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LITERATURA CHILENA

GABRIELA MISTRAL

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GABRIELA MISTRAL - CUENTOS INFANTILES

 

Por qué las cañas son huecas

A don M. Salas Marchand

 

     Al mundo apacible de las plantas también llegó un día la revolución social. Dícese que los caudillos fueron aquí las cañas vanidosas. Maestro de rebeldes, el viento hizo la propaganda, y en poco tiempo no se habló de otra cosa en los centros vegetales. Los bosques venerables fraternizaron con los bosquecillos locos en la aventura de luchar por la igualdad.

     Pero, ¿qué igualdad? ¿De consistencia en la madera, de bondades en el fruto, de derecho a la buena agua?

     No; la igualdad de altura, simplemente. Levantar la cabeza a uniforme elevación, fue el ideal. El maíz no pensó en hacerse fuerte como el roble, sino en mecer a la altura misma de él sus espiguillas velludas. La rosa no se afanaba por ser útil como el caucho, sino por llegar a la copa altísima de éste y hacerla una almohada donde echar a dormir sus flores.

     ¡Vanidad, vanidad, vanidad! Delirio de ser grande, aunque siéndolo contra Natura, se caricaturizaran los modelos. En vano algunas flores cuerdas -las violetas medrosas y los chatos nenúfares- hablaron de la ley divina y de soberbia loca. Sus voces parecieron chochez.

     Un poeta viejo con las barbas como Nilos, condenó el proyecto en nombre de la belleza, y dijo sabias cosas acerca de la uniformidad, odiosa en todos los órdenes.

 

II

     ¿Cómo lo consiguieron? Cuentan de extraños influjos. Los genios de la tierra soplaron bajo las plantas su vitalidad monstruosa, y fue así como se hizo el feo milagro.

     El mundo de las gramas y de los arbustos subió una noche muchas decenas de metros, como obedeciendo a un llamado imperioso de los astros.

     Al día siguiente, los campesinos se desmayaron -saliendo de sus ranchos- ante el trébol, alto como una catedral, ¡y los trigales hechos selvas de oro!

     Era para enloquecer. Los animales rugían de espanto, perdidos en la oscuridad de los herbazales. Los pájaros piaban desesperadamente, encaramados sus nidos en atalayas inauditas. No podían bajar en busca de las semillas: ¡ya no había suelo dorado de sol ni humilde tapia de hierba!

     Los pastores se detuvieron con sus ganados frente a los potreros; los vellones blancos se negaban a penetrar en esa cosa compacta y oscura, en que desaparecían por completo.

     Entre tanto, las cañas victoriosas reían, azotando las hojas bullangueras contra la misma copa azul de los eucaliptus...


III

     Dícese que un mes transcurrió así. Luego vino la decadencia.

     Y fue de este modo. Las violetas, que gustan de la sombra, con las testas moradas a pleno sol, se secaron.

     -No importa -apresuráronse a decir las cañas-; eran una fruslería.

     (Pero en el país de las almas, se hizo duelo por ellas).

     Las azucenas, estirando el tallo hasta treinta metros, se quebraron. Las copas de mármol cayeron cortadas a cercén, como cabezas de reinas.

     Las cañas arguyeron lo mismo. (Pero las Gracias corrieron por el bosque, plañendo lastimeras).

     Los limoneros a esas alturas perdieron todas sus flores por las violencias del viento libre. ¡Adiós cosecha!

     -¡No importa -rezaron de nuevo las cañas-; eran tan ácidos los frutos!

     El trébol se chamuscó, enroscándose los tallos como hilachas al fuego.

     Las espigas se inclinaron, no ya con dulce laxitud; cayeron sobre el suelo en toda su extravagante longitud, como rieles inertes.

     Las patatas por vigorizar en los tallos, dieron los tubérculos raquíticos: no eran más que pepitas de manzana...

     Ya las cañas no reían; estaban graves.

     Ninguna flor de arbusto ni de hierba se fecundó; los insectos no podían llegar a ellas, sin achicharrarse las alitas.

     Demás está decir que no hubo para los hombres pan ni fruto, ni forraje para las bestias; hubo, eso sí, hambre; hubo dolor en la tierra.

     En tal estado de cosas, sólo los grandes árboles quedaron incólumes, de pie y fuertes como siempre. Porque ellos no habían pecado.

     Las cañas por fin, cayeron las últimas, señalando el desastre total de la teoría niveladora, podridas las raíces por la humedad excesiva que la red de follaje no dejó secar.

     Pudo verse entonces que, de macizas que eran antes de la empresa, se habían vuelto huecas. Se estiraron devorando leguas hacia arriba; pero hicieron el vacío en la médula y eran ahora cosa irrisoria, como los marionetes y las figurillas de goma.

