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GABRIELA
MISTRAL - PROSA POÉTICA
A César Duayen
¡Señor! Tú que enseñaste, perdona
que yo enseñe; que lleve el nombre de maestra, que Tú llevaste por la
Tierra.
Dame
el amor único de mi escuela; que ni la quemadura de la belleza sea capaz
de robarle mi ternura de todos los instantes.
Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero el desencanto. Arranca
de mí este impuro deseo de justicia que aún me turba, la mezquina
insinuación de protesta que sube de mí cuando me hieren. No me duela la
incomprensión ni me entristezca el olvido de las que enseñé.
Dame
el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo
que no es carne
de mis carnes. Dame que alcance a hacer de una de mis niñas mi
verso perfecto y a dejarte en ella clavada mi más penetrante melodía, para
cuando mis labios no canten más.
Muéstrame
posible tu Evangelio en mi tiempo, para que no renuncie a la batalla de
cada día y de cada hora por él.
Pon
en mi escuela democrática el resplandor que se cernía sobre tu corro de
niños descalzos.
Hazme
fuerte, aún en mi desvalimiento de mujer, y de mujer pobre; hazme
despreciadora de todo poder que no sea puro, de toda presión que no sea la
de tu voluntad ardiente sobre mi vida.
¡Amigo, acompáñame! ¡Sostenme! Muchas veces no tendré sino a Ti a mi
lado. Cuando mi doctrina sea más casta y más quemante mi verdad, me
quedaré sin los mundanos; pero Tú me oprimirás entonces contra tu corazón,
el que supo harto de soledad y desamparo. Yo no buscaré sino en tu mirada
la dulzura de las aprobaciones.
Dame
sencillez y dame profundidad; líbrame de ser complicada o banal en mi
lección cotidiana.
Dame
el levantar los ojos de mi pecho con heridas, al entrar cada mañana a mi
escuela. Que no lleve a mi mesa de trabajo mis pequeños afanes materiales,
mis mezquinos dolores de cada hora.
Aligérame
la mano en el castigo y suavízamela más en la caricia. ¡Reprenda con dolor,
para saber que he corregido amando!
Haz
que haga de espíritu mi escuela de ladrillos. Le envuelva la llamarada de
mi entusiasmo su atrio pobre, su sala desnuda. Mi corazón le sea más
columna y mi buena voluntad más oro que las columnas y el oro de las
escuelas ricas.
Y,
por fin, recuérdame desde la palidez del lienzo de Velázquez, que enseñar
y amar intensamente sobre la Tierra es llegar al último día con el lanzazo
de Longinos en el costado ardiente de amor.
Cabellos
suaves, cabellos que son toda la suavidad del mundo, ¿qué seda gozaría yo
si no os tuviera sobre el regazo? Dulce por ella el día que pasa, dulce el
sustento, sólo por unas horas que ellos resbalan entre mis manos,
Ponedlos
en mi mejilla; revolvedlos en mi regazo como las flores; dejadme trenzar
con ellos, para suavizarlo, mi dolor; aumentar la luz con ellos, ahora que
es moribunda.
Cuando
ya sea con Dios, que no me dé el ala de un ángel para refrescar la
magulladura de mi corazón; extienda sobre el azul las cabelleras de los
niños que amé, ¡y pasen ellas en el viento sobre mi rostro eternamente!
I- Poemas de las madres
A doña
Luisa de F. de García- Huidobro.
Me ha
besado
Me
ha besado y ya soy otra: otras, por el latido que duplica el de mis venas;
otra, por el aliento que se percibe entre mi aliento.
Mi
vientre ya es noble como mi corazón...
Y
hasta encuentro en mi hálito una exhalación de flores: ¡todo por aquél que
descansa en mis entrañas blandamente, como el rocío sobre la hierba!
¿Cómo
era?
¿Cómo
será? Yo he mirado largamente los pétalos de una rosa, y los palpé con
delectación: querría esa suavidad para sus mejillas. Y he jugado en un
enredo de zarzas, porque me gustarían sus cabellos así, oscuros y
retorcidos. Pero no importa si es tostado, con ese rico color de las
gredas rojas que aman los alfareros, y si sus cabellos lisos tienen la
simplicidad de mi vida entera.
Miro las quiebras de las sierras, cuando se van poblando de niebla, y
hago con la niebla una silueta de niña, de niña dulcísima: que pudiera ser
eso también.
Pero, por sobre todo, yo quiero que mire con el dulzor que él tiene
en la mirada, y que tenga el temblor leve de su voz cuando me habla, pues
en el que viene quiero amar a aquél que me besara.
Sabiduría
Ahora
sé para qué he recibido veinte veranos la luz sobre mí y me ha sido dado
cortar las flores por los campos. ¿Por qué, me decía en los días más
bellos, este don maravilloso del sol cálido y de la hierba fresca?
Como al racimo azulado, me traspasó la luz para la dulzura que
entregaría. Éste que en el fondo de mí está haciéndose gota a gota de mis
venas, éste era mi vino.
Para éste yo recé, por traspasar del nombre de Dios mi barro, con el
que se haría. Y cuando leí un verso con pulsos trémulos, para él me quemó
como una brasa la belleza, por que recoja de mi carne su ardor
inextinguible.
La
dulzura
Por el niño dormido que llevo, mi paso se ha vuelvo sigiloso. Y es
religioso todo mi corazón, desde que lleva el misterio.
Mi
voz es suave, como por una sordina de amor, y es que temo despertarlo.
Con
mis ojos busco ahora en los rostros del dolor de la entrañas, para que los
demás miren y comprendan la causa de mi mejilla empalidecida.
Hurgo
con miedo de ternura en las hierbas donde anidan codornices. Y voy por el
campo silenciosa, cautelosamente: creo que árboles y cosas tienen hijos
dormidos, sobre los que velan inclinados.
La
hermana
Hoy
he visto una mujer abriendo un surco. Sus caderas están henchidas, como
las mías, por el amor, y hacía su faena curvada sobre el suelo.
He
acariciado su cintura; la he traído conmigo. Beberá la leche espesa de mi
mismo vaso y gozará de la sombra de mis corredores, que va grávida de
gravidez de amor. Y si mi seno no es generoso, mi hijo allegará al suyo,
rico, sus labios.
El ruego
¡Pero no! ¿Cómo Dios dejaría enjuta la yema de mi seno, si Él mismo
amplió mi cintura? Siento crecer mi pecho, subir como el agua en un ancho
estanque, calladamente. Y su esponjadura echa sombra como de promesa sobre
mi vientre.
¿Quién
sería más pobre que yo en el valle si mi seno no se humedeciera?
Como los vasos que las mujeres ponen para recoger el rocío de la
noche, pongo yo mi pecho ante Dios; le doy un nombre nuevo, le llamo el
Henchidor, y le pido el licor de la vida, abundoso. Mi hijo llegará
buscándolo con sed.
Sensitiva
Ya
no juego en las praderas y temo columpiarme con las mozas. Soy como la
rama con fruto.
Estoy
débil, tan débil, que el olor de las rosas me hizo desvanecer esta siesta,
cuando bajé al jardín, y un simple canto que viene en el viento o la gota
de sangre que tiene la tarde en su último latido sobre el cielo me turban,
me anegan de dolor. De la sola mirada de mi dueño, si fuera dura para mí
esta noche, podría morir.
El dolor
eterno
Palidezco
si él sufre dentro de mí: dolorida voy de su presión recóndita, y podría
morir a un solo movimiento de éste que está en mí y a quien no veo.
