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Cachorros (1933)
La india Nati, sentada en el umbral de la puerta de la
choza de su huasipungo, cual hijuelo en color y en forma que le
hubiera salido a la rústica vivienda, con el guagua en la falda
prendido a la teta, miraba y remiraba hacia el vértigo de la ladera y
hacia los confines del valle surcado por la cicatriz de un largo
camino. Ese día no fue al trabajo tras de su marido, taita José
Callaguazo, como tenía por costumbre. Amaneció enferma y, además, era
el último mes de su segundo embarazo.
La inquietud de la espera, la ternura maternal para
dormir al cachorro, la indefinida angustia de su habitual abandono, la
cólera y el rubor de víctima por viejos atropellos de los patrones, y
todo lo que en la intimidad de la mujer bullía en forma indefinida y
viscosa, se dejaba arrullar por el murmullo del follaje de un pequeño
bosque que se extendía más allá del barranco; de aquel bosque de
eucaliptos -avenidas de pértigas invitando a soñar hacia lo alto y
hacia lo largo, árboles quijotes a pie y lanza al cielo, espejismo de
una raza que sueña y se la entierra- por donde apareció taita José,
con su figura de agobiada cabeza, de anchas espaldas que se escurren
por las cuatro esquinas del poncho, de piernas cortas, prietas, mal
abrigadas por un viejo calzón de liencillo.
Al sonar en la no hollada inconsciencia del pequeño los
pasos de su padre, aquel gigante poderoso y malo que vivía en torno
suyo, desapareció como por encanto la teta bajo la pringosa camisa de
la madre; su teta, cosa grata y feliz como ninguna otra en ese momento
de la vida, él, pequeño indefenso, tuvo que llorar en tono de
maldición y desafío.
¿Contra quién?
¿Contra qué?
El llanto transformó entonces el cansancio de taita
José en desesperación silenciosa, reprimida, rumiante, después de
arrojar las herramientas que trajo del campo en un rincón y
acurrucarse en el suelo. Y lo oscuro en la piel, y lo bilioso en las
pupilas, y lo alejado en el gesto del runa se tornaron más
impenetrables.
¿Su hijo?
¡Oh! Cachetes rojos, pelo castaño de los patrones de la
casa de la hacienda.
¿Por qué el guagua, su guagua, salió así?
¿Sabía...? ¿No sabía...?
¡Carajuuu!, exclamaba la sangre del runa confundido al
topar con aquella verdad, con aquella verdad que había que envolverla
en dudas, en preguntas, en silencios. Por decir algo, el indio ordenó
a su mujer:
-Candelita prenderás, pes.
-Arí, taiticu -respondió Nati dejando en el jergón al
crío, que volvió a chillar con mayor resentimiento mientras ella
encendía el fogón y ponía la olla de barro sobre la lumbre.
Al final, el llanto del pequeño se ahogó en el humo. El
mismo humo que había tapizado de hollín las paredes y el techo de paja
y palos. Y al quedarse dormido el rapaz, soñó: «Tendido de bruces, a
la orilla del maíz puesto a secar en el patio del huasipungo, siente,
ve y palpa la teta de mama Nati llenándole la boca, toda la boca. Sí,
es la teta, su teta.¡Mamiticaaa! Solos, felices... Él, al devorar;
ella, al dejarse devorar. Sabrosa, tibia, mama Nati. La teta llena.
Llenitaaa. Sabrositaaa... De pronto, sobre ellos, la cara hosca,
prieta, del hombre que vive en torno suyo, como una maldición junto a
ellos. Siempre... Los ojos encendidos, los labios voraces, los pelos
empapados en sudor y pegados a la frente. Acercándose, acercándose...
¡Oh! A quitarle su dulce placer. Su mama Nati... Y ella hablaba con el
hombre feroz, con el hombre imposible, con el hombre que se halla
siempre en lo alto, y se acerca a él, y llora con él, y se abraza a él,
y trabaja con él, y ríe con él, y duerme con él, y se va con él...
Conspiran, lo abandonan, lo dejan solo... Solitico... Ha desaparecido
su teta llena, color a barro cocido...
Su mama
Nati... ¡Soliticooo!».
La mañana se había despertado acatarrada y se arropaba
bajo un cielo gris. Los indios y las indias de la ladera, del valle,
de la montaña y del barranco, tiritando de frío, vacío el estómago,
llegaban a esas horas a su trabajo en las sementeras del alto, en los
desmontes del bajío, en la limpia de las quebradas, en el arreglo de
la cerca, en los desagües de los pantanos. Para buena suerte, la
imaginación en los hombres se abrigaba de grandes copas de aguardiente
o con pilches rebosando de guarapo; en las mujeres, en cambio, les
consolaba la esperanza de la lumbre del fogón a la noche.
Taita José Callahuazo y mama Nati -dos números en la
tropa de los peones que abren una interminable zanja de lodo,
agobiados por la barra que hunde él y por la pala que usa ella-
también pensaban en sus cosas. Taita José, a cada carajuuu de coraje
que sembraba en la tierra con su herramienta, ladeaba y desechaba por
absurdos -como quien escoge maíz podrido- sus proyectos para solicitar
un adelanto a los patrones por el parto de su mujer. «Ya mismitu
caraju suelta el guagua. Esticu sí, pes... Míu mismu... Ojalá, pes...
