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ALFONSINA STORNI
Vida y obra
La familia Storni -el
padre de Alfonsina y varios hermanos mayores- llegó a la provincia de San
Juan desde Lugano, Suiza, en 1880. Fundaron una pequeña empresa familiar,
y años después, las botellas de cerveza etiquetadas «Cerveza Los Alpes, de
Storni y Cía», circulan por toda la región. Los padres de Alfonsina
viajaron a Suiza en el año 1891, junto con sus dos pequeños hijos. En
1892, el 29 de mayo, nació en Sala Capriasca Alfonsina, la tercera hija
del matrimonio Storni. Llevó el nombre del padre, de un padre melancólico
y raro. Más tarde le diría a su amigo Fermín Estrella Gutiérrez: «me
llamaron Alfonsina, que quiere decir dispuesta a todo».
Alfonsina aprendió a hablar en italiano, y en 1896 vuelven a San Juan, de
donde son sus primeros recuerdos. «Estoy en San Juan, tengo cuatro años;
me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa,
muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el
rabo del ojo el efecto que causo en el transeúnte. Unos primos me
avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar detrás
de la puerta». En 1901, la familia se trasladó nuevamente, esta vez a la
ciudad de Rosario, un próspero puerto del litoral.
Paulina, la madre, abrió una pequeña escuela domiciliaria, y pasa a ser la
cabeza de una familia numerosa, pobre y sin timón. Instalaron el «Café
Suizo», cerca de la estación de tren, pero el proyecto fracasó. Alfonsina
lavaba platos y atendía las mesas, a los diez años. Las mujeres comenzaron
a trabajar de costureras. Alfonsina decide emplearse como obrera en una
fábrica de gorras. En 1907 llega a Rosario la compañía de Manuel Cordero,
un director de teatro que recorría las provincias. Alfonsina reemplaza a
una actriz que se enferma. Esto la decide a proponerle a su madre que le
permita convertirse en actriz y viajar con la compañía. Recorre Santa Fe,
Córdoba, Mendoza, Santiago del Estero y Tucumán. Después dirá que
representó Espectros, de
Ibsen, La loca de la casa,
de Pérez Galdós, y Los muertos,
de Florencio Sánchez.
En sus
cartas al filólogo español don Julio Cejador. Alfonsina resume algunos
momentos de su vida. Refiriéndose a esta época, le dirá: «A los trece años
estaba en el teatro. Este salto brusco, hijo de una serie de casualidades,
tuvo una gran influencia sobre mi actividad sensorial, pues me puso en
contacto con las mejores obras del teatro contemporáneo y clásico (…).
Pero casi una niña y pareciendo ya una mujer, la vida se me hizo
insoportable. Aquel ambiente me ahogaba. Torcí rumbos…». Luego, en un
reportaje de la revista El Hogar,
contará que al regresar escribió su primera obra de teatro,
Un corazón valiente, de la que
no han quedado testimonios.
Cuando volvió a Rosario
se encuentra con que su madre se ha casado y vive en Bustinza. La poeta
decide estudiar la carrera de maestra rural en Coronda, y allí recibe su
título profesional. Gana un lugar sobresaliente en la comunidad escolar,
consigue un puesto de maestra y se vincula a dos revistas literarias,
Mundo Rosarino y
Monos y Monadas. Allí aparecen
sus poemas durante todo ese año, y si bien no hay testimonio de ellos, sí
sabemos de otros publicados al año siguiente en
Mundo Argentino, y que tienen
resonancias hispánicas.
Al
terminar el año de 1911, decide trasladarse a Buenos Aires. «En su maleta
traía pobre y escasa ropa, unos libros de Darío y sus versos». Así, con
nostalgia, evoca su hijo Alejandro la llegada. Pobre equipaje para
enfrentarse con una ciudad que estaba abierta al mundo, con las
expectativas puestas en esa inmigración que traería nuevas manos para
producir y nuevas formas de convivencia. El nacimiento de su hijo
Alejandro, el 21 de abril de 1912, define en su vida una actitud de mujer
que se enfrenta sola a sus decisiones. Trabaja como cajera en la tienda «A
la ciudad de México», en Florida y Sarmiento. También en la revista
Caras y Caretas.
Su
primer libro, La inquietud del rosal,
publicado con grandes dificultades económicas, apareció en 1916. En un
homenaje al novelista Manuel Gálvez, por primera vez en Buenos Aires, en
esta clase de reuniones, aparece Alfonsina recitando con aplomo sus
propios versos. En junio de 1916, aparece en
Mundo Argentino un poema
titulado «Versos otoñales». Aunque los versos son apenas aceptables,
sorprende su capacidad de mirarse por dentro, que por entonces no era
común en los poetas de su generación.
Al mirar mis
mejillas, que ayer estaban rojas
He sentido
el otoño; sus achaques de viejo
Me han
llenado de miedo; me ha contado el espejo
Que nieva en
mis cabellos mientras caen las hojas.
Amado
Nervo, el poeta mejicano paladín del modernismo junto con Rubén Darío,
publica sus poemas también en Mundo
Argentino, y esto da una idea de lo que significaría para ella,
una muchacha desconocida, de provincia, el haber llegado hasta aquellas
páginas. En 1919 Nervo llega a la Argentina como embajador de su país, y
frecuenta las mismas reuniones que Alfonsina. Ella le dedica un ejemplar
de La inquietud del rosal,
y lo llama en su dedicatoria «poeta divino». Vinculada entonces a lo mejor
de la vanguardia novecentista, que empezaba a declinar, en el archivo de
la Biblioteca Nacional uruguaya hay cartas al uruguayo José Enrique Rodó,
otro de los escritores principales de la época, modernista autor de
Ariel y de
Los motivos de Proteo, ambos
libros pilares de una interpretación de la cultura americana. El uruguayo
escribía, como ella, en Caras y
Caretas y era, junto con Julio Herrera y Reissig, el jefe
indiscutido del nuevo pensamiento en el Uruguay. Ambos contribuyeron a
esclarecer los lineamientos intelectuales americanos a principios de siglo,
como lo hizo también Manuel Ugarte, cuya amistad le llegó a Alfonsina
junto con la de José Ingenieros.