Pero no creáis que únicamente me traspasará y estará trenzado con mis
entrañas mientras lo guarde. Cuando vaya libre por los caminos, aunque
esté lejos, el viento que lo azote me rasgará las carnes y su grito
pasará también por mi garganta. ¡Mi llanto y mi sonrisa comenzarán en tu
rostro, hijo mío!
Por él
Por él, por el que está adormecido, como hilo de agua bajo la hierba,
no me dañéis, no me deis trabajos. Perdonádmelo todo: mi descontento de la
mesa preparada y mi odio al ruido.
Me
diréis los dolores de la casa, la pobreza y los afanes, cuando lo haya
puesto en unos pañales.
En
la frente, en el pecho, donde me toquéis, está él, y lanzaría un gemido
respondiendo a la herida.
La
quietud
Ya
no puedo ir por los caminos: tengo el rubor de mi ancha cintura y de la
ojera profunda de mis ojos. Pero traedme aquí, poned aquí a mi lado las
macetas con flores, y tocad la cítara largamente: quiero para él anegarme
de hermosura.
Pongo
rosas sobre mi vientre, digo sobre el que duerme estrofas eternas. Recojo
en el corredor hora tras hora el sol acre. Quiero destilar como la fruta
miel hacia mis entrañas. Recibo en el rostro el viento de los pinares. La
luz y los vientos coloreen y laven mi sangre. Para lavarla también yo no
odio, no murmuro, ¡solamente amo! Que estoy tejiendo en este silencio, en
esta quietud, un cuerpo, un milagroso cuerpo, con venas y rostro, y mirada
y depurado corazón.
Ropitas
blancas
Tejo los escarpines minúsculos, corto el pañal suave: todo quiero
hacerlo por mis manos.
Vendrá
de mis entrañas, reconocerá mi perfume.
Suave vellón de la oveja: en este verano te cortaron para él. Lo
esponjó la oveja ocho meses y lo emblanqueció la luna de Enero. No tiene
agujillas de cardo ni espinas de zarza. Así de suave ha sido el vellón de
mis carnes, donde ha dormido.
¡Ropitas
blancas! Él las mira por mis ojos y se sonríe, dichoso, adivinándolas
suavísimas...
Imagen
de la tierra
No
había visto antes la verdadera imagen de la Tierra. La Tierra tiene la
actitud de una mujer con un hijo en los brazos (con sus criaturas en los
anchos brazos).
Voy
conociendo el sentido maternal de las cosas. La montaña que me mira,
también es madre, y por las tardes la neblina juega como un niño por sus
hombros y sus rodillas.
Recuerdo
ahora una quebrada del valle. Por su lecho profundo iba cantando una
corriente que las breñas hacen todavía invisible. Ya soy como la quebrada;
siento cantar en mi hondura este pequeño arroyo y le he dado mi carne por
breña hasta que suba hacia la luz.
Al
esposo
Esposo, no me estreches. Lo hiciste subir del fondo de mi ser como un
lirio de aguas. Déjame ser como un agua en reposo.
¡Ámame,
ámame ahora un poco más! Yo, ¡tan pequeña!, te duplicaré por los caminos.
Yo, ¡tan pobre!, te daré otros ojos, otros labios, con los cuales gozarás
el mundo; yo, ¡tan tierna!, me hendiré como un ánfora por el amor, para
que este vino de la vida se vierta de mí.
¡Perdóname!
Estoy torpe al andar, torpe al servir tu copa; pero tú me henchiste así y
me diste esta extrañeza con que me muevo entre las cosas.
Séme
más que nunca dulce. No remuevas ansiosamente mi sangre; no agites mi
aliento.
¡Ahora
soy sólo un velo; todo mi cuerpo es un velo bajo el cual hay un niño
dormido!
La madre
Vino
mi madre a verme; estuvo sentada aquí a mi lado, y, por primera vez en
nuestra vida, fuimos dos hermanas que hablaron del tremendo trance.
Palpó
con temblor mi vientre y descubrió delicadamente mi pecho. Y al contacto
de sus manos me pareció que se entreabrían con suavidad de hojas mis
entrañas y que a mi seno subía la honda láctea.
Enrojecida,
llena de confusión, le hablé de mis dolores y del miedo de mi carne; caí
sobre su pecho; ¡y volví a ser de nuevo una niña pequeña que sollozó en
sus brazos del terror de la vida!
Cuéntame
madre...
Madre, cuéntame todo lo que sabes por tus viejos dolores. Cuéntame
cómo nace y cómo viene su cuerpecillo, entrabado con mis vísceras.
Dime
si buscará solo mi pecho o si se lo debe ofrecer, incitándolo.
Dame
tu ciencia de amor, ahora, madre. Enséñame las nuevas caricias, delicadas,
más delicadas que las del esposo.
¿Cómo
limpiaré su cabecita, en los días sucesivos? ¿Y cómo lo haré para no
dañarlo?
Enséñame,
madre, la canción de cuna con que me meciste. Esa lo hará dormir mejor que
otras canciones.
El
amanecer
Toda la noche he padecido, toda la noche se ha estremecido mi carne
por entregar su don. Hay el sudor de la muerte sobre mis sienes; pero no
es la muerte, ¡es la vida!
Y
te llamo ahora Dulzura Infinita a Ti, Señor, para que lo desprendas
blandamente.
¡Nazca
ya, y mi grito de dolor suba en el amanecer, trenzado con el canto de los
pájaros!
La
sagrada ley
Dicen
que la vida ha menguado en mi cuerpo, que mis venas se vertieron como los
lagares: ¡yo sólo siento el alivio del pecho después de un gran suspiro!
-¿Quién
soy yo, me digo, para tener un hijo en mis rodillas?
Y
yo misma me respondo:
-Una que amó, y cuyo amor pidió, al recibir el beso, la eternidad.
Me
mire la Tierra con este hijo en los brazos, y me bendiga, pues ya estoy
fecunda y sagrada, como las palmas y los surcos.
II- Poemas de la madre más triste
Arrojada
Mi
padre dijo que me echaría, gritó a mi madre que me arrojaría esta misma
noche.
La
noche es tibia; a la claridad de las estrellas, yo podría caminar hasta la
aldea más próxima; pero ¿y si nace en estas horas? Mis sollozos le han
llamado tal vez; tal vez quiera salir por ver mi cara con lágrimas. Y
tiritaría bajo el aire crudo, aunque yo lo cubriera.
¿Para
qué viniste?
¿Para qué viniste? Nadie te amará aunque eres hermoso, hijo mío.
Aunque sonríes graciosamente, como los demás niños, como el menor de mis
hermanitos, no te besaré sino yo, hijo mío. Y aunque tus manitas se agiten
buscando juguetes, no tendrás para tus juegos sino mi seno y la hebra de
mis lágrimas, hijo mío.
¿Para qué viniste, si el que te trajo te odió al sentirte en mi
vientre?
¡Pero no! Para mí viniste; para mí que estaba sola, ¡sola hasta
cuando me oprimía él entre sus brazos, hijo mío!
______________
NOTA.- Una tarde, paseando por una calle miserable de Temuco, vi a
una mujer del pueblo, sentada a la puerta de su rancho. Estaba próxima a
la maternidad, y su rostro revelaba una profunda amargura.
Pasó
delante de ella un hombre, y le dijo una frase brutal, que la hizo
enrojecer.
Yo
sentí en ese momento toda la solidaridad del sexo, la infinita piedad de
la mujer para la mujer, y me alejé pensando:
-Es una de nosotras quien debe decir (ya que los hombres no lo han
dicho) la santidad de este estado doloroso y divino. Si la misión del arte
es embellecerlo todo, en una inmensa misericordia, ¿por qué no hemos
purificado, a los ojos de los impuros,
esto?