Comu quiera me he de separar unus rialitus para tomar un buen puritu.
Veinte sucres. ¿Dará veinte sucres al pobre runa? ¡Qué ha de dar, pes!
Una copita siquiera... El sábadu ha de gritar taita mayordomo desde el
corredur de la casa de la hacienda: ¡Taita José Callahuazo! Sólu un
sucre en la semana. Sólu cincuenta centavitos. Faltas al trabaju, pes.
Descontandu por fiesta a Mama Virgen, pes. Deudas de taita vieju
también. Uuu... Peru yu he de decir, pes: Taitiquitu, boniticu, pur
vida suya, pes. Un adelanticu para guarmi que quiere parir nu más... ¡Caraju!
¿Nu dará duru comu otras veces? Pur atrevidu, pur runa brutu, mañosu.
Jodidu está hablar. Jodidu está pedir. Yu soliticu. ¿Cómu, pes?».
Por curiosa coincidencia todos los peones apuntaban con
su imaginación al mismo blanco: los pagos de la tarde del sábado en el
corredor de la casa de la hacienda. Tomás Chiluisa, quien nunca
recibía nada por haber perdido dos reses cuando fue cuentayo -a más de
los descuentos generales: una vez en la vida prioste y la deuda de sus
mayores como herencia-, había llegado al consuelo nebuloso y amargo de
las maldiciones. Y Manuel Cahueñas, el cual no entendía que en la ley
del embudo si a diez le quitan cinco no queda nada. Y Antonio Hachi
que faltaba desde varios meses atrás al reparto de los centavos,
temiendo, sin duda, que el teniente político, el señor cura o el
patrón obstaculizarían su dulce amaño. Y Juan Toapanta, y Luis
Perugachi, y Ricardo Caiza, y todos...
También las mujeres, algo les daban por su ayuda,
pensaban conmover con lágrimas y con ruegos el corazón del «amo, su
mercé, patrón grande» en los pagos de la semana.
Así mama Nati -quien para su entender tenía desquitado
mucho más de los cincuenta sucres que le hicieron cargo de objetos
perdidos o rotos en el servicio obligatorio y gratuito que, como india
más joven seleccionada aquel año, tuvo que cumplir en la cocina y en
la alcoba del amo- proyectaba mentalmente, con rubor respetuoso y
resentido a la vez, hablar al patrón, decirle... Imposible decirle lo
que pensaba en presencia de los suyos, lo que le daba vueltas en la
cabeza. «Taiticu. Dé, pes al guagua. Una ayudita. Algu, pes... Uuu...
Igualiticu a su mercé. Cachete coloradu, pelitu también, ojitus
también... Y ahura preñada del natural, pes. ¿Dónde está lu que
ofreciú, lu que diju, lu que hizu pensar a una pobre?».
-¡Nati! Deja al guagua en el suelu. Hay que bajar a la
quebrada- ordenó el marido volviéndose hacia la india.
Con humilde diligencia, capaz de borrar toda sospecha,
ella obedeció al indio. Acomodó al crío junto a unas matas. Y siguió
al runa viejo, resbalando unas veces, agarrándose con las uñas otras,
ladera abajo.
Como de costumbre, el pequeño chilló con llanto
lastimero y, agotado, ronco, no pudo dormirse. Se hallaba sin faja,
libres los brazos y las piernas. Podía arrastrarse, gatear.
Fatigosamente llegó al filo del barranco. Allá, muy lejos -para él un
abismo imposible-, alcanzó a distinguir a mama Nati -apetito amoroso
en los labios, en el paladar, en la lengua-, a taita José -ansia de
temor y asco en el pecho-, y creció su llanto en tono de profundo
resentimiento. ¿Por qué lo abandonaba ella? ¿Por qué se iba siempre
con él? ¿Por qué lo dejaban solo? ¡Ambos! Con su primera cólera
instintiva adelantó las manos para seguir... Rodaron ladera abajo
pequeñas piedras y terrones. Alguien gritó entonces:
-¡Ave María! ¡El guaguaaa! ¡El guagua va a rodar comu
un zambu, pes! ¡Agárrenlo, taiticus!
Manos presurosas levantaron al cachorro del suelo para
luego entregarlo a su madre. Una vez en la espalda querida, entre
hipos de anhelante queja, el rapaz miró de reojo a taita José -cara
hosca, gesto de venganza insatisfecha, de desesperación sin palabras,
todo trunco, todo agobiado sobre la dura y gris tarea- y, con
aterciopelada sensación de triunfo en la piel, se quedó dormido,
dulcemente narcotizado por ese olor sudadero que despedía su mama Nati
en el trabajo.
