosa, tibia, mama Nati. La teta llena. Llenitaaa. Sabrositaaa... De pronto, sobre ellos, la cara hosca, prieta, del hombre que vive en torno suyo, como una maldición junto a ellos. Siempre... Los ojos encendidos, los labios voraces, los pelos empapados en sudor y pegados a la frente. Acercándose, acercándose... ¡Oh! A quitarle su dulce placer. Su mama Nati... Y ella hablaba con el hombre feroz, con el hombre imposible, con el hombre que se halla siempre en lo alto, y se acerca a él, y llora con él, y se abraza a él, y trabaja con él, y ríe con él, y duerme con él, y se va con él... Conspiran, lo abandonan, lo dejan solo... Solitico... Ha desaparecido su teta llena, color a barro cocido... Su mama Nati... ¡Soliticooo!».

 

La mañana se había despertado acatarrada y se arropaba bajo un cielo gris. Los indios y las indias de la ladera, del valle, de la montaña y del barranco, tiritando de frío, vacío el estómago, llegaban a esas horas a su trabajo en las sementeras del alto, en los desmontes del bajío, en la limpia de las quebradas, en el arreglo de la cerca, en los desagües de los pantanos. Para buena suerte, la imaginación en los hombres se abrigaba de grandes copas de aguardiente o con pilches rebosando de guarapo; en las mujeres, en cambio, les consolaba la esperanza de la lumbre del fogón a la noche. 

Taita José Callahuazo y mama Nati -dos números en la tropa de los peones que abren una interminable zanja de lodo, agobiados por la barra que hunde él y por la pala que usa ella- también pensaban en sus cosas. Taita José, a cada carajuuu de coraje que sembraba en la tierra con su herramienta, ladeaba y desechaba por absurdos -como quien escoge maíz podrido- sus proyectos para solicitar un adelanto a los patrones por el parto de su mujer. «Ya mismitu caraju suelta el guagua. Esticu sí, pes... Míu mismu... Ojalá, pes... Comu quiera me he de separar unus rialitus para tomar un buen puritu. Veinte sucres. ¿Dará veinte sucres al pobre runa? ¡Qué ha de dar, pes! Una copita siquiera... El sábadu ha de gritar taita mayordomo desde el corredur de la casa de la hacienda: ¡Taita José Callahuazo! Sólu un sucre en la semana. Sólu cincuenta centavitos. Faltas al trabaju, pes. Descontandu por fiesta a Mama Virgen, pes. Deudas de taita vieju también. Uuu... Peru yu he de decir, pes: Taitiquitu, boniticu, pur vida suya, pes. Un adelanticu para guarmi que quiere parir nu más... ¡Caraju! ¿Nu dará duru comu otras veces? Pur atrevidu, pur runa brutu, mañosu. Jodidu está hablar. Jodidu está pedir. Yu soliticu. ¿Cómu, pes?».

Por curiosa coincidencia todos los peones apuntaban con su imaginación al mismo blanco: los pagos de la tarde del sábado en el corredor de la casa de la hacienda. Tomás Chiluisa, quien nunca recibía nada por haber perdido dos reses cuando fue cuentayo -a más de los descuentos generales: una vez en la vida prioste y la deuda de sus mayores como herencia-, había llegado al consuelo nebuloso y amargo de las maldiciones. Y Manuel Cahueñas, el cual no entendía que en la ley del embudo si a diez le quitan cinco no queda nada. Y Antonio Hachi que faltaba desde varios meses atrás al reparto de los centavos, temiendo, sin duda, que el teniente político, el señor cura o el patrón obstaculizarían su dulce amaño. Y Juan Toapanta, y Luis Perugachi, y Ricardo Caiza, y todos...

También las mujeres, algo les daban por su ayuda, pensaban conmover con lágrimas y con ruegos el corazón del «amo, su mercé, patrón grande» en los pagos de la semana. 

Así mama Nati -quien para su entender tenía desquitado mucho más de los cincuenta sucres que le hicieron cargo de objetos perdidos o rotos en el servicio obligatorio y gratuito que, como india más joven seleccionada aquel año, tuvo que cumplir en la cocina y en la alcoba del amo- proyectaba mentalmente, con rubor respetuoso y resentido a la vez, hablar al patrón, decirle... Imposible decirle lo que pensaba en presencia de los suyos, lo que le daba vueltas en la cabeza. «Taiticu. Dé, pes al guagua. Una ayudita. Algu, pes... Uuu... Igualiticu a su mercé. Cachete coloradu, pelitu también, ojitus también... Y ahura preñada del natural, pes. ¿Dónde está lu que ofreciú, lu que diju, lu que hizu pensar a una pobre?».