Y
escribí los poemas que preceden, con intención casi religiosa.
Algunas
de esas mujeres que para ser castas necesitan cerrar los ojos sobre la
realidad cruel, pero fatal, hicieron de estos poemas un comentario ruin,
que me entristeció, por ellas mismas. Hasta me insinuaron que los
eliminase de un libro.
En
esta obra egotista, empequeñecida a mis propios ojos por ese egotismo,
tales prosas humanas tal vez sean lo único en que se canta la Vida total.
¿Había de eliminarlas?
¡No! Aquí quedan, dedicadas a las mujeres capaces de ver que la
santidad de la vida comienza en la maternidad, la cual es, por lo tanto,
sagrada. ¡Sientan ellas la honda ternura con que una mujer que apacienta
por la Tierra los hijos ajenos, mira a las madres de todos los niños del
mundo!
Motivos del barro
A Eduardo Barrios.
I- El polvo sagrado
Tengo
ojos, tengo mirada: los ojos, y las miradas derramadas en mí por los tuyos
que quebró la muerte, y te miro con todas ellas. No soy ciego como me
llanas.
Y
amo; tampoco soy muerto. Tengo los amores y las pasiones de tus gentes
derramadas en mí como rescoldo tremendo; el anhelo de tus labios me hace
gemir.
II- El polvo de la madre
¿Por qué me buscabas mirando hacia la noche estrellada? Aquí estoy,
recógeme con tu mano. Guárdame, llévame. No quiero que me huellen los
rebaños ni que corran los lagartos sobre mis rodillas. Recógeme en tu mano
y llévame contigo. Yo te llevé así. ¿Por qué tú no me llevarías?
Con
una mano cortas las flores y ciñes a las mujeres y con la otra oprimes
contra tu pecho a tu madre.
Recógeme
y amasa conmigo una ancha copa, para las rosas de esta primavera. Ya he
sido copa, pero copa de carne henchida, y guardé un ramo de rosas: te
llevé a ti. Yo conozco la noble curva de una copa, porque fui el vientre
de tu madre.
Volé
en polvo fino de la sepultura y fui espesando sobre tu campo, todo para
mirarte, ¡oh, hijo labrador! Soy tu surco. ¡Mírame y acuérdate de mis
labios! ¿Por qué pasas rompiéndome? En este amanecer, cuando atravesaste
el campo, la alondra que voló cantando subió del ímpetu desesperado de mi
corazón.
III-
Tierra de amantes
Alfarero,
¿sentiste el barro cantar entre tus dedos? Cuando le acabaste de verter el
agua, gritó entre ellos. ¡Es su tierra y la tierra de mis huesos que por
fin se juntaron!
Con
cada átomo de mi cuerpo lo he besado, con cada átomo lo he ceñido. ¡Mil
nupcias para nuestros dos cuerpos! Para mezclarnos bien nos deshicieron!
¡Como las abejas en el enjambre, es el ruido de nuestro fermento de amor!
Y
ahora, si haces una Tanagra con nosotros, ponnos todo en la frente o todo
en el seno. No nos vayas a separar distribuyéndonos en las sienes o en los
brazos. Ponnos mejor en la curva sagrada de la cintura, donde jugaremos a
perseguirnos, sin encontrarnos fin.
¡Ah, alfarero! Tú que nos mueles distraído, cantando, no sabes que en
la palma de tú mano se juntaron, por fin, las tierras de dos amantes que
jamás se reunieron sobre el mundo.
IV-
A los niños
Después
de muchos años, cuando yo sea un montoncito de polvo callado, jugad
conmigo, con la tierra de mi corazón y de mis huesos. Si me recoge un
albañil, me pondrá en un ladrillo, y quedaré clavada para siempre en un
muro, y yo odio los nichos quietos. Si me hacen ladrillo de cárcel,
enrojeceré de vergüenza oyendo sollozar a un hombre; y si soy ladrillo de
una escuela, padeceré también de no poder cantar con vosotros, en los
amaneceres.
Mejor
quiero ser el polvo con que jugáis en los caminos del campo. Oprimidme: he
sido vuestra; deshacedme, porque os hice; pisadme, porque no os di toda la
verdad y toda la belleza. O, simplemente, cantad y corred sobre mí, para
besaros las plantas amadas...
Decid,
cuando me tengáis en las manos, un verso hermoso y crepitaré de placer
entre vuestros dedos. Me empinaré para miraros, buscando entre vosotros
los ojos, los cabellos de los que enseñé.
Y
cuando hagáis conmigo cualquier imagen, rompedla a cada instante, ¡que a
cada instante me rompieron los niños de ternura y de dolor!
V- La enemiga
Soñé
que ya era la tierra, que era un metro de tierra oscura a la orilla de un
camino. Cuando pasaban, al atardecer, los carros cargados de heno, el
aroma que dejaban en el aire me estremecía al recordarme el campo en que
nací; cuando después pasaban los segadores enlazados, evocaba también; al
llorar los bronces crepusculares, el alma mía recordaba a Dios bajo su
polvo ciego.
Junto a mí, el suelo formaba un montoncillo de arcilla roja, con un
contorno como de pecho de mujer y yo, pensando en que también pudiera
tener alma, le pregunté:
-¿Quién
eres tú?
-Yo
soy, dijo, tu Enemiga, aquélla que así sencillamente, terriblemente,
llamabas tú: la Enemiga.
Yo
le contesté:
-Yo
odiaba cuando aún era carne, carne con juventud, carne con soberbia. Pero
ahora soy polvo ennegrecido y amo hasta el cardo que sobre mí crece y las
ruedas de las carretas que pasan magullándome.
-Yo
tampoco odio ya, dijo ella, y soy roja como una herida porque he padecido,
y me pusieron junto a ti, porque pedí amarte.
-Yo
te quisiera más próxima, respondí, sobre mis brazos, los que nunca te
estrecharon.
-Yo
te quisiera, respondió, sobre mi corazón, en el lugar de mi corazón que
tuvo la quemadura de tu odio.
Pasó
un alfarero, una tarde, y, sentándose a descansar, acarició ambas tierras
dulcemente...
-Son
suaves, dijo: son igualmente suaves, aunque una sea oscura y la otra
sangrienta. Las llevaré y haré con ellas un vaso.
Nos mezcló el alfarero como no se mezcla nada en la luz: más que dos
brisas, más que dos aguas. Y ningún ácido, ninguna química de los hombres,
hubiera podido separarnos.
Cuando
nos puso en un horno ardiente, alcanzamos el color más luminoso y el más
bello que se ha mostrado al sol: era un rosa viviente de pétalo recién
abierto...
Cuando
el alfarero lo sacó del horno ardiente, pensó que aquello ya no era lodo,
sino una flor: como Dios, ¡él había alcanzado a hacer una flor!
Y
el vaso dulcificaba el agua hasta tal punto que el hombre que lo compró
gustaba de verterle los zumos más amargos: el ajenjo, la cicuta, para
recogerlos melificados. Y si el alma misma de Caín se hubiera podido
sumergir en el vaso, hubiera ascendido de él como un panal, goteante de
miel...
VI-
Las ánforas
Ya
hallaste por el río la greda roja y la greda negra; ya amasas las ánforas,
con los ojos ardientes.
Alfarero,
haz la de todos los hombres, que cada uno la precisa semejante al propio
corazón.