     Nadie tuvo ante la evidencia argucias para defender la teoría, de la cual no se ha hablado más, en miles de años.

     Natura -generosa siempre- reparó las averías en seis meses, haciendo renacer normales las plantas locas.

     El poeta de las barbas como Nilos vino después de larga ausencia, y, regocijado, cantó la era nueva:

     «Así bien, mis amadas. Bella la violeta por minúscula y el limonero por la figura gentil. Bello todo como Dios lo hizo: el roble roble y la cebada frágil».

     La tierra fue nuevamente buena; engordó ganados y alimentó gentes.

     Pero las cañas-caudillos quedaron para siempre con su estigma: huecas, huecas...



Por qué las rosas tienen espinas


     Ha pasado con las rosas lo que con muchas otras plantas, que en un principio fueron plebeyas por su excesivo número y por los sitios donde se les colocara.

     Nadie creyera que las rosas, hoy princesas atildadas de follaje hayan sido hechas para embellecer los caminos. Y fue así sin embargo.

     Había andado Dios por la Tierra disfrazado de romero todo un caluroso día, y al volver al cielo se le oyó decir:

     -¡Son muy desolados esos caminos de la pobre Tierra! El sol los castiga y he visto por ellos viajeros que enloquecían de fiebre y cabezas de bestias agobiadas. Se quejaban las bestias en su ingrato lenguaje, y los hombres blasfemaban. ¡Además, qué feos son con sus tapias terrosas y desmoronadas!

     Y los caminos son sagrados, porque unen a los pueblos remotos y porque el hombre va por ellos, en el afán de la vida, henchido de esperanzas si mercader, con el alma extasiada, si peregrino.

     Bueno será que hagamos tolderías frescas para esos senderos y visiones hermosas: sombra y motivos de alegría.

     E hizo los sauces que bendicen con sus brazos inclinados; los álamos larguísimos, que proyectan sombra hasta muy lejos, y las rosas de guías trepadoras, gala de las pardas murallas.

     Eran los rosales por aquel tiempo pomposos y abarcadores; el cultivo, y la reproducción repetida hasta lo infinito, han atrofiado la antigua exuberancia.

     Y los mercaderes, y los peregrinos, sonrieron cuando los álamos, como un desfile de vírgenes, los miraron pasar, y cuando sacudieron el polvo de sus sandalias bajo los frescos sauces.

     Su sonrisa fue emoción al descubrir el tapiz verde de las murallas, regado de manchas rojas, blancas y amarillas, que eran como una carne perfumada. Las bestias mismas relincharon de placer. Eleváronse de los caminos, rompiendo la paz del campo, cantos de un extraño misticismo por el prodigio.

     Pero sucedió que el hombre, esta vez como siempre, abusó de las cosas puestas para su alegría y confiadas a su amor.

     La altura defendió a los álamos; las ramas lacias del sauce no tenían atractivo; en cambio, las rosas si que lo tenían, olorosas como un frasco oriental e indefensas como una niña en la montaña.

     Al mes de vida en los caminos, los rosales estaban bárbaramente mutilados y con tres o cuatro rosas heridas.

     Las rosas eran mujeres, y no callaron su martirio. La queja fue llevada al Señor. Así hablaron temblando de ira y más rojas que su hermana, la amapola:

     -Ingratos son los hombres, Señor; no merecen tus gracias. De tus manos salimos hace poco tiempo, íntegras y bellas; henos ya mutiladas y míseras.

     Quisimos ser gratas al hombre y para ello realizábamos prodigios: abríamos la corola ampliamente, para dar más aroma: fatigábamos los tallos a fuerza de chuparles savia para estar fresquísimas. Nuestra belleza nos fue fatal.

     Pasó un pastor. Nos inclinamos para ver los copos redondos que le seguían. Dijo el truhán:

     -«Parecen un arrebol, y saludan, doblándose, como las reinas de los cuentos».

     Y nos arrancó dos gemelas con un gran tallo.

     Tras él venía un labriego. Abrió los ojos asombrados, gritando:

     -«¡Prodigio! La tapia se ha vestido de percal multicolor, ni más ni menos que una vieja alegre!»

     Y luego:

     -«Para la Añuca y su muñeca».

     Y sacó seis, de una sola guía, arrastrando la rama entera.

     Pasó un viejo peregrino. Miraba de extraño modo: frente y ojos parecían dar luz.

     Exclamó:

     «¡Alabado sea Dios en sus criaturas cándidas! ¡Señor, para ir glorificándote en ella!»

     Y se llevó nuestra más bella hermana.

     Pasó un pilluelo:

     «¡Qué comodidad! -dijo- ¡Flores en el caminito mismo!»

     Y se alejó con una brazada, cantando por el sendero.

     Señor, la vida así no es posible. En días más, las tapias quedarán como antes: nosotras habremos desaparecido.