-¡Nati! Deja al guagua en el suelu. Hay que bajar a la quebrada- ordenó el marido volviéndose hacia la india.

Con humilde diligencia, capaz de borrar toda sospecha, ella obedeció al indio. Acomodó al crío junto a unas matas. Y siguió al runa viejo, resbalando unas veces, agarrándose con las uñas otras, ladera abajo.

Como de costumbre, el pequeño chilló con llanto lastimero y, agotado, ronco, no pudo dormirse. Se hallaba sin faja, libres los brazos y las piernas. Podía arrastrarse, gatear. Fatigosamente llegó al filo del barranco. Allá, muy lejos -para él un abismo imposible-, alcanzó a distinguir a mama Nati -apetito amoroso en los labios, en el paladar, en la lengua-, a taita José -ansia de temor y asco en el pecho-, y creció su llanto en tono de profundo resentimiento. ¿Por qué lo abandonaba ella? ¿Por qué se iba siempre con él? ¿Por qué lo dejaban solo? ¡Ambos! Con su primera cólera instintiva adelantó las manos para seguir... Rodaron ladera abajo pequeñas piedras y terrones. Alguien gritó entonces:

-¡Ave María! ¡El guaguaaa! ¡El guagua va a rodar comu un zambu, pes! ¡Agárrenlo, taiticus!

Manos presurosas levantaron al cachorro del suelo para luego entregarlo a su madre. Una vez en la espalda querida, entre hipos de anhelante queja, el rapaz miró de reojo a taita José -cara hosca, gesto de venganza insatisfecha, de desesperación sin palabras, todo trunco, todo agobiado sobre la dura y gris tarea- y, con aterciopelada sensación de triunfo en la piel, se quedó dormido, dulcemente narcotizado por ese olor sudadero que despedía su mama Nati en el trabajo.

Aquella mañana mama Nati, tirada sobre el jergón, se revolcaba dando gritos. Algo la atormentaba en la barriga. Algo que para el cachorro de los cachetes colorados y del pelo castaño no era normal. Desde un rincón, sin atreverse a llorar -quizás él era el culpable, él, taita José, a pesar de no estar en la choza- el pequeño, con los ojos muy abiertos, helada la sangre, inmóvil la cólera, en silencio, como para desaparecer, observaba... Felizmente, a medio día apareció una india curandera -mandíbulas que saboreaban incansablemente una vejez sin dientes, cabellera revuelta, ojos diminutos de mirar alelado, manos flacas de pergamino-. Encendió la candela en el fogón y puso la olla grande de barro con agua a hervir, la vieja. Entre tanto, el primogénito, agotado por el susto y por la sorpresa, ovillado sobre las pajas y las hierbas húmedas de los cuyes, se había quedado dormido. Al despertar, el pequeño oyó que la vieja curandera murmuró algo a mama Nati, que permanecía tendida en el jergón. Cuando la anciana se despidió hizo una broma, para él incomprensible, al rapaz de los cachetes colorados y del pelo castaño.

-Vuy donde taiticu. Que venga a conocer al guagua tiernu, pes.

«¿Guagua tiernu? ¿Qué guagua, pes?», se interrogaba el pequeño. 

-Guagüiticu. Vení nu más... Verás lu que tengu aquí... Aquisitu -invitó cínicamente mama Nati.

Sin vacilar, el cachorro de los cachetes colorados y del pelo castaño se arrastró hasta el jergón. Mama levantó entonces los ponchos viejos y enseñó a su hijo mayor el espectáculo de un ser diminuto, encarnado y renegrido, viscoso, repugnante. Un ser que...¡Oh! Al impulso de extraño furor el primogénito quiso lanzarse contra el intruso, pero ella, ¡ella!, mama Nati, lo detuvo con una mueca de reproche y de ternura a la vez. Minutos más tarde, la india, delante de sus ojos, de su boca, de su frío, de su sed, sacó una de sus tetas y dio de mamar al repugnante ser recién llegado.»¡Nooo!», protesto alguien instintivamente en la sangre y en los nervios del muchacho de los cachetes colorados y del pelo castaño. Alguien que no era él, alguien que no era taita José, ¡se mamaba lo suyo! ¡Lo suyo! Y ella consentía... 