Su voluntad no la
abandona, y sigue escribiendo. En mejores condiciones publica
El dulce daño, en 1918. El 18
de abril de 1918 se le ofrece una comida en el restaurante Génova, de la
calle Paraná y Corrientes, donde se reunía mensualmente el grupo de
Nosotros, y en esa oportunidad
se celebra la aparición de El dulce
daño. Los oradores son Roberto Giusti y José Ingenieros, su
gran amigo y protector, a veces su médico. Alfonsina se está reponiendo de
la gran tensión nerviosa que la obligó a dejar momentáneamente su trabajo
en la escuela, pero su cansancio no le impide disfrutar de la lectura de
su «Nocturno», hecha por Giusti, en traducción al italiano de Folco
Testena
También en 1918 Alfonsina
recibe una medalla de miembro del Comité Argentino Pro Hogar de los
Huérfanos Belgas, junto con Alicia Moreau de Justo y Enrique del Valle
Iberlucea. Años atrás, cuando empezó la guerra, Alfonsina había aparecido
como concurrente a un acto en defensa de Bélgica, con motivo de la
invasión alemana. Comienzan sus visitas a la ciudad de Montevideo, donde
hasta su muerte frecuentará amigos uruguayos. Juana de Ibarbourou lo contó años después de la muerte de la poetisa argentina: «En 1920 vino Alfonsina por primera vez a Montevideo. Era joven y parecía alegre; por lo menos su conversación era chispeante, a veces muy aguda, a veces también sarcástica. Levantó una ola de admiración y simpatía… Un núcleo de lo más granado de la sociedad y de la gente intelectual la rodeó siguiéndola por todos lados. Alfonsina, en ese momento, pudo sentirse un poco reina».
En
1922, Alfonsina ya frecuentaba la casa del pintor Emilio Centurión, de
donde surgiría posteriormente el grupo Anaconda. Allí conoció,
seguramente, al escritor uruguayo Horacio Quiroga, que había llegado de su
refugio en San Ignacio, Misiones, durante el año 1916. Su personalidad
debió atraer a Alfonsina. Un hombre marcado por el destino, perseguido por
los suicidios de seres queridos, que, además, se había atrevido a
exiliarse en Misiones, e intentado allí forjar un paraíso. En 1922, era ya
el autor de sus libros más importantes,
Cuentos de la selva,
Anaconda,
El desierto. Vivía modestamente de sus colaboraciones en
diarios y revistas y desempeñó un papel protagónico en el intento de
profesionalizar la escritura. Alfonsina había publicado sus libros
Irremediablemente (1919) y
Languidez (1920).
La amistad con Quiroga fue
la de dos seres distintos. Cuenta Norah Lange que en una de sus reuniones,
adonde iban todos los escritores de la época, jugaron una tarde a las
prendas. El juego consistió en que Alfonsina y Horacio besaran al mismo
tiempo las caras de un reloj de cadena, sostenido por Horacio. Este, en un
rápido ademán, escamoteó el reloj precisamente en el momento en que
Alfonsina aproximaba a él sus labios, y todo terminó en un beso. Quiroga
la nombra frecuentemente en sus cartas, sobre todo entre los años 1919 y
1922, y su mención la destaca de un grupo donde había no sólo otras
mujeres sino también otras escritoras. Sin embargo, cuando Quiroga
resuelve irse a Misiones en 1925, Alfonsina no lo acompaña. Quiroga le
pide que se vaya con él y ella, indecisa, consulta con su amigo el pintor
Benito Quinquela Martín. Aquél, hombre ordenado y sedentario, le dice: «¿Con
ese loco? ¡No!».
En el
año 1923, la revista Nosotros,
que lideraba la difusión de la nueva literatura argentina, y con hábil
manejo formaba la opinión de los lectores, publicó una encuesta, dirigida
a los que constituyen «la nueva generación literaria». La pregunta está
formulada sencillamente: «¿Cuáles son los tres o cuatro poetas nuestros,
mayores de treinta años, que usted respeta más?».
Alfonsina Storni tenía en
ese entonces treinta y un años recién cumplidos, es decir, que apenas
bordeaba la cifra exigida para constituirse en «maestro de la nueva
generación». Su libro Languidez,
de 1920, había merecido el Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo
Premio Nacional de Literatura, lo que la colocaba muy por encima de sus
pares. Muchas de las respuestas a la encuesta de
Nosotros coinciden en uno de
los nombres: Alfonsina Storni.
Mil
novecientos veinticinco fue el año de la publicación de
Ocre, un libro que marca un
cambio decisivo en su poesía. Desde hace dos años es profesora de Lectura
y declamación en la Escuela Normal de Lenguas Vivas, y su postura como
escritora está absolutamente afianzada entre el público y sus iguales. Por
aquella época muere José Ingenieros, y esto la deja un poco más sola.
Hasta la casa de la calle
Cuba llega una tarde la chilena Gabriela Mistral. El encuentro debió ser
importante para la chilena, ya que publicó su relato ese año en
El Mercurio. Llamó por teléfono a Alfonsina antes de ir, y le impresionó gratamente su voz, pero le habían dicho que era fea y entonces esperaba una cara que no congeniara con la voz. Por eso cuando la puerta se abre pregunta por Alfonsina, porque la imagen contradice a la advertencia. «Extraordinaria la cabeza, recuerda, pero no por rasgos ingratos, sino por un cabello enteramente plateado, que hace el marco de un rostro de veinticinco años». Insiste: «Cabello más hermoso no he visto, es extraño como lo fuera la luz de la luna a mediodía. Era dorado, y alguna dulzura rubia quedaba todavía en los gajos blancos. El ojo azul, la empinada nariz francesa, muy graciosa, y la piel rosada, le dan alguna cosa infantil que desmiente la conversación sagaz y de mujer madura». La chilena queda impresionada por su sencillez, por su sobriedad, por su escasa manifestación de emotividad, por su profundidad sin trascendentalismos. Y sobretodo por su información, propia de una mujer de gran ciudad, «que ha pasado tocándolo todo e incorporándoselo»
(1).
El 20
de marzo de 1927 se estrena su obra de teatro, que despertaba las
expectativas del público y de la crítica. El día del estreno asistió el
presidente Alvear con su esposa, Regina Pacini. Al día siguiente la
crítica se ensañó con la obra, y a los tres días tuvo que bajar de cartel.
El diario Crítica tituló «Alfonsina
Storni dará al teatro nacional obras interesantes cuando la escena le
revele nuevos e importantes secretos». La escritora se sintió muy dolida
por su fracaso, y trató de explicarlo atribuyéndole la culpa al director y
a los actores.