Aquella mañana mama Nati, tirada sobre el jergón, se
revolcaba dando gritos. Algo la atormentaba en la barriga. Algo que
para el cachorro de los cachetes colorados y del pelo castaño no era
normal. Desde un rincón, sin atreverse a llorar -quizás él era el
culpable, él, taita José, a pesar de no estar en la choza- el pequeño,
con los ojos muy abiertos, helada la sangre, inmóvil la cólera, en
silencio, como para desaparecer, observaba... Felizmente, a medio día
apareció una india curandera -mandíbulas que saboreaban
incansablemente una vejez sin dientes, cabellera revuelta, ojos
diminutos de mirar alelado, manos flacas de pergamino-. Encendió la
candela en el fogón y puso la olla grande de barro con agua a hervir,
la vieja. Entre tanto, el primogénito, agotado por el susto y por la
sorpresa, ovillado sobre las pajas y las hierbas húmedas de los cuyes,
se había quedado dormido. Al despertar, el pequeño oyó que la vieja
curandera murmuró algo a mama Nati, que permanecía tendida en el
jergón. Cuando la anciana se despidió hizo una broma, para él
incomprensible, al rapaz de los cachetes colorados y del pelo castaño.
-Vuy donde taiticu. Que venga a conocer al guagua
tiernu, pes.
«¿Guagua tiernu? ¿Qué guagua, pes?», se interrogaba el
pequeño.
-Guagüiticu. Vení nu más... Verás lu que tengu aquí...
Aquisitu -invitó cínicamente mama Nati.
Sin vacilar, el cachorro de los cachetes colorados y
del pelo castaño se arrastró hasta el jergón. Mama levantó entonces
los ponchos viejos y enseñó a su hijo mayor el espectáculo de un ser
diminuto, encarnado y renegrido, viscoso, repugnante. Un ser
que...¡Oh! Al impulso de extraño furor el primogénito quiso lanzarse
contra el intruso, pero ella, ¡ella!, mama Nati, lo detuvo con una
mueca de reproche y de ternura a la vez. Minutos más tarde, la india,
delante de sus ojos, de su boca, de su frío, de su sed, sacó una de
sus tetas y dio de mamar al repugnante ser recién llegado.»¡Nooo!»,
protesto alguien instintivamente en la sangre y en los nervios del
muchacho de los cachetes colorados y del pelo castaño. Alguien que no
era él, alguien que no era taita José, ¡se mamaba lo suyo! ¡Lo suyo! Y
ella consentía...
Como al celoso muchacho era imposible de interrogar
-¿De dónde cayó? ¿Quién lo trajo? ¿Por que le robaba su teta color de
tierra cocida, su mama Nati?-, abrió la boca y lanzó un alarido de
mutiladas interrogaciones.
-Gritandu comu diablu, nu... ¿Pur qué, pes? Guagua de
taita Diositu. ¡Longu brutu, animal! ¡Ñañitu, pes! -advirtió con enojo
maternal la india.
-Uuu... Uuu... -aullaba el guagua de boca sin teta.
-Ñañitu pes, brutu.
Con todo el coraje apretado en la barriga, en el pecho,
en la garganta, el cachorro celoso comprendió que debía disimular. ¡Disimular!
Con taita José era diferente -mandaba en la choza, estuvo desde
siempre, su poder era inmenso, su figura...-. El intruso en cambio:
débil, feo, cerdoso, moreno... Ella lo defendía. ¡Oh! Para salvar
aquella angustia que todo lo transformaba en el secreto turbio de sus
entrañas, el rapaz corrió a ocultarse tras el montón de la leña y de
las boñigas secas.
A medida que pasaban las semanas y los meses, crecían
los celos y los resentimientos profundos del cachorro de los cachetes
colorados y del pelo castaño.
Cargada del guagua menor a las espaldas y tirando de la
mano al mayor, mama Nati se dirigía al trabajo del bosque. Al cruzar
un arroyo, el muchacho que iba a pie pidió a la madre le diera agua.
Ella se quitó el sombrero, olor a sebo y agrios sudores, lo llenó en
la corriente que lamía sus pies y lo entregó al hijo, recomendándole:
-La sobrita darasle al guagua. Comu está cargadu pes nu
puedu yu mismu. Breve, longitu. Taita José ha de estar esperandu.
Y se sienta en una piedra de la orilla del riachuelo
para que el rapaz cumpla su orden. Pero una broma que hábilmente
disimulaba el rencor del primogénito -su rebeldía ante la idea de
servir al hermano- lo cambió todo: echó la sobra del agua al suelo y
corrió chaquiñán arriba con el sombrero de la mujer en la mano.
-Ahura verás, longu bandidu, mañosu. Ahura verás lu que
te hagu. Ahura te aplastu comu a cuy. Ahura he de avisar a taiticu -chilló
derrotada mama Nati en pos del pequeño.
Fatigada llegó la madre al claro del monte boscoso
donde trabajaba el marido por ese entonces. Pero... No pudo o no quiso
acusar al travieso muchacho. Como de costumbre, la india acomodó a sus
hijos a la sombra del follaje de un chaparral. Y, antes de alejarse en
ayuda de taita José, con voz de amenaza y súplica a la vez, ordenó al
mayor de los rapaces:
-Cuidarás al chiquitu. Verás bien, longu mañosu. Donde
le pase algu al guagua te hemus de matar nu más. Si tiene hambre
darasle nu más la mazamorra que traje. Aquí deju. Vus también
comerás.