Como al celoso muchacho era imposible de interrogar -¿De dónde cayó? ¿Quién lo trajo? ¿Por que le robaba su teta color de tierra cocida, su mama Nati?-, abrió la boca y lanzó un alarido de mutiladas interrogaciones.

-Gritandu comu diablu, nu... ¿Pur qué, pes? Guagua de taita Diositu. ¡Longu brutu, animal! ¡Ñañitu, pes! -advirtió con enojo maternal la india.

-Uuu... Uuu... -aullaba el guagua de boca sin teta.

-Ñañitu pes, brutu.

Con todo el coraje apretado en la barriga, en el pecho, en la garganta, el cachorro celoso comprendió que debía disimular. ¡Disimular! Con taita José era diferente -mandaba en la choza, estuvo desde siempre, su poder era inmenso, su figura...-. El intruso en cambio: débil, feo, cerdoso, moreno... Ella lo defendía. ¡Oh! Para salvar aquella angustia que todo lo transformaba en el secreto turbio de sus entrañas, el rapaz corrió a ocultarse tras el montón de la leña y de las boñigas secas.

 

A medida que pasaban las semanas y los meses, crecían los celos y los resentimientos profundos del cachorro de los cachetes colorados y del pelo castaño.

Cargada del guagua menor a las espaldas y tirando de la mano al mayor, mama Nati se dirigía al trabajo del bosque. Al cruzar un arroyo, el muchacho que iba a pie pidió a la madre le diera agua. Ella se quitó el sombrero, olor a sebo y agrios sudores, lo llenó en la corriente que lamía sus pies y lo entregó al hijo, recomendándole:

-La sobrita darasle al guagua. Comu está cargadu pes nu puedu yu mismu. Breve, longitu. Taita José ha de estar esperandu.

Y se sienta en una piedra de la orilla del riachuelo para que el rapaz cumpla su orden. Pero una broma que hábilmente disimulaba el rencor del primogénito -su rebeldía ante la idea de servir al hermano- lo cambió todo: echó la sobra del agua al suelo y corrió chaquiñán arriba con el sombrero de la mujer en la mano. 

-Ahura verás, longu bandidu, mañosu. Ahura verás lu que te hagu. Ahura te aplastu comu a cuy. Ahura he de avisar a taiticu -chilló derrotada mama Nati en pos del pequeño.

Fatigada llegó la madre al claro del monte boscoso donde trabajaba el marido por ese entonces. Pero... No pudo o no quiso acusar al travieso muchacho. Como de costumbre, la india acomodó a sus hijos a la sombra del follaje de un chaparral. Y, antes de alejarse en ayuda de taita José, con voz de amenaza y súplica a la vez, ordenó al mayor de los rapaces: 

-Cuidarás al chiquitu. Verás bien, longu mañosu. Donde le pase algu al guagua te hemus de matar nu más. Si tiene hambre darasle nu más la mazamorra que traje. Aquí deju. Vus también comerás. 

A pesar de las recomendaciones y del temor, el cachorro de los cachetes colorados y del pelo castaño nunca pudo permanecer sentado mucho tiempo.

Se arrastraba por la hojarasca como lagartija, jugaba con el lodo de cualquier zanja o vertiente próximas, atrapaba diminutos insectos entre la hierba para arrancarles las alas y la cabeza, se tendía cara al sol, deslizábase hasta muy cerca de los leñadores y, oculto en cualquier refugio, observaba cómo los árboles caían entre quejas y truenos al golpe del hacha, cansado y hambriento devoraba la comida y entretenía el llanto del pequeño dándole a mamar la cuchara de palo, ligeramente embarrada en mazamorra.

A la tarde, el viento se puso bravo y el cielo se tornó gris; desde los cerros llegaron los gritos cavernosos de los rayos y el resplandor de los relámpagos. «Si cae el aguaceru meterás al guagua en cualquier huecu hasta venir nosotrus, pes», recordó el cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño, con la voz de la madre al oído. Diligente arrastró al hermano, fajado como una momia diminuta, hacia una especie de cobertizo de ramas viejas y follaje seco. Por desgracia no se desató la lluvia y, en cambio, crecieron los rumores roncos y supersticiosos que arrastraba el huracán y las amenazas salvajes que rodaban desde el cielo. Un extraño temor se apoderó entonces del muchacho: ellos, mama Nati y taita José no llegarían pronto. Se sintió cruel, con toda la crueldad para defenderse, para sobrevivir. EL hermano dormía con placidez e indiferencia que desesperaban. Pudo soportar, diez, quince minutos aquella situación. Pero... ¡Imposible! Sin ningún escrúpulo, con ansia por oír el chillido del niño tierno -torcida urgencia de amparo y compañía- le pellizcó en la cara una, dos veces. 