Alfonsina intervino en la creación de la Sociedad Argentina de Escritores
y su participación en el gremialismo literario fue intensa. En 1928 viajó
a España en compañía de la actriz Blanca de la Vega, y repitió su viaje en
1931, en compañía de su hijo. Allí conoció a otras mujeres escritoras, y
la poeta Concha Méndez le dedica algunos poemas. En 1932, publicó sus
Dos farsas pirotécnicas: Cimbelina y Polixene y la cocinerita.
Está tranquila, colabora en el diario
Crítica y en La Nación; sus clases de teatro son la rutina diaria, y su
rostro empieza a cambiar. Las canas cubren su cabeza y le dan un aire
diferente.
En
1931, el Intendente Municipal nombró a Alfonsina jurado y es la primera
vez que ese nombramiento recae en una mujer. Alfonsina se alegra de que
comiencen a ser reconocidas las virtudes que la mujer, esforzadamente,
demuestra. «La civilización borra cada vez más las diferencias de sexo,
porque levanta a hombre y mujer a seres pensantes y mezcla en aquel ápice
lo que parecieran características propias de cada sexo y que no eran más
que estados de insuficiencia mental. Como afirmación de esta limpia verdad,
la Intendencia de Buenos Aires declara, en su ciudad, noble la condición
femenina», afirma Alfonsina en un diario al referirse a su designación.
En la Peña del café
Tortoni conoció a Federico García Lorca, durante la permanencia del poeta
en Buenos Aires entre octubre de 1933 y febrero de 1934. Le dedicó un
poema, «Retrato de García Lorca», publicado luego en
Mundo de siete pozos (1934).
Allí dice: «Irrumpe un griego /por sus ojos distantes (…).
Salta su garganta /hacia afuera /pidiendo /la navaja lunada /aguas filosas
(…). Dejad volar la cabeza, /la cabeza sola /herida de hondas marinas
/negras…».
El 20
de mayo de 1935 Alfonsina fue operada de un cáncer de mama.
En 1936
se suicida Horacio Quiroga y ella le dedicó un poema de versos
conmovedores y que presagian su propio final:
Morir como
tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como
en tus cuentos, no está mal;
Un rayo a
tiempo y se acabó la feria…
Allá
dirán.
Más pudre el
miedo, Horacio, que la muerte
Que a las
espaldas va.
Bebiste
bien, que luego sonreías…
Allá
dirán.
El veintiséis de enero de
1938, en Colonia, Uruguay, Alfonsina recibe una invitación importante. El
Ministerio de Instrucción Pública ha organizado un acto que reunirá a las
tres grandes poetisas americanas del momento, en una reunión sin
precedentes: Alfonsina, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral. La
invitación pide «que haga en público la confesión de su forma y manera de
crear». Tiene que prepararse en un día y, llena de entusiasmo, escribe su
conferencia sobre una valija que ha puesto en las rodillas. Divertida,
encuentra un título que le parece muy adecuado: «Entre un par de maletas a
medio abrir y las mancillas del reloj».
Hacia mitad de año
apareció Mascarilla y trébol
y una Antología poética
con sus poemas preferidos. Los meses que siguen fueron de incertidumbre y
temor por la renuencia de la enfermedad. El 23 de octubre viajó a Mar del
Plata y hacia la una de la madrugada del martes veinticinco Alfonsina
abandonó su habitación y se dirigió al mar. Esa mañana, dos obreros
descubrieron el cadáver en la playa. A la tarde, los diarios titulaban sus
ediciones con la noticia: «Ha muerto trágicamente Alfonsina Storni, gran
poetisa de América». A su entierro asistieron los escritores y artistas
Enrique Larreta, Ricardo Rojas, Enrique Banchs, Arturo Capdevila, Manuel
Gálvez, Baldomero Fernández Moreno, Oliverio Girondo, Eduardo Mallea,
Alejandro Sirio, Augusto Riganelli, Carlos Obligado, Atilio Chiappori,
Horacio Rega Molina, Pedro M. Obligado, Amado Villar, Leopoldo Marechal,
Centurión, Pascual de Rogatis, López Buchardo.
El 21
de noviembre de 1938, el Senado de la Nación rindió homenaje a la poeta en
las palabras del senador socialista Alfredo Palacios. Este dijo:
«Nuestro
progreso material asombra a propios y extraños. Hemos construido urbes
inmensas. Centenares de millones de cabezas de ganado pacen en la
inmensurable planicie argentina, la más fecunda de la tierra; pero
frecuentemente subordinamos los valores del espíritu a los valores
utilitarios y no hemos conseguido, con toda nuestra riqueza, crear una
atmósfera propicia donde puede prosperar esa planta delicada que es un
poeta».
Comentario final
Los
primeros poemas de Alfonsina tienen una lejana resonancia de los españoles
Campoamor, Nuñez de Arce o Marquina. Su primer libro,
La inquietud del rosal, de
1916, comienza a delinear los contornos de un rol de mujer al que ella
contribuirá a esclarecer como pocas mujeres de su época supieron hacerlo.
Por
aquel entonces, uno de los poemas de Alfonsina que empezó a correr de boca
en boca, difundido por las recitadoras, fue el que le garantizó la
adhesión de las mujeres. Algo así como el «Hombres necios, que acusáis…»,
de la mejicana Sor Juana Inés de la Cruz, al que recuerda por la invectiva
contra las desmedidas e injustas pretensiones de virginidad. Se trata de «Tú
me quieres alba, me quieres de espumas, me quieres de nácar», en el que no
sólo reconviene a los hombres por la desigual exigencia que plantea, sino
que les señala su propia libertad como algo que de lo que hay que volver
luego de una etapa de purificación en que «las carnes les sean tornadas» y
luego de recuperar «el alma que por las alcobas se quedó enredada». Sólo
así, dice Alfonsina, se podrá pretender una virginidad primige.
Ocre,
uno de sus libros principales, se publica en 1925. Con este título
Alfonsina abandona la retórica rubendariana y en él hay verdaderos
hallazgos. Como otras veces, vuelve a identificarse con la muerte: «Yo soy
la mujer triste /a quien Caronte ya mostró su remo», y no puede evitar la
voluptuosa soberbia de afirmar, en el mismo poema, «Me salí de mi carne,
gocé el goce más alto /oponer una frase de basalto /al genio oscuro que
nos desintegra» («La palabra»). En relación con su tema de siempre, la
lucha con el sexo masculino, hay algo nuevo: el reconocimiento de que
contra el hombre no vale la pena luchar, porque la naturaleza ha repartido
arbitrariamente los emblemas, la cota y el sexo, la guerra y la maternidad.