     -¿Y qué queréis?

     -¡Defensa! Los hombres escudan sus huertas con púas de espino y zarzas. Algo así puedes realizar en nosotras.

     Sonrió con tristeza el buen Dios, porque había querido hacer la belleza fácil y benévola, y repuso:

     -¡Sea! Veo que en muchas cosas tendré que hacer lo mismo. Los hombres me harán poner en mis hechuras hostilidad y daño.

     En los rosales se hincharon las cortezas y fueron formándose levantamientos agudos: las espinas.

     Y el hombre, injusto siempre, ha dicho después que Dios va borrando la bondad de su creación.


 

La raíz del rosal

 

     Bajo la tierra como sobre ella hay una vida, un conjunto de seres que trabajan y luchan, que aman y odian.

     Viven allí los gusanos más oscuros, y son como cordones negros las raíces de las plantas, y los hilos de agua subterráneos, prolongados como un lino palpitador.

     Dicen que hay otros aún: los gnomos, no más altos que una vara de nardo, barbudos y regocijados.

     He aquí lo que hablaron cierto día, al encontrarse, un hilo de agua y una raíz de rosas:

     -Vecina raíz, nunca vieron mis ojos nada tan feo como tú. Cualquiera diría que un mono plantó su larga cola en la tierra y se fue dejándola. Parece que quisiste ser una lombriz, pero no alcanzaste su movimiento en curvas graciosas, y sólo le has aprendido a beberme mi leche azul. Cuando paso tocándote, me la reduces a la mitad. Feísima, dime, ¿qué haces con ella?

     Y la raíz humilde respondió:

     -Verdad, hermano hilo de agua, que debo aparecer ingrata a tus ojos. El contacto largo con la tierra me ha hecho parda, y la labor excesiva me ha deformado, como deforma los brazos al obrero. También yo soy una obrera; trabajo para la bella prolongación de mi cuerpo que mira al sol. Es a ella a quien envío la leche azul que te bebo; para mantenerla fresca, cuando tú te apartas, voy a buscar los jugos vitales lejos. Hermano hilo de agua, sacarás cualquier día tus platas al sol. Busca entonces la criatura de belleza que soy bajo la luz.

     El hilo de agua, incrédulo pero prudente, calló, resignado a la espera.

     Cuando su cuerpo palpitador ya más crecido salió a la luz, su primer cuidado fue buscar aquella prolongación de que la raíz hablara.

     Y, ¡oh Dios!, lo que sus ojos vieron.

     Primavera reinaba espléndida, y en el sitio mismo en que la raíz se hundía, una forma rosada, graciosa engalanaba la tierra.

     Se fatigaban las ramas con una carga de cabecitas rosadas, que hacían el aire aromoso y lleno de secreto encanto.

     Y el arroyo se fue, meditando por la pradera en flor:

     -¡Oh, Dios! ¡Cómo lo que abajo era hilacha áspera y parda, se torna arriba seda rosada! ¡Oh, Dios!, ¡cómo hay fealdades que son prolongaciones de belleza...!



El cardo

A don Rafael Díaz.


     Una vez un lirio de jardín (de jardín de rico) preguntaba a las demás flores por Cristo. Su dueño, pasando, lo había nombrado al alabar su flor recién abierta.

     Una rosa de Sarón, de viva púrpura, contestó:

     -No le conozco. Tal vea sea un rústico, pues yo he visto a todos los príncipes.

     -Tampoco lo he visto nunca -agregó un jazmín menudo y fragante- y ningún espíritu delicado deja de aspirar mis pequeñas flores.

     -Tampoco yo -añadió todavía la camelia fría e impasible. -Será un patán: yo he estado en el pecho de los hombres y las mujeres hermosas...

     Replicó el lirio:

     -No se me parecería si lo fuera, y mi dueño lo ha recordado al mirarme esta mañana.

     Entonces la violeta dijo:

     -Uno de nosotros hay que sin duda lo ha visto: es nuestro pobre hermano el cardo. Vive a la orilla del camino, conoce a cuantos pasan, y a todos saluda con su cabeza cubierta de ceniza. Aunque humillado por el polvo, es dulce, como que da una flor de mi matiz.

     -Has dicho una verdad -contestó el lirio. -Sin duda, el cardo conoce a Cristo; pero te has equivocado al llamarlo nuestro. Tiene espinas y es feo como un malhechor. Lo es también, pues se queda con la lana de los corderillos, cuando pasan los rebañas.

     Pero, dulcificando hipócritamente la voz, gritó, vuelto al camino:

     -Hermano cardo, pobrecito hermano nuestro, el lirio te pregunta si conoces a Cristo.

     Y vino en el viento la voz cansada y como rota del cardo:

     -Sí; ha pasado por este camino y le he tocado los vestidos, yo, ¡un triste cardo!