Haz
el ánfora del campesino, fuerte el asa, esponjado el contorno como la
mejilla del hijo. No turbará cual la gracia, más será el Ánfora de la
Salud.
Haz
el ánfora del sensual; hazla ardiente como la carne que ama; pero para
purificar su instinto, dale labio espiritual, leve labio.
Haz
el ánfora del triste; hazla sencilla como una lágrima, sin un pliegue, sin
una franja coloreada, porque el dueño no le mirará la hermosura. Y amásala
con el lodo de las hojas secas, para que halle al beber el olor de los
otoños, que es el perfume mismo de su corazón.
Haz
el ánfora de los miserables, tosca, cual un puño, desgarrada de dar, y
sangrienta, como la granada. Será el Ánfora de la Protesta.
Y
haz el ánfora de Leopardi, el ánfora de los torturados que ningún amor
supo colmar. Hazles el vaso en que miren su propio corazón, para que se
odien más. No echarán en ella ni el vino ni el agua, que será el Ánfora de
la Desolación. Y su seno vaciado inquietará más que si estuviera colmado
de sangre, al que lo mire.
VII-
Vasos
-Todos somos vasos -me dijo el alfarero, y como yo sonriera, añadió:
-Tú eres un vaso vaciado. Te volcó un grande amor y ya no te vuelves a
colmar más. No eres humilde, y rehúsas bajar como otros vasos a las
cisternas, a llenarte de agua impura. Tampoco te abres para alimentarte de
las pequeñas ternuras, como algunas de mis ánforas que reciben las lentas
gotas que les vierte la noche y viven de esa breve frescura. Y no estás
roja, sino blanca de sed, porque el sumo ardor tiene esa tremenda blancura.
VIII-
La limitación
Los
vasos sufren de ser vasos -agregó-. Sufren de contener en toda su vida
nada más que cien lágrimas y apenas un suspiro o un sollozo intenso. En
las manos del Destino tiemblan, y no creen que vacilan así porque son
vasos. El amor los tajea de ardor, y no ven que son hermanos de mis gredas
abiertas. Cuando miran al mar, que es ánfora inmensa, los vasos padecen,
humillados. Odian su pequeña pared, su pequeño pie de copas, que apenas se
levanta del polvo para recibir un poco la luz del día.
Cuando
los hombres se abrazan en la hora del amor, no ven que son tan exiguos
como un tallo de hierba y que se ciñen con un solo brazo extendido: ¡lo
mismo que un ánfora!
Miden
desde su quietud meditativa el contorno de todas las cosas y su brevedad
no la conocen, de verse engrandecidos en su sombra.
Del dedo de Dios que los contorneó, aún conservan un vago perfume
derramado en sus paredes, y suelen preguntar en qué jardín de aromas
fueron amasados. Y el aliento de Dios, que caía sobre ellos mientras iba
labrándolos, les dejó para mayor tortura esta vaga remembranza de una
insigne suavidad y dulzura.
IX-
La sed
-Todos los vasos tienen sed -siguió diciéndome el alfarero-; «esos»
como los míos, de arcilla perecedera. Así los hicieron, abiertos, para que
pudieran recibir el rocío del cielo, y también ¡ay!, para que huyera
presto su néctar.
Y
cuando están colmados tampoco son dichosos, porque todos odian el líquido
que hay en su seno. El vaso de falerno aborrece su áspero olor de lagares;
el óleo perfumado odia su grávida espesura y envidia la levedad del vaso
de agua clara.
Y
los vasos con sangre viven desesperados del grumo tenaz que se cuaja en
sus paredes y que no pueden ir a lavar en los arroyos, y son los más
angustiados.
Para pintar el ansia de los hombres haz de ellos solamente el rostro
con los labios entreabiertos de sed, o haz sencillamente un vaso, que
también es una boca con sed.
Poemas del éxtasis
I-
Estoy llorando
Me
has dicho que me amas, y estoy llorando. Me has dicho que pasarás conmigo
entre tus brazos por los valles del mundo.
Me
has apuñaleado con la dicha no esperada. Pudiste dármela gota a gota, como
el agua al enfermo, ¡y me pusiste a beber en el torrente!
Caída en tierra, estaré llorando hasta que el alma comprenda. Han
escuchado mis sentidos, mi rostro, mi corazón; mi alma no acaba de
comprender.
Muerta
la tarde divina, volveré vacilando hacia mi casa, apoyándome en los
troncos del camino... Es la senda que hice esta mañana, y no la voy a
reconocer. Miraré con asombro el cielo, el valle, los techos de la aldea,
y les preguntaré su nombre, porque he olvidado toda la vida.
Mañana
me sentaré en el lecho y pediré que me llamen, para oír mi nombre y creer.
Y volveré a estallar en llanto. ¡Me has apuñaleado con la dicha!
II-
Dios
Háblame
ahora de Dios, y te he de comprender.
Dios
es este reposo de tu larga mirada en mi mirada, este comprenderse sin el
ruido intruso de las palabras. Dios es esta entrega ardiente y pura y esta
confianza inefable.
Está, como nosotros, amando al alba, al mediodía y a la noche, y le
parece, como a los dos, que comienza a amar...
No
necesita otra canción que su amor mismo, y la canta desde el suspiro al
sollozo. Y vuelve otra vez al suspiro...
Es
esta perfección de la rosa madura, antes de que caiga el primer pétalo.
Y
es esta certidumbre divina de que la muerte es mentira.
Si, ahora comprendo a Dios.
III-
El mundo
-No se aman -dijeron-, porque no se buscan. No se han besado, porque
ella va todavía pura. ¡No saben que nos entregamos en una sola mirada!
Tu
faena está lejos de la mía y mi asiento no está a tus pies. Y sin embargo,
haciendo mi labor, siento como si te entretejiera con la red de la lana
suavísima, y tú estás sintiendo allá lejos que mi mirar baja sobre tu
cabeza inclinada. ¡Y se rompe de dulzura tu corazón!
Muerto
el día, nos encontraremos por unos instantes; pero la herida dulce del
amor nos sustentará hasta el otro atardecer.
Ellos
que se revuelcan en la voluptuosidad sin lograr unirse, no saben que por
una mirada somos esposos
IV-
Hablaban de ti...
Me
hablaron de ti ensangrentándote con palabras numerosas. ¿Por qué se
fatigará inútilmente la lengua de los hombres? Cerré los ojos y te miré en
mi corazón. Y eras puro, como la escarcha que amanece dormida en los
cristales.
Me
hablaron de ti alabándote con palabras numerosas. ¿Para qué se fatigará
inútilmente la generosidad de los hombres...? Guardé silencio, y la
alabanza subió de mis entrañas, luminosa como suben los vapores del mar.
Callaron
otro día tu nombre y dijeron otros en la glorificación ardiente. Los
nombres extraños caían sobre mí, inertes, malogrados. Y tu nombre que
nadie pronunciaba, estaba presente como la Primavera, que cubría el valle,
aunque nadie estuviera cantándola en esa hora diáfana.
V-
Esperándote
Te
espero en el campo. Va cayendo el sol. Sobre el llano baja la noche, y tú
vienes caminando a mi encuentro, naturalmente, como cae la noche. ¡Apresúrate,
que quiero ver el crepúsculo sobre tu cara!
¡Qué
lento te acercas! Parece que te hundieras en la tierra pesada. Si te
detuvieses en este momento, se pararían mis pulsos de angustia y me
quedaría blanca y yerta.
Vienes
cantando como las vertientes bajan al valle. Ya te escucho...
¡Apresúrate!
El día que se va quiere morir sobre nuestros rostros unidos.