No está aquí, sin embargo, el reconocimiento de que cota y guerra, y aun
el emblema del sexo, son productos culturales. «Con mayúscula escribo tu
nombre y te saludo, Hombre». Pero esta aceptación tiene su contradicción
en los poemas «Epitafio para mi tumba» y «Dolor». En ellos desea «ver que
se adelanta, la garganta al aire /el hombre más bello; no desear amar…»,
pero también advierte que «la mujer, que en el suelo dormida, /y en su
epitafio ríe de la vida /como es mujer, grabó en su sepultura /una mentira
aún: la de su hartura». En 1938, cuando ella misma selecciona los poemas
para su antología, declara sentir alguna preferencia con el sector de su
obra que empieza con Ocre,
y su búsqueda estética allí iniciada la llevaría a la libertad expresiva
de Mundo de siete pozos,
de 1934. Al concluir su vida, un nuevo libro,
Mascarilla y trébol, inicia
una nueva manera de concebir la poesía. Los poemas dedicados a la
naturaleza son allí sobrios y descarnados, con imágenes más bien
identificadas con una retórica descarnada y rotunda.
«La
personalidad literaria de Alfonsina Storni tiene, todavía, algunos
aspectos que no han sido investigados. Sus trabajos periodísticos, si bien
carecen del valor literario que ella misma, sagazmente, adjudicó a los que
incluyó en su Antología,
sirven para seguir el rastro de un pensamiento que fue, para su época, de
avanzada.
Y lo
fue por el hecho de que, por un lado, en la poesía escrita por mujeres,
nadie tomó con su claridad de juicio la defensa de un orden más justo y
menos ambiguo para la mujer. En su poesía, esta defensa se lleva a cabo a
través del despliegue de los sentimientos; en cambio, en sus
colaboraciones periodísticas -cuentos y notas-, y pese a las limitaciones
con las que seguramente contaría, se permite desarrollar algunas ideas. En
ellas no es complaciente con la mujer, sino que le exige ponerse a la
altura de sus posibilidades y entregarse de lleno al cultivo de una
personalidad que desdeñe los rasgos de infantilismo e indefensión que la
han consagrado como víctima perpetua del hombre».*
«La
poesía de Alfonsina tiene todavía posibilidades de ser pensada. Una
lectura acorde con la intención de esta biografía debe reconocer que el
tema principal en la poesía de Storni es la crítica a la concepción
patriarcal del amor hombre/mujer, con todas sus variantes, pero poniendo
el acento en las dificultades que a la relación le traen la soberbia
masculina y su incapacidad de lealtad. «El hombre sombrío», «El hombre
sereno», pero sobre todo «Hombre pequeñito», dibujan la figura de un
hombre altivo, dedicado a los placeres en algunos casos, pero siempre
seguro de su destino y alternando mujeres y amores. «Hombre pequeñito» es
un poema en el que, por única vez, Alfonsina reconoce que el hombre puede
ser indefenso y necesitar de ella».*
«Pero
el motivo literario al que le da mayor preeminencia es el de la naturaleza,
motivo que va desde el cliché del modernismo (cisnes, claros de luna,
primavera como edad joven) hasta esa naturaleza potente y que despierta
todos los instintos, donde cantan chicharras y la pelusilla dorada se
transforma en el cabello de la poetisa. La naturaleza se funde con la
mujer y le dice que tiene un cuerpo y que debe oírlo, y en el poema
«Capricho» es la poeta misma. Mundo de
siete pozos es, en relación con la naturaleza, el libro que
presenta las imágenes más audaces: mariposas ebrias, blancos lobeznos en
lugar de dientes».*
*
Josefina
Delgado, Alfonsina Storni. Una
biografía, Buenos Aires, Planeta, 2001
Bibliografía
La
inquietud del rosal,
1916
El
dulce daño,
1918
Irremediablemente,
1919
Languidez,
1920
Ocre,
1925
Poemas
de amor,
1926
El amo
del mundo:
comedia en tres actos. 1927.
Mundo
de siete pozos,
1934
Mascarilla y trébol,
1938
Antología poética,
1938
El
dulce daño,
1920
Dos farsas pirotécnicas,
1932
Irremediablemente,
1919
Poesías completas,
1968
Nosotras y la piel:
selección de ensayos, 1998
Antología poética.
Selección y edición Cristina Bast Gras; prólogo y presentación, Francesc
Ll. Cardona. Barcelona: Edicomunicación, 1999. 219 páginas.
Poemario
Pudiera ser
Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido
no fuera más que aquello que nunca pudo ser,
no fuera más que algo vedado y reprimido
de familia en familia, de mujer en mujer.
Dicen que en los solares de mi gente, medido
estaba todo aquello que se debía hacer...
Dicen que silenciosas las mujeres han sido
de mi casa materna... Ah, bien pudiera ser...
A veces en mi madre apuntaron antojos
de liberarse, pero, se le subió a los ojos
una honda amargura, y en la sombra lloró.
Y todo esto mordiente, vencido, mutilado,
todo esto que se hallaba en su alma encerrado,
pienso que sin quererlo lo he libertado yo.
Sugestión de
un sauce
Debe existir una ciudad de musgo
cuyo cielo de grises, al tramonto,
cruzan ángeles verdes con las alas
caídas de cristal deshilachado.
Y unos fríos espejos en la yerba
a cuyos bordes inclinadas lloran
largas viudas de viento amarilloso
que el vidrio desdibuja balanceadas.
Y un punto en el espacio de colgantes
yuyales de agua; y una niña muerta
que va pensando sobre pies de trébol.
Y una gruta que llueve dulcemente
batracios vegetales que se estrellan,
nacientes hojas, sobre el blando limo.
Tú me quieres
blanca
Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada
Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.
Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.
Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡Me pretendes alba!
Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.
Sábado
Me levanté temprano y anduve descalza
Por los corredores: bajé a los jardines
Y besé las plantas
Absorbí los vahos limpios de la tierra,
Tirada en la grama;
Me bañé en la fuente que verdes achiras
Circundan. Más tarde, mojados de agua
Peiné mis cabellos. Perfumé las manos
Con zumo oloroso de diamelas. Garzas
Quisquillosas, finas,
De mi falda hurtaron doradas migajas.
Luego puse traje de clarín más leve
Que la misma gasa.
De un salto ligero llevé hasta el vestíbulo
Mi sillón de paja.
Fijos en la verja mis ojos quedaron,
Fijos en la verja.
El reloj me dijo: diez de la mañana.
Adentro un sonido de loza y cristales:
Comedor en sombra; manos que aprestaban
Manteles.