-¡Ah!

-Bandidu. Mañosu.

-¡Ah! 

Los gritos, en vez de tranquilizar al verdugo, lo inquietaron, obligándolo a servir apresuradamente a la víctima unas cuantas cucharadas de mazamorra fría. Calló la criatura y, a pesar del cerco del refugio, envuelto por las insistentes y dramáticas voces de la naturaleza, el cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño volvió a experimentar ese pavor angustioso de soledad, de abandono, de injusticia, que había destapado su rencor, sus celos. ¿Alguien?... ¡No! No era sólo alguien. Todos le robaban con solapado egoísmo el cariño de su mama Nati, la tibieza de su teta color de barro cocido, el amparo... Ciego de amargo coraje, el primogénito ejercitó de nuevo su crueldad en los ojos del hermano. Le pellizcó, una, dos, tres... diez veces... El viento y los truenos ahogaban el llanto... ¡El llanto! Echó sobre las lágrimas tierra seca. Tierra que debía penetrar...

-¡Aaah! 

-Ji... ji... ji... 

-¡Aaah!

Luego, cuando calmó la tormenta del viento y de los rayos, cuando el crepúsculo anunciaba la vuelta de taita José y de mama Nati, el pequeño verdugo limpió, con gozoso cuidado, las huellas de su venganza.

-¡Ave María, taiticu! ¿Qué pasú pes? ¿Qué...? ¿Qué animal picaría en lus ojus del guagua? ¿Nu viste? -interrogó la madre al mayor de sus cachorros, al notar raro su hijo tierno, hinchada la cara, angustioso el llanto. Y con premura sacó uno de sus senos y le hundió el pezón en la boca del rapaz inconsolable.

-Nu, mama. Nu... 

-Caraju... Estu... Estu... -comentó taita José, rascándose la cabeza de mala manera. No dijo más. El cansancio y la indolencia eclipsaban a veces en él todas sus pasiones. 

-Nu, mama. Nu... -insistió el cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño. Sus palabras, en realidad, no respondían a lo que la madre interrogaba. Eran, más bien, la protesta, el grito del alma celosa y resentida.

-Pur estar jugandu. Longu pícaru, bandidu.

-Nu, mama. Nu. Uuuy...

-Y vus primeru echú el guagua ñagüi, nu... ¿Pur qué, pes? Y vus primeru soltandu el mocu y las lágrimas. ¿Pur qué, pes?

 

Llena de angustia mama Nati, al comprobar que los ojos del menor de sus hijos -tres días cerrados por la hinchazón y por el llanto- supuraban con abundancia, buscó a la curandera.

Y acudió.

-Ave María. ¿Cómu pes? Taitiquitu... cun mal está el guagua. Cogidu del cuichi parece. Palpablitu. Del cuichi del mal de oju. Claritu, pes -opinó con voz y con gesto de bruja la experta mujer mientras examinaba al diminuto enfermo en el suelo.

-¿Del cuichi? ¿Y ahura qué será pes de hacer, mama bonitica, shunguitica? -interrogó con voz empapada en temores la madre del pequeño.

«Ha sido el cuichi. Yu nu, pes. ¿Yu? Mentirosu. El cuichi. El cuichi misu», se dijo mentalmente el mayor de los hijos de mama Nati, que observaba desde un rincón de la choza la escena de las mujeres y del hermano. Y a fuerza de oír y repetir aquel nombre, desterró a la hermética región del aparente olvido íntimo -como quien borra una huella- sus pequeños remordimientos sobre el caso.

-Ha de ser buenu.

-¿Qué, pes? 

-Estar segura -murmuró la india que examinaba. 

-¿Cómu, bonitica?

-Frontandu al guagua, pes.

-¿Cun cuy negru? 

-Sólu para dolur de barriga, para dolur de shungo, para dolur de rabadisha, para dolur de espalda es eso buenu. Para estu ca, hay que reventar sapitu en candela. Sapitu tiernu. 