A pesar de las recomendaciones y del temor, el cachorro
de los cachetes colorados y del pelo castaño nunca pudo permanecer
sentado mucho tiempo.
Se arrastraba por la hojarasca como lagartija, jugaba
con el lodo de cualquier zanja o vertiente próximas, atrapaba
diminutos insectos entre la hierba para arrancarles las alas y la
cabeza, se tendía cara al sol, deslizábase hasta muy cerca de los
leñadores y, oculto en cualquier refugio, observaba cómo los árboles
caían entre quejas y truenos al golpe del hacha, cansado y hambriento
devoraba la comida y entretenía el llanto del pequeño dándole a mamar
la cuchara de palo, ligeramente embarrada en mazamorra.
A la tarde, el viento se puso bravo y el cielo se tornó
gris; desde los cerros llegaron los gritos cavernosos de los rayos y
el resplandor de los relámpagos. «Si cae el aguaceru meterás al guagua
en cualquier huecu hasta venir nosotrus, pes», recordó el cachorro de
los cachetes colorados y el pelo castaño, con la voz de la madre al
oído. Diligente arrastró al hermano, fajado como una momia diminuta,
hacia una especie de cobertizo de ramas viejas y follaje seco. Por
desgracia no se desató la lluvia y, en cambio, crecieron los rumores
roncos y supersticiosos que arrastraba el huracán y las amenazas
salvajes que rodaban desde el cielo. Un extraño temor se apoderó
entonces del muchacho: ellos, mama Nati y taita José no llegarían
pronto. Se sintió cruel, con toda la crueldad para defenderse, para
sobrevivir. EL hermano dormía con placidez e indiferencia que
desesperaban. Pudo soportar, diez, quince minutos aquella situación.
Pero... ¡Imposible! Sin ningún escrúpulo, con ansia por oír el
chillido del niño tierno -torcida urgencia de amparo y compañía- le
pellizcó en la cara una, dos veces.
-¡Ah!
-Bandidu. Mañosu.
-¡Ah!
Los gritos, en vez de tranquilizar al verdugo, lo
inquietaron, obligándolo a servir apresuradamente a la víctima unas
cuantas cucharadas de mazamorra fría. Calló la criatura y, a pesar del
cerco del refugio, envuelto por las insistentes y dramáticas voces de
la naturaleza, el cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño
volvió a experimentar ese pavor angustioso de soledad, de abandono, de
injusticia, que había destapado su rencor, sus celos. ¿Alguien?...
¡No! No era sólo alguien. Todos le robaban con solapado egoísmo el
cariño de su mama Nati, la tibieza de su teta color de barro cocido,
el amparo... Ciego de amargo coraje, el primogénito ejercitó de nuevo
su crueldad en los ojos del hermano. Le pellizcó, una, dos, tres...
diez veces... El viento y los truenos ahogaban el llanto... ¡El llanto!
Echó sobre las lágrimas tierra seca. Tierra que debía penetrar...
-¡Aaah!
-Ji... ji... ji...
-¡Aaah!
Luego, cuando calmó la tormenta del viento y de los
rayos, cuando el crepúsculo anunciaba la vuelta de taita José y de
mama Nati, el pequeño verdugo limpió, con gozoso cuidado, las huellas
de su venganza.
-¡Ave María, taiticu! ¿Qué pasú pes? ¿Qué...? ¿Qué
animal picaría en lus ojus del guagua? ¿Nu viste? -interrogó la madre
al mayor de sus cachorros, al notar raro su hijo tierno, hinchada la
cara, angustioso el llanto. Y con premura sacó uno de sus senos y le
hundió el pezón en la boca del rapaz inconsolable.
-Nu, mama. Nu...
-Caraju... Estu... Estu... -comentó taita José,
rascándose la cabeza de mala manera. No dijo más. El cansancio y la
indolencia eclipsaban a veces en él todas sus pasiones.
-Nu, mama. Nu... -insistió el cachorro de los cachetes
colorados y el pelo castaño. Sus palabras, en realidad, no respondían
a lo que la madre interrogaba. Eran, más bien, la protesta, el grito
del alma celosa y resentida.
-Pur
estar jugandu. Longu pícaru, bandidu.
-Nu, mama. Nu. Uuuy...
-Y vus primeru echú el guagua ñagüi, nu... ¿Pur qué,
pes? Y vus primeru soltandu el mocu y las lágrimas.
¿Pur
qué, pes?
Llena de angustia mama Nati, al comprobar que los ojos
del menor de sus hijos -tres días cerrados por la hinchazón y por el
llanto- supuraban con abundancia, buscó a la curandera.
Y acudió.