Afuera, sol como no he visto
Sobre el mármol blanco de la escalinata.
Fijos en la verja siguieron mis ojos,
Fijos. Te esperaba.
Peso ancestral
Tú me
dijiste: no lloró mi padre;
tú me
dijiste: no lloró mi abuelo;
no han
llorado los hombres de mi raza,
eran de
acero.
Así diciendo
te brotó una lágrima
y me cayó en
la boca; más veneno
yo no he
bebido nunca en otro vaso así pequeño.
Débil mujer,
pobre mujer que entiende,
dolor de
siglos conocí al beberlo.
Oh, el alma
mía soportar no puede
todo su
peso.
Voy a dormir
Dientes de
flores, cofia de rocío,
manos de
hierbas, tú, nodriza fina,
tenme
prestas las sábanas terrosas
y el edredón
de musgos escardados.
Voy a
dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una
lámpara a la cabecera;
una
constelación, la que te guste;
todas son
buenas, bájala un poquito.
Déjame sola:
oyes romper los brotes...
te acuna un
pie celeste desde arriba
y un pájaro
te traza unos compases
para que
olvides... Gracias... Ah, un encargo:
si él llama
nuevamente por teléfono
le dices que
no insista, que he salido.
La caricia perdida
Se me va de los dedos la caricia sin causa,
se me va de los dedos ... En el viento, al rodar,
la caricia que vaga sin destino ni objeto,
la caricia perdida, ¿quién la recogerá?
Pude
amar esta noche con piedad infinita,
pude amar al primero que acertara a llegar.
Nadie llega. Están solos los floridos senderos.
La caricia perdida rodará... rodará...
Si en
los ojos te besan esta noche, viajero,
si estremece las ramas un dulce suspirar,
si te oprime los dedos una mano pequeña
que te toma y te deja, que te logra y se va,
si no
ves esa mano ni la boca que besa,
si es el aire quien teje la ilusión de llamar,
oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos,
en el viento fundida ¿me reconocerás?
Dolor
Quisiera esta tarde divina de octubre
pasear por la orilla lejana del mar;
que la arena de oro y las aguas verdes
y los cielos puros me vieran pasar...
Ser
alta, soberbia, quisiera,
como una romana, para concordar
con las grandes olas, y las rocas muertas
y las anchas playas que ciñen el mar.
Con el
paso lento y los ojos fríos
y la boca muda dejarme llevar;
ver como se rompen las olas azules
contra los granitos y no parpadear;
ver
como las aves rapaces se comen
los peces pequeños y no suspirar;
pensar que pudieran las frágiles barcas
hundirse en las aguas y no despertar;
ver que
se adelanta, la garganta libre,
el hombre mas bello; no desear amar...
Perder la mirada distraídamente,
perderla y que nunca la vuelva a encontrar:
y, figura erguida entre cielo y playa,
sentirme el olvido perenne del mar!
Versos a la tristeza de Buenos Aires
Tristes
calles derechas, agrisadas e iguales
por donde asoma, a veces, un pedazo de cielo,
sus fachadas oscuras y el asfalto del suelo
me apagaron los tibios sueños primaverales.
Cuánto
vagué por ellas, distraída, empapada
en el vaho grisáceo, lento, que las decora.
De su monotonía mi alma padece ahora.
--¡Alfonsina! -- No llames, ya no respondo a nada.
Si en
una de tus casas, Buenos Aires, me muero
viendo en días de otoño tu cielo prisionero,
no me será sorpresa la lápida pesada.
Que
entre tus calles rectas, untadas de su rió
apagado, brumoso, desolante y sombrío,
cuando vagué por ellas, y estaba yo enterrada.
Silencio
Un día
estaré muerta, blanca como la nieve,
dulce como los sueños en la tarde que llueve.
Un día
estaré muerta, fría como la piedra,
quieta como el olvido, triste como la hiedra.
Un día
habré logrado el sueño vespertino,
el sueño bien amado donde acaba d camino.
Un día
habré dormido con un sueño tan largo
que ni tus besos puedan avivar el letargo.
Un día
estaré sola, como está la montaña
entre el largo desierto y la mar que la baña.
Será
una tarde llena de dulzuras celestes,
con pájaros que callan, con tréboles agrestes.
La
primavera, rosa, como un labio de infante,
entrará por las puertas con su aliento fragante.
La
primavera rosa me pondrá en las mejillas
—¡la primavera rosa!— dos rosas amarillas...
La
primavera dulce, la que me puso rosas
encarnadas y blancas en las manos sedosas.
La
primavera dulce que me ensebara a amarte,
la primavera misma que me ayudó a lograrte.
¡Oh la
tarde postrera que imagino yo muerta
como ciudad en ruinas, milenaria y desierta!
¡Oh la
tarde como esos silencios de laguna
amarillos y quietos bajo el rayo de luna!
¡Oh la
tarde embriagada de armonía perfecta:
cuán amarga es la vida! ¡Y la muerte qué recta!
La
muerte justiciera que nos lleva al olvido
como al pájaro errante lo acogen en el nido.
Y caerá
en mis pupilas una luz bienhechora,
la luz azul celeste de la última hora.
Una luz
tamizada que bajando del cielo
me pondrá en las pupilas la dulzura de un velo.
Una luz
tamizada que ha de cubrirme toda
con su velo impalpable como un velo de boda.
Una luz
que en el alma musitará despacio:
la vida es una cueva, la muerte es el espacio.
Y que
ha de deshacerme en calma lenta y suma
como en la playa de oro se deshace la espuma.
...................................................................
Oh,
silencio, silencio... esta tarde es la tarde
en que la sangre mía ya no corre ni arde.
Oh, silencio, silencio... en torno de mi cama
tu boca amada dulcemente me llama.
Oh
silencio, silencio que tus besos sin ecos
se pierden en mi alma temblorosos y secos.
Oh
silencio, silencio que la tarde se alarga
y pone sus tristezas en tu lágrima amarga.
Oh
silencio, silencio que se callan las aves,
se adormecen las flores, se detienen las naves.
Oh
silencio, silencio que una estrella ha caído
dulcemente a la tierra, dulcemente y sin ruido.
Oh
silencio, silencio que la noche se allega
y en mi lecho se esconde, susurra, gime y ruega.
Oh
silencio, silencio... que el Silencio me toca
y me apaga los ojos, y me apaga la boca.
Oh
silencio, silencio... que la calma destilan
mis manos cuyos dedos lentamente se afilan...
Presentimiento
Tengo
el presentimiento que he de vivir muy poco.