VI-
Escóndeme
Escóndeme,
que el mundo no me adivine. Escóndeme como el tronco su resina, y que yo
te perfume en la sombra, como la gota de goma, y que te suavice con ella,
y los demás no sepan de dónde viene tu dulzura...
Soy
fea sin ti, como las cosas desarraigadas de su sitio: como las raíces
abandonadas sobre el suelo.
¿Por qué no soy pequeña, como la almendra en el hueso cerrado?
¡Bébeme!
Hazme una gata de tu sangre, y subiré a tu mejilla, y estaré en ella como
la pinta vivísima en la hoja de la vid. Vuélveme tu suspiro, y subiré y
bajaré de tu pecho, me enredaré en tu corazón, saldré al aire para volver
a entrar. Y estaré en este juego toda la vida...
VII-
La flor de cuatro pétalos
Mi
alma fue un tiempo un gran árbol en que se enrojecía un millón de frutos.
Entonces mirarme solamente daba plenitud, oír cantar bajo mis ramas cien
aves era una tremenda embriaguez.
Después
fue un arbusto, un arbusto retorcido de sobrio ramaje, pero todavía capaz
de manar goma perfumada.
Ahora
es sólo una flor, una pequeña flor de cuatro pétalos. Uno se llama la
Belleza, y otro el Amor, y están próximos; otro se llama el Dolor y el
último la Misericordia. Así, uno a uno, fueron abriéndose, y la flor no
tendrá ninguno más,
Tienen
los pétalos en la base una gota de sangre, porque la belleza me fue
dolorosa, porque fue mi amor pura tribulación y mi misericordia nació
también de una herida.
Tú
que supiste de mí cuando era un gran árbol y que llegas buscándome tan
tarde, en la hora crepuscular, tal vez pases sin reconocerme. Yo desde el
polvo te miraré en silencio y sabré por tu rostro si eres capaz de
saciarte con una simple flor, tan breve como una lágrima. Si te veo en los
ojos la ambición, te dejaré pasar hacia las otras, que son ahora grandes
árboles enrojecidos de fruto.
Porque el que hoy puedo consentir junto a mí en el polvo, ha de ser
tan humilde que se conforme con este breve resplandor, y ha de tener tan
muerta la ambición que pueda quedar para la eternidad con la mejilla sobre
mi tierra, olvidado del mundo, ¡con sus labios sobre mí!
VIII-
La sombra
Sal por el campo al atardecer y déjame tus huellas sobre la hierba,
que yo voy tras ti. Sigue por el sendero acostumbrado, llega a las
alamedas de oro, sigue por las altas alamedas de oro hasta la sierra
amoratada. Y camina entregándote a las cosas, palpando los troncos, para
que me devuelvan, cuando yo pase, tu caricia. Mírate en las fuentes y
guárdenme las fuentes un instante el reflejo de tu cara, hasta que yo pase.
Porque a ti yo no podré verte más en la Tierra de los hombres.
IX-
Si viene la muerte
Si
te ves herido no temas llamarme. No, llámame desde donde te halles, aunque
sea el lecho de la vergüenza. Y yo iré, aun cuando estén erizados de
espinos los llanos hasta tu puerta.
No
quiero que ninguno, ni Dios, te enjugue en las sienes el sudor ni te
acomode la almohada bajo la cabeza.
¡No! Estoy guardando mi cuerpo para resguardar de la lluvia y las
nieves tu huesa cuando ya duermas. Mi mano quedará sobre tus ojos para que
no miren la noche tremenda.
El arte
A María Enriqueta
I-
La belleza
Una canción es una herida de amor que nos abrieron las cosas.
A
ti, hombre basto, sólo te turba un vientre de mujer, un montón de carne de
mujer. Nosotros vamos turbados, nosotros recibimos la lanzada de toda la
belleza del mundo, porque la noche estrellada nos fue amor tan agudo como
un amor de carne.
Una canción es una respuesta que damos a la hermosura del mundo. Y la
damos con un temblor incontenible, como el tuyo delante de un seno
desnudo.
Y
de volver en sangre esta caricia de la Belleza, y de responder al
llamamiento innumerable de ella por los caminos, vamos más febriles, vamos
más flagelados que tú.
II-
El canto
Una mujer está cantando en el valle. La sombra que llega la borra;
pero su canción la yergue sobre el campo.
Su
corazón está henchido, como su vaso que se trizó esta tarde en las guijas
del arroyo. Mas ella canta; por la escondida llaga se aguza pasando la
hebra del canto, se hace delgada y firme. En una modulación la voz se moja
de sangre.
En
el campo ya callan por la muerte cotidiana las demás voces, y se apagó
hace un instante el canto del pájaro más rezagado. Y su corazón sin muerte,
su corazón vivo de dolor, ardiente de dolor, recoge las voces que callan
en su voz, aguda ahora, pero siempre dulce.
¿Canta para un esposo que la mira calladamente en el atardecer, o
para un niño al que su canto endulza? ¿O cantará para su propio corazón,
más desvalido que un niño solo al anochecer?
La
noche que viene se materniza por esa canción que sale a su encuentro; las
estrellas se van abriendo con humana dulzura: el cielo estrellado se
humaniza y entiende el dolor de la Tierra.
El
canto puro como un agua con luz, limpia el llano, lava la atmósfera del
día innoble en el que los hombres se odiaron. De la garganta de la mujer
que sigue cantando, se exhala y sube el día, ennoblecido, ¡hacia las
estrellas!
III-
El ensueño
Dios
me dijo: -Lo único que te he dejado es una lámpara para tu noche. Las
otras se apresuraron, y se han ido con el amor y el placer. Te he dejado
la lámpara del Ensueño, y tú vivirás a su manso resplandor.
No
abrasará tu corazón, como abrasará el amor a las que con él partieron, ni
se te quebrará en la mano, como el vaso del placer a las otras. Tiene una
lumbre que apacigua.
Si
enseñas a los hijos de los hombres, enseñarás a su claridad, y tu lección
tendrá una dulzura desconocida. Si hilas, si tejes la lana o el lino, el
copo se engrandecerá por ella de una ancha aureola.
Cuando
hables, tus palabras bajarán con más suavidad de la que tienen las
palabras que se piensan en la luz brutal del día.
El
aceite que la sustente manará de tu propio corazón, y a veces lo llevarás
doloroso, como el fruto en él que se apura la miel o el óleo, con la
magulladura. ¡No importa!
A
tus ojos saldrá su resplandor tranquilo y los que llevan los ojos
ardientes de vino o de pasión, se dirán: -¿Qué llama lleva ésta que no la
afiebra ni la consume?
No
te amarán, creyéndote desvalida: hasta creerán que tienen el deber de
serte piadosos. Pero, en verdad, tú serás la misericordiosa cuando con tu
mirada, viviendo entre ellos, sosiegues su corazón.
A
la luz de esta lámpara, leerás tú los poemas ardientes que han entregado
la pasión de los hombres, y serán para ti más hondos. Oirás la música de
los violines, y si miras los rostros de los que escuchan, sabrás que tú
padeces y gozas mejor. Cuando el sacerdote, ebrio de su fe, vaya a
hablarte, hallará en tus ojos una ebriedad suave y durable de Dios, y te
dirá: -Tú le tienes siempre; en cambio, yo sólo ardo de Él en los momentos
de éxtasis.
Y
en las grandes catástrofes humanas, cuando los hombres pierden su oro, o
su esposa, o su amante, que son sus lámparas, sólo entonces vendrán a
saber que la única rica eras tú, porque con las manos vacías, con el
regazo baldío, en tu casa desolada, tendrás el rostro bañado del fulgor de
tu lámpara. ¡Y sentirán vergüenza de haberte ofrecido los mendrugos de su
dicha!