-Ave María. ¿Cómu pes? Taitiquitu... cun mal está el
guagua. Cogidu del cuichi parece. Palpablitu. Del cuichi del mal de
oju. Claritu, pes -opinó con voz y con gesto de bruja la experta mujer
mientras examinaba al diminuto enfermo en el suelo.
-¿Del cuichi? ¿Y ahura qué será pes de hacer, mama
bonitica, shunguitica? -interrogó con voz empapada en temores la madre
del pequeño.
«Ha sido el cuichi. Yu nu, pes. ¿Yu? Mentirosu. El
cuichi. El cuichi misu», se dijo mentalmente el mayor de los hijos de
mama Nati, que observaba desde un rincón de la choza la escena de las
mujeres y del hermano. Y a fuerza de oír y repetir aquel nombre,
desterró a la hermética región del aparente olvido íntimo -como quien
borra una huella- sus pequeños remordimientos sobre el caso.
-Ha de ser buenu.
-¿Qué, pes?
-Estar segura -murmuró la india que examinaba.
-¿Cómu, bonitica?
-Frontandu al guagua, pes.
-¿Cun cuy negru?
-Sólu para dolur de barriga, para dolur de shungo, para
dolur de rabadisha, para dolur de espalda es eso buenu. Para estu ca,
hay que reventar sapitu en candela. Sapitu tiernu.
Del interior de una mugrienta bolsa de cáñamo con que
llegara a la choza, la curandera extrajo silenciosamente trapos, yuyos
secos casi en polvo y una diminuta rana. Murmurando extrañas oraciones
en quichua, frotó con el animalillo varias veces los párpados
hinchados del enfermo que chillaba sin consuelo. De inmediato se
acercó hasta el fogón -fuego de leña de chaparro y de boñiga seca-,
quitó la olla donde hervía la mazamorra cotidiana y, después de hacer
una serie de gestos y movimientos incomprensibles, de súbito echó el
sapo a la lumbre. Con leve queja de músculos que se contraen, que se
estiran y se achicharran, el batracio reventó saturando el ambiente de
un olor a carne asada. Rápida la vieja metió las narices en el humo
que desprendían las candelas y, como si despertase o volviera de un
éxtasis, confirmó su diagnóstico:
-El cuichi. Agarrado del cuichi. Claritu se huele, pes.
-El cuichi -repitió la madre.
«El cuichi» se dijo el cachorro de los cachetes
colorados y el pelo castaño, con burla casi inconsciente.
-Ahura hay que esperar que pase la luna tierna, pes.
-Arí, bonitica.
-Hay que conseguir también hojitas de shantén de monte,
flur de mora machacada y hierba de pozu que crece en cueva. De
toditicu ha que hacer cocimientu para poner empapandu pañus calientes
en ojus. Dus, tres veces al día.
-Cómu nu, mamitica.
-Manu de taita Dius es.
-¿Y cuántu será de pagar, bonitica?
-Dus cuicitus, nu más.
-Negrus ha de querer.
-Ojalá, pes.
A gatas mama Nati se metió por los rincones de su
vivienda. Su habilidad y decisión equivocaron una y otra vez en el
color de los roedores que sorprendía.
-Cuuuy... Cuuuy... Cuuuy... -chillaban los animales
enloquecidos huyendo de una lado a otro. Pero cuando llegó taita José
la cacería fue más fácil y la curandera se marchó satisfecha.
Mientras maduraba la luna, mama Nati, con cierto
sentido adivino, procuró no abandonar un sólo instante al enfermo. Por
fuerte que fuera el trabajo, llevábalo siempre cargado a la espalda.
En la choza le daba el seno, lo arrullaba sin cesar y por las noches
dormía a su lado. Sí. Saturada de nebuloso y de amargo temor creía
haber sorprendido más de una vez en las pupilas de su hijo mayor una
especie de rabioso encono, de taimada venganza. ¿Para ella? No. ¿Para
taita José o para el hermano tierno? Quizás...
Aquella ternura y cuidados maternales mejoraron a
medias los ojos del pequeño, pero no tardaron muchos días en agravar
los celos del cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño,
quien, al observar y oír desde cualquier rincón de la choza o el campo
las amorosas y tiernas cuitas de mama Nati con el crío de piel oscura,
de labios gruesos, de idiota actitud, rumiaba insultos y proyectos de
trágicos perfiles: «Manavali es, pes. Runaaa. Yu... Taita cura sonríe
cuandu me ve. Patrún grande también. Longas de huasipungo me agarran
nu más donde quiera. Yu... Que nu suy percudidu dicen. Que nu suy runa,
pes. Él... Uuu... Atatay, guagua longu. ¡Longuuuu! Peru he de pisar nu
más comu a gusanu, comu a moscu de monte. He de sacar los ojus, la
lengua. Cierticu... El cuichi... Mi cuichi que nadie sabe cómu misu...