Esta cabeza mía se parece al crisol,
purifica y consume,
pero sin una queja, sin asomo de horror.
Para acabarme quiero que una tarde sin nubes,
bajo el límpido sol
nazca de un gran jazmín una víbora blanca
que dulce, dulcemente, me pique el corazón.
Frente al mar
OH MAR,
enorme mar, corazón fiero
De ritmo desigual, corazón malo,
Yo soy más blanda que ese pobre palo
Que se pudre en tus ondas prisionero.
Oh mar,
dame tu cólera tremenda,
Yo me pasé la vida perdonando,
Porque entendía, mar, yo me fui dando:
"Piedad, piedad para el que más ofenda".
Vulgaridad, vulgaridad me acosa.
Ah, me han comprado la ciudad y el hombre.
Hazme tener tu cólera sin nombre:
Ya me fatiga esta misión de rosa.
¿Ves al
vulgar? Ese vulgar me apena,
Me falta el aire y donde falta quedo,
Quisiera no entender, pero no puedo:
Es la vulgaridad que me envenena.
Me
empobrecí porque entender abruma,
Me empobrecí porque entender sofoca,
¡Bendecida la fuerza de la roca!
Yo tengo el corazón como la espuma.
Mar, yo
soñaba ser como tú eres,
Allá en las tardes que la vida mía
Bajo las horas cálidas se abría...
Ah, yo soñaba ser como tú eres.
Mírame
aquí, pequeña, miserable,
Todo dolor me vence, todo sueño;
Mar, dame, dame el inefable empeño
De tornarme soberbia, inalcanzable.
Dame tu
sal, tu yodo, tu fiereza,
¡Aire de mar!... ¡Oh tempestad, oh enojo!
Desdichada de mí, soy un abrojo,
Y muero, mar, sucumbo en mi pobreza.
Y el
alma mía es como el mar, es eso,
Ah, la ciudad la pudre y equivoca
Pequeña vida que dolor provoca,
¡Que pueda libertarme de su peso!
Vuele
mi empeño, mi esperanza vuele...
La vida mía debió ser horrible,
Debió ser una arteria incontenible
Y apenas es cicatriz que siempre duele.
Yo en el fondo
del mar
En el
fondo del mar
hay una casa
de cristal.
A una avenida
de madréporas
da.
Un gran
pez de oro,
a las cinco,
me viene a saludar.
Me trae
un rojo ramo
de flores de coral.
Duermo
en una cama
un poco más azul
que el mar.
Un
pulpo
me hace guiños
a través del cristal.
En el
bosque verde
que me circunda
—din don... din dan—
se balancean y cantan
las sirenas
de nácar verdemar.
Y sobre
mi cabeza
arden, en el crepúsculo,
las erizadas puntas del mar.
Siglo XX
Me estoy consumiendo en vida,
Gastando sin hacer nada,
Entre las cuatro paredes
Simétricas de mi casa.
¡Eh,
obreros! ¡Traed las picas!
Paredes y techos caigan,
Me mueva el aire la sangre,
Me queme el sol las espaldas.
Mujer
soy del siglo XX;
Paso el día recostada
Mirando, desde mi cuarto,
Cómo se mueve una rama.
Se está
quemando la Europa
Y estoy mirando sus llamas
Con la misma indiferencia
Con que contemplo esa rama.
Tú, el
que pasas; no me mires
De arriba a abajo; mi alma
Grita su crimen, la tuya
Lo esconde bajo palabras.
¡Ven, dolor!
¡Golpéame,
dolor! Tu ala de cuervo
bate sobre mi frente y la azucena
de mi alma estremece, que más buena
me sentiré bajo tu golpe acerbo.
Derrámate en mi ser, ponte en mi verbo,
dilúyete en el cauce de mi vena
y arrástrame impasible a la condena
de atarme a tu cadalso como un siervo.
No
tengas compasión. ¡Clava tu dardo!
De la sangre que brote yo haré un bardo
que cantará a tu dardo una elegía.
Mi alma
será el cantor y tu aletazo
será el germen caído en el regazo
de la tierra en que brota mi poesía.
Un día...
Andas por esos mundos como yo; no me digas
que no existes, existes, nos hemos de encontrar;
no nos conoceremos, disfrazados y torpes
por los caminos echaremos a andar.
No nos
conoceremos, distantes uno de otro
sentirás mis suspiros y te oiré suspirar.
¿Dónde estará la boca, la boca que suspira?
Diremos, el camino volviendo a desandar.
Quizá
nos encontremos frente a frente algún día,
quizá nuestros disfraces nos logremos quitar.
Y ahora me pregunto..... cuando ocurra, si ocurre,
¿sabré yo de suspiros, sabrás tú suspirar?
Triste convoy
¡Esta
torpe tortura de vagar sin sosiego!
Tierra seca sin riego,
Ojos miopes del Ego,
Viento en medio del fuego,
Y la muerte: «¡voy luego!...»
...Esta torpe tortura de vagar sin sosiego...
Me
cortaran la lengua, me sacaran los ojos,
me podaran las manos, me pusieran abrojos
bajo el pie: no sintiera tanta lúgubre pena,
tanta dura cadena,
tanto diente de hiena,
tanta flor que envenena.
Amo
flor: fruto soy.
Amo el agua: soy hielo.
Tierra soy;
amo el cielo.
Ese triste convoy
polvoriento yo soy.
Dos palabras
Esta noche al oído me has dicho dos palabras
comunes. Dos palabras cansadas
de ser dichas. Palabras
que de viejas son nuevas.
Dos
palabras tan dulces, que la luna que andaba
filtrando entre las ramas
se detuvo en mi boca. Tan dulces dos palabras
que una hormiga pasea por mi cuello y no intento
moverme para echarla.
Tan
dulces dos palabras
que digo sin quererlo -¡oh, qué bella, la vida!-
Tan dulces y tan mansas
que aceites olorosos sobre el cuerpo derraman.
Tan
dulces y tan bellas
que nerviosos, mis dedos,
se mueven hacia el cielo imitando tijeras.
Oh, mis dedos quisieran
cortar estrellas.
Un sol
Mi
corazón es como un dios sin lengua,
Mudo se está a la espera del milagro,
He amado mucho, todo amor fue magro,
Que todo amor lo conocí con mengua.
He
amado hasta llorar, hasta morirme.
Amé hasta odiar, amé hasta la locura,
Pero yo espero algún amor natura
Capaz de renovarme y redimirme.
Amor
que fructifique mi desierto
Y me haga brotar ramas sensitivas,
Soy una selva de raíces vivas,
Sólo el follaje suele estarse muerto.