Del interior de una mugrienta bolsa de cáñamo con que llegara a la choza, la curandera extrajo silenciosamente trapos, yuyos secos casi en polvo y una diminuta rana. Murmurando extrañas oraciones en quichua, frotó con el animalillo varias veces los párpados hinchados del enfermo que chillaba sin consuelo. De inmediato se acercó hasta el fogón -fuego de leña de chaparro y de boñiga seca-, quitó la olla donde hervía la mazamorra cotidiana y, después de hacer una serie de gestos y movimientos incomprensibles, de súbito echó el sapo a la lumbre. Con leve queja de músculos que se contraen, que se estiran y se achicharran, el batracio reventó saturando el ambiente de un olor a carne asada. Rápida la vieja metió las narices en el humo que desprendían las candelas y, como si despertase o volviera de un éxtasis, confirmó su diagnóstico:

-El cuichi. Agarrado del cuichi. Claritu se huele, pes.

-El cuichi -repitió la madre.

«El cuichi» se dijo el cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño, con burla casi inconsciente.

-Ahura hay que esperar que pase la luna tierna, pes.

-Arí, bonitica.

-Hay que conseguir también hojitas de shantén de monte, flur de mora machacada y hierba de pozu que crece en cueva. De toditicu ha que hacer cocimientu para poner empapandu pañus calientes en ojus. Dus, tres veces al día.

-Cómu nu, mamitica.

-Manu de taita Dius es.

-¿Y cuántu será de pagar, bonitica? 

-Dus cuicitus, nu más.

-Negrus ha de querer.

-Ojalá, pes.

A gatas mama Nati se metió por los rincones de su vivienda. Su habilidad y decisión equivocaron una y otra vez en el color de los roedores que sorprendía. 

-Cuuuy... Cuuuy... Cuuuy... -chillaban los animales enloquecidos huyendo de una lado a otro. Pero cuando llegó taita José la cacería fue más fácil y la curandera se marchó satisfecha.

Mientras maduraba la luna, mama Nati, con cierto sentido adivino, procuró no abandonar un sólo instante al enfermo. Por fuerte que fuera el trabajo, llevábalo siempre cargado a la espalda. En la choza le daba el seno, lo arrullaba sin cesar y por las noches dormía a su lado. Sí. Saturada de nebuloso y de amargo temor creía haber sorprendido más de una vez en las pupilas de su hijo mayor una especie de rabioso encono, de taimada venganza. ¿Para ella? No. ¿Para taita José o para el hermano tierno? Quizás...

Aquella ternura y cuidados maternales mejoraron a medias los ojos del pequeño, pero no tardaron muchos días en agravar los celos del cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño, quien, al observar y oír desde cualquier rincón de la choza o el campo las amorosas y tiernas cuitas de mama Nati con el crío de piel oscura, de labios gruesos, de idiota actitud, rumiaba insultos y proyectos de trágicos perfiles: «Manavali es, pes. Runaaa. Yu... Taita cura sonríe cuandu me ve. Patrún grande también. Longas de huasipungo me agarran nu más donde quiera. Yu... Que nu suy percudidu dicen. Que nu suy runa, pes. Él... Uuu... Atatay, guagua longu. ¡Longuuuu! Peru he de pisar nu más comu a gusanu, comu a moscu de monte. He de sacar los ojus, la lengua. Cierticu... El cuichi... Mi cuichi que nadie sabe cómu misu... Mi cuichi que... Ji... Ji... Ji...». Otras veces, hueca la cabeza, apretadas de angustia las entrañas, con la visión maldita del hermano prendido en la teta de mama Nati -su teta color de barro cocido, su mama Nati- el cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño gritaba inopinadamente o se tiraba al suelo llorando por algo que nadie sabía lo que era, quizás ni él mismo: vago sentimiento de abandono y soledad, coraje insatisfecho por no poder entretenerse con el intruso pellizcándole los párpados, echándole tierra en los ojos y en la boca, metiéndole palos de punta en los huecos de la nariz, de las orejas, de...

-¿Que será, pes? Parece enfermu. Parece cun diablu mismu -opinaba la madre sin poder intuir claramente la causa de los emperros cotidianos del muchacho.

-Caraju. En una de estas le aplastu comu a cuy con el acial -amagaba taita José. 

 

Las cosechas de aquel año se caracterizaron en su mayor parte por lo duro, violento e inquieto del trabajo de la peonada en lucha con inesperados fenómenos de la naturaleza.

Por los huasipungos, por las aldeas y por el caserío de la hacienda grande del valle se comentaba, en tono y pena de velorio, sobre el absurdo de los vientos y del granizo que azotaban las tierras altas de la cordillera.

-¿Ahura qué haremos, pes? 

-Mayordomus han de saber.

-Patrún ha de saber.

-De arrancar adelantadu sería.