Mi cuichi que... Ji... Ji... Ji...». Otras veces, hueca la cabeza,
apretadas de angustia las entrañas, con la visión maldita del hermano
prendido en la teta de mama Nati -su teta color de barro cocido, su
mama Nati- el cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño
gritaba inopinadamente o se tiraba al suelo llorando por algo que
nadie sabía lo que era, quizás ni él mismo: vago sentimiento de
abandono y soledad, coraje insatisfecho por no poder entretenerse con
el intruso pellizcándole los párpados, echándole tierra en los ojos y
en la boca, metiéndole palos de punta en los huecos de la nariz, de
las orejas, de...
-¿Que será, pes? Parece enfermu. Parece cun diablu
mismu -opinaba la madre sin poder intuir claramente la causa de los
emperros cotidianos del muchacho.
-Caraju. En una de estas le aplastu comu a cuy con el
acial -amagaba taita José.
Las cosechas de aquel año se caracterizaron en su mayor
parte por lo duro, violento e inquieto del trabajo de la peonada en
lucha con inesperados fenómenos de la naturaleza.
Por los huasipungos, por las aldeas y por el caserío de
la hacienda grande del valle se comentaba, en tono y pena de velorio,
sobre el absurdo de los vientos y del granizo que azotaban las tierras
altas de la cordillera.
-¿Ahura qué haremos, pes?
-Mayordomus han de saber.
-Patrún ha de saber.
-De arrancar adelantadu sería.
-¿Adelantadu?
-El maicitu.
-La cebadita.
-El trigu del campu altu.
-Hechu una lástima toditicu en la ladera.
-En la ladera.
-Arí, taiticus.
-Arí, boniticas.
Ante semejante amenaza -que era rubricada por
pinceladas sospechosas de nubes como motas de lana en el cielo de
medio día- el patrón y los mayordomos resolvieron adelantar las
cosechas.
Presurosa acudió la gente a los sembrados maduros: los
huasipungueros con toda la familia, por obligación; los campesinos
pobres de los anejos, en busca de trabajo y de chugchi.
Volvieron a transitar por los senderos las carretas
desvencijadas y chirriantes hacia los trojes del amo.
La codicia latifundista y acaparadora volvió a perderse
y a enredarse en cálculos millonarios, en utilidades y en precios.
Volvió la indiada a sudar copiosamente de seis a seis.
Por desgracia, no volvieron las danzas y los cantos con
los cuales los campesinos solían mitigar en parte la fatiga de la dura
tarea y bendecir devotamente el milagro fecundo de la tierra en
aquella ocasión, porque la urgencia decapitó los únicos minutos de
alegría y de recuerdos.
Hubo, sí, chicha, aguardiente, picantes, tostado de
manteca, chochos, treintayuno, ají; pero faltó tiempo para saborear a
gusto. El acial de los mayordomos, cruel, celoso, altanero, flageló
las espaldas de la indiada y luchó en afán de adelantarse a los
truenos de la tormenta:
-¡Apuren, carajo!
-¡Longos vagos!
-¡Indias carishinas!
-¿Respirando a gusto, no?
-¿Hechos los cansados, no?
-¿Desdoblándose como bisagras viejas, no?
-¡Apuren antes de que llegue el granizo!
-¡El granizo que acabará con la espigas!
-¡Apuren antes de que lleguen las aguas!
-¡Las aguas que humedecerán hasta podrir las cosechas!
-¡Apuren antes de que llegue el viento!
-¡El viento que se llevará todo!
-¡Apuren, carajo!
-¡Longos vagos!
-¡Indias carishinas!
-¡Apúrense!
A taita José, a mama Nati, siempre cargada del pequeño
a la espalda y, lógicamente, al cachorro de los cachetes colorados y
el pelo castaño, les tocó en la sementera grande; el indio al corte
con un centenar de runas agobiados y sudorosos; la india hacer y
deshacer las parvas, llevarlas de un lado a otro; el guagua mayor al
cuidado del cucayo al filo del barranco que limitaba el campo de la
cosecha.
Los tres primeros días -maldiciones del patrón, gritos
de los mayordomos, carreras de longos y de longas de toda edad y
tamaño, marcha bamboleante de viejas carretas, improvisado almacenar
de cuanto llegaba al caserío de la hacienda en los galpones, en el
establo, en el cobertizo del horno, en el comedor de la casa-, a pesar
de esta urgencia por ganar tiempo, a pesar de esta locura por
adelantar a la tormenta, todo salió más o menos bien. Pero al cuarto
día, más de las dos terceras pares recogidas bajo techo, un viento
helado y travieso se enredó con murmullo de sables de lata entre las
cañas de maíz que aún quedaban en pie, se acostó en el oleaje de los
dorados reflejos de los trigales y de los cebadales, se filtró con
agudos lamentos y roncas voces en el follaje de los árboles del bosque
y de los chaparros de las quebradas y de las cercas. Ante aquel aviso
de la caprichosa naturaleza la gente buscó en el cielo, en el
horizonte de los cerros, en el olor del aire, una esperanza, una
tregua. Cada cual comentó a su modo:
-Ahura sí, pes. Nos jodimus.
-Vientu de aguas.
-Vientu de granizu.
-Claritu se ve como cortina de algodún en el monte de
la rinconada.
-Ya vienen las aguas, pes.
-Ya viene el granizu, pes.