IV-
Decálogo del artista
I.
Amarás la belleza, que es la sombra de Dios sobre el Universo.
II. No hay arte ateo. Aunque no ames al Creador, lo afirmarás creando
a su semejanza.
III. No darás la belleza como cebo para los sentidos, sino como el
natural alimento del alma.
IV. No te será pretexto para la lujuria ni para la vanidad, sino
ejercicio divino.
V.
No la buscarás en las ferias ni llevarás tu obra a ellas, porque la
Belleza es virgen, y la que está en las ferias no es Ella.
VI. Subirá de tu corazón a tu canto y te habrá purificado a ti el
primero.
VII. Tu belleza se llamará también misericordia, y consolará el
corazón de los hombres.
VIII. Darás tu obra como se da un hijo: restando sangre de tu corazón.
IX. No te será la belleza opio adormecedor, sino vino generoso que te
encienda para la acción, pues si dejas de ser hombre o mujer, dejarás de
ser artista.
X.
De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño, e
inferior a ese sueño maravilloso de Dios, que es la Naturaleza.
Comentarios a
poemas de Rabindranath Tagore
«Sé que también
amaré la muerte».
No
creo, no, en que he de perderme tras la muerte.
¿Para qué me habrías henchido tú, si había de ser vaciada y quedar
como las cañas exprimida? ¿Para qué derramarías la luz cada mañana sobre
mis sienes y mi corazón, si no fueras a recogerme como se recoge el racimo
negro melificado al sol, cuando ya media el otoño?
Ni
fría ni desamorada me parece, como a los otros, la muerte. Paréceme más
bien un ardor, un tremendo ardor que desgaja y desmenuza las carnes, para
despeñarnos caudalosamente el alma.
Duro, acre, sumo, el abrazo de la muerte. Es tu amor, es tu terrible
amor, ¡oh, Dios! ¡Así deja rotos y vencidos los huesos, lívida de ansia la
cara y desmadejada la lengua!
«Yo me jacté
entre los hombres de que te conocía...».
Como tienen tus hombres un delirio de afirmaciones acerca de tus
atributos, yo te pinté al hablar de Ti con la precisión del que pinta los
pétalos de la azucena. Por amor, por exageración de amor, describí lo que
no veré nunca. Vinieron a mí tus hombres a interrogarme; vinieron porque
te hallan continuamente en mis cantos, derramado como un aroma líquido. Yo,
viéndoles más ansia que la del sediento al preguntar por el río, les parlé
de Ti, sin haberte gozado todavía.
Tú,
mi Señor, me lo perdonarás. Fue el anhelo de ellos, fue el mío también de
mirarte límpido y neto como las hojas de la azucena. A través del desierto,
es el ansia de los beduinos la que traza vívidamente el espejismo en la
lejanía... Estando en silencio para oírte, el latir de mis arterias me
pareció la palpitación de tus alas sobre mi cabeza febril, y la di a los
hombres como tuya. Pero Tú que comprendes te sonríes con una sonrisa llena
de dulzura y de tristeza a la par.
Sí.
Es lo mismo, mi Señor, que cuando aguardamos con los ojos ardientes,
mirando hacia el camino. El viajero no viene, pero el ardor de nuestros
ojos lo dibuja a cada instante en lo más pálido del horizonte...
Sé
que los otros me ultrajarán porque he mentido; pero Tú, mi Señor,
solamente sonreirás con tristeza. Lo sabes bien: la espera enloquece y el
silencio crea ruidos en torno de los oídos febriles.
«Arranca esta
florecilla. Temo que se marchite, y se deshoje, y se caiga, y se confunda
con el polvo».
Verdad
es que aún no estoy en sazón, que mis lágrimas no alcanzarían a colmar el
cuenco de tus manos. Pero no importa, mi Dueño; en un día de angustias
puedo madurar por completo.
Tan
pequeña me veo que temo no ser advertida y quedar olvidada como la espiga
en que no reparó, pasando, el segador. Por esto quiero suplir con el canto
mi pequeñez, sólo por hacerte volver el rostro si me dejas perdida, ¡oh,
mi Segador extasiado!
Verdad
es también que no haré falta para tus harinas celestiales; verdad es que
en tu pan no pondré un sabor nuevo. Mas, ¡de vivir atenta a tus
movimientos sutiles, te conozco tantas ternuras que me hacen confiar! Yo
te he visto, yendo de mañana por el campo, recoger evaporada la gotita de
rocío que tirita en la cabezuela florida de una hierba y sorberla con
menos ruido que el de un beso. Te he visto asimismo, dejar disimuladas en
el enredo de las zarzamoras las hebras para el nido del tordo. Y he
sonreído, muerta de dicha, diciéndome: -Así me recogerá, como a la gotita
trémula, antes de que me vuelva fango: así como al pájaro se cuidará de
albergarme después de la última hora.
¡Recógeme,
pues, recógeme pronto! No tengo raíces clavadas en esta tierra de los
hombres. Con un simple movimiento de tus labios, me sorbes; ¡con una
imperceptible inclinación, me recoges!
Lecturas espirituales
A don Constancio Vigil.
I-
Lo feo
El
enigma de la fealdad tú no lo has descifrado. Tú no sabes por qué el Señor
dueño de los lirios del campo, consiente por los campos la culebra y el
sapo en el pozo. Él los consiente. Él los deja atravesar sobre los musgos
con rocío.
En
lo feo, la materia está llorando; yo le he escuchado el gemido. Mírale el
dolor, y ámalo. Ama la araña y los escarabajos por dolorosos, porque no
tienen, como la rosa, una expresión de dicha. Ámalos porque son un anhelo
engañado de hermosura, un deseo no oído de perfección. Son como algunos de
tus días, malogrados y miserables a pesar de ti mismo. Ámalos, porque no
recuerdan a Dios, ni nos evocan la cara amada.
Ten piedad de ellos que buscan terriblemente, con una tremenda ansia,
la belleza que no trajeron. La araña ventruda, en su tela leve, sueña con
la idealidad, y el escarabajo deja el rocío sobre un lomo negro para que
le finja un resplandor fugitivo.
II-
La venda
Toda la belleza de la Tierra puede ser venda para tu herida. Dios la
ha extendido delante de ti; así como un lienzo coloreado te ha extendido
sus campos de primavera.
Son
ternura de la tierra, palabras suyas de amor, las florecillas blancas y
el guijarro de color; siéntelos de este modo. Toda la belleza es
misericordia de Dios.
El
que te alarga la espina en una mano temblorosa, te ofrece en la otra un
motivo para la sonrisa. No digas que es un juego cruel. Tú no sabes (en la
química de Dios), por qué es necesaria el agua de las lágrimas.
Siente
así como venda el cielo. Es una ancha venda que baja hasta tocar la
magulladura de tu corazón en suavizadora caricia.
El
que te ha herido, se ha ido dejándote hebras para la venda por todo el
camino...
Y
cada mañana, al abrir tus balcones, siente como una venda maravillosa y
anticipada para la pena del día, el alba que sube por las montañas...
III-
A un sembrador
Siembra
sin mirar la sierra donde cae el grano; estás perdido si consultas el
rostro de los demás. Tu mirada invitándoles a responder, les parecerá
invitación a alabarte, y aunque estén de acuerdo con tu verdad, te negarán
por orgullo la respuesta. Di tu palabra, y sigue tranquilo, sin volver el
rostro. Cuando vean que te has alejado, recogerán tu simiente; tal vez la
besen con ternura y la lleven a su corazón.