-¿Adelantadu? 

-El maicitu.

-La cebadita.

-El trigu del campu altu.

-Hechu una lástima toditicu en la ladera. 

-En la ladera. 

-Arí, taiticus.

-Arí, boniticas. 

Ante semejante amenaza -que era rubricada por pinceladas sospechosas de nubes como motas de lana en el cielo de medio día- el patrón y los mayordomos resolvieron adelantar las cosechas. 

Presurosa acudió la gente a los sembrados maduros: los huasipungueros con toda la familia, por obligación; los campesinos pobres de los anejos, en busca de trabajo y de chugchi.

Volvieron a transitar por los senderos las carretas desvencijadas y chirriantes hacia los trojes del amo.

La codicia latifundista y acaparadora volvió a perderse y a enredarse en cálculos millonarios, en utilidades y en precios.

Volvió la indiada a sudar copiosamente de seis a seis.

Por desgracia, no volvieron las danzas y los cantos con los cuales los campesinos solían mitigar en parte la fatiga de la dura tarea y bendecir devotamente el milagro fecundo de la tierra en aquella ocasión, porque la urgencia decapitó los únicos minutos de alegría y de recuerdos.

Hubo, sí, chicha, aguardiente, picantes, tostado de manteca, chochos, treintayuno, ají; pero faltó tiempo para saborear a gusto. El acial de los mayordomos, cruel, celoso, altanero, flageló las espaldas de la indiada y luchó en afán de adelantarse a los truenos de la tormenta:

-¡Apuren, carajo!

-¡Longos vagos! 

-¡Indias carishinas!

-¿Respirando a gusto, no?

-¿Hechos los cansados, no?

-¿Desdoblándose como bisagras viejas, no? 

-¡Apuren antes de que llegue el granizo!

-¡El granizo que acabará con la espigas!

-¡Apuren antes de que lleguen las aguas!

-¡Las aguas que humedecerán hasta podrir las cosechas!

-¡Apuren antes de que llegue el viento!

-¡El viento que se llevará todo!

-¡Apuren, carajo!

-¡Longos vagos!

-¡Indias carishinas! 

-¡Apúrense!

A taita José, a mama Nati, siempre cargada del pequeño a la espalda y, lógicamente, al cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño, les tocó en la sementera grande; el indio al corte con un centenar de runas agobiados y sudorosos; la india hacer y deshacer las parvas, llevarlas de un lado a otro; el guagua mayor al cuidado del cucayo al filo del barranco que limitaba el campo de la cosecha. 

Los tres primeros días -maldiciones del patrón, gritos de los mayordomos, carreras de longos y de longas de toda edad y tamaño, marcha bamboleante de viejas carretas, improvisado almacenar de cuanto llegaba al caserío de la hacienda en los galpones, en el establo, en el cobertizo del horno, en el comedor de la casa-, a pesar de esta urgencia por ganar tiempo, a pesar de esta locura por adelantar a la tormenta, todo salió más o menos bien. Pero al cuarto día, más de las dos terceras pares recogidas bajo techo, un viento helado y travieso se enredó con murmullo de sables de lata entre las cañas de maíz que aún quedaban en pie, se acostó en el oleaje de los dorados reflejos de los trigales y de los cebadales, se filtró con agudos lamentos y roncas voces en el follaje de los árboles del bosque y de los chaparros de las quebradas y de las cercas. Ante aquel aviso de la caprichosa naturaleza la gente buscó en el cielo, en el horizonte de los cerros, en el olor del aire, una esperanza, una tregua. Cada cual comentó a su modo:

-Ahura sí, pes. Nos jodimus.

-Vientu de aguas.

-Vientu de granizu.

-Claritu se ve como cortina de algodún en el monte de la rinconada.

-Ya vienen las aguas, pes. 

-Ya viene el granizu, pes.

-Ya mismitu.

-¡Apúrense, carajooo!

-Apurandu mismo estamus, pes.

-Taita mayordomu, patroncitu.

La absurda porfía para no dejarse atrapar por la tormenta enloqueció de coraje, de exigencias y de crueldades al amo y a los mayordomos, quienes, como verdugos a caballo o a mula, corrían de un lado a otro, surgiendo por todos los rincones por donde alguien faltaba en su tarea, donde alguien respiraba a gusto, y flagelaban por la espalda, dando gritos histéricos, maldiciendo al cielo por arrastrar color de ceniza prieta y por bramar truenos incesantes.

-¡Apúrense, carajo! 