-Ya mismitu.
-¡Apúrense, carajooo!
-Apurandu mismo estamus, pes.
-Taita mayordomu, patroncitu.
La absurda porfía para no dejarse atrapar por la
tormenta enloqueció de coraje, de exigencias y de crueldades al amo y
a los mayordomos, quienes, como verdugos a caballo o a mula, corrían
de un lado a otro, surgiendo por todos los rincones por donde alguien
faltaba en su tarea, donde alguien respiraba a gusto, y flagelaban por
la espalda, dando gritos histéricos, maldiciendo al cielo por
arrastrar color de ceniza prieta y por bramar truenos incesantes.
-¡Apúrense, carajo!
-¡Apúrense!
En medio de aquella caótica urgencia, al parecer
heroica y al recordarla grotesca, el taimado rencor del cachorro de
los cachetes colorados y el pelo castaño no cesaba de acechar a mama
Nati, con diminuto pulso de odio y de celos, perdido en aquella
especie de batalla entre la amenaza del viento, de la lluvia, del
granizo, y el pavor de la indiada impotente en su esfuerzo por
mantener el orgullo del latifundista y el endiablado esbirrismo de los
mayordomos. No cesaba de acechar a mama Nati, siempre cargando al hijo
menor, con la esperanza de que en algún momento se lo entregaría para
jugar con él. «Un raticu nu más, mama... Mamitica... El longitu
gateandu, pes... Yu caminandu nu más... Nu he de echar tierra en lus
ojus... Nu, mama... ¿Por qué nu, pes? Aaah... El huaira fue...
Cierticu... Nu... ¿Nu me...? Mala mama... Un raticu nu más quieru, pes...
Acasu... Uuu... Guagua renegridu... Hiju... Adefesiu... Para jugar
es... Jugar bonitu, pes...», pensó el pequeño cuidador del cucayo en
diálogo trunco con la madre que se movía a cien metros de distancia.
Con la madre que, de pronto, cayó al suelo bajo un bulto de espigas
cortadas. «¡Bien hechitu! Pur mala. Pur estar cargadota del guagua
renegridu. Un raticu nu más que me den. Para jugar quieru... Mamaaa...»
A los pocos minutos volvió a caer la india; sin duda se hallaba muy
débil por el trabajo. En ese mismo instante acudió en ayuda de ella el
acial de unos de los mayordomos:
¡Carajo! ¿Qué ha de poder, pes? ¡Cargadota del guagua!
-Taiticu.
-¡Échale en el chaparro al longo!
-¡Así haremus, pes.
-¡Pronto!
La mujer dejó la carga que la agobiaba y corrió
mecánicamente hacia el filo del barranco donde se hallaba su otro hijo.
El mayordomo fue tras ella. Al depositar en el suelo al pequeño,
recomendó una y otra vez -con leve murmurar, escurriéndose de
contrabando frente al hombre que la perseguía a caballo- al cachorro
de los cachetes colorados y el pelo castaño.
-Verás bien al guagüitu.
-Arí, mamá.
-¡Carajo! ¡Pronto! -chilló el mayordomo, furioso por lo
que él creía inútil y taimada tardanza de la india.
Mama Nati, con impulso y resolución de quien se
desprende de algo querido, se incorporó de nuevo al trabajo; pero
segundos antes de llegar a las parvas se dejó convencer por un temor
angustioso, por una sospecha rara, indefinida, profunda. Quiso e
intentó -con su sentimiento maternal que trataba de amparar a los
cachorros tendiéndoles una sonrisa, unas palabras de esperanza- correr
hacia donde estaban ellos.
Ellos podían herirse...
¿Por qué?
Ella era indispensable...
¿Para qué?
Llegar a tiempo de...
¿De qué?
¡Oh!...
Alcanzó a dar cinco, diez, pasos... Mas el largo acial
del mayordomo detuvo a la mujer, obligándola a reintegrarse a su
destino.
-¿A trabajar, carajo! ¡A trabajar!
-Taiticu.
-India
vaga, mal amansada.
¿Corriendo como carishina en estos apuros, no?
-Taiticu.
-¡A trabajar, carajo!
Con malévolo regocijo, con apariencia melosa y tierna,
el cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño miró a su
víctima tendida en el suelo, a su víctima que movía las piernas y los
brazos con la torpeza de un escarabajo echado de espaldas. Era la
hora... Le había llegado la oportunidad que buscaba... No obstante...
¿Qué podía hacer para librarse de esa piltrafa sucia, inútil, intrusa,
asquerosa? ¡Qué! Darle la mazamorra hasta que reviente, meterle la
cuchara de palo en la garganta, romperle la olla en la cabeza, abrirle
la barriga...
-Toma, pes. Mama mismu diju. Una cuchara. Una cuchara
de mazamorra. Toma nu más.
Aquella invitación del cachorro de los cachetes
colorados y el pelo castaño estimuló el apetito del menor, quien, con
toda el hambre de cinco horas de ayuno y dejando su nido de pringosas
bayetas, se arrastró por la hojarasca tras el alimento que se le
ofrecía.
