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Los últimos años de este jesuita ecuatoriano, como los de tantos otros,
transcurrieron en Italia, donde murió, como consecuencia de la expulsión
dictada en 1767. Mientras en sus tratados en prosa manifiesta el gusto
por la expresión sencilla y racional, propia del neoclasicismo, en su
poesía persiste el barroquismo hispánico. Cultivó con soltura formas
estróficas y temas variadísimos, incluso un impersonal erotismo
teórico, cercano al rococó.
A
una dama
imaginaria
Qué linda cara que tienes,
válgate Dios por muchacha,
que si te miro, me rindes
y
si me miras, me matas.
Esos tus hermosos ojos
son en ti, divina ingrata,
harpones cuando los flechas,
puñales cuando los clavas.
Esa tu boca traviesa,
brinda entre coral y nácar,
un
veneno que da vida
y
una dulzura que mata.
En
ella las gracias viven;
novedad privilegiada,
que haya en tu boca hermosura
sin que haya en ella desgracia.
Primores y agrados hay
en
tu talle y en tu cara
todo tu cuerpo es aliento,
y
todo tu aliento es alma.
El
licencioso cabello
airosamente declara,
que hay en lo negro hermosura,
y
en lo desairado hay gala.
Arco de amor son tus cejas,
de
cuyas flechas tiranas,
ni
quien se defiende es cuerdo,
ni
dichoso quien se escapa.
¡Qué
desdeñosa te burlas!
y
¡qué traidora te ufanas,
a
tantas fatigas firme,
y
a tantas finezas falsa!
¡Qué
mal imitas al cielo
pródigo contigo en gracias,
pues no sabes hacer una
cuando
sabes tener tantas!
A
una rosa
En
catre de esmeraldas nace altiva
la
bella rosa, vanidad de Flora,
y
cuanto en perlas le bebió a la aurora
cobra en rubís del sol la luz activa.
De
nacarado incendio es llama viva
que al prado ilustra en fe de que la adora;
la
luz la enciende, el sol sus hojas dora
con bello nácar de que al fin la priva.
Rosas, escarmentad: no presurosas
anheléis a este ardor, que si autoriza,
aniquila también el sol, ¡oh rosas!
Naced y vivid lentas; no en la prisa
os
consumáis, floridas mariposas,
que es anhelar arder, buscar ceniza.
De
púrpura vestida ha madrugado
con presunción de sol la rosa bella,
siendo solo una luz, purpúrea huella
del matutino pie de astro nevado.
Más y más se enrojece con cuidado
de
brillar más que la encendió su estrella,
y
esto la eclipsa, sin ser ya centella
que golfo de la luz inundó al prado.
¿No te bastaba, oh rosa, tu hermosura?
Pague eclipsada, pues, tu gentileza
el
mendigarle al sol la llama pura;
y
escarmienta la humana en tu belleza,
que si el nativo resplandor se apura,
la
que luz deslumbró para en pavesa.
en: http://www.poesia-castellana.com/ecuador/aguirre.html
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