-¡Apúrense!

En medio de aquella caótica urgencia, al parecer heroica y al recordarla grotesca, el taimado rencor del cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño no cesaba de acechar a mama Nati, con diminuto pulso de odio y de celos, perdido en aquella especie de batalla entre la amenaza del viento, de la lluvia, del granizo, y el pavor de la indiada impotente en su esfuerzo por mantener el orgullo del latifundista y el endiablado esbirrismo de los mayordomos. No cesaba de acechar a mama Nati, siempre cargando al hijo menor, con la esperanza de que en algún momento se lo entregaría para jugar con él. «Un raticu nu más, mama... Mamitica... El longitu gateandu, pes... Yu caminandu nu más... Nu he de echar tierra en lus ojus... Nu, mama... ¿Por qué nu, pes? Aaah... El huaira fue... Cierticu... Nu... ¿Nu me...? Mala mama... Un raticu nu más quieru, pes... Acasu... Uuu... Guagua renegridu... Hiju... Adefesiu... Para jugar es... Jugar bonitu, pes...», pensó el pequeño cuidador del cucayo en diálogo trunco con la madre que se movía a cien metros de distancia. Con la madre que, de pronto, cayó al suelo bajo un bulto de espigas cortadas. «¡Bien hechitu! Pur mala. Pur estar cargadota del guagua renegridu. Un raticu nu más que me den. Para jugar quieru... Mamaaa...» A los pocos minutos volvió a caer la india; sin duda se hallaba muy débil por el trabajo. En ese mismo instante acudió en ayuda de ella el acial de unos de los mayordomos:

¡Carajo! ¿Qué ha de poder, pes? ¡Cargadota del guagua! 

-Taiticu.

-¡Échale en el chaparro al longo!

-¡Así haremus, pes.

-¡Pronto! 

La mujer dejó la carga que la agobiaba y corrió mecánicamente hacia el filo del barranco donde se hallaba su otro hijo. El mayordomo fue tras ella. Al depositar en el suelo al pequeño, recomendó una y otra vez -con leve murmurar, escurriéndose de contrabando frente al hombre que la perseguía a caballo- al cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño.

-Verás bien al guagüitu.

-Arí, mamá.

-¡Carajo! ¡Pronto! -chilló el mayordomo, furioso por lo que él creía inútil y taimada tardanza de la india. 

Mama Nati, con impulso y resolución de quien se desprende de algo querido, se incorporó de nuevo al trabajo; pero segundos antes de llegar a las parvas se dejó convencer por un temor angustioso, por una sospecha rara, indefinida, profunda. Quiso e intentó -con su sentimiento maternal que trataba de amparar a los cachorros tendiéndoles una sonrisa, unas palabras de esperanza- correr hacia donde estaban ellos. 

Ellos podían herirse... 

¿Por qué? 

Ella era indispensable...

¿Para qué?

Llegar a tiempo de...

¿De qué?

¡Oh!...

Alcanzó a dar cinco, diez, pasos... Mas el largo acial del mayordomo detuvo a la mujer, obligándola a reintegrarse a su destino. 

-¿A trabajar, carajo! ¡A trabajar! 

-Taiticu.

-India vaga, mal amansada. ¿Corriendo como carishina en estos apuros, no?

-Taiticu.

-¡A trabajar, carajo!

Con malévolo regocijo, con apariencia melosa y tierna, el cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño miró a su víctima tendida en el suelo, a su víctima que movía las piernas y los brazos con la torpeza de un escarabajo echado de espaldas. Era la hora... Le había llegado la oportunidad que buscaba... No obstante... ¿Qué podía hacer para librarse de esa piltrafa sucia, inútil, intrusa, asquerosa? ¡Qué! Darle la mazamorra hasta que reviente, meterle la cuchara de palo en la garganta, romperle la olla en la cabeza, abrirle la barriga... 

-Toma, pes. Mama mismu diju. Una cuchara. Una cuchara de mazamorra. Toma nu más.

Aquella invitación del cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño estimuló el apetito del menor, quien, con toda el hambre de cinco horas de ayuno y dejando su nido de pringosas bayetas, se arrastró por la hojarasca tras el alimento que se le ofrecía.

-Toma -insistió el muchacho que llevaba la cuchara llena de viscosa y amarillenta sopa, retrocediendo a medida que el otro avanzaba.

La burla, entre risas, ofertas, amenazas y carantoñas, se tornó cruel, estúpida, angustiosa.