-Toma -insistió el muchacho que llevaba la cuchara
llena de viscosa y amarillenta sopa, retrocediendo a medida que el
otro avanzaba.
La burla, entre risas, ofertas, amenazas y carantoñas,
se tornó cruel, estúpida, angustiosa.
Ante lo imposible, sin entender lo que pasaba, el
pequeño que iba a gatas se detuvo y, con sonrisa que pareciera
chapotear en súplica, miró al hermano una y otra vez.
-Toma.
-Uuu...
-Toma, longuitu.
-Uuu...
Saturado de íntimas protestas que no podía formular,
llorando a ratos en amenaza de no seguir el juego, el rapaz continuó
arrastrándose como podía. Acercándose al filo del barranco donde el
viento -más próxima la tormenta- silbaba con ronquera cavernosa y el
resplandor de los relámpagos deprimían con eficacia de látigo.
«Taiticu...
Rodandu quebrada morir longu, pes.
Rodandu...», pensó el cachorro de los cachetes
colorados y el pelo castaño, con sincero temor de que la torpe e
inexperta criatura se...
Pero de pronto, con el ansia que estalla ante una
perspectiva o el odio que se libera, desde lo más profundo de su
egoísmo infantil, con atrevida luz de venganza en los poros, cambió la
inquietud por el coraje...
«Ahura, pes. Comu taita patrún cun el natural. Cun lus
naturales, pes. Comu amu mayordomu. Yu patrún. Yu su mercé. Yu
mayordomu. El guagua runa es, pes. Uuu. Ahura, caraju. Robandu mi
teta, nu... Robandu mi mama Nati, nu... Bandidu, mañosu...»
El cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño,
llenando la cuchara de palo con mazamorra, metiéndola muy cerca de las
narices de la víctima, con fuerza, lo lanzó al barranco mientras
invitaba:
-Corre... Corre longuitu a coger, pes. Rica la comidita.
Corre nu más...
Ante la vacilación llorosa y resentida del pequeño...
«Si nu quiere obedecer he de empujar comu piedra para abaju...» Pensó....
«Comu palu vieju... Así mismu.»
Pero no fue necesario llegar a tal recurso.
La víctima se arrastró hasta el filo mismo del abismo,
en donde cedió el terreno voluntariamente, y desapareció el muchacho
sin una queja, sin un grito.
Leves golpes rodaron por el declive del muro que hacía
la enorme herida de la tierra. Chilló entonces el cachorro de los
cachetes colorados y el pelo castaño con llanto de morbosa alegría que
esquivaba hábilmente toda la responsabilidad ante los demás.
Sus lágrimas y sus gritos, mezcla súbita de
remordimiento, de temor, de angustia y de placer a la vez, fueron
arrebatados por la tormenta que había envuelto a la tierra en furia de
huracán y de granizo.
Cuando llegaron mama Nati, taita José y los peones de
la cosecha interrumpida, indios e indias, en busca de refugio, el
cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño se atrincheraba
tras las ramas y espinos y, entre mocos, llanto y medias palabras,
daba a entender lo que había sucedido con su hermano.
-¡Nuuu!
-¡Arí, taita.
-¡Nuuu!
-Arí, mama. Gateandu estaba, pes.
-¿Y nu viste comu te dije?
-Arí, mama.
-¿Comu te supliqué por taita Diositu?
-Arí, mama.
-¿Pur qué?
-Acasu pude agarralu. Casi caigu rodandu yu también,
pes. Mama. Mamitica.
-Ahura verás, bandidu. Ahura te aplastu comu a cuy.
Ahura... -amenazó al muchacho taita José mientras, con algunos indios
comedidos que lamentaban la desgracia, se preparaba, diligente y
nervioso, para descender a la quebrada en busca del cadáver del
pequeño.
Abatida por duro cansancio y amarga desesperación, mama
Nati se sentó en el suelo, bajo la lluvia que le chorreaba por los
cabellos, por la cara, por el rebozo sucio. Un temor le cortaba las
palabras en los labios y una mueca le rasgaba hacia abajo en las
comisuras. Una súplica muda aflojábale las mejillas. Un ansia gutural:
-Uuu... Uuu... Uuu...
Así miró el cachorro de los cachetes colorados y el
pelo castaño a la madre, cuando taita José había desaparecido por la
quebrada. Entonces fue cuando creyó -impulso en contra del
remordimiento y del castigo- que debía defenderla, que debía
consolarla, que... Salió a gatas de su escondite y se prendió a ella
gritando:
-Mamita. ¡Mamitica!
A pesar de que su intuición le hizo ver clara la verdad,
la india le perdonó en silencio; no sabía qué decirle; se avergonzaba
de acusarle. ¡Acaso ella...! Lo abrazó mecánicamente contra su pecho.
Él le acarició la cara limpiándole las lágrimas y la lluvia, le
acarició el cuello tibio, le acarició los senos. ¡Oh! Había vencido.
De nuevo era suya.
¡Su mama Nati!
¡Sus tetas sucias, color de tierra cocida!
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