     -¿Y es verdad que se me parece?

     -Sólo un poco, y cuando la luna te pone dolor. Tú levantas demasiado la cabeza. Él la lleva algo inclinada; pero su manto es albo como tu copo y eres harto feliz de parecértele. ¡Nadie lo comparará nunca con el cardo polvoroso!

     -Di, cardo, ¿cómo son sus ojos?

     El cardo abrió en otra planta una flor azul.

     -¿Cómo es su pecho?

     El cardo abrió una flor roja.

     -Así va su pecho -dijo.

     -Es un color demasiado crudo -dijo el lirio.

     -¿Y qué lleva en las sierres por guirnalda, cuando es la primavera?

     El cardo elevó sus espinas.

     -Es una horrible guirnalda -dijo la camelia. -Se le perdonan a la rosa sus pequeñas espinas; pero esas son como las del cactus, el erizado cactus de las laderas.

     -¿Y ama Cristo? -prosiguió el lirio, turbado.

     -¿Cómo es su amor?

     -Así ama Cristo -dijo el cardo echando a volar las plumillas de su corola muerta hacia todos los vientos.

     -A pesar de todo -dijo el lirio- querría conocerle. ¿Cómo podría ser, hermano cardo?

     Para mirarlo pasar, para recibir su mirada, haceos cardo del camino -respondió éste-. Él va siempre por las sendas, sin reposo. Al pasar me ha dicho: -«Bendito seas tú, porque floreces entre el polvo y alegras la mirada febril del caminante». Ni por tu perfume se detendrá en el jardín del rico, porque va oteando en el viento otro aroma: el aroma de las heridas de los hombres.

     Pero ni el lirio, al que llamaron su hermano; ni la rosca de Sarón, que Él cortó de niño por las colinas; ni da Madreselva trenzada, quisieron hacerse cardo del camino y, como los príncipes y las mujeres mundanas que rehusaron seguirte por las llanuras quemadas, se quedaron sin conocer a Cristo.

 

 

La charca

 

     Era una charca pequeña, toda pútrida. Cuanto cayó en ella se hizo impuro: las hojas del árbol próximo, las plumillas de un nido, hasta los vermes del fondo, más negros que los de otras pozas... En los bordes, ni una brizna verde.

     El árbol vecino y unas grandes piedras la rodeaban de tal modo, que el sol no la miró nunca ni ella supo de él en su vida.

     Mas un buen día, como levantaran una fábrica en los alrededores, vinieron obreros en busca de las grandes piedras.

     Fue eso en un crepúsculo. Al día siguiente el primer rayo cayó sobre la copa del árbol y se deslizó hacia la charca.

     Hundió el rayo en ella su dedo de oro y el agua, negra como un betún, se aclaró: fue rosada, fue violeta, tuvo todos los colores: ¡un ópalo maravilloso!

     Primero, un asombro, casi un estupor al traspasarla la flecha luminosa; luego, un placer desconocido mirándose transfigurada; después... el éxtasis, la callada adoración de la presencia divina descendida hacia ella.

     Los vermes del fondo se habían enloquecido en un principio por el trastorno de su morada; ahora estaban quietos, perfectamente sumidos en la contemplación de la placa áurea que tenían por cielo.

     Así la mañana, el mediodía, la tarde. El árbol vecino, el nido del árbol, el dueño del nido, sintieron el estremecimiento de aquel acto de redención que se realizaba junto a ellos. La fisonomía gloriosa de la charca se les antojaba una cosa insólita.

     Y al descender el sol, vieron una cosa más insólita aún. La caricia cálida fue durante todo el día absorbiendo el agua impura insensiblemente. Con el último rayo, subió la última gota. El hueco gredoso quedó abierto, como la órbita de un gran ojo vaciado.

     Cuando el árbol y el pájaro vieron correr por el cielo una nube flexible y algodonosa, nunca hubieran creído que esa gala del aire fuera su camarada, la charca de vientre impuro.

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     Para las demás charcas de aquí abajo, ¿no hay obreros providenciales que quiten las piedras ocultadoras del sol?


 

Voto

 

     Dios me perdone este libro amargo y los hombres que sienten la vida como dulzura, me lo perdonen también.

     En estos cien poemas queda sangrando un pasado doloroso, en el cual la canción se ensangrentó para aliviarme. Lo dejo tras de mí como a la hondonada sombría y por laderas más clementes subo hacia las mesetas espirituales donde una ancha luz caerá, por fin, sobre mis días. Yo cantaré desde ellas las palabras de la esperanza, sin volver a mirar mi corazón: cantaré como lo quiso un misericordioso, para «consolar a los hombres». A los treinta años, cuando escribí el «Decálogo del artista», dije este Voto.

     Dios y la Vida me dejen cumplirlo [...] que me quedan por los caminos...