No
pongas tu efigie reteñida sobre tu doctrina. Le enajenará el amor de los
egoístas, y los egoístas son el mundo.
Habla
a tus hermanos en la penumbra de la tarde, para que se borre tu rostro, y
vela tu voz hasta que se confunda con cualquier otra voz. Hazte olvidar,
hazte olvidar... Harás como la rama que no conserva la huella de los
frutos que ha dejado caer.
Hasta los hombres más prácticos, los que se dicen menos interesados
en los sueños, saben el valor infinito de un sueño, y recelan de
engrandecer al que lo soñó.
Harás
como el padre que perdona al enemigo si lo sorprendió besando a su hijo.
Déjate besar en tu sueño maravilloso de redención. Míralo en silencio y
sonríe...
Bástete
la sagrada alegría de entregar el pensamiento; bástete el solitario y
divino saboreo de su dulzura infinita. Es un misterio al que asisten Dios
y tu alma. ¿No te conformas con ese inmenso testigo? Él supo, Él ya ha
visto, Él no olvidará.
También
Dios tiene ese recatado silencio, porque Él es el Pudoroso. Ha derramado
sus criaturas y la belleza de las cosas por valles y colinas, calladamente,
con menos rumor del que tiene la hierba al crecer. Vienen los amantes de
las cosas, las miran, las palpan y se están embriagados, con la mejilla
sobre sus rostros. ¡Y no lo nombran nunca! Él calla, calla siempre. Y
sonríe...
IV-
El arpa de Dios
El
que llamó David el «Primer Músico», tiene como él un arpa: es un arpa
inmensa, cuyas cuerdas son las entrañas de los hombres. No hay un solo
momento de silencio sobre el arpa ni de paz para la mano del Tañedor
ardiente.
De
sol a sol Dios desprende a sus seres melodías.
Las
entrañas del sensual dan un empañado sonido; las entrañas del gozador dan
voces opacas como el gruñido de las bestias; las entrañas del avaro apenas
si alcanzan a ser oídas; las del justo son un temblor de cristal; y las
del doloroso, como los vientos sobre el mar, tienen una riqueza de
inflexiones, desde el sollozo al alarido. La mano del Tañedor se tarda
sobre ellas.
Cuando
canta el alma de Caín, se trizan los cielos como un vaso; cuando canta
Booz, la dulzura hace recordar las altas parvas; cuando canta Job, se
conmueven las estrellas como una carne humana. Y Job escucha arrobado el
río de su dolor vuelto hermosura...
El
Músico oye las almas que hizo, con desaliento o con ardor. Cuando pasa de
las áridas a las hermosas, sonríe o cae sobre la cuerda su lágrima.
Y
nunca calla el arpa; y nunca se cansa el Tañedor ni los cielos que
escuchan.
El
hombre que abre la tierra, sudoroso, ignora que el Señor al que a veces
niega, está pulsando sus entrañas; la madre que entrega al hijo ignora
también que su grito hiere el azul y que en ese momento su cuerda se
ensangrienta. Sólo el místico lo supo, y de oír esta arpa rasgó sus
heridas para dar más, para cantar infinitamente en los campos del cielo.
V-
La ilusión
¡Nada te han robado! La tierra se extiende, verde, en un ancho brazo
en torno tuyo, y el cielo, existe sobre tu frente. Echas de menos un
hombre que camina por el paisaje. Hay un árbol, en el camino, un álamo
fino y tembloroso. Haz con él su silueta. Se ha detenido, a descansar; te
está mirando.
¡Nada te han robado! Una nube pasa sobre tu rostro, larga, suave,
viva. Cierra los ojos. La nube es en torno de tu cuello un abrazo que no
te oprime, ni te turba. Ahora una lágrima te resbala por el rostro. Es su
beso sereno.
¡Nada te han robado!
I-
Los olivos
Cuando
el tumulto se alejó, desapareció en la noche, los olivos hablaron: -Nosotros
le vimos penetrar en el Huerto.
-Yo
recogí una rama para no rozarlo.
-Yo
la incliné para que me tocara.
-¡Todos le miramos, con una sola y estremecida mirada!
-Cuando
habló a los discípulos, yo el más próximo, conocí toda la dulzura de la
voz humana. Corrió por mi tronco su acento como un hilo de miel...
-Nosotros
enlazamos apretándolos los follajes, cuando bajaba el Ángel con el cáliz,
para que no lo bebiera.
-Y
cuando lo apuró, la amargura de su labio traspasó los follajes y subió
hasta lo alto de las copas. ¡Ningún ave nos quebrará más la hoja amarga,
ahora más amarga que el laurel!
-En
su sudor de sangre bebieron nuestras raíces. ¡¡Todas han bebido!!
-Yo
dejé caer una hoja sobre el rostro de Pedro, que dormía. Apenas se
estremeció. Desde entonces sé ¡oh, hermanos!, que los hombres no aman, que
hasta cuando quieren amar no aman bien.
-Cuando
le besó Judas, veló Él la luna, por que nosotros, ¡árboles!, no viéramos
el beso de un hombre.
-Pero mi rama lo vio, y está quemada sobre mi tronco con vergüenza.
-¡Ninguno
de nosotros hubiera querido tener alma en ese instante!
-Nunca le vimos antes; sólo los lirios de las colinas lo miraron
pasar. ¿Por qué no sombreó ninguna siesta junto a nosotros?
-Si le hubiéramos visto alguna vez, ahora también quisiéramos morir.
-¿Dónde
ha ido? ¿Dónde está a estas horas?
-Un
soldado dijo que lo crucificarían mañana sobre el monte.
-Tal vez nos mire en su agonía, cuando ya se doble su cabeza; tal vez
busque el valle donde amó y en su mirada inmensa nos abarque.
-Quizás
lleve muchas heridas; acaso se halla a estas horas como uno de nosotros
vestido de heridas.
-Mañana
le bajarán al valle para sepultarle.
-¡Que descienda todo el aceite de nuestros frutos, que las raíces
lleven un río de aceite bajo la tierra, hasta sus heridas!
-Amanece.
¡Han emblanquecido todos nuestros follajes!
II- El beso
La
noche del Huerto, Judas durmió unos momentos y soñó, soñó con Jesús,
porque sólo se sueña con los que se ama o con los que se mata.
Y
Jesús le dijo:
-¿Por qué me besaste? Pudiste señalarme clavándome con tu espada. Mi
sangre estaba pronta, como una copa, para tus labios; mi corazón no
rehusaba morir. Yo esperaba que asomara tu rostro entre las ramas.
¿Por qué me besaste? La madre no querrá besar a su hijo, porque tú lo
has hecho, y todo lo que se besa por amor en la tierra, los follajes y los
soles, rehusarán la caricia ensombrecida. ¿Cómo podré borrar tu beso de la
luz, para que no se empañen o caigan los lirios de esta primavera? ¡He
aquí que has pecado contra la confianza del mundo!
¿Por qué me besaste? Ya los que mataron con garfios y cuchillas se
lavaron: ya son puros.
¿Cómo
vivirás ahora? Porque el árbol muda la corteza con llagas; pero tú, para
dar otro beso, no tendrás otros labios, y si besases a tu madre encanecerá
a tu contacto, como blanquearon de estupor al comprender los olivos que te
miraron.
Judas, Judas, ¿quién te enseñó ese beso?