¿En
dónde está quien mi deseo alienta?
¿Me empobreció a sus ojos el ramaje?
Vulgar estorbo, pálido follaje
Distinto al tronco fiel que lo alimenta.
¿En
dónde está el espíritu sombrío
De cuya opacidad brote la llama?
Ah, si mis mundos con su amor inflama
Yo seré incontenible como un río.
¿En
dónde está el que con su amor me envuelva?
Ha de traer su gran verdad sabida...
Hielo y más hielo recogí en la vida:
Yo necesito un sol que me disuelva.
La invitación
amable
Acércate, poeta; mi alma es sobria,
de amor no entiende -del amor terreno-
su amor es mas altivo y es mas bueno.
No
pediré los besos de tus labios.
No beberé en tu vaso de cristal,
el vaso es frágil y ama lo inmortal.
Acércate, poeta sin recelos...
ofréndame la gracia de tus manos,
no habrá en mi antojo pensamientos vanos.
¿Quieres
ir a los bosques con un libro,
un libro suave de belleza lleno?...
Leer podremos algún trozo ameno.
Pondré
en la voz la religión de tu alma,
religión de piedad y de armonía
que hermana en todo con la cuita mía.
Te
pediré me cuentes tus amores
y alguna historia que por ser añeja
nos dé el perfume de una rosa vieja.
Yo no
diré nada de mi misma
porque no tengo flores perfumadas
que pudieran así ser historiadas.
El
cofre y una urna de mis sueños idos
no se ha de abrir, cesando su letargo,
para mostrarte el contenido amargo.
Todo lo
haré buscando tu alegría
y seré para ti tan bondadosa
como el perfume de la vieja rosa.
¿La
invitación esta... sincera y noble.
Quieres ser mi poeta buen amigo
y sólo tu dolor partir conmigo?
Este libro
Me
vienen estas cosas del fondo de la vida:
Acumulando estaba, yo me vuelvo reflejo...
Agua continuamente cambiada y removida;
Así como las cosas, es mudable el espejo.
Momentos de la vida aprisionó mi pluma,
Momentos de la vida que se fugaron luego,
Momentos que tuvieron la violencia del fuego
O fueron más livianos que los copos de espuma.
En
todos los momentos donde mi ser estuvo,
En todo esto que cambia, en todo esto que muda,
En toda la sustancia que el espejo retuvo,
Sin ropajes, el alma está limpia y desnuda.
Yo no
estoy y estoy siempre en mis versos, viajero,
Pero puedes hallarme si por el libro avanzas
Dejando en los umbrales tus fieles y balanzas:
Requieren mis jardines piedad de jardinero.
Date a volar
Anda,
date a volar, hazte una abeja,
En el jardín florecen amapolas,
Y el néctar fino colma las corolas;
Mañana el alma tuya estará vieja.
Anda,
suelta a volar, hazte paloma,
Recorre el bosque y picotea granos,
Come migajas en distintas manos
La pulpa muerde de fragante poma.
Anda,
date a volar, sé golondrina,
Busca la playa de los soles de oro,
Gusta la primavera y su tesoro,
La primavera es única y divina.
Mueres
de sed: no he de oprimirte tanto...
Anda, camina por el mundo, sabe;
Dispuesta sobre el mar está tu nave:
Date a bogar hacia el mejor encanto.
Corre,
camina más, es poco aquello...
Aún quedan cosas que tu mano anhela,
Corre, camina, gira, sube y vuela:
Gústalo todo porque todo es bello.
Echa a
volar... mi amor no te detiene,
¡Cómo te entiendo, Bien, cómo te entiendo!
Llore mi vida... el corazón se apene...
Date a volar, Amor, yo te comprendo.
Callada
el alma... el corazón partido,
Suelto tus alas... ve... pero te espero.
¿Cómo traerás el corazón, viajero?
Tendré piedad de un corazón vencido.
Para
que tanta sed bebiendo cures
Hay numerosas sendas para ti...
Pero se hace la noche; no te apures...
Todas traen a mí...
Capricho
Escrútame los ojos sorpréndeme la boca,
sujeta entre tus manos esta cabeza loca;
dame a beber veneno, el malvado veneno
que moja los labios a pesar de ser bueno.
Pero no
me preguntes, no me preguntes nada
de por qué lloré tanto en la noche pasada;
las mujeres lloramos sin saber, porque sí.
Es esto de los llantos pasaje baladí.
Bien se
ve que tenemos adentro un mar oculto,
un mar un poco torpe, ligeramente exulto,
que se asoma a los ojos con bastante frecuencia
y hasta lo manejamos con una dúctil ciencia.
No preguntes amado, lo debes sospechar:
en la noche pasada no estaba quieto el mar.
Nada más. Tempestades que las trae y las lleva
un viento que nos marca cada vez costa nueva.
Sí, vanas mariposas sobre jardín de Enero,
nuestro interior es todo sin equilibrio y huero.
Luz de cristalería, fruto de carnaval
decorado en escamas de serpientes del mal.
Así
somos, ¿no es cierto? Ya lo dijo el poeta:
deseamos y gustamos la miel en cada copa
y en el cerebro habemos un poquito de estopa.
Bien.
No, no me preguntes. Torpeza de mujer,
capricho, amado mío, capricho debe ser.
Oh, déjame que ría. ¿No ves que tarde hermosa?
Espínate las manos y córtame una rosa.
¡Adiós!
Las
cosas que mueren jamás resucitan,
las cosas que mueren no tornan jamás,
se quiebran los vasos y el vidrio que queda
¡es polvo por siempre y por siempre será!
Cuando los capullos caen de la rama
dos veces seguidas no florecerán...
Las flores tronchadas por el viento impío
¡se agotan por siempre, por siempre jamás!
Los días que fueron, los días perdidos,
los días inertes ya no volverán.
¡Qué tristes las horas que se desgranaron
bajo el aletazo de la soledad!
¡Qué tristes las sombras, las sombras nefastas,
las sombras creadas por nuestra maldad!
¡Oh, las cosas idas, las cosas marchitas,
las cosas celestes que así se nos van!
¡Corazón... silencia!... ¡Cúbrete de llagas!...
—de llagas infectas—¡cúbrete de mal!
¡Que todo el que llegue se muera al tocarte,
corazón maldito que inquietas mi afán!
¡Adiós para siempre mis dulzuras todas!
¡Adiós mi alegría llena de bondad!