Ante lo imposible, sin entender lo que pasaba, el pequeño que iba a gatas se detuvo y, con sonrisa que pareciera chapotear en súplica, miró al hermano una y otra vez.

-Toma.

-Uuu...

-Toma, longuitu.

-Uuu...

Saturado de íntimas protestas que no podía formular, llorando a ratos en amenaza de no seguir el juego, el rapaz continuó arrastrándose como podía. Acercándose al filo del barranco donde el viento -más próxima la tormenta- silbaba con ronquera cavernosa y el resplandor de los relámpagos deprimían con eficacia de látigo.

«Taiticu... Rodandu quebrada morir longu, pes. Rodandu...», pensó el cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño, con sincero temor de que la torpe e inexperta criatura se... 

Pero de pronto, con el ansia que estalla ante una perspectiva o el odio que se libera, desde lo más profundo de su egoísmo infantil, con atrevida luz de venganza en los poros, cambió la inquietud por el coraje...

«Ahura, pes. Comu taita patrún cun el natural. Cun lus naturales, pes. Comu amu mayordomu. Yu patrún. Yu su mercé. Yu mayordomu. El guagua runa es, pes. Uuu. Ahura, caraju. Robandu mi teta, nu... Robandu mi mama Nati, nu... Bandidu, mañosu...»

El cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño, llenando la cuchara de palo con mazamorra, metiéndola muy cerca de las narices de la víctima, con fuerza, lo lanzó al barranco mientras invitaba: 

-Corre... Corre longuitu a coger, pes. Rica la comidita. Corre nu más...

Ante la vacilación llorosa y resentida del pequeño... «Si nu quiere obedecer he de empujar comu piedra para abaju...» Pensó.... «Comu palu vieju... Así mismu.» 

Pero no fue necesario llegar a tal recurso.

La víctima se arrastró hasta el filo mismo del abismo, en donde cedió el terreno voluntariamente, y desapareció el muchacho sin una queja, sin un grito. 

Leves golpes rodaron por el declive del muro que hacía la enorme herida de la tierra. Chilló entonces el cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño con llanto de morbosa alegría que esquivaba hábilmente toda la responsabilidad ante los demás.

Sus lágrimas y sus gritos, mezcla súbita de remordimiento, de temor, de angustia y de placer a la vez, fueron arrebatados por la tormenta que había envuelto a la tierra en furia de huracán y de granizo.

Cuando llegaron mama Nati, taita José y los peones de la cosecha interrumpida, indios e indias, en busca de refugio, el cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño se atrincheraba tras las ramas y espinos y, entre mocos, llanto y medias palabras, daba a entender lo que había sucedido con su hermano.

-¡Nuuu!

-¡Arí, taita.

-¡Nuuu!

-Arí, mama. Gateandu estaba, pes.

-¿Y nu viste comu te dije? 

-Arí, mama.

-¿Comu te supliqué por taita Diositu?

-Arí, mama.

-¿Pur qué?

-Acasu pude agarralu. Casi caigu rodandu yu también, pes. Mama. Mamitica.

-Ahura verás, bandidu. Ahura te aplastu comu a cuy. Ahura... -amenazó al muchacho taita José mientras, con algunos indios comedidos que lamentaban la desgracia, se preparaba, diligente y nervioso, para descender a la quebrada en busca del cadáver del pequeño.

Abatida por duro cansancio y amarga desesperación, mama Nati se sentó en el suelo, bajo la lluvia que le chorreaba por los cabellos, por la cara, por el rebozo sucio. Un temor le cortaba las palabras en los labios y una mueca le rasgaba hacia abajo en las comisuras. Una súplica muda aflojábale las mejillas. Un ansia gutural:

-Uuu... Uuu... Uuu... 

Así miró el cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño a la madre, cuando taita José había desaparecido por la quebrada. Entonces fue cuando creyó -impulso en contra del remordimiento y del castigo- que debía defenderla, que debía consolarla, que... Salió a gatas de su escondite y se prendió a ella gritando:

-Mamita. ¡Mamitica!

A pesar de que su intuición le hizo ver clara la verdad, la india le perdonó en silencio; no sabía qué decirle; se avergonzaba de acusarle. ¡Acaso ella...! Lo abrazó mecánicamente contra su pecho. Él le acarició la cara limpiándole las lágrimas y la lluvia, le acarició el cuello tibio, le acarició los senos. ¡Oh! Había vencido. De nuevo era suya.

¡Su mama Nati!

¡Sus tetas sucias, color de tierra cocida!