-La
prostituta, respondió ahogadamente, y sus miembros se anegaban en un sudor
que era también de sangre, y mordía su boca para desprendérsela, como el
árbol su corteza gangrenada.
Y
sobre la calavera de Judas, los labios quedaron, perduraron sin caer,
entreabiertos, prolongando el beso. Una piedra echó su madre sobre ellos
para juntarlos; el gusano los mordió para desgranarlos; la lluvia los
empapó en vano para podrirlos. Besan, ¡siguen besando aún bajo la tierra!
Poemas del hogar
A Celmira Zúñiga
I-
La lámpara
¡Bendita sea mi lámpara! No me humilla como la llamarada del sol, y
tiene un mirar humanizado de pura suavidad, de pura dulcedumbre.
Arde en medio de mi cuarto: es su alma. Su apagado reflejo hace
brillar apenas mis lágrimas y no las veo correr por mi pecho...
Según
el sueño que está en mi corazón, mudo su cabezuela de cristal. Para mi
oración le doy una lumbre azul, y mi cuarto se hace como la hondura del
valle -ahora que no elevo mi plegaria desde el fondo de los valles. Para
la tristeza, tiene un cristal violeta, y hace a las cosas padecer conmigo.
Más sabe ella de mi vida que los pechos en que he descansado. Está
viva de haber tocado tantas noches mi corazón; tiene el suave ardor de mi
herida íntima, que ya no abrasa, que para durar se hizo suavísima...
Tal vez al caer la noche los muertos sin mirada vienen a buscarla en
los ojos de las lámparas. ¿Quién será este muerto que está mirándome con
tan callada dulzura?
Si
fuese humana, se fatigaría antes de mi pena, o bien, enardecida de
solicitud, querría aún estar conmigo cuando la misericordia del sueño
llega. Ella es, pues, la Perfecta.
Desde afuera no se adivina, y mis enemigos que pasan me creen sola. A
todas mis posesiones, tan pequeñas como ésta, tan divinas como ésta, voy
dando una claridad imperceptible, para defenderlas de los robadores de
dichas.
Basta lo que alumbra su halo de resplandor. Caben en él la cara de mi
madre y el libro abierto. ¡Que me dejen solamente lo que baña esta lámpara;
de todo lo demás pueden desposeerme!
¡Yo
pido a Dios que en esta noche no falte a ningún triste una lámpara suave
que amortigüe el brillo de sus lágrimas!
II-
El brasero
¡Brasero
de pedrerías, ilusión para el pobre: mirándote, tenemos las piedras
preciosas!
Voy
gozándote a lo largo de la noche los grados del ardor: primero es la
brasa, desnuda como una herida; después, una veladura de ceniza que te da
el calor de las rosas menos ardientes; y al acabar la noche, una blancura
leve y suavísima que te amortaja.
Mientras
ardías, se me iban encendiendo los sueños o los recuerdos, y con la
lentitud de tu brasa, iban después velándose, muriéndose...
Eres
la intimidad: sin ti existe la casa, pero no sentimos el
hogar.
Tú
me enseñaste que lo que arde congrega a los seres en torno de su llama, y
mirándote cuando niña pensé volver así mi corazón. E hice en torno mío el
corro de los niños.
Las
manos de los míos se juntan sobre tus brasas. Aunque la vida nos esparza,
nos hemos de acordar de esta red de las manos tejida en torno tuyo.
Para gozarte mejor, te dejo descubierto; no consiento que cubran tu
rescoldo maravilloso.
Te
dieron una aureola de bronce, y ella te ennoblece, ensanchando el
resplandor.
Mis abuelas quemaron en ti las buenas hierbas que ahuyentan a los
espíritus malignos, y yo también para que te acuerdes de ellas suelo
espolvorearte las hierbas fragantes, que crepitan en tu rescoldo como
besos.
Mirándote,
viejo brasero del hogar, voy diciendo:
-Que todos los pobres te enciendan en esta noche, para que sus manos
tristes se junten sobre ti con amor!
III-
El cántaro de greda
¡Cántaro
de greda, moreno como mi mejilla, tan fácil que eres a mi sed!
Mejor
que tú es el labio de la fuente, abierto en la quebrada; pero está lejos,
y en esta noche de verano no puedo ir hacia él.
Yo
te colmo cada mañana lentamente. El agua canta primero al caer; cuando
queda en silencio, la beso sobre la boca temblorosa, pagando su merced.
Eres
gracioso y fuerte, cántaro moreno. Te pareces al pecho de una campesina
que me amamantó cuando rendí el seno de mi madre, y me acuerdo de ella
mirándote.
¿Tú
ves mis labios secos? Son labios que trajeron muchas sedes: la de Dios, la
de la Belleza, la del Amor. Ninguna de estas cosas fue como tú, sencilla y
dócil, y las tres siguen blanqueando mis labios...
¿Sientes
mi ternura?
En
el verano pongo debajo de ti una arenilla dorada y húmeda, para que no te
tajee el calor, y una vez te cubrí tiernamente una quebradura con barro
fresco.
Fui torpe para muchas faenas, pero siempre he querido ser
la dulce dueña,
la que coge las cosas con temblor de dulzura por si entendieran, por si
padecieran como ella...
Mañana
cuando vaya al campo, cortaré las hierbas buenas para traértelas y
sumergirlas en tu agua.
Cántaro
de greda: eres más bueno para mí qué los que dijeron ser buenos.
¡Yo
quiero que todos los pobres tengan, como yo, en esta siesta ardiente, un
cántaro fresco para sus labios con amargura!
Mujer,
bendito sea el alfarero que hizo tu cuerpo: te ensanchó los ojos tamo
grutas marinas; te puso en los brazos las tremendas cuerdas de la pasión;
te ahondó la garganta hasta las entrañas, para que pudieras entregar el
mayor grito.
Bendito sea en ti el cuerpo humano. ¡Expresiva!, bendito de la planta
a la frente: en la cabellera requemada como por el aliento del desierto;
en la boca que la amargura afila; en tu cintura estremecida de llevar
ceñido veinte años el cilicio de cien garfios de la pasión; ¡en tus pies,
que empina el ansia o hace trepidar la alegría!
Bendito sea el verbo de los poetas en tu boca: benditos los que para
ti calientan
hasta el blanco los hierros de la palabra, porque tus labios
son dignos de que ellos se despedazaran. Benditos sean los cuajarones de
sangre de la tragedia cuando se derriten en tu lengua y las avientan tus
manos. ¡Dios guarde por ti a Gabriel D'Annunzio y a Darío Nicodemi!
¡Alabada
sea la mujer que toma las multitudes en sus brazos extendidos y hace de
ellas una pira y les allega su llama!
Con
los elementos intensos del mundo te amasaron y te irguieron en tu valle:
con la brasa del sol romano, con las gredas más rojas.
Te
pusieron un mediodía en una colina del Lacio, y subió en una ráfaga a ti
todo el dolor derramado por los valles. Te hicieron el vértice de la
pasión de tu raza. Quedaron por ti como desteñidas las demás criaturas,
pues les bebiste toda la sangre ea la esponja de tu pecho, ¡ávida!
Te
entiendan y se fundan de alabanza las cosas mismas cuando te oyen aullar
de angustia; los semblantes de las cosas se vuelvan hacia ti, vivos como
se volvieron para mirar a Orfeo, ¡animadora!
Te
lleven sus cantos los hombres y las mujeres, y sólo tú seas digna de dar
los terciopelos de su plegaria, y te pidan la boca para su alarido.
¡Y
quede tu voz resonando cincuenta años en las entrañas de los que te
escucharon, como resonará en las mías para siempre!
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