¡Oh, las cosas muertas, las cosas marchitas,
las cosas celestes que no vuelven más! ...
Razones y
paisajes de amor
I
Amor:
Baja
del cielo la endiablada punta
con que carne mortal hieres y engañas.
Untada viene de divinas mañas
y cielo y tierra su veneno junta.
La
sangre de hombre que en la herida apunta
florece en selvas: sus crecidas cañas
de sombras de oro, hienden las entrañas
del cielo prieto, y su ascender pregunta.
En un
vano aguardar de la respuesta
las cañas doblan la empinada testa.
Flamea el cielo sus azules gasas.
Vientos
negros, detrás de los cristales
de las estrellas, mueven grandes asas
de mundos muertos, por sus arrabales.
II
Obra
del amor:
Rosas y
lirios ves en el espino;
juegas a ser: te cabe en una mano,
esmeralda pequeña, el océano;
hablas sin lengua, enredas el destino.
Plantas
la testa en el azul divino
y antípodas, tus pies, en el lejano
revés del mundo; y te haces soberano,
y desatas al sol de tu camino.
Miras
el horizonte y tu mirada
hace nacer en noche la alborada;
sueñas, y crean hueso tus ficciones.
Muda la
mano que te alzaba en vuelo,
y a tus pies cae, cristal roto, el cielo,
y polvo y sombra levan sus talones.
III
Paisaje
de amor muerto:
Ya te
hundes, sol; mis aguas se coloran
de llamaradas por morir; ya cae
mi corazón desenhebrado, y trae,
la noche, filos que en el viento lloran.
Ya en
opacas orillas se avizoran
manadas negras; ya mi lengua atrae
betún de muerte; y ya no se distrae
de mí, la espina; y sombras me devoran.
Pellejo
muerto, el sol, se tumba al cabo.
Como un perro girando sobre el rabo,
la tierra se echa a descansar, cansada.
Mano
huesosa apaga los luceros:
Chirrían, pedregosos sus senderos,
con la pupila negra y descarnada.
Carta
lírica a otra mujer
Vuestro nombre no sé, ni vuestro rostro
conozco yo, y os imagino blanca,
débil como los brotes iniciales,
pequeña, dulce... Ya ni sé.....Divina,
en vuestros ojos, placidez de lago
que se abandona al sol y dulcemente
le absorbe su oro mientras todo calla.
Y vuestras manos, finas, como aqueste
dolor, el mío, que se alarga, se alarga,
y luego se me muere y se concluye
así, como lo veis, en algún verso.
Ah, ¿sois así? Decidme si en la boca
tenéis un rumoroso colmenero,
si las orejas vuestras son a modo
de pétalos de rosa ahuecados...
Decidme si lloráis, humildemente,
mirando las estrellas tan lejanas
y si en las manos tibias se os duermen
palomas blancas y canarios de oro.
Porque todo eso y más, vos sois, sin duda
vos, que tenéis el hombre que adoraba
entre las manos dulces, vos la bella
que habéis matado, sin saberlo acaso,
toda esperanza en mí....Vos, su criatura.
Porque él es todo vuestro: cuerpo y alma
estáis gustando del amor secreto
que guardé silencioso...Dios lo sabe
por qué, que yo no alcanzo a penetrarlo.
Os lo confieso que una vez estuvo
tan cerca de mi brazo, que a extenderlo
acaso mía aquella dicha vuestra
me fuera ahora....Sí, acaso mía....
Mas ved, estaba el alma tan gastada
que el brazo mío no alcanzó a extenderse:
la sed divina, contenida entonces,
me pulió el alma....Y él ha sido vuestro!
¿Comprendéis bien? Ahora, en vuestros brazos
él se estremece y le decís palabras
pequeñas y menudas que semejan
pétalos volanderos y muy blancos.
¡Oh, ceñidle la frente! ¡Era tan amplia!
Arrancaban tan firmes los cabellos
a grandes ondas, que a tenerla cerca,
no hiciera yo otra cosa que ceñirla!
Luego dejad que en vuestras manos vaguen
los labios suyos; él me dijo un día
que nada era tan dulce al alma suya
como besar las femeninas manos....
Y acaso, alguna vez, yo, la que anduve
vagando por afuera de la vida,
--como aquellos filósofos mendigos
que van a las ventanas señoriales
a mirar sin envidia toda fiesta--
me allegue alguna vez a vuestro lado
y con palabras quedas, susurrantes,
os pida vuestras manos un momento,
para besarlas, yo, cómo él las besa....
Y al recubrirlas, lenta, lentamente,
vaya pensando: aquí se aposentaron
¿cuánto tiempo, sus labios, cuánto tiempo
en las divinas manos que son suyas?
Oh, qué amargo deleite, este deleite
de buscar huellas suyas y seguirlas
sobre las manos vuestras tan sedosas,
tan finas, con las venas tan azules!
Oh, que nada podría, ni ser suya,
ni dominarle el alma, ni tenerlo
rendido aquí a mis pies, recompensarme
este horrible deleite de ser mío
un inefable, apasionado rastro...
Y allí en vos misma, sí, pues sois barrera,
barrera ardiente, viva, que al tocarla
ya me remueve este cansancio amargo,
este silencio de alma en que me escudo,
este dolor mortal en que me abismo
esta inmovilidad del sentimiento,
que sólo salta bruscamente cuando
nada es posible!
Dulce tortura
Polvo de oro en tus manos fue mi melancolía
sobre tus manos largas desparramé mi vida;
mis dulzuras quedaron a tus manos prendidas;
ahora soy un ánfora de perfumes vacía.
Cuánta
dulce tortura quietamente sufrida
cuando, picada el alma de tristeza sombría,
sabedora de engaños, me pasaba los días
¡besando las dos manos que me ajaban la vida!
El engaño
Soy
tuya, Dios lo sabe por qué, ya que comprendo
Que habrás de abandonarme, fríamente, mañana,
Y que, bajo el encanto de mis ojos, te gana
Otro encanto el deseo, pero no me defiendo.
Espero
que esto un día cualquiera se concluya,
Pues intuyo, al instante, lo que piensas o quieres.
Con voz indiferente te hablo de otras mujeres
Y hasta ensayo el elogio de alguna que fue tuya.
Pero tú
sabes menos que yo, y algo orgulloso
De que te pertenezca, en tu juego engañoso
Persistes, con aire de actor del papel dueño.
Yo te
miro callada con mi dulce sonrisa,
Y cuando te entusiasmas, pienso: no te des prisa,
No eres tú el que me engaña; quien me engaña es mi sueño.
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